| - Ha habido un accidente.
No ha pasado nada, pero tenemos que
esperar a que venga la Guardia Civil
a levantar el apestado. - ¡Es que,
además de ser un meticón, es un
charlatán de feria!
- ¡Hay que ver lo que casca! ¡Qué hablativo
es!
(Incluso "acusativo").
- Hace poco
estuve con Manolo. Me contó que te
había pasado algo extrañísimo, ¿es
verdad?
- ¡Qué va! ¡No le hagas caso! ¡Es
que me ha amputado
a mí esa historia!
(A algunos habría que imputarles la
lengua).
- No discutas
con éste. Se sabe toda su vida.
Tiene toda su bibliografía.
(¿Y ahora qué lee el otro?).
- Esos cazan
todo el año, sea veda o no. Son unos
fugitivos.
(Especialmente de la Benemérita).
- ¿Ha ido
mucha gente?
- ¡Muchísima! ¡Hasta han flotado
varios autocares...!
(¡Cómo avanzan los transportes!).
- ¿Qué tal
está tu cuñado?
- Pues mira, está muy bien. Sólo
fue el susto del mareo, de la linotipia
aquella que le dio.
(Siempre tuvo una gran fortaleza física).
- Si vas por
esa carretera, ten mucho cuidado con
las curvas. ¡Hay un par de ellas con
un pedante...!
- Es verdad -añade un tercero-,
tienen muy mal el penalty.
- Hace mucho
que no veo a Manolo. ¿Dónde está?
- Ha pedido la excelencia.
(Por si no se la conceden, que pida
también la ilustrísima).
- Con ése no
vuelvo a salir, siempre nos deja en eminencia.
(¿Te parece mal? A título regalado...).
- Mi mujer,
cada vez que va a la carnicería, se enternece.
(Ojo con el carnicero).
En una
localidad existía una sociedad de
cazadores. Un concejal era miembro,
también, de esta sociedad. Cuando
hubo que renovar su junta directiva,
el concejal pretendía formar parte
de ella. Pero el alcalde, enterado de
la Ley de Incompatibilidades, muy
honestamente, se la aplicó:
- No, tú no puedes. Tú para esas
cosas eres incompetente.
Unos amigos solían
gastar a una compañera la broma de
agarrarla por los tobillos cuando
estaba descuidada. Lo repetían
tantas veces y ella ya estaba tan
harta, que un día, cuando se lo
volvieron a hacer lanzó esta
infortunada frase:
- ¡Ya estamos con la burra a cuestas...!
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- Ahora ya todos
los coches vienen muy bien equiparaos. - Sois todos
estupendos -decía el artista,
agradeciendo los aplausos-, sois unos
magnates.
(La entrada sí era cara, sí).
- ¡Lo que te
pasa en el brazo es una conjetura
muscular!
(Eso mismo estaba pensando. Yo me
hago la misma contractura).
- Esta niña
tiene un oído astifino.
(¡Anda, dile un recado a la oreja!).
- Siempre me ha
gustado la pintura. Yo, de pequeño,
dibujaba estupendamente a la carbonilla.
(Yo también quemé muchos
dibujos).
- Este
televisor ya está muy averiado.
Tendremos que comprar otro, pero lo
compraremos más grande, por lo menos
de veintinueve dioptrías.
(¡Mucho mejor, porque la vista se va
deteriorando y quien más o quien
menos tiene alguna pulgada en
los ojos...!
- ¡Si es que
son unos animales! ¡Unos abisinios!
(¿Qué bichos serán esos?).
- ¿Vienes del
médico?
- De ponerme la vacuna. Ya estoy indemnizao
contra la gripe.
(No sabía que pagasen por padecerla).
- Es que mi niña
todavía no pronuncia le erre. Tiene
que ir con la podóloga.
(Cuando tenga juanetes, irá con la
logopeda).
- Es que yo
siempre he seguido mis principios,
soy muy consecutivo.
- Se cabreó y
salió como una insolación.
- Cada
vez veo menos de cerca. Me estoy
quedando totalmente presbítero.
- De esto
puedes tomar todo lo que quieras. Es inicuo.
(¡A ver si te envenenas...!).
-
Tengo que sacar a mi mujer de excursión
para que desentone
un poco de todo esto.
(¿Y si también desentona allí?).
- Este pueblo
es pequeño, es un anejo. Aquí sólo
tenemos un alcalde pecuario.
(¡Contentísimos que están con él
todos los animalitos!).
El conductor de
una ambulancia charlaba amigablemente
con el médico en el viaje de regreso.
De paso, aprovechaba la ocasión para
autoerigirse un monumento; la
modestia no era virtud para él, y se
expresaba de este modo sin reparar en
el alcance que tuvo su precipitación:
- Mire, doctor, si usted supiera de
medicina lo que yo sé de chapa,
usted sería una puta mierda.
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