El dueño de un
bar, al que acudíamos a tomar la caña
de mediodía, acostumbraba a poner
arenques de aperitivo. Desde él
hasta el último cliente decía sardina
arengue,
excepto cuatro o cinco insensatos que
pedíamos arenQUE, enfatizando
bien la terminación para ver si cundía
el ejemplo. Ya nos habíamos
resignado a no oír más finales en
"que" que los
nuestros. Todos los días, la misma
rutina:
- Ponme una sardina arengue.
- Por favor, dame una caña con una
sardina arengue.
- A mi también me pones arenQUE -decía
cualquiera de nosotros.
Pero un año, y por supuesto un día,
casi le da algo a mi hermano, que en
esa ocasión estaba solo. Entró un
cliente e hizo el siguiente
comentario:
- Buenos días.
- Buenos días -contestó el dueño-.
¿Qué te pongo?
- Una caña.
- ¿De aperitivo?
- Por cierto, todos estamos
equivocados; todos lo decimos mal:
siempre decimos sardina arengue,
y no es así. Lo comprobé ayer
haciendo un crucigrama.
- ¡Por fin! -exclamó mi hermano- ¡Hay
alguien que se ha dado cuenta!
- Sí, señor -continuó el cliente-.
Porque no es sardina, es sólo arengue.
Seguimos con la esperanza, es lo último
que se pierde. Y además de lo
relatado, ¿no les hubiese "encantado"
ver el crucigrama?En los recreos
suelo interesarme por el contenido de
los bocadillos de los niños. Suele
ser productivo, porque a menudo oigo
como respuesta a mi pregunta un
"¿quieres?", que se
agradece. Un día me contestó una niña:
- Hoy he traído salchichón con Fray
Gas. ¿Quieres?
Hay que probar de todo. Estaba bueno.
Uno de mis
sobrinos estaba entusiasmado. Les habían
hecho un regalo para llevarlo a una
finca que tienen en las afueras.
- Tío, tenemos cinco gallinas y tres
cojonitos.
Se acercaba la
Navidad. Las maestras decoraban la
clase y daban instrucciones a las niñas
para que escribiesen las tarjetas de
felicitación.
- Señorita -preguntó una de ellas-.
¿Cómo ponemos eso del año?
- ¿Qué dices?- Que si ponemos feliz
Navidad y ventosear
el año.
La enfermera
rellena la ficha de una paciente:
- ¿Qué le pasa a usted?
La señora, señalándose la zona
genital, contesta:
- Me ha dicho el médico que venga a
verle, porque tengo afición
aquí abajo.
(Y muchas más, pero no van; ¡como
está de moda automedicarse...!).
- ¡Qué
importante se ha vuelto Candeleda! ¡Ya
veranea allí hasta el Primer
Ministro inglés, Oscar Mayer!
- Anímate -decía
una señora a otra- y ven a esas
reuniones. Nos dan una charla y nos
ponen filipinas...
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Aquella niña
no padecía del oído, pero sí de un
agudo despiste desde su tierna
infancia. Era, además, propensa a
hacer breves y sentenciosos
comentarios cuando veía la televisión,
como éste durante la transmisión de
un combate de boxeo:
- Le ha dejado drogui.
El ataque de risa dejó K.O. a los
asistentes. Ella se enfadó. Otro
día, sus hermanos mayores se
incorporaron tarde a la película del
Oeste.
- ¿Qué ha pasado? Cuéntanoslo.
- Que han llegado los indios al
rancho, los han matado a todos y les
han cortado el culo
cabelludo.
Esta vez se enfadó mucho más. Sus
cabelleras también peligraron.
- ¿No conoces
ese desodorante? ¡Pues es buenísimo!
- No. ¿Cómo viene? ¿En eurosol?
(Hay que acomodarse a los tiempos).
- Tu padre se
conserva muy bien.
- Sí, estupendamente. ¡Si no fuese
por la vehemencia
senil...!
- Me duele el
cuello por aquí atrás, por las cerdicales.
(¡Por eso te duele, guarro! ¡Por no
lavarte!).
- ¡Fíjate qué
curioso! ¡Me encantan los macarrones
y, sin embargo, no puedo pasar los canalones!
( Son un poco más duros; de todas
formas es que los has probado poco...,
¡no veas cómo están en su jugo!).
Llamaron a la
puerta. El marido se levantó a abrir
y tardó un rato en regresar.
- ¿Quién era? ¿Con quién hablabas
tanto tiempo? -preguntó la mujer.
- Con un vendedor de libros, un
representante de la editorial Espasa-Calvé.
Sobre las
vacaciones.
- ¿Dónde vais a ir este año?
- Todavía no lo hemos decidido. A mí
me encantaría ir a las cataratas del
Higoazul.
- Buenos días,
doctor. Vengo a que me recete unas
pastillas decervantes.
- ¿Qué pastillas son ésas?
- Pues unas decervantes, que
me recetó otro médico.
El médico estaba al borde de la
locura.
- Pero, ¿podría decirme para qué
son?
- Sí, para el estómago. Son unas
pastillas que se echan en un vaso de
agua y hacen chup, chup, chup...
Unas amigas
fueron invitadas a una fiesta. La
familia anfitriona les agasajó con
todo tipo de manjares, entre los que
figuraban unos canapés de caviar. De
regreso a casa, una de ellas
comentaba a la otra:
- Yo he comido el caviar por no hacer
un feo, pero no me agrada nada; además,
¡eso de meterme en la boca huevos de
centurión...!
Comentarios
dentro del televisor.
- ¡Qué majo estaba Charlton Heston
en la película Ben-Hur, montado en
su cuadrícula!
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