
Es
un problema añadido al de la palabra mal oída.
Muchas veces ni siquiera es escuchada. Los
desajustes entre lo que uno dice y otro
endiende -o no entiende-, entre pregunta y
respuesta pueden llegar a la incoherencia más
divertida.
El primer caso refleja
un ejemplo de palabra nada escuchada.
Mi hermano pequeño
y mi cuñado daban clases en dos aulas
contiguas. Mi hermano había acabado ya con
su grupo y aguardó a que terminase mi cuñado.
En vez de esperarle en su clase, se metió en
la del otro y se sentó en la última mesa.
- Voy a resolver este problema y ya nos
vamos, J. J. -dijo mi cuñado.
Hizo a los alumnos el planteamiento inicial y
comenzó magistralmente el desarrollo. Pero a
los pocos instantes tuvo un lapsus que
condicionaría radicalmente la solución. Mi
hermano se percató. No dijo nada. Aprovechó
un momento en que mi cuñado se despegó del
encerado para hacerle un gesto con la
mano. El gesto no fue visto o no quiso ser
visto. El maestro en activo, ensimismado,
continuó la explicación a la vez que
llenaba de operaciones la pizarra. Volvió de
nuevo la cabeza. Mi hermano repitió la seña;
esta vez con la mano más alta. Tampoco tuvo
éxito. Veía clarísimamente que nuestro cuñado
se precipitaba al desastre. Cuando por
tercera vez volvió la cabeza, repitió el
ademán, chistándole al mismo tiempo. Ya lo
vio. Levantó el brazo izquierdo
despectivamente (como diciendo: "¡Déjame
en paz!") y avanzó como un poseso,
devorando el poco espacio negro que le
quedaba. Si Euclides, Tales, Pitágoras... y
otros muchos hubiesen visto aquello, se habrían
considerado paralíticos. De repente se paró.
Mi hermano respiró tranquilo; por un
segundo; porque la causa de la detención del
insigne matemático fue el asombro de haberse
quedado sin pista para continuar su carrera.
Mi cuñado se volvió hacia sus alumnos:
- ¿Lo entendéis?
Ninguno contestó.
- Bueno, como se me ha acabado el encerado
sigo en este otro.
A la izquierda había uno más pequeño, que
sólo se utilizaba en situaciones de
emergencia. Se fue a él. Enloquecido ya por
completo, estaba a punto de llenarlo. Mi
hermano pasó a una actitud más directa:
- ¡Oye, F.!
Fue precisamente el momento en el que terminó
la última operación. Cayó. Se quedó lívido.
A mi hermano no le contestó, pero se volvió
a los chavales y les dijo:
- ¿Habéis visto esto?
- Sí -respondieron únicamente dos o tres.
- ¡Pues así no se hace!
Sucede también que la
palabra que escuchamos mal es la nuestra
propia.
Un joven (entonces) comenzó a salir con una
chica. Poco a poco las parejas se van
presentando a sus respectivos amigos.
Inmersos en este proceso, un buen día dijo
él:
- Mañana vamos a ir a casa de Fulano, que es
un tío genial; te va a encantar. Pero tengo
que advertirte algo: tiene un problema físico.
Está vencido de un lado y mueve, como sin
control, el brazo y la mano correspondientes
a esa parte. Te digo esto porque te conozco;
eres una sarcástica; lo mismo te echas a reír,
que sueltas alguna de las tuyas y se puede
molestar. Así que no hagas mención a nada
de lo que vas a ver. ¡Tú, igual que si no
le pasase nada!
Evidentemente ella se concienció de cómo
debería actuar.
Al día siguiente se presentaron en su casa.
Llamaron. El amigo abrió la puerta. Según
las previsiones, ella, muy seria, observó,
no dijo nada y esperó acontecimientos. Pero
atónita, pasmada, se quedó cuando su acompañante,
dándole un abrazo al amigo, le saludó con
estas palabras:
- ¿Qué pasa, tullido?
Mi hermano preparaba
una jornada de caza con un amigo, que hacía
poco había engrosado las filas de los
practicantes de este deporte. Como
corresponde, el nuevo cazador se había
pertrechado de todo lo necesario, y, por
supuesto, de un perrito, que, en este caso,
era perrita. Ése era el problema, porque el
perro de mi hermano..., el perro que tenía
mi hermano en más de una ocasión había
dado pruebas de su masculinidad, a más de
una asombrosa rapidez, con las hembras en
celo; después no volvía a cazar. Previendo
que si se daba esa circunstancia en la perra
del amigo, ya podían despedirse de la labor
del chucho, y preguntó al acompañante:
- Oye, ¿no estará alta tu perra?
El principiante juntó las manos, palma sobre
palma, y las separó en sentido vertical
mientras respondía:
- No, una cosa así. Unos treinta centímetros.
Entró una señora en
la farmacia y solicitó cierta medicina.
- Mire, señora -dirigiéndose a la farmacéutica-,
déme una medicina para el cerdo, para eso
que les pasa cuando se ponen...; es que no sé
cómo decírselo...
- Pues no sé... Si no me dice más... ¿No
sabe cómo se llama?
- ¡No, señora, no! ¡Mi cerdo no tiene
nombre!
Un señor tuvo un
accidente de automóvil, afortunadamente sin
consecuencias graves. Pero la familia le llevó
a un hospital para que le hiciesen una revisión.
Lo primero que le preguntó el médico fue:
- ¿Llevaba usted cinturón?
Casi espantando, repuso el accidentado:
- No, señor; yo siempre llevo tirantes.
El maestro preguntó a
un niño que se había retrasado:
- ¿Cómo llegas tan tarde?
El niño, jadeante, contestó:
- ¡Es que he venido corriendo!
Me comentaba un amigo
las dificultades que tenía en un curso de
natación que estaba haciendo:
- No me explico cómo hay gente que, con
menos volumen que yo, flota mejor que yo. ¡Y
yo peso noventa y siete kilos!
- Será porque te pones nervioso -contesté
por decirle algo.
- ¡No! Porque cuando estoy tranquilo también
peso noventa y siete kilos.
Un grupo de amigos nos
reunimos una vez por semana en un bar, en el
que hemos formado una peña de quinielas. Un
día pasé a pagar y me quedé charlando un
rato con uno de los socios, que, por cierto,
es médico. En esto, entró uno de mis cuñados,
también jugador.
- Hola -saludó muy mustio.
- Hola -contestamos-. Tómate algo.
- ¡No tomo nada! Vengo a pagar la quiniela y
me voy. ¡Tengo un trancazo...!
Efectivamente estaba bastante pillado por el
catarro. Hice algo que considero normal en
una situación de este tipo. Me dirigí al médico:
- ¿Has visto cómo está? Dile algo.
El galeno se quedó mirándole unos instantes
y luego, con suma brevedad, diagnosticó y
recetó:
- ¡Pobrecillo...!
No dijo más.
El mus es un juego muy
relajante, salvo cuando en la mesa de al lado
haya unos desaforados vociferantes. Eso les
ocurría a dos matrimonios que intentaban
jugar una partida. Por fin se levantaron los
energúmenos vecinos.
- ¡Menos mal! -exclamó en tono bastante
alto una de las mujeres-. ¡Ya se van esos
burros!
- Mujer, no lo digas tan alto, que te van a oír
-la reprendió la otra.
- ¡Que no me oyen!
- Pero, ¿cómo no te van a oír? -siguió
recriminándola la segunda, levantando cada
vez más la voz, hasta casi gritar-. ¡Si están
ahí mismo, al lado de ese barrigón!
En una agencia de
viajes, la señorita ofrecía muy
amable las condiciones del viaje a un
matrimonio:
- ¿Cómo quieren ir? ¿En vuelo chárter
o en regular?
Ante la última pregunta, el marido
respondió enfadadísimo:
- ¿Cómo que en regular? ¡Estoy
harto de ir con las piernas encogidas!
¡Yo quiero un vuelo bueno! |
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Durante un par de años
pertenecí a la Junta provincial de la
Federación de Tiro al Plato. En verano,
cuando se celebra la mayoría de las fiestas
de los pueblos, preparan competiciones en
muchos de ellos. Todas deben estar
supervisadas por un delegado federativo. Y
ese era mi papel: sábados, domingos y
festivos me trasladaba a distintas
localidades con el fin de expedir licencias y
controlar la tirada.
A las cuatro de la tarde estaba en el pueblo
de turno. Pregunté por el lugar en donde se
iba a desarrollar la competición y me
presenté allí. Aparqué el coche a una
sombra. Todavía no había acudido la gente;
sólo tres o cuatro mozos pululaban por la
cancha, intentando colocar el parapeto de
protección para el maquinista que ha de
soltar los platos. Me acerqué a ellos.
- Buenas tardes, soy el delegado -dije.
- Buenas -me contestaron uno o dos, sin
levantar la cabeza de la chapa protectora.
- ¿A qué hora es la tirada?
- A las cuatro y media -respondió uno de
ellos.
- ¿Ya está todo preparado?
- ¡Falta la máquina, señalizar los
puestos, las hojas de inscripción...! ¡Aquí
no ha venido nadie! -se quejaba otro.
- Si queréis, os ayudo yo.
- ¿Tú sabes?
- Algo.
Les coloqué el parapeto, orientándolo en
contra del sol. Medí la distancia de los
puestos y los señalicé. Puse la mesa de
inscripciones. Situé la cuerda de separación
entre tiradores y público.
- Ya está -dije-; cuando llegue la máquina
la ponemos aquí.
- ¡Pues es verdad! ¡Qué rápido! -exclamó
uno- ¡Ya sólo tenemos que esperar a que
lleguen la máquina y el hijo puta de la
Federación!
El propietario de un
bar tenía, esporádicamente, la buena
costumbre de invitarnos a algún aperitivo
especial. En las últimas ocasiones nos había
sorprendido con unas latas de berberechos
deliciosos, cuya procedencia, por otra parte,
trató de ocultarnos siempre. Intento vano,
porque pocos días más tarde descubrimos en
un supermercado de la ciudad tales latas, de
las que hicimos buen acopio (recuerdo el
precio: cuarenta y cinco pesetas cada una).
Sabiendo esto, quisimos pincharle un poco.
Nos fuimos al bar y pedimos unas cañas:
- ¿Por qué no nos sacas una latita de
berberechos? -le dijimos.
- ¡Huy, majo, están carísimas! ¡Caríííísimas!
- Bueno, véndenosla.
- Está bien, pero no os acostumbréis, ¿eh?
Este profesional tenía y tiene la característica
de ser casi tan llorón y quejica como
excelente y noble persona.
Llegó el momento de la verdad.
- ¿Qué te debemos?
- Tanto -no me acuerdo.
Para comparar sus precios con nuestras
referencias le preguntamos:
- ¿Cuánto es la lata?
- Noventa pesetas -de esto me acuerdo
perfectamente.
Como entre todos reinaba la confianza,
intentamos explicárselo abiertamente, pero
no nos dejó terminar. No es que no
escuchase, sino que no quería escuchar.
- Mira, hombre, estas latas -le decíamos- no
son tan caras, en el mercado cuestan...
- ¿Cómo que no son tan caras? ¡Si me
cuestan a mí veinte duros!
Mi hermano y un buen
amigo hacían las prácticas de Magisterio en
el colegio donde yo trabajaba. En una clase
de Ciencias Naturales lanzan una pregunta a
toda la clase de 5º. de E.G.B.:
- Una pregunta; difícil: ¿Cuántos huesos
tiene el cuerpo humano?
Sólo un alumno, M., caracterizado por sus
frecuentes y desafortunadas intervenciones,
levanta la mano:
- ¡Yo, yo, yo!, don F. ¡Yo!, don N., ¡yo!
-dando saltos en el fondo del aula.
- Mira, M., no digas bobadas, que te
conocemos.
- ¡Que sí! ¡Que yo lo sé! ¡Que yo lo sé!
- A ver, di -perplejos los practicantes.
- ¡Dos!
- ¡Huesos! ¡Hemos dicho huesos, M.!
- ¡Ah!
Mi hermano pequeño
vive en un pueblo cercano. Llevaba mucho
tiempo insistiendo en invitarnos a comer a su
casa:
- Hace más de un año que no venís a comer
a casa.
- Cierto, pero cuando no es por unas cosas es
por otras.
La verdad es que nosotros también teníamos
ganas de ir. Un domingo de verano concertamos
la cita.
El piso que tiene en el pueblo es bastante
mono, aunque un poco pequeño.
Tras agasajarnos con una espléndida comida,
me preguntó a los postres:
- ¿Tú has visto mi chapuza de casa?
- Sí, hombre, si ya hemos venido más veces.
- ¡No, imbécil, me refiero a la casa de muñecas
que te dije que estaba haciendo para las niñas!
Durante toda la tarde tuve una digestión
pesada.
Una joven maestra
interina llegó a un pueblo para realizar una
sustitución. En el colegio se presentó al
director, hombre amable, observador y socarrón,
que se encargó de ponerla al corriente.
Antes de entrar en el aula de la maestra le
aconsejó a ésta que tuviese cuidado con
cierta tarima, que era un elemento de riesgo,
unido a la escasa visibilidad de la estancia.
Pero de nada sirvieron las advertencias: nada
más traspasar la puerta, la maestra tropezó
y rodó entre un revoltijo de mesas y sillas,
quedándosele los bajos de la falda a la
altura de los hombros. Se incorporó como un
cohete y terminando de ajustarse la falda,
que había vuelto a su sitio en décimas de
segundo, dijo embarazosamente:
- ¿Ha visto usted mi diligencia, don R.?
- Sí, hija, sí. Pero aquí lo llamamos la
clica.
¿Sabe usted qué es un
ovolácteo? Es una persona que sólo se
alimenta de huevos y de leche.
Un viajero, al sacar el billete en el
aeropuerto, advirtió que era ovolácteo.
Desde allí informaron a la tripulación con
el fin de que las necesidades gastronómicas
del pasajero quedasen perfectamente cubiertas.
El comandante encargó a las azafatas que
localizasen al pasajero en cuestión y le
proporcionasen el menú adecuado. Con todo el
pasaje a bordo, mientras se dan las
recomendaciones oportunas sobre la seguridad
del avión, las azafatas escudriñaron uno a
uno a los viajeros.
- Yo creo que es el que está sentado en la
zona de fumadores, a la derecha -susurró una
azafata a la otra.
- Ya lo había visto. ¿El que tiene una
camisa de rayas?
- Sí.
- Pues vamos a preguntárselo.
Una de las aeromozas se acercó a él. Bajito
y con mucha educación le preguntó:
- Perdone, ¿es usted el ovolácteo?
El pasajero, asustado y azaroso, respondió:
- ¡No, no! ¡Yo soy homosexual, pero de ovolácteo
nada!