ml mm 1/3 mmm mmml Inicio     Lo que hay que leer     Lo que hay que oír y leer
 

En esta sección nos fijaremos en ocurrencias de los niños. Porque su tendencia a la concreción del concepto y a la globalización, unida a su aplastante lógica, y condicionada por la imitación de modelos, crean el caldo de cultivo idóneo para intervenciones que sólo pueden ser calificadas de gloriosas, aunque sus dichos no sean incorrectos desde el aspecto formal de la lengua. Su agudeza supera muchas veces la de los adultos. No olvidemos tampoco que muchos de sus errores están producidos por deficiencias de discriminación auditiva fina.


Texto libre de un niño de seis años:
“Me gustan mucho los animales yo tengo muchos animales tengo un perro dos gatos dos lleguas y una ermanita”

Una niña de cuatro años tarareaba en clase una canción.
- ¿Qué cantas, M...? -preguntó la maestra.
- La canción de Javi.
- ¿Y cómo es la canción de Javi? ¿Me la cantas?
- La niña, con la música de "Cumpleaños feliz", cantó:
- Javi levi tuyu, Javi levi tuyu...

Una chiquilla cantaba entusiasmada el conocido villancico "Campana sobre campana" (léase acompañado de la consabida música):
- Recogido tu rebaño,
¿a dónde "Gaspar" "torcito"?...

El maestro había explicado unas nociones elementales de nombre. Después quiso comprobar si todos los niños las habían captado correctamente. Preguntó a uno:
- ¿Qué es el nombre?
- Nombre es una cosa que sirve para llamar a perros, gatos y personas.
Indignadísimo, otro de los alumnos saltó:
-   ¿Y mi canario?

Un niño jugueteaba por la calle. Un matrimonio entabló conversación con él. La típica plática que echamos con los niños, que más bien es un interrogatorio. Le preguntaban por sus papás, por los amigos, por la escuela...
- Pero, ¿todavía no te sabes el Padrenuestro?
- No, todavía no me sé el padre vuestro.

La "seño", cuando era el cumpleaños de un niño, confeccionaba un mural con dibujos realizados por los otros niños y se lo regalaba al homenajeado. Todos los dibujos tenían que ser retratos del niño del día, pero antes tenían que enseñárselos a él para que diera su aprobación. Una de estas celebraciones se tornó en un mar de lágrimas para la niña más pequeña de la clase, que tenía tres años recién cumplidos. Resulta que cuando fue a enseñar su dibujo al del cumpleaños, se lo despreció.
- ¿Por qué lloras, mi niña? -le preguntó la maestra.
- Porque a J. no le gusta mi dibujo.
- ¡Es que está muy mal! ¡Ése no soy yo! -se justificó J., que de alguna manera sentía cierta culpabilidad por la amargura de la pequeñina.
Verdaderamente el dibujo era de papelera, vamos, una caca. Pero había que remediar la situación.
- Mira, bonita, si está muy bien -explicaba la "seño"-, pero no lo has acabado. ¿No ves que no le has pintado brazos, ni manos, ni dedos...?
- ¡Claro! -saltó J. para lavar su conciencia-. ¿Es que cómo me corto yo las uñas?

Otra maestra mostraba a un tierno infante unas láminas de dibujos, con el fin de ampliar su vocabulario (el del niño). Gradualmente ascendía el nivel de dificultad, enseñando objetos cada vez más extraños para él. Una lámina representaba un fragmento de un pentagrama con unas notas musicales.
- ¿Sabes qué es esto?
- Golondrinas en las alambres.

La profesora de religión mantenía una distendida charla con los alumnos más pequeños. Hacían planes para el futuro.
- Yo no me casaré nunca -decía una de ellos.
- ¿Por qué?
- ¡Porque si todos somos hermanos y los hermanos no se pueden casar...!

En una clase de Ciencias Sociales de E. Primaria el maestro disertaba sobre el descubrimiento de América. A un nivel infantil había valorado las causas y las consecuencias del hecho, había contado un montón de anécdotas, había hecho el perfil de los personajes más influyentes de la época... Vamos, que tenía a todos los niños con la boca abierta.
De pronto se abre la puerta del aula y aparece el director con una visita inesperada: el nuevo obispo de la diócesis, que quiere conocer el colegio.
Inmediatamente se cierran los libros y los cuadernos.
El obispo saluda a los niños, les habla un poquito de la Iglesia y les interroga suavemente sobre materia religiosa:
- ¿Quién sabe decirme quiénes fueron nuestros primeros padres?
Uno de los alumnos "infalibles" levanta la mano y, sin más, contesta a pleno pulmón:
- ¡Isabel y Fernando!

La familia de un escolar se trasladó del pueblo a la ciudad. Al comenzar el curso se les pasó a los alumnos unas sencillas pruebas de evaluación inicial. Una de ellas consistía en una cuenta de multiplicar por tres. El niño en cuestión hizo rápidamente la cuenta y se la enseñó a la maestra:
- Muy bien, muy bien. Ya sabes multiplicar.
- Sí -dijo muy contento-. El maestro del pueblo nos enseñó la tabla del tres.
El siguiente ejercicio era otra cuenta de multiplicar. Esta vez el niño no la acababa y se puso a llorar.
- ¿Qué te pasa, majillo?
- Es que el maestro del pueblo no nos enseñó la tabla del treinta y seis...

Al poco de haber comenzado la clase, la maestra se percató de que un niño estaba totalmente inactivo.
- Fulanito, ¿por qué no trabajas?
  El niño, llorando contestó:
- ¡Es que me he dejado el "Conocimiento" en casa!

A D., en una ocasión, se le escapó en casa un "joder". Su madre, sin reprenderle, le orientó de esta manera:
- Mira, D., eso sólo lo dicen las personas mayores. Los niños tenéis que decir "jolín".
Pocos días después, la mamá de D. tuvo un pequeño accidente laboral en la cocina con una cazuela.
-
¡Jolín, cómo quema!
D. le devolvió la pelota:
- Mamá, tú no tienes que decir eso. Tú ya eres mayor. Tienes que decir joder.

C. tiene cuatro años. Estaba enfermo y telefoneé para interesarme por su salud. Él mismo cogió el teléfono.
- Hola, C., ¿qué tal estás?
- Me duele la garganta.
- ¿Tienes fiebre?
- Un poco.
- ¿Y qué estás haciendo?
- Ahora estoy hablando contigo por teléfono. 

- Mamá -preguntó C.-, ¿Dios dónde vive?
- En el cielo.
- ¿Es que se ha muerto?

Otro día se quejaba ante su madre:
- Mamá, esa niña me ha arañado.
- Habrá sido sin querer.
- No mamá, ha sido queriendo. ¿O es que no me quiere? ¡Es mi amiga!

En otra ocasión preguntó:
- ¿Aquí hemos venido?
- Sí, hijo, el año pasado; cuando tenías cuatro años.
- ¡Anda, me saco un año a mí mismo!

C. había hecho alguna trastada y su mamá se enfadó con él. Llegó la hora de acostarse y su madre quiso hacer las paces:
- Perdona, mi niño, a ver si no vuelvo a perder los nervios.
- ¡Si a mí me encanta que los pierdas -explicó C. razonable y a la vez ofendido-, porque así no los tienes!

Otro día, dialogaba con su madre a la salida del cole.
- Mamá, me da la impresión...
Se paró de repente y preguntó:
- Mamá, ¿qué es impresión?

Un niño estaba entretenido, absorto, con sus juguetes. Su padre le llamaba, pero no se enteraba; hasta tal punto que el padre se enfadó con él:
- Cuando yo te llame contestas: "¡Voy!". ¿Te has enterado?
Le zarandeó un poco y siguió dándole nociones de buena educación:
- ¡Tienes que contestar cuando se te llame, cuando se te pregunte! Por ejemplo:
- ¿Cómo te llamas?

- ¡¡Vooooy!!

A. B. era un niño de cuatro años que ya entonces presagiaba buenas cualidades memorísticas. Era una escuela unitaria y, evidentemente, lo que se explicaba para unos niños podía ser oído por los otros, sin importar la edad. En una ocasión en que yo preguntaba a los de 3º. de E.G.B. la clasificación de los seres, les pedí que me dijesen cómo se llamaban de otra forma los seres no vivos. Instantáneamente contestó A.B., que estaba dibujando:
- Inertes.
Yo pensé que le sonaba la palabra por haberla escuchado algún día antes, pero quise comprobar si la entendía:
- Ven aquí, majo. ¿Tú sabes qué es un ser inerte?
- Sí, los que no tienen vida.
- Díme un ejemplo.
Permaneció unos segundos pensativo y de repente abrió los ojos como platos, se le iluminaron y exclamó:
- Mi abuelo.
- ¿Y eso?
- Se murió el otro día.

Unas sobrinas de cinco y cuatro años respectivamente, hermanas ellas, hacían este comentario en el trayecto del colegio a casa:
- Fíjate, a Fulanita, la de mi clase, le han dado ya cinco o seis infartos y sus papás no lo saben -decía la mayor.
- Pues en mi clase -no se quedó atrás la pequeña- Menganito está embarazado y su papá tampoco lo sabe.

La "seño" dedicó una clase a explicar a sus alumos de cinco años el amor y las relaciones afectivas familiares: entre marido y mujer, padres e hijos, hermanos, primos, abuelos, nietos, etc. A la salida de clase, la sobrina mayor reflexionaba con su compañera y amiga:
- ¡Menos mal que nosotras estamos solteras!           

Su madre, mi cuñada, tuvo una fuerte afección de garganta y estuvo casi dos semanas sin poder hablar. Mi hermano, para fastidiarla un poco, hacía este comentario con la niña:
- ¡Qué bien hemos estado estos días que mamá no ha podido hablar! ¿Verdad?Los niños no tienen un pelo de tontos. Ella le respondió:

- Sí que es verdad. ¡A ver cuándo te pones tú también afónico!