¡Lo que hay que oír!

                                                             
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En el campo de la incorrección léxica tenemos que hablar de la impropiedad. De forma sencilla puede definirse como no emplear la palabra adecuada en el momento justo.
En el apartado anterior han aparecido algunos casos que podrían haberse clasificado como impropiedad, pero los hemos dejado allí porque
aludían al referente correcto del vocablo, y nos hemos fijado más en defectos de forma o de pronunciación que en desajustes semánticos.
Reservaremos para este capítulo las expresiones en que claramente se observa un desequilibrio entre lo que se quiere decir y lo que se dice.

- Ha habido un accidente. No ha pasado nada, pero tenemos que esperar a que venga la Guardia Civil a levantar el apestado.

- ¡Es que, además de ser un meticón, es un charlatán de feria!
- ¡Hay que ver lo que casca! ¡Qué hablativo es!
(Incluso "acusativo").

- Hace poco estuve con Manolo. Me contó que te había pasado algo extrañísimo, ¿es verdad?
- ¡Qué va! ¡No le hagas caso! ¡Es que me ha amputado a mí esa historia!
(A algunos habría que imputarles la lengua).

- No discutas con éste. Se sabe toda su vida. Tiene toda su bibliografía.
(¿Y ahora qué lee el otro?).

- Esos cazan todo el año, sea veda o no. Son unos fugitivos.
(Especialmente de la Benemérita).

- ¿Ha ido mucha gente?
- ¡Muchísima! ¡Hasta han flotado varios autocares...!
(¡Cómo avanzan los transportes!).

- ¿Qué tal está tu cuñado?
- Pues mira, está muy bien. Sólo fue el susto del mareo, de la linotipia aquella que le dio.
(Siempre tuvo una gran fortaleza física).

- Si vas por esa carretera, ten mucho cuidado con las curvas. ¡Hay un par de ellas con un pedante...!
- Es verdad -añade un tercero-, tienen muy mal el penalty.

- Hace mucho que no veo a Manolo. ¿Dónde está?
- Ha pedido la excelencia.
(Por si no se la conceden, que pida también la ilustrísima).

- Con ése no vuelvo a salir, siempre nos deja en eminencia.
(¿Te parece mal? A título regalado...).

- Mi mujer, cada vez que va a la carnicería, se enternece.
(Ojo con el carnicero).

En una localidad existía una sociedad de cazadores. Un concejal era miembro, también, de esta sociedad. Cuando hubo que renovar su junta directiva, el concejal pretendía formar parte de ella. Pero el alcalde, enterado de la Ley de Incompatibilidades, muy honestamente, se la aplicó:
- No, tú no puedes. Tú para esas cosas eres incompetente.

Unos amigos solían gastar a una compañera la broma de agarrarla por los tobillos cuando estaba descuidada. Lo repetían tantas veces y ella ya estaba tan harta, que un día, cuando se lo volvieron a hacer lanzó esta infortunada frase:
- ¡Ya estamos con la burra a cuestas...!

  - Ahora ya todos los coches vienen muy bien equiparaos.

- Sois todos estupendos -decía el artista, agradeciendo los aplausos-, sois unos magnates.
(La entrada sí era cara, sí).

- ¡Lo que te pasa en el brazo es una conjetura muscular!
(Eso mismo estaba pensando. Yo me hago la misma contractura).

- Esta niña tiene un oído astifino.
(¡Anda, dile un recado a la oreja!).

- Siempre me ha gustado la pintura. Yo, de pequeño, dibujaba estupendamente a la carbonilla.
(Yo también quemé muchos dibujos).

- Este televisor ya está muy averiado. Tendremos que comprar otro, pero lo compraremos más grande, por lo menos de veintinueve dioptrías.
(¡Mucho mejor, porque la vista se va deteriorando y quien más o quien menos tiene alguna pulgada en los ojos...!

- ¡Si es que son unos animales! ¡Unos abisinios!
(¿Qué bichos serán esos?).

- ¿Vienes del médico?
- De ponerme la vacuna. Ya estoy indemnizao contra la gripe.
(No sabía que pagasen por padecerla).

- Es que mi niña todavía no pronuncia le erre. Tiene que ir con la podóloga.
(Cuando tenga juanetes, irá con la logopeda).

- Es que yo siempre he seguido mis principios, soy muy consecutivo.

- Se cabreó y salió como una insolación.

- Cada vez veo menos de cerca. Me estoy quedando totalmente presbítero.

- De esto puedes tomar todo lo que quieras. Es inicuo.
(¡A ver si te envenenas...!).

- Tengo que sacar a mi mujer de excursión para que desentone un poco de todo esto.
(¿Y si también desentona allí?).

- Este pueblo es pequeño, es un anejo. Aquí sólo tenemos un alcalde pecuario.
(¡Contentísimos que están con él todos los animalitos!).

El conductor de una ambulancia charlaba amigablemente con el médico en el viaje de regreso. De paso, aprovechaba la ocasión para autoerigirse un monumento; la modestia no era virtud para él, y se expresaba de este modo sin reparar en el alcance que tuvo su precipitación:
- Mire, doctor, si usted supiera de medicina lo que yo sé de chapa, usted sería una puta mierda.