¡Lo que hay que oír y leer!

                                                             
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Cuando hace años surgió aquella campaña contra los incendios forestales, no tardó en aparecer otra bajo el lema «El monte es de todos; quema tu parte». Hubo algunos que la aplicaron a rajatabla, y siguen haciéndolo...:
 

La lengua, como el monte, también es de todos y muchos son, o somos, los empeñados en quemar nuestra parte. No soy ningún experto; menos aún,  pretendo en estas líneas impartir una clase de gramática. Sólo quiero hacer unas observaciones sobre un fenómeno lingüístico cada vez más extendido, que ha hecho gastar mucha tinta y saliva a doctos en la materia, y al que nos hemos acostumbrado en tal grado que ya casi pasa desapercibido: el abusivo uso de terminaciones en –a para expresar el femenino. Eso sí, con todos mis respetos a quienes desnudan su hacha para hacer las labores oportunas en su parcela.

 

No somos inmovilistas. Hemos de ser conscientes de que las lenguas evolucionan, adaptándose al transcurso del tiempo y a las consecuencias que éste acarrea al grupo social. Tampoco dejo de reconocer cierto carácter machista en algunos usos lingüísticos. Pero una cosa es la tala controlada y otra la deforestación salvaje. A nadie le choca leer La Regenta. Sin embargo, desde hace unas décadas se han generalizado las terminaciones en –a para palabras que siempre fueron invariables y el uso simultáneo de ambos géneros. Cuando ella «soltó lo de jóvenes y jóvenas de...», él advirtió cómo «temblaron los muros de San Millán de la Cogolla» (Del humor, del amor y de la ira, Alfonso Ussía, Espasa Calpe, Madrid, 1994, p. 119).

 

Cegados por el furor del exterminio, hemos arrasado el bosque y su contenido, confundiendo con los troncos de los árboles los postes de la luz. Sexo y género gramatical son conceptos íntimamente relacionados, pero no idénticos. No todos los sustantivos terminados en –o son masculinos, ni todos los que acaban en –a son femeninos; ni se aplica este patrón a todas las reglas de variación del género. Hasta la fecha no conozco a ningún hombre que se haya molestado por ser una persona que pertenece a la humanidad; pero he oído decir que una señorita era “participanta” en un curso de “metra” de hotel. Aplicando con rigor esta norma, llegamos a extremos confusos, ridículos, grotescos. Si antes al sirviente de la corte se le llamaba también el paje del rey, ¿cómo se llamaría a la sirvienta?

 

Probablemente el ruido de las primeras motosierras se escuchase en los ambientes políticos (y su eco, en casa de algunos “profesionales” de la información), alimentadas con el carburante del proselitismo: «Señora, le cambio una –a por su voto». Pero usted, señora (¿o prefiere que diga “usteda”?), ¿no se da cuenta de que la engañan como a un niño? (y observe que dije niño en vez de niña; ¡luego no me tilde a mí también de..., que la nota negativa se la asigno al masculino!). Si lo analizase llegaría a la conclusión de que tal actitud político-parlante es lo más machista que se ha echado a la cara. De siempre fue norma de cortesía y estima ceder el paso y el asiento a las damas. Fíjese: exceptuando expresiones ya muy consolidadas como «señoras y señores» o «damas y caballeros», ¿cuántas más conoce usted en las que el femenino preceda al masculino? Cuando usted oye «ciudadanos y ciudadanas», «hombres y mujeres», «niños y niñas», «hermanos y hermanas» (hasta en la iglesia)..., ¿no se siente relegada al segundo y, en este caso, último lugar? No obstante, puede estar satisfecha porque el orador en ejercicio, aunque tarde, se ha acordado de usted. ¿Y piensa que lo seguirá haciendo durante todo su discurso? Observe, analice. En la mayoría de formularios que deben rellenar los menores de edad se exige, al final, la firma de «padre, madre o tutor». La antigua A.P.A. (Asociación de Padres de Alumnos) se ha convertido en A.M.P.A. (Asociación de Madres y Padres de Alumnos). Perfecto, pero ¿qué pasó con la tutora y con las alumnas? ¡Poco dura la alegría en casa del pobre! Y usted, esa otra señora, que comenzaba a adorar estas fórmulas o pionera en emplearlas, ¿no es consciente de que son las primeras en postergarse y de que, tras la presentación, se olvidan de sí mismas? ¿No es usted, señora, más machista que ellos? Seamos claros: el género masculino, más aún en plural, tiene valor genérico. Con decir padres, niños, ciudadanos... todo el mundo entiende el dúo madre-padre, niñas-niños, ciudadanas-ciudadanos...

 
El uso simultáneo de ambos géneros es poco consistente. Si queremos que una norma sea eso, norma, tendremos que aplicarla en todos los casos; no basta con el caramelo que se le da al chiquillo para que se calle. Usted, madre (por cierto, ¿no le suena mejor “madra”?) o padre de familia, ¿considera habitual esta forma de expresión? Tal vez utilice este registro en la intimidad y diga: «Voy a dar la cena a mis hijos y a mis hijas». Así, volviendo al ejemplo de la A. P. A. y aplicando la regla, tendríamos que decir Asociación de Madres y Padres de Alumnas y de Alumnos; si además utilizamos la duplicidad de las iniciales para indicar el plural, nos quedaría este acrónimo: A. M. M. P. P. A. A. A. A. ¡Vivan las abreviaturas! Por otra parte, sería menester la concordancia en género de todos y cada uno de los adyacentes nominales, lo cual se enfrenta a una característica de todo sistema de comunicación: la economía de lenguaje. Ahora, “femeninista”, ¿por qué no lo aplica rigurosa y sistemáticamente? ¿Por qué usted no habla o escribe así en todo momento? Hágalo y cuéntenos después.
Empecinados en radicalizar la postura de que todo y sólo lo acabado en  -a es femenino, no me extrañaría nada ver cómo alguien (o “álguiena”) cambia hasta la terminación de los pronombres tónicos de primera y de segunda persona, en singular, y llega a convertir expresiones como «Yo ya estoy bien, ¿y tú?» en «Ya ya estoy bien, ¿y ta?».

Para terminar de arrasar, desempolvemos el lanzallamas. Metidos en fundamentalismos, ¿qué razón hay para exigir una -a final a todo lo femenino y no una –o a lo masculino?

Oiga, señoro lectoro, padro” y “jefo de familia, o sencillamente “chavalo”, “jóveno” u “hombro”; reclame lo que le pertenece, no sea “idioto” ni “imbécilo”, sea “masculinisto”. ¿A qué espera para decir a sus “colegos” que no volverá a ser “dependiento”, “oficinisto”, “conductoro”... y que piensa hacerse “metro de hotel (si es bajito), “juezo”, “fiscalo”, “teniento-generalo”, “artisto”, “futbolisto”, “astronauto”...? ¿Quién sabe si algún día “ustedo” no llegará a ser “presidento” o “papo”?