¡Lo que hay que oír!

                                                             
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El uso poco generalizado de algunas palabras es motivo de errores. El uso incorrecto muy generalizado de algunas palabras es causa de que no salgamos del error. Algunas palabras se han oído poco; otras son muy frecuentes, pero casi siempre se oyen mal. Por otra parte, los agentes físicos que intervienen en la comunicación pueden desarmonizar la forma y el sentido de los mensajes. ¿Quién no ha tenido que rectificar alguna respuesta con un "perdona, no te había oído bien"? Las razones de la mala audición, o de la distracción, simplemente, pueden ser muy variadas. No pasa nada, a no ser que el contexto y, tal vez, el azar preparen un combinado explosivo con abundantes ingredientes de comicidad.


El dueño de un bar, al que acudíamos a tomar la caña de mediodía, acostumbraba a poner arenques de aperitivo. Desde él hasta el último cliente decía sardina arengue, excepto cuatro o cinco insensatos que pedíamos arenQUE, enfatizando bien la terminación para ver si cundía el ejemplo. Ya nos habíamos resignado a no oír más finales en "que" que los nuestros. Todos los días, la misma rutina:
- Ponme una sardina arengue.
- Por favor, dame una caña con una sardina arengue.
- A mi también me pones arenQUE -decía cualquiera de nosotros.
Pero un año, y por supuesto un día, casi le da algo a mi hermano, que en esa ocasión estaba solo. Entró un cliente e hizo el siguiente comentario:
- Buenos días.
- Buenos días -contestó el dueño-. ¿Qué te pongo?
- Una caña.
- ¿De aperitivo?
- Por cierto, todos estamos equivocados; todos lo decimos mal: siempre decimos sardina arengue, y no es así. Lo comprobé ayer haciendo un crucigrama.
- ¡Por fin! -exclamó mi hermano- ¡Hay alguien que se ha dado cuenta!
- Sí, señor -continuó el cliente-. Porque no es sardina, es sólo arengue.
Seguimos con la esperanza, es lo último que se pierde. Y además de lo relatado, ¿no les hubiese "encantado" ver el crucigrama?

En los recreos suelo interesarme por el contenido de los bocadillos de los niños. Suele ser productivo, porque a menudo oigo como respuesta a mi pregunta un "¿quieres?", que se agradece. Un día me contestó una niña:
- Hoy he traído salchichón con Fray Gas. ¿Quieres?
Hay que probar de todo. Estaba bueno.

Uno de mis sobrinos estaba entusiasmado. Les habían hecho un regalo para llevarlo a una finca que tienen en las afueras.
- Tío, tenemos cinco gallinas y tres cojonitos.

Se acercaba la Navidad. Las maestras decoraban la clase y daban instrucciones a las niñas para que escribiesen las tarjetas de felicitación.
- Señorita -preguntó una de ellas-. ¿Cómo ponemos eso del año?
- ¿Qué dices?- Que si ponemos feliz Navidad y ventosear el año.

La enfermera rellena la ficha de una paciente:
- ¿Qué le pasa a usted?
La señora, señalándose la zona genital, contesta:
- Me ha dicho el médico que venga a verle, porque tengo afición aquí abajo.
(Y muchas más, pero no van; ¡como está de moda automedicarse...!).

- ¡Qué importante se ha vuelto Candeleda! ¡Ya veranea allí hasta el Primer Ministro inglés, Oscar Mayer!

- Anímate -decía una señora a otra- y ven a esas reuniones. Nos dan una charla y nos ponen filipinas...

  Aquella niña no padecía del oído, pero sí de un agudo despiste desde su tierna infancia. Era, además, propensa a hacer breves y sentenciosos comentarios cuando veía la televisión, como éste durante la transmisión de un combate de boxeo:
- Le ha dejado drogui.
El ataque de risa dejó K.O. a los asistentes. Ella se enfadó.

   Otro día, sus hermanos mayores se incorporaron tarde a la película del Oeste.
- ¿Qué ha pasado? Cuéntanoslo.
- Que han llegado los indios al rancho, los han matado a todos y les han cortado el culo cabelludo.
Esta vez se enfadó mucho más. Sus cabelleras también peligraron.

- ¿No conoces ese desodorante? ¡Pues es buenísimo!
- No. ¿Cómo viene? ¿En eurosol?
(Hay que acomodarse a los tiempos).

- Tu padre se conserva muy bien.
- Sí, estupendamente. ¡Si no fuese por la vehemencia senil...!

- Me duele el cuello por aquí atrás, por las cerdicales.
(¡Por eso te duele, guarro! ¡Por no lavarte!).

- ¡Fíjate qué curioso! ¡Me encantan los macarrones y, sin embargo, no puedo pasar los canalones!
( Son un poco más duros; de todas formas es que los has probado poco..., ¡no veas cómo están en su jugo!).

Llamaron a la puerta. El marido se levantó a abrir y tardó un rato en regresar.
- ¿Quién era? ¿Con quién hablabas tanto tiempo? -preguntó la mujer.
- Con un vendedor de libros, un representante de la editorial Espasa-Calvé.

Sobre las vacaciones.
- ¿Dónde vais a ir este año?
- Todavía no lo hemos decidido. A mí me encantaría ir a las cataratas del Higoazul.

- Buenos días, doctor. Vengo a que me recete unas pastillas decervantes.
- ¿Qué pastillas son ésas?
- Pues unas decervantes, que me recetó otro médico.
El médico estaba al borde de la locura.
- Pero, ¿podría decirme para qué son?
- Sí, para el estómago. Son unas pastillas que se echan en un vaso de agua y hacen chup, chup, chup...

Unas amigas fueron invitadas a una fiesta. La familia anfitriona les agasajó con todo tipo de manjares, entre los que figuraban unos canapés de caviar. De regreso a casa, una de ellas comentaba a la otra:
- Yo he comido el caviar por no hacer un feo, pero no me agrada nada; además, ¡eso de meterme en la boca huevos de centurión...!

Comentarios dentro del televisor.
- ¡Qué majo estaba Charlton Heston en la película Ben-Hur, montado en su cuadrícula!


No descartemos la asociación de ideas. Con frecuencia la palabra está bien oída, pero por algún motivo desviamos su significado, o la sacamos de su contexto y la utilizamos en otro con el que hay ciertas concomitancias.

Un matrimonio acudió a consulta médica, porque la señora padecía ciertas molestias las últimas semanas.
- Usted, señora, está embarazada -dictaminó el doctor.
- ¡Imposible! -gritó el marido- ¡Tiene una diapositiva intrataurina!
Tras haber contado el suceso a un amigo, éste me preguntó a los pocos días:
- ¿Cómo era aquello de la filmina?

Unos clientes entraron en una sala de fiestas, tomaron asiento alrededor de una mesa y esperaron a que el camarero se acercase.
- ¿Qué tomarán los señores?
- A mí me trae un...
- Póngame a mí...
Así, uno a uno, iban pidiendo sus consumiciones. Sólo faltaba la señora del fondo.
- ¿Qué va a tomar la señora? -preguntó el camarero.
- Bueno, como hoy estamos de fiesta, me pone un "Beefeater".
- ¿Con qué lo quiere?
- Con ginebra mismo.

El marido, cuando marchaba al trabajo, se despidió de su mujer, amable y cariñoso como siempre:
- Hasta luego, taponcito.
- Hasta luego.
Al regresar a casa notó algo raro en ella.
- Hola, cariño.
- Hola -contestó muy seca.
- ¿Qué te pasa?
- ¡¡Nada!!
- Pero, ¿qué pasa? ¿Qué te he dicho? ¿Qué he hecho ahora?
Medio de bromas, medio de veras, ella le aclaró:
- ¡Nada! ¡Me has llamado corcho!

Estábamos preparando un viaje escolar. El director del colegio solicitaba un teléfono en el servicio de información.
- Por favor, señorita, ¿podría decirme el teléfono de las Cortes de Castilla y León?
- Un momento -hace una pausa-. Espere un poco, que no lo encuentro.
- Están en Valladollid -intentando ayudarla-, concretamente en un pueblo próximo, Fuensaldaña.
- ¿Está usted seguro de que allí hay Cortes?

¡Malditos nervios...!

La tensión puede modificar respuestas y conductas. En determinadas ocasiones, por ejemplo un examen, los nervios atenazan el cerebro y por ende varias funciones que de él dependen. No digamos nada si el examen es oral y si, además, es una oposición. Es muy frecuente confundir el enunciado de la pregunta, aunque se haya oído bien, sufrir un bloqueo que nos impida articular palabra alguna, incluso llegar a la pérdida del control de esfínteres o a otras disfunciones. Pero no había conocido nada tan insólito como esta anécdota que me proporcionó un amigo:
Se celebraban las oposiciones de Magisterio. Una de las pruebas, sin duda la más temida, era el examen oral; examen que, por otra parte, era público. Los opositores tenían que desarrollar tres temas ante un tribunal.
Le tocó el turno a cierto opositor. Tras un breve tiempo de preparación, se acomodó en la mesa (más bien patíbulo) destinada a los examinandos. El presidente del tribunal se dirigió a él secamente con el primer tema:
- El derrumbamiento del Imperio Romano.
Mudo, blanco, inmóvil... quedó el opositor. Al cabo de unos segundos, pareció que salía de su estado cataléptico. Comenzó a articular unas palabras ininteligibles en principio, pero cada vez más diáfanas según avanzaba en el desarrollo, que fue éste:
- ¡Rrrrr...! ¡Prrrrooom! ¡Porrroooooommm! ¡Porroomm! ¡Pom! ¡Pom! ¡Pom! ¡Porrrrrrrooooooommmmmm! ¡Porrrooommpommpomm! ¡Pom, pom, pom! ¡Prrrommmm!
Se levantó y se fue.