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Redefinición de la prácticas
artísticas
La Société Anonyme
1. -No somos artistas,
tampoco por supuesto «críticos». Somos productores, gente que produce.
Tampoco somos autores, pensamos que cualquier idea de autoría ha quedado
desbordada por la lógica de circulación de las ideas en las sociedades
contemporáneas. Incluso cuando nos autodescribimos como productores sentimos la
necesidad de hacer una puntualización: somos productores, sí, pero también
somos productos.
Nuestro propio trabajo, la actividad que lo concreta, es en realidad el que
nos produce. Quizás incluso podríamos decir que nuestro trabajo tiene que ver
básicamente con la producción de gente, gente como nosotros. No preexistimos
(nadie preexiste) en punto alguno a esa producción. La cuestión de la
identidad del autor o su condición es una cuestión definitivamente
trasnochada. Nadie es autor, todo productor es una sociedad anónima incluso
diríamos, el producto de una sociedad anónima.
2.- La figura del artista vive en tiempo prestado.
Nutrida por fantasías e imaginaciones pertenecientes a otros ordenamientos
antropológicos, el conjunto de distanciamientos e inclusiones que prefiguran su
lugar social, asignándole una cierta cuota restante de poder totémico, ya no
hace al caso. Quienquiera se sitúe hoy por hoy bajo advocaciones semejantes cae
de lleno o en la ingenuidad más culpable o en el cinismo más hipócrita.
3.- No existen «obras de arte». Existen un
trabajo y unas prácticas que podemos denominar artísticas. Tienen que ver con
la producción significante, afectiva y cultural, y juegan papeles específicos
con relación a los sujetos de experiencia. Pero no tienen que ver con la
producción de objetos particulares, sino únicamente con la impulsión pública
de ciertos efectos circulatorios, efectos de significado, efectos simbólicos,
efectos intensivos, afectivos …
4.- Por más de una razón deberíamos asemejar
el trabajo del arte al del sueño: es una producción que induce formaciones de
superficie que expresan, que traducen aproximadamente, un estado descompensado
de energías. Lo esencial en ellas es no es la forma o apariencia que adquieren
en un instante dado: si no el campo de intensidades, o sea el diferencial de
potenciales, en que se efectúan.
5.- Esa producción nunca debe confundirse
con objeto o forma alguna, es un operador que se introduce con eficacia en
algún sistema dado, desestabilizando la ecuación de equilibrio que lo
gobierna. Pero tampoco conviene hacer mitificaciones al respecto. El modo en que
esta desestabilización opera es algo muy parecido a la introducción de un mero
clinamen, algo tan elemental y frecuente como lo que posibilita que dos
gotas de lluvia cayendo a la vez desde la misma nube y hacia la misma tierra
tengan la capacidad de, en algún punto de sus trayectorias relativas, chocar
– conocerse, digamos.
6. - Describir a las actuales como «sociedades
del conocimiento» o todavía peor, como «sociedades del capitalismo
cultural»- nos hace olvidar hasta qué punto su constitución se realiza,
precisamente, sobre la consagración exaltada de la estulticia, de la
ignorancia. Asumamos no obstante que cualesquiera de esas figuras no son más
que un grado de las otras quizás su grado cero. Y admitamos entonces también
denominar a las nuestras «sociedades del conocimiento» o del «capitalismo
cultural» pero siempre bajo la observancia rigurosa de esa cláusula
cuantitativa, gradualizada, y precisamente hacia lo más bajo. Queremos decir:
siempre que pueda entenderse que como tales sociedades del conocimiento las
contemporáneas podrían de hecho caracterizarse, con el mayor de los aciertos,
como «sociedades del (escasísimo) conocimiento» o incluso como «sociedades
del capitalismo incultural…».
7.- El trabajo del arte ya no más tiene que ver
con la representación. ¿Alguien pensaría que el del sueño ese que induce un
«contenido aparente» en quien revive él «latente», o lo cuenta por la
mañana- tiene que ver con la «re-presentación»? ¿De qué?
Negativo: el trabajo del sueño expresa una economía de las fuerzas, una
tensión de las energías, una disposición de la distribución diferencial: es
una melodía del deseo, nunca su pintura; es presencia, nunca
re-presentación. Ese modo del trabajo que llamamos artístico debe a partir
de ahora consagrarse a un producir similar en la esfera del acontecimiento, de
la presencia, nunca más en la de la representación. No queda nada digno
que representar, no queda dignidad alguna reivindicable en la tarea del
representar. Ya no es sólo aquello de «no cometer la indignidad de hablar por
otro» sino que ningún signo, efecto, objeto, figura, ninguna entidad o
existente, puede pretender dignidad alguna si su trabajo es único o
principalmente valer por otro, representarle…
8.- No existen este mundo y el otro. El
arte no puede seguir reivindicando habitar una esfera autónoma, un dominio
separado. Ni siquiera para argumentar la operación «superadora» de su
estatuto escindido. La clase de los objetos es única, todos ellos gozan del
mismo calibrado y adolecen de la misma carencia «objetiva» de fantasmalidad.
Si el trabajo del arte tiene todavía que ver con este «fantasma», con la
circulación de las ideas (en su incorrección característica) y la
productividad del sentido o las energías deseantes (en su difusión
magnificente), empieza a ser hora de no confundir ese halo con nada apegado a la
materialidad de algún orden de «objetos específicos».
9.- Las transformaciones de las sociedades
actuales determinan la completa inadecuación del régimen actualmente
hegemónico de circulación pública de la producción artística. Esto en lo
que se refiere de modo particular a dos circunstancias: 1. el deslizamiento del
significante visual hacia el territorio de la imagen movimiento y la
consiguiente obsolescencia creciente de los dispositivos espacializados de
organización de la recepción, de los modos de la expectación; y 2. la misma
espureidad de cualquier requerimiento de objetualización determinada.
No ya que mucha de la energía resultante de una práctica artística
cualquiera no requiere culminarse o concretarse en objeto único alguno.
Ni siquiera en objeto multiplicado alguno.
Para las nuevas prácticas no es ya que carezca por completo de sentido
hablar de original ni siquiera lo tiene hablar de las copias (como no lo tiene
hablar de copias cumplido el tránsito del disco hacia el MP3). El tiempo en que
el régimen de circulación pública de los productos resultantes de las
prácticas artísticas se refería a algún tipo de «objetos» está, por
completo, cumplido y acabado.
10.- En las sociedades del siglo 21, el arte no se
expondrá. Se producirá y difundirá.
11.- Nos interesa investigar la inadecuación
creciente de los antiguos dispositivos espacializados de articulación de la
recepción social de las prácticas artísticas (museos, galerías de arte, .).
Pero no porque sea nuestro interés mantenernos instalados en la lógica
antitética entre arte e Institución-Arte; esa lógica nos resulta manida hasta
el hastío y vaciada de cualquier potencial efectivo: quienes insisten en
definirse con respecto a ella caen de inmediato en el polo de lo exhaustivamente
institucionalizado, pues éste justamente se escribe bajo la figura de esta
lógica. No entonces por tal razón sino más bien porque en la exacerbación de
ese momento de inadecuación creciente, tanto las prácticas artísticas como la
institución que regula su inscripción social se ven obligadas a evolucionar.
12.- Toca evolucionar, sí. Basta de darle
cuerda a la fabulación falsamente «revolucionaria» en lo que se refiere a las
prácticas artísticas, fabulación que no hace más que anclar la forma de las
prácticas en un pasado bloqueado, autocomplacido en la irresolubilidad paradoja
de su lógica antitética. Nada que tenga la forma de la negación calculada de
sí misma hace otra cosa que preparar indisimuladamente la coartada del compromiso
cumplido anticipando el momento de su absorción integrada.
13.- La que describiríamos como lógica
antitética de la Institución-Arte (es decir: la característica de la
formación del espíritu objetivo que heredamos como pasado constituyente, la
herencia de lo moderno) tiene esta forma: que para ser arte debe
precisamente negar serlo, que para entrar en la Institución-Arte debe
precisamente aparentar (y adoptar el tono más convincente posible al respecto)
que la pone en cuestión, que la rebasa, que la excede, que la desborda.
14.- La que describiríamos como trasnochada
lógica antitética de la obra tiene una estructura similar, la de un si es
no es. Si no se le reconocía arte reclamará venir a serlo (lógica del readymade,
de los otros comportamientos, de las actividades otras). Si se le
reconoce serlo, deberá entonces serle negado algún valor en esa condición
(lógica del pronunciamiento antiartístico).
15.- El tiempo de esta «lógica generacional»,
pues muy pronto deja de ser una mera lógica de la falsa conciencia para
resolverse en una economía de la evolución presidida por la
gobernación de un principio adaptativo, tipo «selección natural»- ese tiempo
toca a su fin. El que quiera presentarse a sí mismo como otra cosa que coro
repetidor de un academicismo prefijado, que se invente un estribillo menos
complaciente que el de la expresión antitética. Fin de juego para la herencia
Duchamp.
16.- Dos figuras que marcan el carácter
«falsamente» político de un arte hoy obligado a resultar, como tal,
«correcto»: 1. la falsa declaración de estar al margen de los procesos
universalizados de la producción, y 2. la falsa declaración de estar al margen
igualmente de la exhaustiva «administración» del mundo social contemporáneo.
Dicho de otra manera: la puesta en fantasmagoría de dos imaginarios
interesados, queremos decir: cuya producción interesa por encima de todo al
«capitalismo cultural» contemporáneo- el de que es posible un mundo sin
mercado y el de que es posible un mundo sin estado, lo público y la
ciudadanía sin su administración.
Empobrecidas fantasías legitimadoras cuya postulación hipotética,
fabuladora, a nadie beneficia tanto como a quien justamente trabaja para que
bajo ninguna consideración y en el más mínimo territorio esas fantasías sean
realizables, sino como tales fantasías.
17.- Ni al margen del Estado ni al margen del
mercado, el trabajo que realiza el productor artístico se sitúa en la órbita
de cualquier otra actividad; de la actividad que sea. Es, como todo el
resto del trabajo que realizan cualesquiera otros ciudadanos, una mera actividad
productiva y su espacio de inscripción no es otro que el dominio público, el
espacio social, definido por los actos de intercambio. Nos guste o no, en las
sociedades actuales este espacio se encuentra exhaustivamente prefigurado por la
actividad económico-productiva, bajo cuya administración se decide la forma
reglada de todo intercambio social.
18.- El arte ha dejado de pertenecer al orden de
una economía simbólica presidida por las figuras antropológicas del derroche,
de la sobreproducción. El artista contemporáneo no puede aceptar seguir
oficiando como brujo de la tribu, de liberado en las nuevas formas
del potlach contemporáneo. En las nuevas economías de la falsa
opulencia sostenida el artista no puede aceptar que su práctica se inscriba
de ninguna manera en los registros de forma actualizada alguna del lujo.
19.- La transformación de las nuevas sociedades
sitúa en primer plano el trabajo inmaterial, la producción de sentido y
afectividad, el trabajo intelectual y pasional. El desafío más importante a
que se enfrentan las prácticas artísticas contemporáneas apunta a redefinir
su papel antropológico con relación a este gran desplazamiento.
20.- La vieja circunscripción de la idea del
trabajo a la economía productiva y la producción de objeto está quedando
patentemente obsoleta, y no sólo por el desproporcionado mayor peso que la
economía financiera y de la pura circulación de capitales está adquiriendo en
las nuevas sociedades, sino también por el hecho de que la producción
inmaterial y la circulación del sentido, de la información, se están
convirtiendo en las modalidades de intercambio más importantes en las
sociedades emergentes.
21.- Quizás lo más característico de las
nuevas sociedades es en efecto su transformación estructural en cuanto a las
relaciones de producción, su terciarización. En las sociedades del
postfordismo, la parte más importante del trabajo que se realiza ya no tiene
por objeto la producción de bienes materiales, sino que se orienta a la
producción intelectual y afectiva, a alimentar nuestras necesidades de sentido
y deseo, de significado y placer. Al mismo tiempo, también el consumo de bienes
inmateriales, cuya circulación está regulada por las industrias culturales
definitivamente fundidas con las del ocio y la comunicación, está tendiendo a
convertirse también en el modo principal del consumo.
La consecuencia es que la posición del centro antes ocupada en cuanto a la
generación de riqueza por la posesión del capital bascula ahora hacia la
posesión de la propiedad intelectual, objeto principal de la nueva
reordenación del sistema capitalista. Las prácticas artísticas deben
encontrar su lugar con relación a todos estos procesos de transformación.
22.- La propiedad intelectual y el derecho de
autor, como tales, se van a convertir en el caballo de batalla principal de este
recentramiento contemporáneo de las relaciones de producción. Las figuras del
plagio utópico o la sindicación de la autoría –cuya mejor eficacia se ha
ejemplarizado hoy en el terreno del software libre- suponen al respecto puntas
de lanza de una gran estrategia por desplegar que dirija su política a la
generación de los dispositivos y recursos que permitan la libre circulación y
el acceso universal a la información, modificando definitivamente al respecto
la relación entre productores y utilizadores.
Se impone superar el esquema verticalizado emisores à
receptores para establecer una economía radial y desjerarquizada de
usuarios, un rizoma de utilizadores actualizando la fórmula
utópica de la comunidad de productores de medios.
23.- Es preciso encontrar fórmulas que
simultáneamente respeten el derecho de autor y el derecho colectivo de acceso
público libre y abierto a la totalidad de los saberes y las prácticas de
producción simbólica, revisando de forma profunda el concepto de propiedad
intelectual. El que manejamos viene heredado de un tiempo en que las
nociones de identidad, autoría y propiedad se asentaban en presupuestos jurídico-bio-religiosos,
y no, como ahora deben replantearse, en función de consideraciones de orden
bio-tecno-político.
24.- El recentramiento que trae el trabajo
inmaterial al centro operacional mismo de las nuevas economías supone una gran
transformación: todo el espectro de una producción que antes era considerada
«superestructural» ha pasado a convertirse en la parte nuclear del comercio
antropológico contemporáneo.
25.- Si las nuevas sociedades pueden hoy ser
definidas como sociedades del trabajo inmaterial, sociedades del
conocimiento, hay que reconocer entonces que a las prácticas de producción
simbólica -a las actividades orientadas a la producción, transmisión y
circulación en el dominio público de los afectos y los conceptos (los deseos y
los significados, los pensamientos y las pasiones)- les incumbe en ellas un
papel protagonista, absoluta y seriamente prioritario. El artista como
productor ya no opera en ellas como una figura simbólico-totémica, sino
como un genuino participante en los intercambios sociales –de producción
intelectual y producción deseada.
26.- Primera responsabilidad: la adquirida en
cuanto a la producción de formas de socialización e individuación. Los viejos
mecanismos de la reproducción social, la familia, la educación, la religión,
la patria, … todos los antiguos dispositivos articuladores de relatos de
reconocimiento, las maquinarias abstractas productoras de elementos de
identificación a través de la adhesión tácita a un sistema complejo de
creencias implícitas o explicitadas- han dejado de funcionar como tales, y el
encargo de proporcionarle al sujeto en su proceso de construcción herramientas
de reconocimiento o identificación ha sido cedido, o desplazado, hacia agencias
mucho más hábiles y flexibles, en las que el peso del «imaginario» visual
circulante capaz de este devenir colectivo es decisivo.
El poder de la imagen, de la «cultura visual» al respecto es casi absoluto
y los productores de esa «cultura visual» harían bien en conocer y asumir la
desmesurada importancia que ella ha adquirido, y en consecuencia, su creciente
responsabilidad (una responsabilidad para la que, todo debe ser dicho, no
siempre se encuentran suficientemente preparados).
27.- Por tres vías diferentes las nuevas
prácticas artísticas están asumiendo esa responsabilidad. En primer lugar,
por la vía de la narración. La utilización de la imagen-técnica y la
imagen-movimiento, en su capacidad para expandirse en un tiempo-interno de
relato, multiplica las posibilidades de la generación de narrativas. En
segundo lugar, por la vía de la generación de acontecimientos, eventos,
por la producción de situaciones. Mas allá de la idea de
performance, y por supuesto mucho más allá de la de instalación, el
artista actual trabaja en la generación de contextos de encuentro directo, en
la producción específica de micro-situaciones de socialización. La
tercera vía es una variante de ésta segunda: cuando esa producción de
espacios conversacionales, de socialización de la experiencia, no se produce en
el espacio físico, sino en el virtual, mediante la generación de una mediación.
El artista como productor es: a) un generador de narrativas de
reconocimiento mutuo; b) un inductor de situaciones intensificadas de encuentro
y socialización de experiencia; y c) un productor de mediaciones para su
intercambio en la esfera pública.
28.- El artista como productor interviene, cada vez
más en el tiempo real del dominio de la experiencia, no en el del tiempo
diferido de la representación. Esto se hace tanto más indiscutible
cuanto más entendamos el tiempo real en términos de tiempo de
sincronización de la experiencia, tiempo compartido y de encuentro entre los
sujetos de conocimiento y pasión. Cada vez más, el artista es un productor directo...
29.- Segunda gran responsabilidad del productor
artístico en las sociedades actuales: la que le concierne con relación al
proceso de «estetización» difusa del mundo contemporáneo sin el que el nuevo
capitalismo no sería posible. Si el efecto del capitalismo industrial sobre el
sistema de los objetos , por ende sobre el sistema de necesidades, y el de las
relaciones, fue su transformación generalizada a la forma de la mercancía,
podría decirse que el efecto más característico del capitalismo
postindustrial es la estetización generalizada de tal mercancía, la
transformación de ésta, y por ende del sistema de necesidades, y el de las
relaciones, sometido por tanto a una segunda metamorfosis, a su forma estética.
Lo que preside en efecto la circulación social actual de objetos, bienes y
relaciones, no es ya el valor de uso que podamos asociarles ni aún el valor de
cambio: si no, y por encima de todo, su valor estético, la promesa que
contiene de una vida más intensa, más interiormente rica.
30.- a religión de nuestro tiempo se llama: justificación
estética de la existencia –cumplida bajo una forma evidentemente
abaratada, trivial, si se compara con su diseño en el programa romántico, en
Nietzsche. Su efecto supone la realización de nuestro tiempo como tiempo del
nihilismo culminado –pero de nuevo a precio de saldo, como de segunda
mano.
31.- os mecanismos sociales de reconocimiento y
diferenciación, de socialización y subjetivación, de pertenencia a un grupo
social y distinción dentro de él, se hacen reposar por encima de todo
en el valor estético, y es la carga de éste que el nuevo capitalismo
añade a objetos y relaciones, materiales o inmateriales, la que
determina su nuevo valor social. Tanto más en un mundo globalizado, en el que
la circulación de bienes, formas y mercancias trasciende cualquier frontera y
entorno geo-bio-político de identificación específico: en este mundo
globalizado de señas de identidad extraviadas, las necesidades de implementar
esos mecanismos de producción de identidad y diferenciación crecen
exponencialmente.
32.- El trabajo que al respecto concierne a las
prácticas artísticas tiene entonces que ver con la producción de
imaginario en las sociedades del trabajo inmaterial. A nivel genérico,
ideológico, éste se aboca a: 1. la implementación de imaginarios alternativos
a los dominantes en el proceso de globalización y 2. la aproximación crítica
a los mecanismos y modos de producción de representación que son propios de
las industrias culturales y del entretenimiento.
33.- Lo que está en juego en las nuevas
sociedades del capitalismo avanzado es el proceso mediante el que se va a
decidir cuáles son y cuáles van a ser los mecanismos y aparatos de
subjetivación y socialización que se van a constituir en hegemónicos, cuáles
los dispositivos y maquinarias abstractas y molares mediante las que se va a
articular la inscripción social de los sujetos, los recursos efectivos mediante
los que nos aventuraremos de ahora en adelante al proceso de devenir ciudadanos,
miembros de un cuerpo social.
Es preciso intervenir en ese dinámica, reconociendo la dimensión altamente
política que comporta.
34.- Resistir al efecto de desintensificación,
empobrecimiento cualitativo y expropiación de lo auténtico de la experiencia
que caracteriza a su gestión por las industrias del espectáculo puede ser el leit
motiv de una nueva política. Una nueva política que frente al
desorbitado potencial que poseen las industrias contemporáneas del imaginario
pueda ser capaz de agenciar líneas de resistencia y modos de producción
alternativa de los procesos de socialización y subjetivación.
Acaso en esa tarea, la de esa nueva política definida en la era
del trabajo inmaterial- las prácticas artísticas lograrán encontrar, en
un proceso de transformación de las sociedades actuales que tiende a
convertirlas en meros instrumentos de legitimación , cuando no en triviales
generadoras de bibelots de lujo para las nuevas economías inmateriales,
sus mejores argumentos de futuro, su más alto desafío, o cuando menos una
buena razón de ser en el siglo que ya comienza.
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