Hubo un tiempo en el que Battiato fue muy conocido aquí, en España. Quien esto escribe (Christian Glaría; el gusto es mío...), descubrió sus canciones con apenas diez años de edad, y la impresión fue tremenda. Sin embargo, unos años después, tras la publicación de "Fisiognómica", su estela desapareció cuando decidió retirarse del mundo de la canción para componer óperas. En Italia siguió triunfando, pero aquí no sabíamos nada de él; teníamos que conformarnos con acudir a los grandes almacenes para ver si habían importado algún disco nuevo.
Todo cambió con la llegada de Internet. Comenzamos a descubrir la información que vertían los aficionados italianos, pudimos adquirir sus obras y las de músicos afines en las tiendas virtuales, logramos conocernos sus seguidores a través del correo electrónico y los chats y, por supuesto, hemos llegado a colgar en la red nuestras propias páginas sobre él.
No cabe duda de que el abuso de Internet puede perjudicar las relaciones personales con nuestro entorno más cercano, pero es innegable que un uso racional es y seguirá siendo una fuente inagotable de información y de acercamiento a personas con gustos afines.
Dicen que Battiato, como creo que nos temíamos todos, no tiene una relación directa con la red, pero eso no le evita leer los cientos de e-mails que le llegan a su sitio oficial. En el fondo, un artista necesita ser querido y respetado por su público, y las muestras de afecto que le llegan directamente -algo que antes, por el correo tradicional, era mucho más difícil- pueden derivar emocionalmente en la producción de nueva y maravillosa música.
Ahora tenemos noticias puntuales de sus actuaciones, conciertos, proyectos y nuevos álbumes; podemos adquirir sus obras y los libros que versan sobre él y, por supuesto, comunicarnos entre nosotros, sus seguidores, y compartir nuestros sentimientos hacia su música. Ya no somos "bichos raros"; o, si lo somos, somos muchos. Y todo esto se lo debemos a Internet.
(Escuchas de fondo "I treni di Tozeur", del álbum "Mondi Lontanissimi".)