
Muchas
palabras que oímos no existen, no las
contempla el diccionario; o, en caso de
existir, no con una acepción correspondiente
a ese contexto; de otro modo, se sacan de
quicio o se emplean sin venir a cuento.
Por otra parte, aunque menos
frecuente, se da la creación de vocablos
destinados a designar matices de algún
concepto, con una clara intención despectiva
o lúdica (a mucha gente le gusta inventar
palabras).
El que
suscribe no está exento de este vicio; se ha
convertido en algo tan rutinario, que no
merece la pena registrar la cantidad de
sandeces dichas en su vida. Baste citar un
par de ellas, que le acarrearon ciertos
problemas:
Recuerdo que estudiábamos
segundo de magisterio. La profesora de Lengua
disertaba sobre los procedimientos de formación
de palabras, concretamente sobre la derivación,
más concretamente sobre la derivación a
través de prefijos, y, más concretamente,
sobre la derivación con el prefijo "pre-".
Todos contribuían a engrosar la lista de
palabras comenzadas con "pre-". Yo
no iba a ser menos, y de verdad que no sé en
qué estaría yo pensando -no debía de ser
mucho- que solté:
- Precoz.
- Sí, muy bien -señalándome la puerta-;
delante de la coz.
Mi señora me otorgó
un día el calificativo -¿por qué no
decirlo?- de gilipollas, con bastante ira,
además. Sólo porque me preguntó:
- ¿Dónde has puesto el paquete?
- Ahí, en el hipotálamo -contesté.
- ¿Qué dices? ¿En el hipotálamo?
- Sí, en el hipotálamo: debajo de la cama.
Y me insultó.
Sin embargo,
es más divertido hablar de los demás.
Hay cosas inevitables.
¿A quién no le ha caído "gorda"
una persona, alguna vez, sin tener motivos
reales para ello? Pues ése es el problema de
un amigo mío con una colega que es una
excelente persona (lo reconoce, objetivamente),
pero a él le saca de quicio, hasta el
extremo de verla a lo lejos y cambiarse de
acera, a la de tres manzanas más allá. Lo
siente, no puede evitarlo. Ella debe pensar
que los demás son sordos y les ayuda con un
volumen y un timbre de voz que provocan
fracturas en la cadena de huesecillos. Sobre
el tono de su sonido baste decir que cuando
él se encuentra con ella cara a cara se pasa
constantemente las manos por delante de las
gafas. Y del contenido de sus conversaciones...
sólo saca crestas de "punky". La
última vez que la vio fue en un hospital, a
la hora de las visitas, en el ascensor, que
no es tal ascensor, sino un montacargas con
capacidad para un equipo de fútbol y la
mitad de la afición. Él estaba al fondo y
ella entró la última.
- ¡¡¡Hoooolaaaaaa!!! -dirigiéndose a él.
También se dirigieron hacia él las miradas
de todos los ocupantes que tenían espacio
para mover sus cabezas, con la clarísima
intención de conocer al privilegiado
merecedor de tan irritante saludo.
- Hola -contestó secamente, para poner el
punto y final a la plática.
Pensó que ya habían hablado suficiente;ella
no.
- ¿Tú qué eres? ¿Maestro o profesor de E.G.B.?
Estuvo por contestar que ingeniero técnico
pedagogo u otra de las memeces que nos dicen,
pero era muy largo; optó por lo breve:
- P. M. R. -con contundencia.
- ¡¡¡Ay!!! ¡Eso no lo había oído yo
nunca! ¿Qué significa?
- ¡Puto maestro rural!
Terminó el diálogo. Ahora ya se habían
vuelto hacia él el resto de las cabezas.
Hace poco he conocido a
una persona que tiene la sorprendente y
envidiable facultad de hacer poesías como
quien hace churros, y digo "quien hace"
para que no se interprete "poesías como
churros". Le presenté a mi amigo, J., y
estuvieron conversando. Días después, me
preguntó J., que es despistado para los
nombres:
- ¿Has vuelto a ver al poemador?
Cantando es el gerundio
de cantar; amando, el de amar; bailando, el
de bailar... Conozco a uno que, llevando esa
norma hasta el límite, revisó los gerundios
de la primera conjugación: "Regando es
el gerundio de regar; planchando, el de
planchar; enseñando, el de enseñar... ¡Ahí
va! ¡Fernando será el de fernar...!"
Así rebautizó a uno de sus cuñados con el
nombre de José Gerundio.
Un individuo daba un
paseo por el campo. Al pasar junto a una
finca, próxima al camino, vio que en ella
estaban trabajando un señor mayor y un
chavalete. Dedujo que podían ser abuelo y
nieto. Todo normal. Lo que despertó su
curiosidad fue la manera que el abuelete tenía
de referirse al chico:
- Diploma, riega las lechugas.
Poco tiempo después:
- Diploma, alcánzame el botijo.
Intrigado el paseante, se acercó más. Saludó
al abuelo:
- Buenas tardes.
- Buenas tardes.
- Mire, hay algo que no entiendo. ¿Puedo
hacerle una pregunta?
- Pregunte, pregunte.
- ¿Por qué le llama Diploma al chico?
- Pues mire usted, no tengo ningún
inconveniente en decírselo. Hace años mandé
a mi hija a estudiar a la capital, y éste
fue el diploma que me trajo.
Mi amigo Julián estaba
a punto de abrir al público un estudio
fotográfico. Le pregunté:
- ¿Cómo vas a ponerlo?
- JOFU.
Yo capté la idea:
- Querrás decir JUFO.
- No, no, JOFU.
- ¡Piénsalo bien, hombre! -insistía yo.
- ¡JOFU! -ya casi enfadado- ¡JOFU! ¿No voy
a saber yo cómo me voy a llamar?
- Bien, pues te llamaremos Jolián Futógrafo.
Dos amigos hacían
balance de las Navidades:
- Yo es que no sé cómo me las arreglo, pero
no he hecho más que beber y beber.
- ¡Entonces te habrás hecho una ligadura de
trompas...!
Un conocido pasó su
juventud trabajando en Alemania. Allí
aprendió de todo. No hay nada que no sepa.
El idioma alemán nunca tuvo secretos para él.
Entre las múltiples aventuras que nos ha
contado, destaca ésta:
- Yo no iba solo. Íbamos varios de aquí.
Pero si no es por mí ni comemos, ni
encontramos los sitios, ni nada...
- ¿Tú ya sabías alemán entonces?
- Hombre, un poquito; para defenderme. Yo,
todos los días, iba al supermercado y hacía
la compra. ¡Claro, como los demás no sabían
nada...! Y además era muy fácil; para
comprar las cosas más elementales, esto y lo
otro, me entendía perfectamente con los
alemanes, por ejemplo el pollo...
- ¿Cómo se dice pollo en alemán?
- Pues muy sencillo. -Levantando la mano
derecha, separando entre sí los dedos todo
lo posible y aproximándose el dedo pulgar a
la frente, de manera que quedaba la mano a
modo de cresta-. ¡Quiquiriquíííí!
Desde luego, no hay nada como saber idiomas.
Oímos también
expresiones que no presentan más anomalía
que alguna interferencia de una en otra,
resultando dañadas ambas o apareciendo una
nueva palabra que no viene a cuento; es
decir, lo que familiarmente se llama "un
cruce de cables".
Frecuentemente se ven involucrados en ellas
hasta nombres propios.
- Me sienta mal el café.
Siempre lo tomo nescafeinado.
- Vamos a la
manifestación. Ya tenemos la camparta
preparada.
- ¡Me tienes harto de
darme vocinoces!
- Me voy a planchar,
que tengo un montón de calcetones y pantalines.
- Ha salido disparado
el champón del tampán.
- Vive en Hospitalat
de Llobraguet.
- ¡Desde hace unos días
me duelen más las almorroides...!
- Se murió de una pariaca
cardíaca.
- ¡Peor es que
tuvieses un pulmón (por tumor) en el
cerebro!
- Me he comido una tortulla
mazacotida.
- Una de las piezas de
música clásica que me entusiasma es el Lobero
de Varrel.
- Sacúdete la maga,
que la tienes llena de mingas.
- ¡Cómo bailaban las hombritas
y los mujeritos!
- Camarero, por favor,
póngame dos cartas y un coño;
perdón, dos cañas y un corto.
Cantando:
- Amarino el submarillo es...
Alguien decoraba una
sala para una celebración de Pascua.
Necesitaba unas cartulinas y fue a pedírselas
a un conocido.
- ¿Las quieres muy grandes? ¿Para qué son?
- Para recortar unas paces y unos penes.