¡Lo que hay que oír!

                                                             
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Por si fuera poco la palabra mal oída o mal escuchada, nos enfrentamos también al conflicto de la palabra mal interpretada. La entonación que se da a una frase, la expresión del rostro, la rapidez de una pregunta o de una respuesta, u otros factores, pueden ser elementos que tergiversen, parcial o totalmente, la intención del emisor, la comprensión del receptor o ambas. Es esa palabra que no ha terminado de entenderse, que no encaja en el contexto, en la situación, y determina conductas absurdas o chistosas. Tal vez fuese más apropiado colocar aquí el título: "Lo que hay que ver".


Cuando comenzaron las campañas de inseminación artificial de las vacas, en muchos pueblos llamaban al veterinario el hombre-toro.

En una procesión de Semana Santa observé la dificultad que tenía el paso del Cristo de las Batallas para entrar por las puertas de la muralla abulense. A los pocos días me encontré con un conocido, que pertenecía a la cofradía que organizaba esa procesión, y comentamos el hecho.
- Parece mentira que pueda entrar el paso por el arco.
- Es que es muy alto -me explicaba él-. Lleva un sistema para poder bajarlo en esas ocasiones. De todas formas no te creas que es nada fácil, porque ese Cristo pesa como un demonio.

Una señora, un poco despistada, entró en una peluquería y se sentó a esperar. Enseguida uno de los peluqueros se dirigió a ella:
- Buenos días, señora, creo que está usted equivocada. Esta peluquería es sólo de caballeros.
- Usted perdone. No lo sabía. ¿Hay por aquí cerca una de señoras?
- Sí, mire: según sale siga hasta la tercera bocacalle a la izquierda, luego gire la segunda a la derecha y en el cuarto portal ya ve usted el cartel.
- Muchas gracias.
Al cabo de veinte minutos, da la señora con la peluquería, entra y se sienta en una silla. El peluquero le dice:
- Señora, esta peluquería es de caballeros; ya se lo dije antes.

Una madre acude con su niña al pediatra. Tras una conversación inicial, el doctor indica a la señora:
- Pase a esa habitación, quite la ropa a la niña y métala en esta bolsa -dándosela.
En breve, entra el médico y contempla la escena.
- Doctor, no cabe; déme otra bolsa más grande -haciendo esfuerzos.
La niña sólo entraba hasta la cintura.

Mi mujer y yo disfrutábamos de una partidilla de mus, en compañía de R. y J. Habíamos localizado un bar tranquilo, donde la afluencia de gente no suele molestar, ni tampoco la gente. En determinado momento comentó J.:
- Tengo mucha sed. Voy a pedirme otra cosa.
Como estábamos solos con el camarero, J. se dirigió a él desde la mesa, levantando un poco la voz:
- Por favor, ¿puede ponerme una Coca-Cola?
Instantáneamente se percató de que unos minutos antes mi mujer había pedido otra y de que ella siempre las toma "light". Para evitar errores, subió aún más el tono y añadió:
- ¡¡Normal!!
- ¡Gracias! -contestó el camarero.

La enfermera había dado al enfermo las instrucciones pertinentes para que él mismo se colocase un enema de glicerina. Al rato volvió a pasar por la habitación y le preguntó:
- ¿Le ha hecho efecto?
- Me ha costado mucho meterlo; pero lo peor va a ser sacarlo, con las esquinas que tiene este frasco.

Un paisano se enteró por la televisión de que subirían las tarifas postales. Rápidamente se fue a la localidad cabecera de comarca y compró todos los sellos que encontró. De vuelta al pueblo, comentaba muy ufano:
- ¡Que suban! ¡Que suban! ¡Yo ya he hecho el apaño para nueve o diez años!

Dos señoras solicitaron los servicios del taxista del pueblo para que las acercase a la ciudad. A medida que avanzaban por la carretera un extraño olor se iba percibiendo en el habitáculo del coche. Hacia la mitad del camino el tufo ya era insoportable.
- ¡Qué mal huele! -dijo una.
- Sí que es verdad -confirmó la otra-. ¡Huele fatal!
El taxista recordó de repente algo que le había ocurrido unas noches antes, de regreso al pueblo.
- ¡Ya sé lo que es! -exclamó- ¡El conejo!
- ¡Pues yo me he lavado esta mañana! -dijo una de las señoras.
- ¿Me estás llamando guarra? -se defendió encolerizada la otra- ¡Has de saber que yo me ducho todos los días! ¡La guarra serás tú!
- ¡Tranquilas! ¡Tranquilas! ¡No os peguéis! -apaciguó los ánimos el taxista, mientras detenía el coche en el arcén.
Se bajó. Abrió el maletero y sacó un envoltorio que no dudó en tirar a la cuneta. Entró de nuevo. Puso en marcha el coche y aclaró la situación:
- Es que el otro día, al volver, pillé un conejo, lo metí en el maletero y hasta ahora no me había vuelto a acordar de él.

Un camión fue a cargar paja a un pueblo. Lo habían sobrecargado de tal forma, que al salir rozó en el tendido de la línea telefónica, haciendo que uno de los postes se tambaleara. Los allí presentes comentaron el daño que podía ocasionar y refiriéndose a uno de ellos, que era el alcalde, le dijeron:
- Tómale la matrícula y denúncialo.
Sin pensarlo dos veces salió corriendo detrás del camión y regresó con la chapa.
- Ya está; pero, ¡qué agarrada estaba!

En el hospital la enfermera de consultas cumplimenta la ficha de una paciente:
- ¿Nombre del padre?
- En el nombre del Padre, del Hijo -santiguándose- y del Espíritu Santo.

Un funcionario de la Administración ayudaba a un señor a rellenar una solicitud.
- ¿Nombre?
- Fulano.
- ¿Primer apellido?
- Tal.
- ¿Segundo apellido?
- Cual.
- ¿Régimen del matrimonio?
- ¿Eso también hay que ponerlo ahí? -preguntó el señor.
- Sí, claro -contestó el funcionario.
- Bueno, ponga usted un par de veces a la semana.

El mismo funcionario envió una carta a un caballero que había cursado una solicitud, reclamándole una serie de documentos. Al no haberlos recibido llama por teléfono con carácter de urgencia. La señora se pone al aparato y va cotejando con el funcionario toda la documentación que necesitan presentar.
- ¿D.N.I.?
- Sí, lo tenemos -responde la señora.
- Correcto. ¿Declaración de la renta?
- Sí, sí, también la tenemos.
- Correcto. ¿Certificado de empadronamiento?
- También, también.
- Correcto. ¿Sabe dónde tiene que llevarlo?
- Sí, lo pone aquí abajo -leyendo la dirección-; a don...
- Que soy yo. ¡Bingo! -exclamó el funcionario, harto ya de tanto "correcto".
Imagínense ahora la cara del funcionario, cuando a primera hora del día siguiente aparece un matrimonio en su despacho, preguntándole:
- Por favor, ¿el señor Bingo?

Durante el recreo los niños jugaban en el patio, en el gimnasio, en el laboratorio, en la sala de proyecciones..., es decir, en medio de la calle, que es el lugar donde tenemos concentrados todos estos servicios en el medio rural. Por allí también paseábamos el profesor itinerante de inglés y yo. Era costumbre echar una parrafada con toda persona que pasase, y, como muchos días, la estábamos echando con el vecino, quien se despidió en determinado momento, dirigiéndose hacia el tractor.
- Hoy ya me voy, que tengo mucho que hacer.
Observamos que llevaba el remolque lleno de basura, algo normal para la época en la que estábamos y para sus actividades, sobradamente conocidas. Pero, malintencionado y agudo, mi compañero le preguntó:
- ¿A dónde vas con eso?
- Es para la fresas.
- ¿Y no las has probado con nata?
El ruido del motor del tractor ahogaba las respuestas, no obstante los ademanes del tractorista lo decían todo. Mi compañero tendría que pasar un paño a sus fotos familiares.

El médico está atendiendo a la paciente. Después de hablar con ella y de revisar su historia, se dispone a hacerle un reconocimiento rutinario. Se levanta del sillón y, mirando hacia la camilla, dice a la señora:
- Súbase.
En ese mismo instante el galeno se agacha a recoger el bolígrafo, que se le acababa de caer de la bata al levantarse de la silla.
La señora, sin dudarlo, se lanza a la doma del póney blanco. Imagínese, lector, la situación.

Una señora, aquejada de fuertes dolores y enrojecimiento en los dedos del pie, acude a la sección de urgencias del hospital. La doctora, siguiendo el protocolo, da a la enfermera las instrucciones oportunas:
- Descálcela y póngale el termómetro.
Al poco rato regresa la doctora y, ante lo que observa, pregunta a la enfermera conteniendo la risa:
- ¿Qué fiebre tiene?
- Treinta y cinco y unas décimas.
- Pues ahora quítele el termómetro del pie y póngaselo en la axila.

A un señor le recomendaron que visitara a un microbiólogo. Cuando llegó al centro médico no recordaba muy bien a qué tipo de especialista le habían mandado, pero se había quedado con la copla del "micro" y sacó sus conclusiones:
- Buenos días. Mire yo vengo a ver al doctor enano.

Es frecuente que después del café venga la partida, y tras la partida un ratito de tertulia. Ése era el momento que gozaba un grupo de amigos que solían reunirse en un bar.
- ¿Dónde estás ahora? -preguntó uno de ellos a otro.
- Pues ya ves..., en el paro.
- ¿No haces nada por tu cuenta?
- Pues no; de momento, no.
- Es una lástima -agregó el tercero-, porque éste, además de buen albañil es un artista.
El camarero, chufletero hasta los hígados, necesitaba poco para ponerse en marcha. En un concurso de guasones habría acaparado todos los premios. Algo así era lo que tenía que oír para prepararla. Se lanzó al ataque:
- ¡Bueno, éste...! ¡El rey de los artistas! ¡Con la escayola es una maravilla! ¡Pero si me ha dicho a mí que tiene un montón de esculturas en casa! ¿A que sí?
El artista estaba entre la espada y la pared.
- ¡Hombre, alguna tengo!
- ¿Por qué no nos traes mañana una obra de arte? -siguió picando el camarero.
- No sé. Ya veré, ya veré...
Ahí quedó el asunto.
(Si se ha incluido el suceso en este apartado es por la interpretación que el aludido hizo de la palabra "escultura").
Al día siguiente se reunieron de nuevo para la partida. Efectivamente, el reto había sido superado: el escultor se presentó con una bolsa en la que se intuía un objeto pesado.
- ¿Veis? ¡Ya os lo dije yo! ¡Trae eso para acá! -dijo el camarero, cogiendo la bolsa.
Solemnemente, con toda la pompa que el acto requería, como si de un rito sagrado se tratase, fue sacando la obra de arte y la expuso en el centro del mostrador.
- ¡Oh! ¡Extraordinario! ¡Magnífico! ¿Habíais visto algo igual?
Nadie contestó. Nadie podía contestar. Sólo hablaba el ganso del camarero:
- ¡Asombroso! ¡Una obra maestra! ¡Esto lo pondré allí arriba para que todo el mundo lo contemple!
En el centro de la barra, sobre las vitrinas, se erguía una mano blanca como la nieve. Mostraba los dedos extendidos, relativamente separados, equidistantes. En la zona de la palma se apreciaba un abultamiento regular, semiesférico, correspondido por otro igual en el reverso. Cabían varias interpretaciones, pero no era difícil adivinar aquel simbolismo. No había duda de aquella advertencia: era la mano de la diosa Justicia, con su convexa palma inflamada por las innumerables veces que deja caer su peso sobre el ser humano. ¡Qué realismo! Hasta parecía tener callos de tanto haberse ejercitado: unos minúsculos granitos, dispuestos en perfecta geometría, varias zonas estriadas y unas hendiduras paralelas constituían armónicas rugosidades. Tal vez fuera lo más enigmático y, a la vez, lo más profundo del mensaje que irradiaba.
No obstante, la apreciación artística es subjetiva y cada uno la interpreta a tenor de su sensibilidad. Puede haber tantas sugerencias como contempladores. De lo único que estaban seguros era de que nadie, absolutamente nadie, habría imaginado el molde primigenio, nadie asociaría aquella imagen con un guante de goma.
Ninguno hablaba. Ninguno podía hablar. Ninguno aflojaba la presión entre sus mandíbulas por miedo a no volverlas a juntar.