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que te interesa, búscalo aquí.
A diferencia de gran parte de las leyendas clásicas, que se consideran parte de la cultura y son inofensiva carne de guía turística, estas neoleyendas o rumores están muy vivas y son singularmente peligrosas: puede bien suceder, por ejemplo, que te linchen por sacaojos, o que, al descender por una alcantarilla (novísimo descensus ad inferos) topes realmente con hediondas alimañas.
Aún es poco lo que sabemos de estos espantos: pero recuérdese
que tanto el imaginario colectivo como esta página están
en (de)construcción permanente: se admiten, solicitan y hasta suplican
adiciones por parte de cualquiera que se sienta animado a ello.
Es conocido que cada ciudad, cada villa y hasta cada casa tiene su fantasma favorito, el cual disfruta de franca simpatía de sus moradores. Desde luego, no porque él hubiese hecho nada por congraciarse con ellos, ni mucho menos porque fuera más bonito de los demás, sino debido a su constancia en permanecer en el mismo lugar, dando así el tiempo necesario para que le conocieran cada vez más. Ciertamente, una forma sencilla y segura para conseguir que se fijasen en él y se acostumbrasen a su presencia.
Por lo demás, a nadie le interesa que el fantasma en cuestión perteneciera a una persona de existencia ilustre o a otra de insignificante trayectoria, que al fin y al cabo no les interesa para contraer matrimonio con él. Con haberlo visto alguna vez (o creerlo así) tienen bastante para referirse a tamaña experiencia durante el resto de sus días.Es así como la franciscana ciudad de Quito, cuyos residentes, aparentemente, no creen en cucos, posee su fantasma predilecto. Lo llaman el Chulla y —según afirmación unánime de quienes lo han tratado, o al menos lo han visto de cerca— es todo un personaje que, además de respirar buen talante por todos sus poros, posee modales de gran señor. Pero sus cualidades no se circunscriben únicamente a la dulzura de carácter y la buena educación, sino que abarca también otra muy importante: innegable belleza varonil. En resumen, todo un cúmulo de atributos para hacer del Chulla el más agraciado y popular de los espectros quiteños. En comparación con él, el de La Torera y el de El Diablo Ocioso no son más que gusanos.
No obstante, debido a que el demonio del miedo está latente en toda persona y que no requiere sino la menor señal de alarma para salir a flote, incluso un encuentro con el Chulla no deja de ponerlo en marcha. Un ramalazo de susto que, aunque parezca paradójico, jamás sobreviene cuando lo tienen a la vista, sino más bien en cuanto éste, usando las tretas que conoce todo fantasma que se respeta, desaparece de escena en menor tiempo del que necesita uno para pestañear. Claro, todo esto tiene la configuración de una broma que, mirada a distancia, invita a la risa. Pero, por raro que parezca, nadie que haya presenciado semejante tipo de escamoteos, se siente divertido por ese motivo.
El fantasma del Chulla es sin duda el que se ha permitido dejarse notar con mayor persistencia durante luengos años. El número de apariciones registradas son tantas que sus detalles llenarían las páginas de un libro de respetable tamaño. No se conoce cómo ni cuándo empezó el debut de este simpático personaje en la ciudad de Quito, pero debió ser en los primeros años del presente siglo, o quizá mucho antes, porque en la década de los años veinte se habla ya del Chulla como un viejo vecino de la naciente metrópoli. Además, para la ciudadanía de esa época resultan tan familiares sus costumbres, que hasta se da el lujo de criticar su inveterada costumbre de despedirse a la francesa. Por cierto, una peculiar modalidad que no ha podido o no ha querido modificar nunca.
La tradición oral, pese al tiempo transcurrido y a las múltiples vicisitudes que han conmovido a la ciudad, conserva intactos los detalles de casos como el ocurrido a la señorita Luz de Funes. Ella era una joven secretaria que, al final de la década de los cuarenta, prestaba sus servicios en un departamento adscrito al Ministerio de Previsión Social. Cierta tarde, como de costumbre, abandonó sola la oficina con la intención de trasladarse sin tardanza y directamente a su casa. El camino lo hacía siempre a pie, ya que la distancia que mediaba entre un punto y otro era relativamente corta y no ameritaba la molestia de tomar transporte. Pero aquella tarde las cosas se las complicaron, pues, precisamente, cuando se hallaba en la mitad del trayecto, se hizo presente la lluvia, amenazándola con empapar en sus gélidas linfas si no encontraba refugio de inmediato. Pero nada donde poder alojar tenía a la vista, además, no llevaba paraguas consigo.
Fue entonces cuando, desprendiéndose del grupo de transeúntes que se veían en similar situación de ella, un joven y desconocido caballero le cubrió solícito con un amplio paraguas, mientras, indicando con la mirada una cafetería que se hallaba a una veintena de pasos de ellos, le decía con acariciadora voz:
—Por favor, señorita, allí estará usted protegida en tanto amaina la lluvia. Venga conmigo.
La hermosa mujer acogió encantada la oportuna ayuda del desconocido y, mientras caminaban, apenas se fijó en él. Una vez dentro de la cafetería, a solicitud del joven, la pareja fue atendida personalmente por su propietario, un gallego tacaño y suspicaz, que destilaba constante desconfianza hacia los demás. El desconocido caballero, luego de acomodarse en una silla, frente a Luz, sonrió mostrándole unos dientes parejos y muy blancos. Poseía un rostro viril y, cuando sonreía, se formaban hoyos en las mejillas.
—¿Cómo se llama usted? —le preguntó él.
—Luz —sonrió la dama—. ¿Y Usted?
—Puede usted llamarme Chulla, señorita —replicó el caballero.
Luz se extraño. ¿Por qué le había dicho un nombre a todas luces falso? Porque Chulla no era un nombre, en el estricto sentido de la palabra, sino el alias con el cual se distinguía al quiteño proveniente de la clase media, aquel legendario tipo oportunista y cortés a la vez, generoso aunque nunca traía un centavo en el bolsillo, embustero pero excelente conversador. Pero no se lo dijo a él. ¡Cielos! Todo ello le parecía el inicio de una ventura extraña que a ella, dama circunspecta y apegada a los convencionalismos predominantes de la época, le podía redundar en mengua de su honor. Pero ¿por qué no? Aquel hombre le resultaba atractivo desde todo punto de vista. No podía ser más que un Chulla como él mismo se había auto denominado, pero, ¡qué caray!, no se podía pedir más.
Mientras la lluvia golpeaba los cristales de las ventanas y la tarde agonizaba envuelta en la tétrica mortaja tejida en grises nubarrones, la pareja, experimentando mutua afinidad, entabló desde el principio un animado diálogo que prometía el inminente advenimiento de un sólido vínculo de amistad cuando no de amor. Recíprocas miradas abrasadoras, sucediéndose unas a otras, se cruzaban entre sí, y los suspiros menudeaban a la par de las tazas de café que, dicho sea de paso, Luz bebía casi maquinalmente, al contrario del llamado Chulla, que se limitaba apenas a probar el aromático y oscuro brebaje.
La lluvia había cesado sin que ninguno de los dos se hubiera dado cuenta, ocupados por completo en consolidar la confianza que cada uno de ellos procuraba inspirar en el otro. Parecía que nada ni nadie hubiese sido capaz de interrumpir aquel idílico coloquio, mas el encanto se quebró cuando el gallego, receloso siempre de las parejas acarameladas que, desconectadas de la realidad, con frecuencia se olvidaban de abonar la cuenta el momento de marcharse, se acercó con la factura de consumo en la mano y la presentó al elegante joven.
El Chulla ni siquiera se molestó en prodigar una ligera mirada al pedazo de papel que le tendían, limitándose a levantar levemente los hombros y a permanecer inmóvil y silente, como dando a entender que él nada tenía que ver con el asunto. Pero el gallego, sin impresionarse por semejante actitud, le conminó a que cancelase la cuenta ese instante si no quería que le entregase a la policía, acusándolo de estafador. Tampoco el Chulla pareció conmoverse por la amenaza recibida y continuó, sin mover un solo músculo, frente a su compañera de mesa que le miraba roja de vergüenza. Por un momento pensó ella en recurrir a su monedero y satisfacer la justa exigencia del furibundo gallego, pero al notar que era blanco de las malévolas miradas de los demás parroquianos, hubo de abdicar a su magnánima intención, no obstante que avizoraba el escándalo como único desenlace del incidente. Ciertamente, la furia del avaro iba en aumento.
—Vamos, bandido —increpó el gallego, de repente transformado en verdadero ogro, disponiéndose a saltar sobre el impertérrito joven—, que de mí no se burlará usted. Sepa que me quedaré con su leva, su sombrero y su reloj como pago del consumo efectuado en mi negocio por usted y su compañera.
Pero en cuanto el ogro estiró las zarpas para sujetar a su silente víctima, éstas no apretaron más que el vacío. El joven había desaparecido en una fracción de segundo, dejándose al fin notar que se trataba sólo de un fantasma. En ese instante —se asegura—, una canción que parecía tener su origen en el firmamento, inundó el salón en sus cálidas notas. La canción era El Chulla Quiteño.
El revuelo que se armó en consecuencia fue mayúsculo. El ogro, ahora transformado por el miedo en inofensivo cordero, no cesaba de persignar mientras con entrecortadas palabras invocaba a una docena de vírgenes tanto criollas como peninsulares. Algunos de los presentes, sacando fuerzas de flaqueza, elucubraban los más absurdos comentarios en torno del acto de prestidigitación del Chulla, que para ellos no era más que un burdo truco de magia usado por aquel pícaro. Pero otros, los más juiciosos, aprovecharon las circunstancias para irse sin pagar la cuenta. En cuanto a la hermosa Luz de Funes, que poco antes empezara a acariciar doradas perspectivas, se desmayó tras apretar el pecho con trémulas manos. Y se dice que jamás volvió a confiar en un desconocido.
También es digna de tomar en cuenta la anécdota (en época más reciente) ocurrida a ciertos alegres y simpáticos jóvenes, vecinos de la Plaza del Teatro, quienes, entre sus devociones predilectas tenían la de llevar, las más de las noches, serenatas a las bellas de las inmediaciones. Todos ellos, o casi todos, poseían el don de poder cantar como se asegura que cantan los querubines. Pero, en contraposición, desconocían el arte de tocar guitarra y mucho menos otro instrumento más complicado. Por tanto, les era imprescindible la asistencia de algún músico dispuesto a cooperar a tanto por canción cuando lucir sus gargantas. Un inconveniente que muchas veces les resultaba un verdadero problema. Con todo, esto no era lo peor ni lo más difícil de superar. El peligro de no encontrar un guitarrista disponible el momento más apremiante era lo que realmente les intranquilizaba. Por este motivo, alguna ocasión se vieron ya en la dolorosa situación de no poder arrullar el sueño de las dueñas de su corazón. ¡Una verdadera lástima!
Y fue la víspera del día consagrado a Santa Rosa cuando, por falta de fondo musical, los cantantes de esta anécdota, se hallaron a un tris de ver frustrado el anhelo de rendir homenaje a ciertas amigas suyas que precisamente llevaban el esplendoroso nombre de la citada santa. Aunque se habían preparado con antelación para llevar a feliz término evento tan especial no encontraron músico alguno que estuviese disponible a la hora prevista. Tratándose de tan importante fecha del santoral y, en consecuencia, tan festejada mediante los agasajos más diversos, especialmente con la delicia de la música, resultaba obvio que todos los músicos de la ciudad fueran ya contratados con mucho tiempo antes para amenizar las fiestas. De manera que para los trovadores la suerte estaba echada.
Pero no se arredraron ante el mal momento que atravesaban, buscarían la manera de sortear la mala racha. Acordaron adquirir una guitarra, como primer paso encaminado a solucionar tan adversa situación. Con ella bajo el brazo, recorrerían bares y tabernas en busca de algún chulla en permanente acecho de una oportunidad para embolsarse unos cuantos sucres que nunca faltaba en esos antros, pero eso sí, que tuviese él la suficiente habilidad para arrancar unas cuantas notas al instrumento. Fiel a este propósito, ingresaron en el primer almacén de instrumentos musicales que, pese a lo avanzado de la hora encontraron abierto, y compraron una esbelta y sonora guitarra manufacturada por el maestro Víctor Ibarra, el Stradivarius ecuatoriano.
Por raro que parezca, el encontrar un guitarrista vacante en las cantinas, donde generalmente pululan a toda hora quienes se vanaglorian de ser los protegidos de Euterpe, les resultó tarea inútil y molesta. Ni siquiera en las tascas de alta categoría como La cueva del oso y El Chagra Pérez, lugares de reunión obligada de músicos,
poetas y locos, tuvieron mejor suerte. En cada taberna que visitaban no faltaban parroquianos que, viendo a uno de ellos con la guitarra en el brazo, pidiesen y hasta exigiesen que entonara alguna melodía. Y aun más: tomando como ofensa personal la negativa del músico a complacer con prontitud su solicitud, a menudo amenazaban con emprendérselas a golpes. Ante tales conflictos creados sin habérselo propuesto, los jóvenes se veían en la apremiante necesidad de poner pies en polvorosa.Era evidente que en esas circunstancias en toda la noche no darían con la persona indicada. Por descontado que esto significaba para ellos una calamidad, puesto que, desde hacía largo rato, la competencia proclamaba a los cuatro vientos su melódica presencia, inundando la ciudad entera en la música y canciones procedentes de sus serenatas. ¿Qué hacer?
Al borde de la desesperación, que les ponía rabiosos y les hacía acusar mutuamente de lerdos e incapaces de congraciarse con la musa Euterpe, empezaron a deambular sin esperanza por las calles de la ciudad. Iban tan preocupados en el insalvable escollo que tenían delante que en más de vez, al cruzar la calle, estuvieron a punto de ser atropellados por los vehículos que transitaban. Sin embargo, no hay pesadilla que malogre toda una noche (o al menos era eso lo que les pareció), porque a la vuelta de la esquina les esperaba impaciente su salvación.
Al virar la esquina donde la calle Manabí desemboca en la Guayaquil y forman juntas uno de los ángulos de la Plaza del Teatro, vieron a un sujeto que, saliendo del Gran Pasaje, avanzaba directamente hacia ellos. Notaron de inmediato que el hombre era alto, joven y casi tan guapo como ellos y que vestía con cierta elegancia, aunque ateniéndose a una moda en desuso desde muchos años atrás. Llevaba sombrero de hongo, leva de faldones y bastón de abenuz con empuñadura y contera doradas. Cantaba a media voz El Chulla Quiteño y parecía hallarse algo bebido. Les saludó con una inclinación de cabeza cuando se situó junto a los cantores, quienes a su vez le correspondieron con igual cortesía. Y sin preámbulo solicitó le prestasen la guitarra, ya que debía llevarla serenata a su novia, que moraba no lejos de ahí. Adujo que instantes antes había perdido la suya.
—La cederemos encantados —respondió uno de los noctámbulos cantarines, intuyendo que de este inopinado encuentro saldría algo bueno en beneficio del grupo— si antes usted coopera con nosotros. Sólo tiene usted que acompañarnos con la guitarra unas cuantas canciones que cantaremos no lejos de aquí. Luego el instrumento será completamente suyo. ¿Le parece bien mi proposición?
—De acuerdo —replicó escueto el hombre del sombrero de hongo, tomando la guitarra antes de que la ofrecieran. Acto seguido, se permitió demostrar su valía de experto músico, rasgueó con perfección la introducción de cierto pasillo en boga.
—Perfecto —aprobó el mismo mozo que hablara antes —. Ahora venga con nosotros. Ventajosamente no tendremos que ir muy lejos para usted pueda cumplir con su compromiso. Tres canciones por santa, además, ellas no son más cinco, y basta.
Sin más, los cantores, llevado en medio de ellos al músico, enfilaron sus pasos por la calle Guayaquil, en dirección de Santo Domingo, a ritmo acelerado, casi en volandas. Atravesaron sin dificultad la intersección con la calle Olmedo, que por fortuna se hallaba despejada. Imprimiendo a sus pasos aun mayor velocidad, llegaron al cruce con la Mejía y sin observar la menor precaución, no obstante que el tránsito motorizado de esa vía tenía luz verde en ese preciso momento, la atravesaron. Una efímera y apresurada travesía que desató una borrasca de espeluznantes chirridos de frenos, alaridos de cláxones e improperios de conductores enfurecidos.
Pero no todos lo consiguieron. Los cantantes, como se suele decir, se salvaron por un pelo. Salieron milagrosamente indemnes de debajo casi de las ruedas de un pesado autobús que circulaba cuesta abajo, en sentido oeste este. Pero no así el pobre músico que demostró ser menos ágil que sus fortuitos acompañantes. Tal vez las copas de licor que parecía llevarlas dentro le hurtaron reflejos, o fue una de esas malas jugadas que a veces nos reserva el destino. Lo cierto fue que el terrible golpe que recibió, del vehículo, en mitad de su anatomía, lo lanzó, haciéndolo dar vueltas en el aire, a varios metros de distancia. Aterrizó fuera de la calzada, exactamente en el ángulo formado por la acera y la pared de un edificio, donde quedó doblado e inmóvil, congelado por el hielo de la muerte. Probablemente no había recibido lesiones externas, ya que no sangraba. Conservaba todavía el sombrero puesto y sostenía la guitarra en sus brazos, la cual increíblemente había salido ilesa.
—Pobre hombre —se compadeció uno de los mozos cantores, contemplando apenado al caído.
—Menos mal que la guitarra parece haber salido bien librada —se consoló el sujeto que había recorrido media ciudad con ella bajo el brazo. Debía haberle cobrado cariño en ese tiempo.
—Pero ¿ahora quién podrá respaldarnos musicalmente? —se lamentó otro, a punto de derramar lágrimas—. Sin alguien que se las entienda con ella, equivale a no tenerla. Más vale olvidarla y ahuecar el ala antes de que a algún chapita vividor se las dé por acercársenos atraído por la curiosidad.
Ciertamente, la intención de abandonar de inmediato el lugar de la tragedia era una inspiración inteligente, aunque de ninguna manera caballerosa. El golpeado podía estar únicamente en estado de shock, como consecuencia de algún grave traumatismo, resultándole vital el socorro inmediato de un alma caritativa. Pero también existía el peligro de que, a pesar de que se trataba de un simple accidente, se les implicaran de algún modo el caso. Un lujo que no podían darse frente a la suspicacia de las dueñas sus afectos —que si bien llevaban faldas no carecían de uñas afiladas—, sobre todo, cuando desconocían el porqué de la ausencia de sus canciones en un día tan importante para ellas. Apenas les bastó una mirada de inteligencia entre sí para comprender lo que debían hacer, y todos a la vez, empezaron a batirse en retirada.
Pero la cautela de poco iba a servirles. Como si hubiesen adivinado las intenciones de los cantores, las gentes que empezaban a aglomerarse junto al presunto cadáver, les cortaron el paso suponiendo que la falta de interés de los jóvenes por aquel espectáculo gratuito, no podía ser meramente casual. Nadie deja de lado porque si un suceso que forzosamente sería mañana noticia de primera plana, máxime, hallándose en primera fila. Creyeron de buena fe los curiosos que su obligación era la de entregarlos a la policía, que no tardaría en aparecer, advertida telefónicamente por alguien. Ciertamente, el ulular de una sirena que poco antes se había dejado oír lejanamente, se hacía cada vez más potente.
La policía y una ambulancia llegaron al mismo tiempo. Los de la policía pidieron a los presentes detalles de lo ocurrido, y no faltó quien señalara a los cantores como responsables del percance, asegurando que habían empujado a la víctima hacia la calle cuando el autobús pasaba frente a ellos. Mientras éstos se defendían de los gendarmes con vanas protestas, el médico de la ambulancia examinaba al herido. Pero apenas unos instantes después declaró que nada se podía hacer ya por él, puesto que había perdido todo signo vital y que estaba tan muerto como su bisabuelo. Y fue justamente entonces cuando ocurrió algo que dejó estupefacta a la concurrencia.
El cadáver sufrió un ligero estremecimiento, primero y luego, como si despertase de un sueño, abrió los ojos y miró sin inmutarse a los presentes que contemplaban sobrecogidos aquella prodigiosa resurrección. De inmediato, apoyándose en uno de sus brazos que lo situó en el suelo, se puso de pie mediante ágiles movimientos, levantando consigo la guitarra.
No manifestaba el individuo haber sufrido la menor lesión como consecuencia de la embestida del automotor y daba más bien la impresión de hallarse tan saludable y optimista como el más vigoroso de los mortales, ya que en su varonil rostro iluminaba una radiante sonrisa. Buscó con la mirada a los cantores, que permanecían asidos por los policías, y les recordó la urgencia que tenían de cumplir con lo estipulado. Arguyó que la serenata que él debía llevarla a su novia, era impostergable. Pero, claro está, ninguno de los aludidos hizo el mínimo intento de seguirlo. Entonces el hombre del sombrero de hongo, sin dirigirles una palabra más ni a ellos ni a nadie, se esfumó en menos tiempo del que se requiere para pestañear, llevándose consigo la guitarra.
Sin embargo, por breves instantes fue posible escuchar, como un murmullo que llegaba del éter, la canción El Chulla Quiteño, la cual fue apagándose poco a poco como absorbida por la lejanía. Y sólo entonces comprendieron los congregados haber sido víctimas de las consabidas bromas del Chulla.
Desde luego, no son éstas las únicas anécdotas en las que el Chulla fuese su protagonista. Existen muchas de estas historietas que los quiteños suelen contarlas como sucesos verídicos. Y se asegura que, donde hay un festival, una boda e incluso un funeral se halla presente el Chulla disimulado entre la concurrencia.
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*La palabra chulla que en Ecuador sirve para designar al quiteño, como la de chilango al oriundo de la ciudad de México, nada tiene que ver con el vocablo quechua que se escribe y se pronuncia de similar forma, cuyo significado es: solitario, impar, etc. Sólo es una mera coincidencia. (Nota del Autor)[Relato tomado de la obra Los misteriosos habitantes, del Dr. Carlos Villamarín Escudero. Quito, 2000]
Es así como le han dado en llamar a este turista del Más Allá, que sin duda lo es el más joven de los espantos quiteños. Producto de las comodidades introducidas por la era de la tecnología, gusta de viajar plácidamente en trolebús. Su presencia fue notada por primera vez por el conductor de uno de estos vehículos tan pronto como arribara a la última parada. Éste, extrañado de que uno de los pasajeros no parecía tener la menor intención de apearse al término del recorrido, se le acercó con la idea de solicitarle que saliera. Entonces descubrió que el pasajero en cuestión era muy diferente a cuantas personas las viera hasta entonces. Se trataba de un hombre joven y apuesto, de rasgos perfectos y ojos sonrientes, vistiendo traje color azulado, confeccionado en un material semitransparente, casi tan traslúcido como la tenue columna de humo de un cigarrillo, que permitía ver a través de él. También la anatomía del hombre debía estar constituida de similar materia, porque tampoco ofrecía obstáculo a la vista.
De pronto, el excepcional sujeto, sin emitir sonido alguno ni mostrar agresividad, fue desvaneciendo poco a poco ante el asombrado conductor, que tampoco consiguió articular palabra hasta muchos minutos más tarde.
A partir de entonces, este extraño personaje se ha permitido dejarse ver en múltiples ocasiones tanto por conductores como por usuarios de este medio de transporte urbano de la ciudad de Quito. Jamás ofende a nadie y es el último pasajero en irse.
Pero ¿a quién pertenece este pacífico fantasma que, sin embargo, despierta pánico en quienes lo ven? Pues bien, tal cosa resulta imposible saber, aunque suponen los entendidos en negocios de fantasmas, que pertenecería a cierto joven que muriera atropellado por un trolebús, a sólo una semana de que fueran puestos en circulación estos gigantes motorizados.
[Relato de Carlos Villamarín Escudero. Para críticas y comentarios diríjase a: carlosvillamarin@hotmail.com]
Se consignan hasta dos intentos —felizmente sólo intentos— de linchamiento de sacaojos: un grupo de franceses que fueron encontrados por los vecinos del Asentamiento Humano José Carlos Mariátegui cuando recorrían su localidad en una especie de "turismo social" y un grupo de médicos del Instituto de Investigación Nutricional (ONG que capacita a pobladores como promotores de salud) en el Pueblo Joven Atusparia, alturas de Cantogrande.
Pero, aunque el mayor pánico por los sacaojos fue en Pueblos Jovenes y Asentamientos Humanos, en realidad el miedo recorrió toda la ciudad.Secretarias, estudiantes universitarios y demás miembros de las «clases medias» contaban «casos verídicos» de sus vecinos o de personas cercanas a sus familiares que habían sufrido o que por lo menos habían visto «niños sin ojos» o «velorios de niños sin ojos» (había versiones según las cuales los chicos morían, otras en que quedaban vivos aunque ciegos).
Interrogados muchos vecinos sobre la finalidad que perseguían estos crímenes las respuestas coincidían en señalar la existencia de un clandestino mercado de órganos a nivel internacional. Los ojos de los niños son más sanos, por eso sirven para los transplantes y pagan en dólares por ellos, decía la gente. Algunos (los menos) no dudaron en relacionar al gobierno con esta operación y vincularla con el pago de la deuda externa.
Tengo una prima que vive en Lurin, ella me ha contado que esos hombres se robaron al hijo de su vecina; desde esa vez, la pobre está muy asustada y ya no quiere dejar ni por un instante a sus hijos. Mi prima dice que roban niños para quitarles los ojos. Roban niños en el Parque de las Leyendas y en parques solitarios; después los devuelven vivos, pero sin ojos. Los que roban son extranjeros y se supone que han estudiado medicina.
La mayoría de los niños son de 4 a 14 años, de familias numerosas pero pobres, de escasos recursos económicos. Al hijo del vecino de mi prima lo dejaron sentado en la puerta de su casa con 50 dólares en el bolsillo. Los que roban dicen que son parte de una banda internacional que trafica con órganos; andan bien vestidos; se movilizan en carros lujosos, en Mercedes Benz.
Mi prima dice que han hecho denuncias a la policia, pero hasta ahora nada se sabe.
[Informante: Soltera, 22 años, estudiante universitaria. Natural de Arequipa, en Lima desde 1984. Fecha del informe: 4-1-89. Recogido en: Eudosio Sifuentes "La continuidad de la historia de los pishtacos en los robaojos de hoy" en Ansión 1989].
En un artículo del diario La República (6/12/88) Gastón Zapata relaciona el sacaojos con otro mito andino: el de la escuela, que define una oposición entre vivir en la noche (mana ñawiyuq, el que no tiene ojos, el analfabeto que tiene los ojos cerrados) y vivir en el día (ñawiyuq, el que tiene los ojos abiertos).
Por otra parte, Gonzalo Portocarrero, en un libro que dedicó al tema, hace notar una diferencia con los pishtacos: la presencia de médicos. El sacaojos es una persona preparada, que usa la técnica moderna para fines utilitarios. Según Portocarrero, para elaborar el sacaojos la mentalidad popular condensó atributos de las figuras del pishtaco, el médico, el extranjero. La desconfianza hacia la modernidad se articuló con el resentimiento colonial de modo que ella es percibida como una posibilidad cerrada, accesible sólo a un grupo racial.
Al finalizar el año 1988 los medios de comunicación planteaban el desafío: si no hay una denuncia policial, si no hay por lo menos un caso comprobado, entonces es falso. El mundo oficial se interesaba asi por la veracidad a partir de la denuncia, pero mostraba el divorcio de los medios jurídicos y políticos con la cultura popular.
(Fuente: La República, Noviembre
y Diciembre 1988)
Gonzalo Portocarrero
(1991):
Sacaojos:
crisis social y fantasmas coloniales, Lima: Tarea.
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Daniel Mathews. Para cualquier sugerencia o crítica, puedes contactar con él en la dirección daniel__mathews@hotmail.com. |
Cuando el sol, tras el Pichincha,abatido oculta el rostro,¡más te vale evitarde la hija de la noche!Si la ves no te detengas,
no la hables, no te acerques
ni pretendas cortejarla,
que es un ser de las tinieblas.Si sus labios de carmín
te presenta a que los beses,
no te ufanes de tu suerte,
que es el beso de la muerte.Si sus ojos de azur,
como el cielo, como el mar,
te lograsen fascinar,
más te vale despertar.Si a pesar de la advertencia
aún persistes en buscar
el sabor de sus caricias,
¡ay de ti, pobre mortal![Cántico popular cuyo origen se confunde en las profundidades
del tiempo y que se refiere a la leyenda de La Hija de la Noche.]Una ola de sangre ahoga a la ciudad.
Mucho se ha hablado de aquel súcubo llamado La Hija de la Noche, quien —según dicen—, en una época lejana, aunque no tanto como para haberla olvidado, solía recorrer la ciudad de Quito tan pronto como el sol declinaba detrás del Pichincha. Cual fiera de presa, oculta entre la tupida oscuridad, acechaba pacientemente a sus víctimas, en espera de la ocasión favorable para darles implacable cacería. Las piezas las elegía de entre los varones noctámbulos que se aventuraban por las calles en ejercicio de románticas gestiones. Como experimentada cazadora que lo era, y también gracias al arma que usaba, jamás erraba un solo golpe. Por cierto, ésta en nada se parecía a los adminículos utilizados por los afectos a la caza mayor, que van desde la simple lanza hasta el sofisticado rifle, pasando por la cerbatana y el machete, ya que se trataba de algo más infalible: su deslumbrante belleza femenil, que obraba en el incauto como el imán ante una partícula de hierro.
Pero desengáñese usted si cree ingenuamente que aquella magnífica mujer se exponía al rigor de la noche andina, abdicando a la delicia de entregarse a Morfeo en la calidez de su lecho, además de exponerse a las suspicacias de la vecindad, simplemente por el placer de seducir a algún confundido noctívago y obsequiarle a continuación con una inolvidable sesión de amor. Nada de eso. Al infeliz que, enmarañado en pecaminosas perspectivas, caía en su poder, luego de conducirle hacia la abandonada casa que ocupaba furtivamente, le concedía únicamente un solo beso de sus rojos y sensuales labios. Un beso prolongado, voluptuoso, absorbente, que parecía extraerle el alma con la fuerza de una bomba de succión, y ardiente como las llamas del averno. Y, tomando aquel ósculo como el punto de partida del embate, infligía a la víctima una pavorosa y dilatada agonía, ya que, invariablemente, la devoraba viva.
La aciaga presencia de La Hija de la Noche en la ciudad de Quito, en 1918, como nunca antes ni después, dejaría en la memoria de los quiteños dolorosos recuerdos. El número de inmolados en esta ocasión fue mayúsculo y el fin que encontraron estos infelices, espeluznante.
Las osamentas encontradas casualmente en el interior de cierta casa deshabitada de la ciudad, debido principalmente a su deterioro, hablaban por sí solas de la saña y la voracidad con que el monstruo daba cuenta de sus efímeros amantes. Los huesos, sin la menor partícula de carne adherida a ellos y con muestras de haber sido extraído el tuétano, se amontonaban en el suelo de las asquerosas covachas, como escombros caídos allí al azar. Y junto a los macabros restos, convertidas en jirones e impregnadas de sangre, se veían vestimentas de exclusivo uso masculino.
Mas la ciudadanía, ignorante aún del peligro que cernía sobre sus cabezas, se preguntaba cuál había sido el motivo que impulsara al asesino a dar semejante tratamiento a sus víctimas. Sin duda, la necesidad de apropiarse de sus pertenencias estaba descartada, ya que el contenido de los bolsillos de la estropeada indumentaria recogida allí se hallaba intacto. Tampoco había sido tocada la dentadura, de oro en su totalidad, que ostenta una de las calaveras. Un ladrón no habría despreciado ni lo uno ni lo otro. Entonces, ¿el motivo era la venganza? Quizá. Pero ¿existe alguien capaz de liquidar a tanto infeliz, sin que el temor de ser descubierto no contribuyese a menguar la sed de tomar satisfacción de un agravio? Y aun admitiendo la existencia de semejante engendro, ¿por qué eliminaba la carne de los cadáveres? ¿Consideraba insuficiente castigo para sus enemigos el sacarles de circulación únicamente? Sus preguntas no tenían respuesta.
Las encuestas realizadas por la policía con el fin de revelar los vínculos de los crímenes, que permanecían envueltos en una densa oscuridad, no hicieron otra cosa que acrecentar el nimbo de su enigma. Las pistas que los sabuesos se ufanaban de haber descubierto tras intensos interrogatorios, ciertamente, no iban mas allá de lo que la ciudadanía conocía desde el principio, sin haber tomado la molestia de interrogar a nadie. Todo el resultado de las indagaciones se reducía a esto: que ninguna nueva banda de forajidos, de quienes se hubiera podido sospechar dedicados al infame tráfico con la carne obtenida de cadáveres humanos, como la que a la sazón guardaba prisión, había sido últimamente detectada en la ciudad;* que tampoco ningún loco asesino se había convertido últimamente en caníbal, y que no había noticia de que manada alguna de lobos o perros rabiosos merodeara por la urbe. Sin embargo, las osamentas denunciaban que varias personas habían sido devoradas de la forma más horrenda.
Finalmente, la infalible policía logró dar con un ciudadano que aseguraba haber escuchado cierta noche pavorosos alaridos de los que no podía precisar ni la hora ni el sitio de procedencia. Y como para sellar con broche de oro su invaluable misión, obtuvo dos testimonios "concluyentes", pero que ella misma los calificó a priori como de dudosa procedencia, además de contradictorios entre sí. Pues, cierto vago consuetudinario y afecto a elevar el codo, declaró que una noche vio cómo una pareja, al parecer de amantes, ingresaba en una casa abandonada. Conformaban la pareja una despampanante dama de ojazos azules y sensuales labios rojos y un enorme negro que, al sonreír, mostraban con no poca vanidad sus dos hileras de dientes elaborados en fino oro. En cambio el otro testigo, un mozalbete conocido por el vecindario como el mitómano oficial del barrio, expuso que también él vio perfectamente a la susodicha pareja. Pero que era la mujer quien poseía los dientes de oro y no el negro, que parecía un miserable.
Las investigaciones policíacas cesaron inexplicablemente en ese punto. A partir de ahí, mil conjeturas, cual más fantástica, se elaboraron en torno de los autores de los crímenes y las motivaciones que habrían tenido ellos para obrar como lo hicieron. No obstante, ningún secreto puede permanecer oculto por mucho tiempo sobre la faz de la tierra. Más temprano que tarde, la verdad se hace patente. Finalmente, La Hija de la Noche fue señalada como la culpable de todo.
Y como para desmadejar un ovillo enmarañado hace falta sólo encontrar la punta del hilo, no representó ya ninguna dificultad desentrañar la identidad de las víctimas. Así se pudo establecer quién fue quién. Por cierto, todos los asesinados fueron catalogados como hombres jóvenes, saludables y de complexión atlética, quienes, de no ser por el fatal encuentro con La Hija de la Noche, hubieran alcanzado una longeva y fructífera existencia. Era así, que duda cabe, que todos ellos poseían alguno de los dones con que se adornó Adonis, pero, en contraposición, gozaban de pésima reputación.
Excepto una sola y honrosa excepción, los demás eran mozos de temperamento vehemente y hábitos detestables, dispuestos a protagonizar actos temerarios, cuando no a jugarse la vida, llegada la ocasión. De entre estos personajes, de quienes la fantasía popular ha engalanado con ricos pasajes de novela su breve permanencia en este mundo, se descuella como ninguna otra justamente la figura de la víctima de los dientes de oro.
Y ahora, 83 años después, tal vez no como realmente sucediera, pero sí como afirma la leyenda, me propongo a describir los azarosos pasos de un interesante sujeto durante los últimos meses de su permanencia en este mundo. Este sugestivo personaje, debido a su nada recomendables costumbres y sobre todo a su trágico fin, muy pronto daría origen a otra leyenda no menos tenebrosa que la de la Hija de la Noche. Pero esta es una fábula diferente que prometo relatarles en otra ocasión.
Un hombre como todos
Iván Lacabra tenía a la sazón veinticuatro años, vestía con elegancia, y mostraba de continuo una seductora sonrisa, con la cual pretendía fingir que era completamente feliz. A pesar de no llevar una existencia pía, no se le hubiera podido catalogar como un ser marginado del límpido y aséptico campo de la ética, y quien diga lo contrario demuestra que nunca lo conoció. En realidad, no era él ni más ni menos que los demás negros jóvenes —y también viejos—, de Playa Linda, quienes jamás perdían el tiempo ni la paciencia en dilucidar sobre cuestiones morales. Suponían que la decencia estaba bien para la gente de posición desahogada, que podía darse el lujo hasta de ser honesta, mientras que ellos, fauna desamparada de la fortuna, ni debían ni podían andarse con remilgos.
Las leyes vigentes o bien preferían ignorarlas o bien las desconocían realmente. Sin embargo, su conducta se ajustaba a las ordenanzas de una peculiar ley, pragmática desde todo punto de vista, cuyo precepto principal recomendaba, exigía u obligaba —según la oportunidad que se le presentase a los miembros de esta comunidad— a tomar de los demás (de los de posición desahogada, se entiende) cuanto les fuera necesario para mitigar en algo los porrazos que recibían de la vida. También prescribía a los protagonistas de estos lances el deber insoslayable de embellecer los relatos de sus aventuras con una buena dosis de donaire, con el propósito de que los oyentes sintiesen el impulso irresistible de emular tales hazañas.
Por ello Lacabra, que era el morador típico de Playa Linda, jamás fue visto en esa aldea como un descarriado. Por el contrario, debido a su grado de intrepidez y a su facultad de penetración, lo consideraban como un chico que prometía y que sin duda llegaría lejos. Y tal opinión iba en constante incremento a medida que traía su valija cada vez más repleta, de sus viajes realizados a la Capital, donde había encontrado él un rico filón.
Luego de una permanencia relativamente larga en Quito (nunca menos de diez meses), retornaba a Playa Linda cargado a más no poder con finos y hermosos cronómetros de pulso, elaborados en las célebres y neutrales relojerías suizas, sortijas y cadenas de oro y de platino, gargantillas confeccionadas con perlas de Ormuz y de preciosa pedrería, cuyas perlas y gemas resplandecían con mayor intensidad que el mismo sol, y sobre todo gruesos fajos de billetes-dólares de la más variada cuantía. Además, se presentaba siempre tan garboso y ataviado como un dandy, que a las negritas de la aldea les daba gusto mirarlo.
Sin duda, cada uno de semejantes botines, bien utilizado, le hubiese bastado para mantenerse inactivo durante el resto de sus días dentro de una existencia cómoda y sin sobresaltos. Pero Lacabra, que estaba influido por la misma idiosincrasia de sus coterráneos, no concedía un ápice de interés a la prevención y, en compañía de sus amigotes, disipaba el fruto de sus rapiñas en menos tiempo del que necesitaba para perpetrarlas. No obstante, aquello no le preocupaba a Lacabra, que al fin y al cabo sabía dónde encontrar con facilidad la inagotable fuente que le proveía de los recursos que luego conmutaría por francachelas.
Pero no eran sólo joyas, dinero y elegante atavío lo que Lacabra traía consigo, lo cual no era más que meras fruslerías que se esfumaban al instante sin dejar rastro, sino ese rico acervo que constituían aquellas evocaciones que concitaban enorme interés en sus oyentes. Generalmente por las tardes, recostado a la sombra de una esbelta y danzarina palmera, en la mano un refrescante coco de agua, bautizado con ron, y sintiendo en sus pies el susurrante cosquilleo de las espumosas olas del mar, el aventurero encontraba superlativo placer en relatar sus correrías ante una concurrencia que le escuchaba embelesada.
Escuchar sus anécdotas descritas con gracejo e innegable amor a los eventos azarosos, acerca de la satisfacción experimentada al improvisar y ejecutar cada una de sus fechorías, era de sí ya un espectáculo digno de aplauso. Mas oírle referirse a sus conquistas amorosas, conquistas de auténticas señoritas quiteñas, gracias a sus propios e irresistibles encantos varoniles y no debido al influjo de pócimas o ardides recetados por algún chagua (seudo) brujo de Santo Domingo de los Colorados, cautivaba y maravillaba a los concurrentes a tal punto que si en ese momento se hubiese producido allí un terremoto, hubieran permanecido ellos indiferentes.
Influidos por las narraciones de aquellos episodios, que en el auditorio despertaban el anhelo protagónico, era lógico que más de uno de sus coterráneos le pidiera tomarlo como discípulo en sus futuras correrías. Pero Lacabra se negaba rotundamente a admitirlos, aduciendo siempre que para laborar en la ciudad de Quito hacía falta ser un perito en la profesión, ser y parecer un genuino artista. Allí no había sitio para neófitos, pues sus cárceles estaban atiborradas de ladronzuelos principiantes y de rufianes de poca monta. Por tanto, más les valía descubrir y perfeccionar los secretos del arte en pequeñas ciudades donde las víctimas eran más ingenuas y las autoridades menos difíciles de contentar. Con todo, les prometía atender tal solicitud cuando el transcurso de los años llegase a forjar la pericia de los postulantes. ¿Acaso desconocían ellos que la excelencia del vino y del ladrón está en la vejez?
Pero el fondo de los comentarios de Lacabra era otro. Si bien como ladrón, debido al extremado cuidado con que elegía sus víctimas, mujeres solitarias y hombres en la última fase de la embriaguez casi siempre, había tenido hasta aquí éxito, no se podía decir lo mismo de sus conquistas amorosas que en realidad no iban más allá de lo que el desamparado encuentra buenamente en los túrbidos mercados del amor. Marginado por la segregación racial que primaba hasta entonces, le había sido imposible establecer relaciones de ningún tipo con ninguna mujer blanca decente. Sin duda con una chica de su raza hubiera obtenido rotundo éxito, pero semejante cosa no le parecía una opción digna de ser tomada en cuenta. Simplemente abominaba de las damas de color. Su anhelo no admitía paliativos. ¡Blanca o blanca! No existía alternativa.
Con seguridad, desconocía el joven delincuente que para disfrutar de ciertos privilegios hace falta ser merecedor de ellos. Y para que los mereciese él, debía empezar por frecuentar y ser parte de escenarios sociales serios y decorosos que él excluía, soslayando el esfuerzo de superar el brocal de aquel pozo de inmundicia denominado hampa. De la capitalina metrópoli apenas conocía sus bajos fondos. Una actitud propia de un pillo de baja estofa. Sin embargo, deslumbrado por la pretensión de picar alto, a menudo se sentía consternado y a veces inmerso en una perspectiva ignominiosa.
Con el espíritu atribulado, muchas veces intentó librarse de la ominosa carga que pesaba sobre su amor propio como una montaña, aceptando el axioma que dice: «Afortunado en el juego y desgraciado en el amor»; mas al punto lo desechaba estimándolo consuelo de necios. Le parecía ilógico que alguien afortunado en el juego, lo que tácitamente significaba disponer permanentemente de dinero, con lo cual se compra todo, no lo fuera también en el amor, que al fin de cuentas no es sino otra mercancía más. ¿O el axioma estaba dirigido a una clase exclusiva de personas, que se sienten efectivamente afortunadas cuando el azar les permite salir esquilmadas del juego? Pero ¿sería posible tal cosa? O quizá en un principio este aforismo, en vez de «juego», diría «fuego», dando a entender que quien tenía la fortuna de quemarse, estaba proscrito del amor, ya que un sujeto tostado, o al menos chamuscado, no parecería agraciado ni siquiera a los ojos de una ciega. Solo así se podía admitir éste como bueno.
En todo caso, si alguna vez debía él atenerse a los refranes, se dejaría aconsejar más bien por aquel que reza: «La ciencia del cazador es más paciencia que ciencia». ¿Acaso tan sabia enseñanza no la comprobaba, día tras día, cuando acechaba a sus potenciales víctimas para desvalijarlas? Por tanto, lo prudente sería esperar pacientemente la ocasión en que la mujer de sus sueños fuera espontáneamente a golpear la puerta de su sórdida habitación mendigando su amor. Al fin y al cabo, él no era más que un mozo apenas salido de la adolescencia y probablemente le quedaba aún mucho por ver. Las vicisitudes forzosamente le traerían buenas rachas entre las malas. Ellas, como todo en la vida, también estaban sujetas a la ley de las probabilidades. Pero ¿y si a pesar de todo la situación continuaba como hasta ahora?
Entonces, ¿qué debía hacer para allanar el escabroso camino que dificultaba el arribo a la áurea meta que se había impuesto? ¿Debía decidirse a visitar cuanto antes a la bruja del Itchimbía en busca de ayuda, desechando la escuálida esperanza que aún cifraba en sus encantos varoniles? ¿Le sería más provechoso prometer a cada santo una vela y a cada diablo una mecha? ¿Talvez exorcizarse con abluciones de agua bendita, en vez de limitarse a persignar con el dedo únicamente humedecido en ese sagrado líquido como hacía frecuentemente? ¿O, a su vez, debía dejar de hacerlo?
En esos momentos de loca exacerbación pensaba, y por cierto muy en serio, no sólo en dejarse atrapar por la Hija de la Noche, prestándole a ésta facilidades, sino en buscarla sin tregua. De acuerdo con los comentarios que circulaban a la sazón, sabía que esta misteriosa y hermosa mujer blanca no discriminaba raza ni profesión de fe en sus efímeros amantes. Amaba breve e intensamente a todos, aunque luego los devorara. Quizá un precio muy alto para sufragar una lúbrica aventura, mas no por realizar el anhelo de toda su vida.
El negro era quien poseía los dientes de oro, no la dama
Fue el momento mismo en que Lacabra, en ejercicio de su honrada profesión, se disponía a caer sobre el ebrio, a quien le había seguido pacientemente desde tres manzanas atrás, cuando, por el ángulo del ojo, distinguió a la mujer. Se hallaba oculta a medias en el vano de una puerta cerrada de la casa contigua, mirándole con insistencia. Se la imaginó vinculada al beodo y que pronto empezaría a dar alaridos, alertando al vecindario, que, a pesar de lo avanzado de la hora, no tardaría en dejar el lecho para verificar lo que ocurría en la calle. Maldijo entre dientes a la entrometida y, muy a su pesar, dejó al devoto de Baco que continuase su camino. Conocía de su contumacia por la bebida y de su inveterada costumbre por acudir los fines de semana al antro que acababa de dejar. Pues bien, ya se resarciría mañana de la pérdida de ahora. En su oficio había que aceptar con filosófica resignación cosas así.
Lacabra, procurando mantenerse pegado a la pared, empezó a distanciarse con celeridad, ya que en su profesión, al margen del éxito de la faena o de su fracaso, la oportuna retirada del lugar “candente”, era un factor determinante para la seguridad del ejecutor. Le faltaba apenas una decena de metros para llegar a la próxima esquina, desde donde pensaba escurrirse hacia algún sitio despejado, cuando notó que había sido descubierto por un vigilante nocturno que, situado estratégicamente detrás del poste de un farol que lucía delante de él, empezó a dejar oír su perentorio llamado, soplando a todo pulmón y reiteradamente su silbato de carrizo. Entonces se dio cuenta el fugitivo de que por ese lado le habían cerrado el paso y que, para evadirse, no le quedaba otro camino que el tomado por beodo. Éste, ajeno a lo que sucedía a sus espaldas, continuaba su marcha zigzagueante mientras profanaba una canción en boga con su aguardentosa y gangosa voz.
Lacabra emprendió rauda carrera, alejándose progresivamente de los odiosos chiflidos con cada paso que daba. Conseguir alcanzar la otra esquina antes de que otros vigilantes acudieran en auxilio de su compañero representaba para él la diferencia entre conservar su preciosa libertad y pasar una larga temporada a la sombra. Ventajosamente, por la dirección que seguía, el acceso a campo abierto no estaba lejos ni precisaba de mucho esfuerzo para alcanzarlo. Para transponer el límite crítico requería a lo sumo de un minuto y, luego, las posibilidades de poder escabullirse eran mayores que por el rumbo opuesto. La famosa Avenida 24 de Mayo, el único punto de la austera ciudad capitalina que admitía vida nocturna, quedaba a sólo un tiro de piedra desde allí. Una vez en aquel bulevar, sería un juego de niños confundirse entre los alegres noctámbulos que no entendían de otra cosa más que de festejar la vida.
Pero el frustrado asaltante, pese a la centelleante manera de mover las piernas, tampoco llegó lejos por ese lado. Pasó junto a la mujer que poco antes la creyera algo del borracho, sin advertir su presencia, no obstante que ahora permanecía totalmente al descubierto, quizá para observar mejor las incidencias que se desarrollaban cerca de ella. En esta ocasión, Lacabra obtuvo sin duda una plusmarca de velocidad, puesto que parecía volar en vez de correr. Sin embargo, cuando le faltaba poco para virar la esquina, varios hombres de capote, armados de escopetas, trataron de capturarlo. En fracciones de segundo, Lacabra cambió en ciento ochenta grados la dirección de sus pasos y se puso a correr con mayor velocidad que antes, llevando detrás a sus perseguidores, que le seguían cada vez más rezagados. Corría exactamente como lo hacen las liebres acosadas por el lebrel: dando grandes saltos y culebreando. Gracias a su agilidad conseguía impedir que le alcanzaran los disparos que le hacían desde atrás.
En su loca carrera, el hombre de ébano, llegó al sitio donde se hallaba la mujer y, sin notar su presencia, la superó como un meteorito. Abrigaba la esperanza de que el escandaloso vigilante, que no cesaba de hacer sonar su silbato, no sería capaz de contenerlo, ya que sin duda estaba solo. Ciertamente, como soldado al poste del farol, daba él la impresión de carecer de arrestos para siquiera poder moverse. Una vez puesto a éste fuera de combate, ganaría las faldas del monte Panecillo, ya que se hallaba justamente al pie de él, y entonces no tendría dificultad para esconderse entre su enmarañado chaparral. Mas, de pronto, el sujeto a quien creía inerte, adquirió movilidad y demostró que tampoco estaba solo. Ahora, respaldado por tres corpulentos hombres, seguramente armados hasta los dientes, y exhibiendo mayor animosidad que sus perseguidores de retaguardia, caminaba a su encuentro, ávido por darle la bienvenida. Esta complicación puso fin a las esperanzas del delincuente, y consciente de que, en semejantes circunstancias, más le valía perder la libertad por unos cuantos meses que definitivamente la vida, se detuvo y levantó los brazos con mansedumbre. No tenía salida. La suerte acababa de jugarle una pésima guasa.
La jauría humana en la que se había convertido el grupo de vigilantes nocturnos amenazaba con despedazar vivo al pobre negro, que, sin saber cuál de los dos bandos sería más implacable con él, daba cortos traspiés, ya hacia un lado, ya hacia otro, tratando a toda costa de retardar por un instante más el castigo que le tenían reservado. Y fue en ese instante cuando alguien situado a sus espaldas, tomándolo por un brazo, le haló hacia el interior de una casa, procediendo de inmediato a cerrar su sólida puerta provista de recios cerrojos.
—El peligro ha pasado —susurro al oído de Lacabra la misteriosa persona que se hallaba junto a él, oculta por la oscuridad que encerraba el interior del recinto. No obstante, el aludido, advertido por el perfume que de ella provenía y por la inflexión de su voz, supo que se trataba de una mujer. Pero ¿quién podía ser? Se había olvidado por completo de la dama que poco antes la viera pegada a una puerta cerrada—. Luego de un rato, cuando todo se haya calmado afuera, nos iremos de aquí en busca de un lugar más seguro donde se pueda pasar la noche. Afortunadamente, esta casa cuenta con una salida que da al lado opuesto de la manzana.
Y después de mirar brevemente a través del ojo de la cerradura de la puerta, añadió riendo quedamente:
—Venga acá, amigo mío, y mire por aquí lo que ocurre afuera.
El aún estupefacto joven, sin proferir comentario alguno, hizo lo que le pedían. Gracias al resplandor del alumbrado público, vio los rostros de varios hombres, pálidos como muertos, mirando la obstruida puerta que se interponía entre ellos y él. Durante un breve lapso permanecieron allí, demasiado paralizados por el miedo para conseguir moverse o articular palabra. Luego desaparecieron repentinamente valiéndose de la presteza de sus piernas.
—Se han ido —dijo con alivio Lacabra—. El camino está despejado.
—Sí —afirmó la dama, como si también ella hubiera presenciado la desbandada de los medrosos vigilantes—. Se han ido y por lo que queda de esta noche no volverán por aquí. Sin embargo, a través de las ventanas, mil ojos examinan este lugar. En cuanto pisásemos la calle, toda la vecindad se volcaría a ella para cortarnos el paso. Mas ¿por qué preocuparnos si, como le decía, esta casa cuenta con otra salida que nos permitirá irnos sin peligro?
—Señora —enunció Lacabra, conmovido casi hasta las lágrimas al verse objeto de la gentileza de alguien completamente ajeno para él—, ¡ignoro quién es usted y el motivo que le impulsa a socorrerme, pero le estoy infinitamente agradecido por su oportuna ayuda que, sin reparar en las posibles implicaciones que de su acto humanitario pudieran provenirle, me brinda generosamente usted! Sin embargo, permítame formularle una pregunta: ¿Por qué se arriesga usted por un ilustre desconocido y, por añadidura, negro como yo?
—Generalmente, me gusta hacer el bien sin mirar a quién —explicó la mujer, mentando aquel viejo adagio que preconiza que la generosidad, al igual que la justicia, debe ser ciega para mayor mérito suyo—. Además, da la casualidad que el negro es mi color
favorito.Lacabra, a pesar de la envolvente oscuridad, empezó a ver el mundo color
de rosa.—En cuanto a mi identidad —prosiguió la mujer—, me sorprende que usted aún no la advirtiera, sobre todo cuando, como nunca antes, le ha dado ahora a la gente por hablar de mí. Me llamo Alba: el nombre que designa la difusa luz que nace de la noche. ¿Ni siquiera mi nombre le dice nada? Pues bien, ¿y cuál es el nombre suyo?
—Me llamo Iván Lacabra. Para servirle a su merced —respondió el aludido, luego de un instante que hubo dedicado al inútil esfuerzo de intentar recordar algo conexo con la dama que decía llamarse Alba—. Soy natural de Playa Linda, un idílico rincón de la verde provincia de Esmeraldas, donde residen mis padres, hermanos y demás deudos y donde...
—¡Ahora, mi buen amigo Iván —interrumpió la dama—, aténgase sólo a dejarse guiar por mí! Conozco esta mansión como si fuera de mí y tengo la seguridad de que no nos introduciremos en el laberinto de sus intrincadas galerías. Tome mi mano.
Lacabra asió feliz una mano diminuta, una mano nívea y tersa, esculpida en alabastro, aromada cual un lirio del vergel exuberante de un lugar raro y distante, y al fin supo por qué Venus, la cincelada en Milo, se ve ahora mutilada. Esa mano primorosa su tutora la tenía.
Así, tomados fraternalmente de la mano dejaron el zaguán, inmerso en una espesa lobreguez, y llegaron a campo abierto, donde el techo constituía un cielo cubierto de radiantes estrellas. Sólo entonces pudo ver a su protectora y regalarse con la contemplación de aquella espléndida criatura que, tan cercana a sí y no exenta de cierta picardía, le sonreía con sus azules y magníficos ojos.
La dama vestía de oscuro y de ella provenían efluvios de hierbabuena que volcaban su perfume en el cáliz de la noche. Debía tener unos diecisiete años, era rubia y realmente bella. Se diría un poema inspirado por el hechizo de la estrella matinal.
Lacabra no recordaba haber visto tanta belleza congregada en una sola
persona.La noche, aunque iluminada confusamente por las estrellas, avalaba el tránsito de las personas sin el peligro de un imprevisto tropiezo, pero el hombre de ébano prefirió continuar asido de la mano de la joven. De pronto se vio caminando por un gran patio pavimentado de mayólica, cuyo centro ocupaba una enmudecida pila que en su pasado esparció sin duda diminutos y múltiples surtidores de platinado líquido a su contorno. La curvilínea superficie de la fuente, atiborrada de elaboradas representaciones de dioses andinos, perseguidos por el cristianismo, se veía cubierta de una broncínea pátina que hablaba de su venerable ancianidad. En casi todo el perímetro de la plazoleta abundaban exóticos y marchitos árboles ornamentales cuya decrepitud conmovedora parecía ser el oneroso precio por su pasado de esplendor. Allí no existía una flor, ni siquiera una hierba fresca que animara el recinto con su presencia. Y al fondo, media confundida por las sombras, se alzaba una ancha escalera, construida en níveo y frío mármol, que aún prometía cómodo acceso a las destartaladas habitaciones superiores de la vetusta mansión, que desierta, sabe Dios desde cuándo, era el escenario ideal para encontrarse de repente con un fantasma.
Pero nuestro hombre, que tenía los sentidos fijos en su protectora, no habría notado ni siquiera la presencia de una legión de espectros en caso de presentarse.
Recorrieron y dejaron el primer patio y procedieron de igual modo con el segundo y el tercero, y luego, avanzando por interminables pasajes situados entre edificios ahora también deshabitados, salieron por fin a la calle. En ella todo era tranquilidad, y la certeza de que el peligro había sido conjurado redobló la alegría que experimentaba Lacabra. Se hallaban en la calle Bahía de Caráquez, de espaldas al Panecillo, monte que se levanta en medio de la ciudad y al cual, según la leyenda, se le atribuye origen artificial. Y por iniciativa de la joven tomaron la calle Sebastián de Benalcázar, en dirección norte.
—Conozco cierto lugar situado en la calle Briceño —dijo confidencialmente Alba, en cuanto empezaron a caminar—. Allí nos espera una noche inolvidable, una noche que usted no podrá olvidarla aunque viviera mil años.
Iván descartó que el lugar al cual se refería con tanto entusiasmo su compañera fuera la propia casa de ella, donde moraría con sus progenitores y hermanos, y más bien supuso que sería uno de esos centros de diversión, exclusivos para gente distinguida, que no escatima egresos cuando de paladear la miel de la vida se trata, y que él, desdichado descendiente de
Cam y discípulo de Caco, los conocía apenas de oídas. ¡Demonios! Un lugar inaccesible a la mezquina plebe. No obstante, reflexionó que si era cierto que «de noche todos los gatos son pardos», un individuo de color podría muy bien pasar desapercibido en una feligresía de noctívagos asistentes que, además de emplear el tiempo y las energías en divertirse, no tendrían ojos más que para su respectiva pareja. Y al llegar a esta conclusión, las últimas palabras de la dama le supo a mil violines tocando en la antesala del paraíso.Apenas podía creer lo que ahora le estaba sucediendo.
Seguro de que finalmente iniciaba una relación decente, se sintió ungido por la felicidad. Situado en la cumbre de su dicha, exento de animosidad, vio desfilar por la memoria la cadena de frustraciones sentimentales que hasta entonces se abatieron sobre él. Y, como algo remoto y ajeno, evocó su anterior aventura amorosa.
* * *
En los últimos tiempos, su delirio por captar el amor de una mujer blanca crecía a la par con su complejo de inferioridad. La impotencia de poder ascender un solo peldaño en la escala social, laceraba su dignidad y le hacía sentir miserable como un perro desamparado. ¿Qué no habría dado él por contar con el amor de una mujer blanca, hermosa, decente y, por añadidura, subyugada por su hechizo varonil? Con seguridad, de tener la certeza de que el diablo era tan cándido como para estar dispuesto siempre a comprar almas, que tarde o temprano irían por su cuenta a caer en sus manos, lo hubiese buscado para ceder gustoso la suya a cambio de la mujer de sus sueños.
Lo cierto era que jamás escatimaba esfuerzo para ver plasmada en realidad su ensoñación. Sin embargo, los fracasos habían sido tantos que se sentía ya como una especie de veterano en frustraciones sentimentales. A la sazón, en el espejo de su memoria permanecían aún nítidas las imágenes de aquel fugaz romance vivido meses atrás con una misteriosa mujer blanca de quien ni siquiera le fue posible conocer su nombre.
La dama en cuestión se aproximaba mucho al arquetipo de la mujer con que soñara Lacabra. Poseía ojos y cabellos claros, facciones agradables y anatomía bien conformada. Ella, aunque sin ser la expresión de belleza, era por cierto bastante bonita. La conoció casualmente una mañana en que acudió a la Iglesia del Robo, para encender una vela a san Dimas, el buen ladrón, y aprovisionarse de agua bendita, como tenía por costumbre efectuar de vez en cuando. Luego de cumplida su devoción, merodeaba subrepticiamente cerca de la puerta del sagrado recinto en espera de cierta anciana presumiblemente rica a quien poco antes la viera ingresar en él. Mas, antes de que reapareciera la longeva opulenta, vio extasiado cómo una linda joven que acababa de salir del templo, asida del brazo de un caballero de avanzada edad, de quien parecía ser su hija, le dedicaba dulces miradas mientras caminaba volviendo insistentemente la cabeza hacia él. El hombre de ébano, sintiéndose de repente blanco de la atención de una mujer blanca, cambió de color y, presa de la turbación, ni siquiera se arriesgó a retribuir con otra sonrisa el homenaje que le ofrecían. Con los pies pegados a tierra y la boca abierta, se limitó a observar cómo la joven mujer, aferrada al brazo del anciano, se distanciaba poco a poco para luego desaparecer absorbida por la multitud.
Lacabra aún no se había repuesto del asombro ni tampoco cambiado de sitio cuando, con renovado asombro, volvió a distinguir a la joven. Ahora caminaba sola y en su dirección, contoneándose y dejando fluir de sus ojos la seductora sonrisa de antes. «Caballero» le saludó ella con musical y acariciadora voz en cuanto se situó junto al perplejo moreno mientras le extendía la mano diestra con afectuosa familiaridad, «apenas conozco la ciudad y siento viva curiosidad por ver más allá del limitado trayecto comprendido entre mi casa y la iglesia que frecuento. Tengo noticias de lugares que me gustaría conocer. ¿Sería usted tan bondadoso como para avenirse a ser mi cicerone? Pues bien, créame que usted me inspira confianza, y pienso que en su compañía recorrería yo segura no sólo la ciudad sino lo que me resta de vida». Lacabra dijo atropelladamente que le encantaría guiarla, en tanto que aceptaba gustoso la delicada mano que le ofrecían, feliz de ver conmutada en realidad su mayor ilusión. Una naciente alegría, que le confería una extraña y grata sensación, sustituyó al embeleso y se veía ya inmerso en la selva de cemento, protegiendo a su dama del furor de los lobos malos. Si bien, también él era un lobo, lo era de los buenos y lo único que pedía era amor.
Mas cuando Lacabra se disponía a ponerse en marcha, ávido por demostrar que tal invitación no lo habían formulado a un sordo, la mujer le susurró presurosa y con visibles muestras de nerviosismo, que ese momento no podía ser, ya que presentía que era vigilada, sino otro que pronto lo elegiría cuidadosamente. Añadió que la esperase junto al Churo (caracol) de la Alameda, luego de tres días, a las siete de la noche. Entonces, los dos juntos, solos, al abrigo de miradas indiscretas y únicamente con la complicidad de las estrellas, programarían el itinerario que debían recorrer. Y sin esperar respuesta del caballero de ébano, que no cabía en su gozo, la agraciada mujer se alejó ágilmente.
Al iniciarse la noche de la fecha designada por la rimbombante mujer, momento esperado con ansiedad por el romántico hombre de color, éste se hallaba listo para acudir a la entrevista. Había escogido traje blanco y jipijapa de igual color, que contrastaban violentamente con el negro de su rostro, pero que no obstante le sentaban bien y le otorgaban, además, ese aire de elegancia tropical. Maestro en el arte del mimetismo, de un momento a otro había adoptado la distinción de un alto ejecutivo de la banca o de un ministro de estado, por cierto, si en la República del Ecuador fuese posible a un negro llegar hasta niveles socio-políticos tales. Y luego de persignar con el dedo humedecido en el agua bendita que solía llevar consigo en un frasco aplanado, como el adicto del alcohol su «caminera», y de evaluar por enésima vez el collar de perlas que tenía en mente obsequiarlo a su dama, abandonó su tugurio y se dirigió al lugar de la cita.
Caminaba ahora no con el acostumbrado sigilo de un lobo, sino repiqueteando con los tacones el pavimento de la calle, como lo haría un jactancioso conquistador seguro de tomar la ciudadela enemiga al primer intento. A pesar de esta demostración de ímpetu, buscó las calles menos frecuentadas, en prevención de evitar un encuentro fortuito con los agentes del orden que de un tiempo acá le pisaban los talones y que sólo gracias a un milagro no le habían echado el guante todavía. Temía sobre todo ser interceptado por el pesquisa Sarango, un lojano de mala uva, que se había propuesto atraparlo in fraganti. Y, como nunca antes, deploró que el susodicho sabueso fuera insobornable.
Ningún contratiempo surgió en su recorrido, trayecto comprendido entre la Calle del Aguarico (hoy calle Ambato), que era donde él tenía su cueva, hasta el Churo del parque de la Alameda, consiguiendo llegar con antelación a la hora fijada para la entrevista. Ingresó en el triangular bosque por su ángulo sur y avanzó hacia la colosal obra arquitectónica, ubicada en el ángulo noroeste, sintiendo galopar de felicidad el corazón. La pétrea espiral, construida a semejanza de la célebre Torre de Babel, aunque no para alcanzar el cielo como ésta, sino nada más para contemplar desde su cúspide toda la ciudad, le recibió semioculta en la penumbra de la naciente noche que la débil luz de los faroles adyacentes no conseguía disiparla del todo. Su borrosa silueta, enclavada en el bruno cielo, le aseguraba al galán, habituado a desenvolverse al amparo de las sombras, que se hallaba en su elemento.
Lacabra, aureolado por la esperanza, que le inspiraba candorosas emociones, miró con simpatía rayana en la devoción a las parejas de enamorados que paseaban despreocupadas bajo los susurrantes árboles u ocupaban las banquetas del parque, mientras se acercaba al lugar y al instante que constituirían el punto de partida hacia su soñada felicidad. Renunció de plano a todo comportamiento que, por sus motivaciones nada edificantes, pusiese en riesgo su actual tranquilidad espiritual y adoptó la decisión de dejar pasar por alto la oportunidad de atracar a los desprevenidos ciudadanos que se cruzaran en su camino. Ahora habría aceptado que era mejor dar que tomar. El enamorado ladrón respiraba generosidad por todos los poros, como se suele decir.
Sin embargo, cuando se hallaba junto a la base de la pétrea espiral, percibió algo que le hurtó de pronto la alegría. Pues vio alarmado cómo una persona, en la cual creyó reconocer al aborrecido agente Sarango, le acechaba semioculto detrás del tronco de un árbol, seguro de que Lacabra no advertiría su presencia. Por un momento, pensó en retirarse y evitar así
situaciones embarazosas. Pero luego se dijo que la excitación, actuando como la ebriedad, le hacía ver cosas extrañas. Además, aun cuando si la visión fuera real, de muy poco le iba a servir al sabueso presenciar el encuentro de un ladrón con una acendrada dama guiado únicamente por motivaciones románticas. Se olvidó del incidente y siguió adelante.A esa hora, como era de esperar, la empinada vía que forma la pétrea espiral, se hallaba libre de transeúntes que hubieran podido quebrar el encanto del encuentro con su indiscreta presencia. No advirtiendo en ella a nadie e inició el ascenso con el ánimo acariciado por la ilusión y vio enseguida configurarse ante sí la imagen de la gloria. Allí, de pie sobre la circular glorieta formada por la última vuelta del caracol, estaba ella, mirándole sonriente. Su cabello continuaba siendo áureo, las líneas de su anatomía seguían siendo curvas y sus ojos continuaban siendo bonitos. Se la veía aun más hermosa que antes.
—¡Iván! —profirió sorprendida e insegura a la vez. Las sombras que la noche derramaba con profusión, le impedían distinguir cabalmente al hombre que se le acercaba.
—¡Cómo! —se extrañó Lacabra— ¿Es que usted conoce ya mi nombre? —recordaba perfectamente que durante la entrevista anterior no se lo había dicho.
—¡Oh! —se sorprendió la dama, dándose cuenta que acababa de
cometer una lamentable indiscreción. Pero intentó salir del lío apelando a una ocurrencia que vino en su auxilio— Vamos, ¿acaso desconoce usted que a todo hombre terriblemente guapo se lo dice «Iván»? También otras le habrán llamada así. No lo niegue.Alguna cultura poseía el negro gracias a la lectura. En efecto, cierta vez, leyendo la historia de Rusia, se informó algo sobre el más terrible de los Zares, Iván el Terrible. Dio por cierta la justificación de su amada y no la puso en duda.
—¡Oh! ¡Al fin llega usted! —suspiró la mujer, dando por concluida la referencia escolástica y colocando amistosamente sus delicadas manos sobre los musculosos brazos de Lacabra, quien se mostraba cohibido y sin saber que actitud tomar— La espera ha sido larga. Créame que por un momento llegué a temer que no viera. Lo cual hubiera sido fatal para los dos, ya que en lo posterior hubiese sido imposible volver a vernos. Pues sepa usted que el ogro con quien vivo me tiene secuestrada. Me impide salir de la casa en prevención de que alguna alma caritativa intente socorrerme. Hoy, ventajosamente, la suerte no ha conspirado en mi contra, permitiéndome burlar la vigilancia.
—¿Tan celoso es su señor padre como para no consentir a usted relacionarse con nadie? —consiguió decir Lacabra, venciendo la timidez— Sin embargo, siendo usted tan bonita como lo es, no le falta a él razón para atesorarla como la más valiosa de las joyas. Amor de padre, en todo caso.
—Vamos —se sorprendió la dama— ¿Qué tonterías dice usted? El monstruo al cual me refiero, que por cierto es el mismo asqueroso vejete con quien me viera usted el otro día, no es mi padre sino mi esposo (Lacabra palideció al saber que ella estaba ya casada, que era una fruta prohibida). Hace cinco años, cuando yo no era más que una inocente niña, el malvado viejo, valiéndose en parte de la fuerza de su riqueza y en parte de su astucia, logró convencer a mis padres para que me la dieran por esposa suya. Desde entonces no he sido yo más que su esclava en quien el infame viejo ha practicado todo el sadismo que la mente más depravada pudiese concebir (ahora el negro le miró con piedad). Y créame usted que me resulta ya imposible soportar un minuto más este calvario. Pero ¿cómo alejar de mis labios el cáliz de amargura que debo apurarlo? ¿Abandonando al monstruo? (al delincuente se le brillaron los ojos de alegría) Mas, ¿cómo conseguirlo? Él me buscaría y me haría asesinar —apretándose al joven como si buscase en su pecho la protección que insinuaba necesitarla, continuó con lastimera voz—: ¡Sálveme usted, por lo que más quiera! Sólo un valeroso y magnánimo hombre como usted puede ser mi salvación. A cambio me comprometo a ser la esclava de usted por lo que me queda de existencia. ¿Acepta mis condiciones?
—¡Sí! Acepto... acepto encantado. —se apresuró a decir Lacabra, temeroso de que la dama fuera a cambiar de parecer, y la encerró en el anillo de acero de sus musculosos brazos— Señora, pongo mi vida enteramente a su disposición. Dedicarme a servirle será un deleite para mí.
El contento le tenía fuera de sí al hombre de ébano, que por un momento estuvo a punto de asfixiar a la frágil mujer con la presión de su abrazo. La tenía tan cerca de sí, que los labios de ambos casi se juntaban, sin embargo, él no se atrevió a besarlos. Pese a la audacia con que regularmente solía enfrentar las situaciones más difíciles, temió que la presteza en un asunto tan delicado como éste pudiese resultarle contraproducente. Al ritmo que avanzaban las cosas, era mejor esperar la iniciativa de ella, que no tardaría en apretar la boca contra la suya. Mas nada de eso ocurrió.
—¿Entonces está usted dispuesto de veras a ayudarme? —expresó la mujer, empinando sobre la punta de sus pies para poder rodear con sus brazos el recio cuello del hombre— Si es así, tenga la seguridad de que no habrá servido a una ingrata. Pero, antes que nada, sepa también que las actuales circunstancias no admiten tardanza. Pues, ¿no a oído usted decir alguna vez que en la tardanza está el peligro?
—¡Claro, claro, sí lo he oído! Precisamente aquélla es la frase predilecta de mi padre, quien no soporta indecisiones, sobre todo ajenas.
—¿Me llevará, por tanto, ahora mismo con usted?
—Pues claro que la llevaré conmigo ahora mismo. Aquello será mi mayor felicidad. Mi sueño no ha sido otro que el de presentarme en mi aldea del brazo de una mujer hermosa.
—No lo dudo. Sin embargo, temo las represalias de mi esposo. Estoy segura de que no vacilará en asesinarme.
—Eso no sucederá, reina mía, ya que él jamás conseguirá dar con nuestro paradero. El lugar adonde le llevaré se halla prácticamente en el fin del mundo. Para llegar allí hace falta primero viajar hasta Guayaquil, en ferrocarril, y luego, en barco, hasta Playa Linda, que es la aldea donde formaremos nuestro venturoso nido de amor. Total de tiempo invertido en el viaje, once días con sus respectivas noches.
Lacabra hubiera querido ser más explícito, ya que de locuacidad no carecía, pero la perspectiva de llegar a su aldea en semejante compañía, le distrajo. Se vio de pronto en medio de sus bulliciosos coterráneos, que se arremolinaban eufóricos en su torno para rendirle pleitesía. Unos cuantos negros le felicitaban por el acierto de elegir una real hembra como compañera, mientras otros, jóvenes en su mayoría, le observaban verdes de envidia. En cambio las negritas casaderas, resentidas por lo que creían ellas una deslealtad a la raza y un desaire a las aspiraciones hogareñas cifradas en él, le dedicaban sin disimulo oblicuas miradas.
—Ni pensarlo —suspiró la mujer, interrumpiendo la ensoñación de Lacabra, quien, inmóvil y silente, tenía la mirada hundida en la negra mar de la noche, como fascinado por alguna estrella invisible—. Pues no seré yo quien huya del ogro. Tampoco creo que a usted le agrade la idea de convertirse en fugitivo perpetuo.
—Pero ¿no teme usted que el ogro le vaya a asesinar en cuanto dé con nuestro paradero? —inquirió Lacabra sin entender.
—Por supuesto. No obstante, nada podrá hacer él si nosotros le adelantamos —aclaro de la manera más dulce la hermosa dama—. A grandes males, grandes curaciones. Lo liquidaremos... digo, lo liquidará usted ahora mismo. Y una vez que el vejete haya desaparecido para siempre, usted y yo habremos encontrado la dicha sin necesidad de escondernos ni de alejarnos de aquí. ¿Qué le parece mi plan? ¿Verdad que más perfecto no puede ser? (El negro, víctima del espanto, abrió desmesuradamente los ojos) Vea usted cómo procederemos a partir de este instante: Nos alejamos de aquí, por separado, rumbo a mi casa. ¿Comprende usted? (El negro nada dijo, el terror le ataba la lengua) Me alegra que lo haya comprendido. Una vez en casa, ingreso en ella, dejando por cierto sus puertas apenas entornadas, para que usted economice tiempo en forzar las seguridades. Espera usted unos minutos afuera y luego entra en la casa, degüella al vejete, toma de su recámara algunos objetos de escaso valor, para simular que el móvil de todo lo acaecido no fuera más que el robo, y se va tranquilamente. Y bien, mañana a esta misma hora, nos volvemos a ver aquí, para diseñar nuestro común porvenir. ¡Ahora, futuro esposo mío, manos a la obra! —y, deslizándose con la agilidad de una anguila de los brazos que le aprisionaban, se dispuso a alejarse cuanto antes.
Lacabra, horrorizado por lo que acababa de oír, dejó caer sus brazos, sin fuerzas para retener a aquella diabólica mujer que le pedía cometer un horrendo crimen. Incapaz de asimilar con serenidad el golpe sicológico recibido, vio que el cielo de su más cara esperanza se le venía abajo y empezó a retroceder presa del pánico. ¡Dios mío! ¡Qué era lo que acababa de escuchar! La mujer se había equivocado diametralmente de candidato, ya que él, si bien era un ladrón contumaz, en modo alguno era un asesino. Por el contrario, evitaba a toda costa la violencia en cualquiera de sus múltiples expresiones y se ponía enfermo a la sola vista de la sangre.
Retrocedió sobrecogido hasta cuando la baranda de hierro, situada en el lado exterior de la espiral, le contuvo. Desde allí miró desesperado a la mujer, que poco antes la tuvo en sus brazos, caminar con movimientos sinuosos. Fue entonces cuando, haciéndose cargo de pronto de la enormidad del encargo, exteriorizó con energía su sentir:
—¡Señora! —dijo— Sabe Dios que amo a usted con locura, mas ésta jamás será tan grande como para cometer un asesinato. Es más, si ese es el precio que usted exige por su amor, renunció irrevocablemente a él. Señora, estoy convencido de que usted precisa más de un matarife que de un amante. Buenas noches.
La mujer sufrió un respingo y se detuvo en el acto. Mirando desconcertada a Lacabra, dijo:
—¿Bromea usted, verdad?
—No bromeo —replicó el aludido aun con mayor energía que antes—. Sépalo usted que soy un negro con dignidad. Es todo. ¡Hasta nunca jamás!
Fue suficiente para que la mujer se convirtiese en pantera enfurecida. En el lapso de un segundo volvió sobre los pasos que había dado hasta entonces y, con las garras y dientes por delante, dispuesta a vaciar los ojos de quien había osado transgredir sus órdenes, se abalanzó hacia él mientras blasfemaba como un condenado. Lacabra la vio acercarse sin hacer nada para evitar la agresión. Parecía no conceder importancia a la posibilidad de llegar a perder la nariz o los órganos de la visión como consecuencia de la inminente embestida. Qué le iba a importar unas cuantas cicatrices en su anatomía si tenía ya el alma triturada. Sin embargo, en el preciso instante en que las uñas de la rugiente fiera entraban en contacto con su rostro, evitó el zarpazo con un movimiento reflejo que empujó la espalda violentamente hacia atrás. ¡Movimiento fatal! Perdió el equilibrio y, por un breve lapso, quedó en posición horizontal, balanceándose, apoyado únicamente con la cintura sobre la delgada varilla que coronaba el cerco de hierro. Y de pronto se precipitó al vacío.
Está comprobado que la caída de una persona desde una altura de tres metros, sobre el pavimento, es más que suficiente para matarla. Y la altura desde la cual se precipitó fortuitamente Lacabra tenía por lo menos cuatro. Añádase el impulso liberado por el enérgico movimiento efectuado para evadir la agresión de la mujer. Añádase también que mientras descendía llevaba la cabeza por delante. Y añádase, además, la dureza basáltica del pavimento que detendría la marcha de aquel proyectil humano. En suma, un mortífero menú. Por tanto, el golpe de semejante caída se escuchó como el desplome de un árbol, que en el silencio de la noche retumbó e incluso produjo ecos. Pero una fracción de segundo antes, mientras él se acercaba al suelo a velocidad supersónica, vio a Sarango agazapado no lejos de allí, atento a todo cuanto sucedía a unos metros más arriba de él. Y pese al terror provocado por su inminente muerte, pudo meditar con brillantez sobre su descubrimiento. Fue entonces cuando la luz se hizo en su razón y vio con absoluta claridad la verdadera intención que se traía en manos la misteriosa mujer respecto a él. Un monstruoso esquema urdido por Sarango y secundado por la arpía de su amante, para complicarlo con un crimen del cual se beneficiarían los confabulados.
El desdichado hombre chocó contra el suelo y rebotó en él repetidas veces (de ahí los ecos) y luego quedó inmóvil, empapándose en la sangre que manaba de su partido rostro como un surtidor.
Mas el destino fue benigno esta vez con Lacabra. Una caída así habría terminado fácilmente con un elefante, pero al hombre de ébano tan sólo le dejó sumido en la inconciencia por unas cuantas horas. Pues aún era noche cuando volvió en sí. Se incorporó de inmediato y, pasando con indolencia sobre unos trozos de blanco y duro material, del tamaño de un haba, que se hallaban esparcidos a su derredor, se alejó del fatídico lugar. Mientras caminaba tuvo la sensación de que algo que antes llevara consigo lo había perdido. Al principio se dijo que el objeto faltante debía ser el collar de finas perlas con que pensaba agasajar a la arpía, pues una cosa así era de esperarlo tratándose de un encuentro con gente de su calaña. Pero el collar continuaba en el sitio que lo había depositado antes. ¿Sería la cartera? Tampoco. Ella seguía en el lugar que se la destinaba siempre. ¡Oh! ¿Era entonces la botellita de agua bendita lo que le faltaba? No, definitivamente no. Ésta iba con él, gracias a Dios. Entonces, ¿qué? Nada que no fuese su dignidad.
Y sólo cuando ingresó en su cueva y se enfrentó al espejo vio con pavorosa sorpresa lo que le faltaba. Su alba y hermosa dentadura. Sufrió lo indecible ante la perspectiva de verse el resto de su vida nutriéndose de mera papilla, además de verse forzado a ir por el mundo exhibiéndose como un repugnante gusano. Y en cuanto se percató de que un negro desdentado tenía menos posibilidades con las mujeres blancas que un negro con la dentición intacta, estuvo al borde del colapso. Sin embargo, no tardó mucho en llegar a la conclusión de que semejante pérdida le redundaría en ganancia a la postre. La ordinaria dentadura faltante la remplazaría íntegramente por una de oro macizo que, por su esplendor, atraería la atención de las mujeres de cara pálida como la miel a las prietas moscas. Y sólo en cuestión de unos cuantos días tuvo solucionado el problema.
* * *
—Le noto a usted un tanto distraído, ajeno a la gratificante realidad que nos concierne mutuamente. Su comportamiento es de quien dejara vagar la memoria por mirajes de una aventura galante —se quejó Alba, dejando aflorar en su voz preocupación y descontento a la vez. El discípulo de Caco no sabía cómo le había adivinado sus pensamientos. Y alejándose unos pasos de él, hasta situarse frente a un farol, cuya luz iluminó en toda su intensidad su mayestática belleza, adicionó—: Dígame con sinceridad: ¿Era ella tan hermosa como yo?
El hombre de ébano, cogido in fraganti en su falta, que la consideró un crimen de lesa fidelidad, se sintió, al igual que Judas tras la venta de su maestro, acosado fieramente en la conciencia, y si alguien le hubiera provisto de una soga ese rato, se hubiese ahorcado con certeza. Mas el sentimiento de culpa fue remplazado sin transición por otro de admiración.
De pronto, deslumbrado por la célica perfección que ostentaba la adolescente, que ahora podía contemplar a cabalidad, un huracán de emociones se desato en su corazón, amenazando con desbordar su reducida ánfora para exteriorizarse como el fuego de un volcán en erupción. Y mientras su pecho era teatro de pasiones incontenibles, la miraba fascinado, sin poder abstraerse a su embeleso.Presintió que se hallaba ante un ser sobrenatural, ante un personaje de estirpe angelical, que se había presentado milagrosamente para rescatarle de la obsesión que amenazaba con volverle loco. Recordó haber visto en las iglesias imágenes de criaturas semejantes, glorificando a Dios o en cumplimiento de alguna misión encomendada por Él. Y a punto estuvo de prosternarse para adorarla como a un ser divino. Sin embargo, cuando más convencido se hallaba de la procedencia celestial de la joven, una sonrisa picaresca, burlona y nada beatífica, se dibujó en sus azules ojos, como adivinando lo que pretendía su protegido. Aquel gesto muy humano, socavó en éste la creencia concebida sobre el origen seráfico de Alba. Y perceptiblemente cohibido, pero feliz de que la dama no rebasase el plano de los humanos, respondió:
—¡Imposible! ¡Ninguna mujer conocida o desconocida puede en belleza compararse con usted! ¿Qué posibilidad tendría nadie? En cuanto a la mujer que usted se refiere, no era más que una aventurera en busca constante de beneficiarse de la ingenuidad de los demás. En conclusión, una audaz mariposa que se regocija de revolotear entre el peligro, cuidándose de salir bien librada, pero que terminará por quemar sus alas en la llama que pretende apagarla. Desde luego, sería impropio negar que yo, en mi desmesurado anhelo por contraer una relación decente con una mujer blanca, no me hubiese visto obnubilado por algo que al más necio de los mortales podía haber engañado. Mas esto, se lo aseguro, no pertenece sino al pasado. Todo está olvidado. Mi verdadera existencia empieza el instante que la conocí a usted.
Alba no formuló comentario alguno sobre lo oído, limitándose a mirar a Iván con infinita ternura, y situándose junto a él, que no perdió la oportunidad de retomar su mano con presteza, insinuó con un gesto significativo continuar avanzando. Apretándose complacida a su pareja, manifestaba la satisfacción que en ella despertaba ésta. Un poco mas allá, Iván, ateniéndose al inusitado clamor de su corazón, que dejaba relegada su característica timidez, se permitió rodear con su brazo los adorables hombros de la joven, que se estremecía de placer al influjo de aquel efusivo contacto.
Luego de unos cuantos minutos de recorrido, la calle transitada por la pareja, desembocó en la Avenida 24 de Mayo, donde, no obstante lo tarde de la hora, la noche vibraba de vida. El tránsito motorizado, excepto algún taxi que circulaba esporádicamente, había cesado. Pero el continuo ir y venir de la gente, en grupos o en parejas, que ingresaban o abandonaban las casas de diversión, que en ese sector de la urbe crecen como las setas en los sitios más umbríos del bosque, indicaba que allí la actividad se hallaba en su apogeo. Escandalosas risas, bromas subidas de color y aplausos apoteósicos, entremezclados con nostálgicas canciones reproducidas por las vitrolas, hendían el silencio nocturnal como lo harían los frenéticos aullidos de una jauría de lobos acosados por el hambre. Sin embargo, los sonidos de aquella algazara endiablada, que aislados habrían resultado cual más ofensivo al oído, en conjunto no carecían de armonía ni de encanto. Sonaban como una melodía cadenciosa, primitiva, excitante... Era la canción de la vida.
Y en cuanto los acaramelados jóvenes, tan sólo de tránsito, aparecieron allí, fueron saludados por un alud de alusiones dedicadas a la belleza de la dama o a la buena estrella del hombre que le acompañaba.
—¡Hola, Mister Smith! —prorrumpió alguien con unas copas dentro, confundiendo a Lacabra con uno de aquellos jamaicanos que, en esa época, laboraban en los ferrocarriles del país, como maquinistas, y a quienes la ciudadanía los motejaba indistintamente de Mister
Smith—. ¡Qué endemoniada suerte se maneja usted, amigo! No me diga que usted solo va a dar cuenta de todo ese bombón. Pues déjeme algo también a mí.—¡Eh, guapa! —profirió otro, algo más bebido y menos comedido que el anterior— ¿Cuánto pagaste por el simio? Un hombre te hubiese salido más barato.
Mas quienes concitaran la atención de los noctívagos, ciegos y sordos a todo lo que no incumbiese a su romántico y común interés, continuaban su camino en indivisible unión, inmersos en un dulce coloquio convocado para consolidar el naciente vínculo sentimental. La plática no pudo ser más exitosa. Lacabra expuso magistralmente el repentino e inconmensurable amor inspirado por Alba y ésta declaró haberse enamorada perdidamente de aquél. Él, iluminado de felicidad, ofrecía su vida a cambio de un beso de su amada. Ella, no menos dichosa, prometía complacer a su amador tan pronto como llegasen al lugar al cual se dirigían. Parecían haber nacido el uno para el otro y que al fin se habían encontrado.
El bullicio fue apagándose a medida que se alejaban de su fuente y pronto se extinguió completamente para rendir pleitesía al silencio absoluto que reclamaba la noche. Cuando se aproximaban al punto señalado por Alba, la ciudad, más que dormida, parecía desierta, hundida en la desolación absoluta. La noche, que envolvía todo con sus brunas alas, se deslizaba cargada de presagios.
—¡Hemos llegado!—dijo Alba con satisfacción, desprendiéndose del abrazo de Iván, para recorrer deprisa algunos pasos y situarse frente de una puerta cerrada— ¡Es aquí donde vivo! ¡Ésta es mi casa, mi amado y encantador refugio! Es aquí donde he disfrutado los momentos más deliciosos de mi vida, pero también los de soledad agobiante.
Lacabra quedó desconcertado con lo que veía. Pues todo lo que tenía delante no era sino lo que quedaba de una de esas antiguas casas señoriales, que alguna vez fueran auténticos palacios, y que ahora, carcomida por el tiempo y la ausencia de mantenimiento, se veía a punto de irse al suelo. Una enorme y deteriorada puerta bloqueaba el acceso, y pese a mantenerse cerrada, a través de sus fracturas se podía distinguir claramente el ruinoso estado del interior del edificio. Allí, ni el bienestar ni la seguridad tenían cabida, y difícilmente podía encontrar precario refugio incluso alguien dispuesto a conformarse con poco. Vamos. Pero ¿en qué crasa equivocación había incurrido él al suponer la casa, a la cual fuera invitado, como una especie de night club? ¿Es que una inocente niña como Alba podía estar familiarizada con sitios de dudosa proyección? En lo posterior debía aprender a no juzgar ligeramente a la gente.
—¿Vive usted aquí? —inquirió extrañado Lacabra— ¿En compañía de sus padres y demás familiares, seguramente? —la segunda de las preguntas, a todas luces, era ingenua e innecesaria, ya que a nadie en su sano juicio le hubiese ocurrido pensar que una chiquilla pudiese vivir sola en aquella inmensa y ruinosa mansión, pero ésta resultó determinante.
—Vivo con mi madre —respondió la joven, a guisa de orgullo.
—¿Qué ahora estará a la espera de usted? —se alarmó Iván— ¿Consentirá ella mi ingreso en su casa?
—Mi idolatrada madre, créame usted, jamás interviene en mis decisiones, que se guían nada más que por mi albedrío —aseguró Alba, mientras acariciaba las manos de Iván, buscando infundirle confianza—. Además, ella ya tiene bastante con sus ocupaciones que no son precisamente pequeñas.
—Siendo así, ¿su señora madre permanecerá ausente a menudo? —se interesó Lacabra.
—Querido, se equivoca usted —aclaró Alba—. Ella jamás se ausenta de aquí como tampoco del confín más apartado del universo. Está invariablemente presente en todas partes. La mitad del periodo de tiempo llamado día le pertenece. Y su imperio, velado por el misterio y las tinieblas, lo gobierna equitativamente.
El hombre de ébano se envaró, presintiendo que algo raro le estaba ocurriendo y que se hallaba a punto de presenciar cosas extraordinarias. Pero su rigidez le duró apenas un instante. Luego, con la mayor serenidad inquirió:
—Amada mía, cuando usted dijo llamarse Alba, y añadió que su nombre era igual al de la difusa luz que nace de la noche, créame que la lentitud con que mi mente procesa los reflejos, me impidió comprender su sentido exacto. Mas ahora entiendo el significado verdadero de aquellas palabras y de otras alusiones. Sin embargo, es usted quien debe responder con absoluta verdad esta pregunta: ¿Es usted realmente La Hija de la Noche, la misteriosa mujer de quien se dice que suele devorar a sus fugaces amantes?
—Por qué negarlo —aceptó—. Soy la misma mujer a la cual se refiere usted.
—Pues bien —exclamó Lacabra sin que su talante afectuoso sufriera modificación—. Ya podemos ingresar a sus habitaciones. Usted me dará el beso prometido, que ansío disfrutarlo, y a cambio, aceptaré dichoso constituirme en banquete de la mujer que adoro. ¿Qué otro fin más elevado, que no sea el de formar parte del objeto de su infinito amor puede aspirar un enamorado? Estoy plenamente decidido. Que lo inexorable se cumpla, dueña mía, y cuanto antes mejor.
—¡Imposible! —se sorprendió Alba, oprimiendo con vigor las manos de Iván.
—¿Por qué? ¿Duda, acaso, de la sinceridad de mi decisión? ¿Teme que a último instante consiga evadirme o me ponga a dar gritos de auxilio?
—No, Iván, no dudó de su sinceridad y tan encomiable cualidad me emociona hasta las lágrimas —enunció Alba, con sus ojos anegado por el llanto—. Y precisamente debido a ello me siento desarmada, sin fuerzas para cumplir mi fatal cometido. ¡Cómo puedo ensañarme con un hombre que, en vez de ponerse fuera del alcance de su Némesis, procura a toda costa entregarse mansamente a su obcecada crueldad, ofreciéndose como su víctima propiciatoria! Amor mío, ¿por qué se empecina usted en ofrecerme este trago amargo? ¡Váyase cuanto antes! Se lo suplico. Se acerca la medianoche y para entonces debo estar en mi morada.
—¿Y qué ganaría yo con ponerme fuera de su alcance? —reflexionó Lacabra— Con seguridad, morirme de añoranza o vivir recluido en la tenebrosa locura. No, amada mía. Prefiero mil veces terminar en sus brazos, mirándome en los lagos de malaquita de sus ojos, acariciado por sus purpurinos labios, sintiéndola junto a mí hasta mi último aliento. No transigiré. Iré con usted.
—Me sorprende el estoicismo que le permite graficar los horrores de su posible agonía con tal eufemismo— dijo enternecida la joven—. Pero usted menos que nadie merece semejante suplicio reservado a quienes buscan satisfacer en mí sus lascivos apetitos. Todo hombre que ha puesto en mí sus ojos no lo ha hecho más que con la intención de transformarse en mi marido de una noche. Por cierto, siendo cada uno de ellos la consecuencia lógica de un mundo que gira en torno a la lujuria, qué otra cosa puede esperar una hermosa y solitaria mujer. Iván, no niego que al principio albergué similares intenciones en su contra, pero en cuanto descubrí en usted un hombre diferente, un hombre de corazón noble y alma diáfana, que anhelaba para sí el amor sin mácula de una mujer, mis propósitos sufrieron un cambió diametral. Desde entonces no puede evitar que el amor me hiciera su esclava.
Iván se sentía el hombre más feliz del universo, pues, luego de tantas frustraciones sufridas, de las que había ya perdido su cuenta, al fin había logrado conquistar el corazón de una hermosa mujer blanca. Que luego tuviese que pagar la más alta factura por ello, le tenía sin cuidado.
—Cómo quisiera yo, amor mío —prosiguió Alba—, poder convocar a las fuerzas que controlan las leyes del universo y, con su auxilio, conseguir detener el tiempo, como lo hacían las hechiceras de la antigua Tesalia, para permanecer junto a usted indefinidamente. Pero tal cosa es imposible. La brujería no es mi fuerte. Es más, soy una víctima de un famoso brujo que todo lo puede. Tampoco puedo permitirle que atraviese la puerta de mi morada, ya que una vez allí, la dulce niña que ahora anhela su salvación, se transformará en fiera asesina. Iván mío, debe usted dejarme, la hora fatal se acerca.
Iván, sintiendo desesperarse ante la perspectiva de que su fenomenal conquista peligraba esfumarse tan pronto como la había conseguido, se mantenía vigilante a los movimientos de Alba, temeroso de que al menor descuido suyo pudiese acercarse a la puerta, abrirla, atravesarla y, detrás de sí, cerrarla vertiginosamente. Todavía estaba en él demasiado fresco el recuerdo de la velocidad con que había obrado ella para salvarle de la persecución de los vigilantes. Y para mayor seguridad, la enlazó con sus nervudos brazos. No obstante, pese a las precauciones tomadas por Iván, la joven, en apariencia frágil como una flor de alhelí, empleando para su propósito una fuerza descomunal, desprendiéndose de los brazos de su amante con pasmosa facilidad, llegando con celeridad hasta la puerta, la cual se abrió por sí sola, como si en aquellos tiempos hubiera sido posible el empleo de algún mecanismo de auto activación basado en celdas fotovoltaicas, penetró en el interior del vetusto edificio.
Sin embargo, tampoco ella logró cumplir a cabalidad con su propósito: por propio bien de Lacabra, dejarlo en el exterior, e irse sola. Pues Lacabra, obrando también con movimientos relampagueantes, el instante mismo en que su amada se desprendía de él para nunca más volver, saltó detrás de ella con la agilidad de un felino y, cuando la puerta ya casi bloqueaba la entrada, la asió por la cintura. Pero no logró detenerla. El impulso los llevó hacia delante, volando por varios metros. Por otra parte, la intención de él no era la de retenerla consigo sino más bien la de obtener que lo llevase.
Nada hizo Alba para deshacerse de su amante. Parecía ya tan resignada como él a acatar los dictados del destino. Y sin que ninguno de los dos profiriera comentario alguno, siguieron adelante. Ahora no estaban ya solos, en el estricto sentido de la palabra. Una banda de impacientes murciélagos, entregados a una furiosa danza aérea, se sumó espontánea al recorrido.
Luego de atravesar largas galerías y de subir y bajar interminables graderías, a menudo obstruidas por escombros y permanentemente veladas por la oscuridad, arribaron al aposento de la joven, situado en la planta superior. Un búho, instalado en algún lugar cercano, les dio la bienvenida con su lúgubre grito. En la alcoba, pese a no contar con alumbrado convencional ni con el de los astros, como el resto del edificio, la oscuridad no tenía cabida. Una extraña luz de resplandores rojizos, que parecía brotar del aire, la iluminaba tétricamente.
Lacabra no descubrió en ella mueble ni tensillo alguno, que insinuase la presencia permanente de una persona, a no ser que ésta, al igual que los moscos y los murciélagos, gustase de vivir suspendida del techo. Pero en cambio notó de inmediato que, diseminados por el piso, yacían varios esqueletos humanos. Ajenos e indiferentes a cuanto ocurría a su lado, parecían éstos entregados a un profundo sueño, agotados por el esfuerzo realizado durante la última jornada. También estaban presentes ahí —y forzosamente debían ser notados— harapos empapados de sangre, de donde provenían fétidas emanaciones. Era todo lo que había en la habitación íntima de la dama.
Lacabra no era un cobarde, pero el efecto de aquella visión macabra le puso la piel como la de una gallina desplumada. Mas todo perdió importancia para él cuando centró la atención en Alba, quien, rodeándole el cuello con sus níveos brazos, le dijo: «¡Amor mío! Nuestros esponsales deben comenzar. La hora y las circunstancias no pueden ser más propicias para comenzar la ceremonia. ¿Se halla usted listo?» Lacabra dijo que sí, con un leve movimiento vertical de la cabeza. Y cosa extraña en alguien que se prepara a recibir la muerte mediante dentelladas, ese momento tenía ocupada la mente en adivinar cuál era el sabor de los labios de su amada. ¿Sabían a hierbabuena, el aroma que de todo ella provenía, a rosas, a violetas o a miel de abeja?
Pero esos labios, motivo y razón de aquellas interrogantes, se acercaban ya a los suyos, entreabiertos, anhelantes, seductores, para sellarlos con el beso codiciado. ¡El ósculo de Némesis! Iván los esperaba ansioso. La distancia que le separaba de su supremo deleite, era apenas de unos cuantos centímetros. Su felicidad fue tanta, que sufrió una especie de vahído, que le hizo perder el equilibrio y, finalmente, dio con su cuerpo en tierra, llevando consigo a su amada, por supuesto.
Las consecuencias del golpe en sí, de ningún modo podían ser graves para ninguno de los dos, ya que la recia contextura de Iván, yendo por debajo, obró como almohadilla respecto al frágil cuerpo de la mujer. Hubiesen necesitado apenas unos segundos para incorporarse y continuar con el rito nupcial. Pero la suerte fue fatal con Alba. Durante la caída o al tratar de incorporarse —no sé cómo—, la botellita de agua bendita que el hombre de ébano solía llevar consigo siempre, se destapó, permitiendo que su sacro contenido se derramara íntegramente sobre la bella y joven mujer.
Y fue estremecedor lo que acaeció.
En cuanto el agua bendita hizo contacto con Alba, se extinguió de ella todo rastro de vida y de aquella majestuosa belleza que le hacia comparable a una diosa pagana. Todo lo que quedaba detrás de sí era solo un horripilante esqueleto similar a los que se hallaban dispersos por la habitación. Su fascinante cuerpo de beldad se había vuelto polvorientas astillas y su cabeza angelical calavera provista de espeluznantes cuencas y de una boca desdentada que parecía esbozar una sarcástica sonrisa dedicada a su fugaz amante. Iván, ante lo que acababa de suceder, se sintió presa del pánico y no tuvo arrestos suficientes para permanecer un solo instante junto a los restos de la mujer que le inspirara el mayor amor de su vida. El sortilegio se había roto.
Sin embargo, antes de marcharse, quiso honrar su recuerdo, instalando en la desdentada boca de su ex amada, su dentadura ortopédica elaborada en oro macizo.
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* No es ningún secreto que, allá por año de 1918, Quito se estremeció con la horrible noticia de que se había descubierto aquí una banda que de forajidos que robaban los cadáveres recién sepultados para comerciar con su carne. Según el ilustre escritor don Leonardo Barriga López, en su libro Valores humanos de Cotopaxi, semblanzas y antología, el cadáver del excelso poeta latacungueño Félix Valencia habría corrido parecida suerte.** El nombre de la Iglesia del Robo y su construcción misma tienen su origen en un suceso verídico ocurrido en Quito y bien conocido por sus pobladores. Al respecto dice la historia que una mañana comprendida en el año de 1652 (no se precisa la fecha) se descubrió que, durante la noche precedente, alguien se había sustraído el cáliz conteniendo hostias consagradas, del templo del templo de Santa Clara. La noticia conmocionó a los quiteños, que se pusieron de inmediato a peinar la ciudad para dar con el autor de la profanación y su precioso botín. Mas nada consiguieron enseguida. Pero en el transcurso del tercer día, un indígena se presentó a las autoridades para informar que, mientras él pastoreaba sus ovejas en la quebrada de Jerusalén (hoy convertida en la impresionante Avenida 24 de Mayo), había descubierto el sagrado vaso en una de las grutas que abundaban allí. Tanto el clero como la feligresía, como era de esperar, recibieron alborozados la buena nueva y, como desagravio del sacrilegio, erigieron en aquel sitio un suntuoso templo con el nombre de La iglesia del Robo.
*** Para mejor comprensión del lector que sigue las incidencias de este relato y pueda él ubicar sin dificultad las calles que aquí se mencionan, las citamos a éstas por sus nombres actuales y no con los que se conocía hasta una época temprana del siglo anterior.
Notas del autor.
[Texto de Carlos Villamarín Escudero]
¿Quién se atrevería a desafiar el frío que se apodera de las calles potosinas en las noches de invierno? Las bajas temperaturas recluyen a las personas en sus viviendas mientras el "chirihuayrita" se pasea impune por callejuelas y recovecos. De cuando en cuando, el viento aumenta su velocidad y agita los faroles coloniales que se mecen entre chirridos mientras algún cable de electricidad chisporrotea más allá, sumándose al concierto nocturno.
En el barrio minero de San Benito, los chispazos del deficiente tendido eléctrico son como relámpagos que iluminan ocasionalmente las callejas que no tienen alumbrado público. Cuando la portera de la escuela Cleto Loayza dejó su cuartucho y se dirigió hasta los baños, un lejano chisporroteo la detuvo provocándole un estremecimiento que nada tenía que ver con el frío.
—¡Este "chirihuayrita"!- dijo maldiciendo al viento frío de la puna- aurita lo va a hacer cortar la luz.
Fue entonces cuando vio el reflejo en la ventana.
Ella estaba ahí, inmóvil, quieta pese a la insistencia del viento y nítida en su manchada blancura.
—Es la novia —reconoció la portera— ¡es la novia! Y su alarido de terror se sumó al frío concierto de las noches potosinas.
II Amor de lejos...
María y Rufino no podían ser felices. Hacia 1983, la sequía había castigado duramente a Potosí y lo que menos había era trabajo.
—Tendré que irme a la Argentina —dijo él una mañana— allí voy a encontrar trabajo y te voy a mandar plata.
A ella no le gustó nada la idea pero sabía que no había más remedio. Aunque aún no tenían hijos, la falta de dinero era tan desesperante que, en ocasiones, pasaban hasta tres días sin probar bocado.
La despedida fue cruel. Entre besos y lágrimas, los jóvenes esposos reiteraron sus promesas de amor eterno y, finalmente, se separaron. Pero la separación no fue tan dura como la ausencia.
Mirando las cañahuecas del techo, María se acostumbró a contar las horas en sus largas noches de soledad.
Las horas eran largas, los días tediosos, las semanas dolorosas
y los meses parecían infinitos.
Del ausente no había noticias. Ni una carta...ni un centavo.
III ...Amor de tontos
Gustavo insistía demasiado.
—Cásate conmigo —le había dicho varias veces— yo te amo y nunca te abandonaré.
La insistencia del hombre comenzó a tornarse en obsesión. Gustavo la seguía a todas partes y, cuando María se encerraba en su cuartucho, luego de darle con la puerta en las narices, él seguía proclamando su amor desde la ventana.
Poco a poco, la idea dejó de parecerle descabellada. Después de todo, no tenía dinero y Gustavo le ofrecía la seguridad que ella jamás conoció.
La seriedad de su propuesta llevó a la pobre mujer hasta la sala de una casa donde se fijó la fecha de la boda.
—Tiene que ser una fiesta sonada —dijo la madre de Gustavo— contrataremos el salón del Unificada y la misa será en la Catedral.
El enamorado pretendiente conocía muy bien la situación de María, pero ambos convinieron en guardar el secreto con el convencimiento de que, por el silencio demostrado, Rufino ya había cambiado de vida en la Argentina.
IV Bodas de sangre
Cuando vio la Basílica llena de gente, María terminó de convencerse cuán sola estaba en el mundo.
Casi todos los participantes en la ceremonia eran parientes o amistades de Gustavo. Salvo una o dos amigas, ella no tenía a nadie más.
La sensación de soledad le acompañó durante toda la misa. Parecía casi atontada cuando respondió "sí, quiero" al sacerdote. Ni siquiera el tañido de las campanas consiguió sacarla de su ensimismamiento.
Sólo reaccionó cuando, al salir del templo del brazo de su nuevo esposo, vio a Rufino ahí, al pie de la escalinata.
Se quedó muda, inmóvil y asustada y no dijo nada cuando su primer marido se le aproximó con una serenidad asombrosa.
—Felicidades —le dijo secamente mientras le abrazaba—. Parece que encontraste la solución a tus problemas.
Y entonces sucedió.
Nadie pudo hacer nada cuando el sol se reflejó en la hoja de un puñal que Rufino levantó tan alto como pudo.
El griterío de los invitados apagó el alarido que María debió proferir cuando el puñal se enterró en su pecho, tiñendo de sangre su vestido blanco.
—¡Desgraciado!, ¡desgraciado! —maldecía Gustavo mientras golpeaba al homicida que no hizo nada para defenderse—. Tú te habías ido... te habías perdido.
Rufino fue a parar a la cárcel pero su puñalada fue certera. La vida de María terminó y sus sueños se secaron como la sangre que manchó las escalinatas de la Catedral potosina.
V La partida
La desventurada novia fue sepultada provisionalmente en un nicho cualquiera ya que nadie reclamó sus restos.
En medio de un escándalo que alimentó los noticiosos durante días, Gustavo prefirió marcharse de Potosí en busca de algún remedio para sus penas.
Y mientras la gente comenzaba a olvidar el suceso, el administrador del cementerio sentía crecer su preocupación por el destino del cadáver.
—Sáquenla —ordenó un día— que esté en el crematorio y, si nadie lo reclama, incineren el cadáver.
Los despojos de la novia estuvieron a la vista de todos los que, como el que escribe estas líneas, se asomaban hasta la chimenea del viejo crematorio para satisfacer su morbosa curiosidad.
Vestida de blanco y con los brazos cruzados, la novia parecía mirar desde el fondo de sus cuencas, mientras el "bouquet" no alcanzaba a cubrir el rojizo hoyo en el pecho. Durante algún tiempo, nadie más habló de la novia hasta que el administrador del cementerio elevó un reporte oral: —El cadáver ha desaparecido. No sabemos dónde está.
VI Astuto recurso
El rumor crecía como el miedo de los supersticiosos.
—La novia está penando —decían con toda la seriedad del mundo—, aparece por las noches para pedir perdón por sus pecados.
Los testimonios eran numerosos y las más afectadas eran las tenderas. —Apareció anoche en mi tienda —dijo llorando una de ellas— le he visto clarito...era una calavera...era la novia. Las versiones eran tantas que la policía decidió reforzar su labor de vigilancia y, finalmente, presentó públicamente sus resultados.
Un grupo de antisociales se había aprovechado de la historia de María para cometer sus fechorías impunemente.
Uno de ellos se vestía de novia y, usando una máscara de calavera, asustaba a las vendedoras mientras sus cómplices se dedicaban a desvalijar la tienda. El informe policial tuvo la virtud de silenciar la leyenda...por lo menos por unos años.
VII El reflejo
—¡La novia aparece cada noche en la escuela Cleto Loayza! La noticia hizo que todos pierdan el respeto al frío.
Cada noche, grandes cantidades de personas se aglomeraban frente al ventanal para mirar con asombro la imagen de la novia que, esta vez, aparecía sin cabeza. Una vez más, la policía tuvo que intervenir.
—No hay nada de qué alarmarse —declaró el comandante—, es sólo el reflejo de la cruz del Cerro Pary Orcko, cuyas luces se encienden por las noches.
Pero la gente no creía el desmentido y continuaba acudiendo hasta la escuela para observar el prodigio.
Aunque los incrédulos también abundaban, la mayoría de la gente creía que la novia había vuelto, casi al terminar el siglo, para llorar sus penas.
Y quizás las cosas hubieran seguido así si es que el propio gentío no provococaba que el vidrio se rompa y la imagen desaparezca.
VIII Epílogo
Catorce
años después del público asesinato, las cosas han
vuelto a la calma en Potosí. Nadie más acude a la escuela
Cleto Loayza, del barrio minero de San Benito, para ver la imagen de la
novia en el ventanal. La supuesta aparición motivó que la
trágica muerte de María retorne a las páginas de los
periódicos y a los noticiosos de radio y televisión. Y mientras
todos recuerdan la historia de la novia, los menos ratifican que Potosí
es, aún hoy en día, una ciudad de tradiciones y leyendas
que circulan por sus calles coloniales acompañando al inclemente
"chirihuayrita".
(*) Los nombres utilizados en esta crónica son ficticios.
Corría el año de 1993 y yo viajaba muy a menudo hacia el sur. Alguien había descubierto en el viejísimo cementerio de Pisco una tumba con la inscripción Sarah Hellen —parece que una señora inglesa que vivió en Pisco el siglo pasado y que murió y fue enterrada allí— y cuyo centenario de fallecimiento se iba a cumplir por esos días.
No sé cómo es que comenzó
a correr el rumor de que Sarah Hellen era una vampiresa y que la
noche del centenario de su fallecimiento resucitaría y saldría
de su tumba para sembrar el terror. Lo que parecía anecdótico
al principio, fue tomando ribetes inesperados: los medios de comunicación
se referían cada vez más y más, conforme se acercaba
la tenebrosa fecha (creo
que fue Febrero), al presunto fenómeno.
La población de Pisco comenzó a aterrorizarse pensando en
la llegada de la medianoche de la nefasta fecha, aparecieron brujos y chamanes
que conjurarían la aparición, los portavoces de la iglesia
calificaban el asunto de herético y las autoridades "tomarían
las precauciones del caso, aunque no había nada que temer".
Los canales de televisión enviaron a corresponsales especiales y
vampirólogos, demonólogos,
psiquiatras, políticos, sacerdotes encontraban
siempre un lugar para expresar sus opiniones al respecto.
Y la noche llegó. Supe por los periódicos del día siguiente que Pisco parecía una ciudad muerta. Por esas casualidades de la vida, aquella noche, justamente a medianoche, yo viajaba en un omnibus interprovincial que pasaba por Pisco. Pude comprobar que los pasajeros, la mayoría gente humilde, estaban aterrorizados pensando que Sarah Hellen podía aparecer en cualquier momento. Muchos rezaban.
Naturalmente que Sarah Hellen no resucitó. Lo curioso es que en 1998, 5 años después del asunto que les conté, ha surgido un nuevo culto: el culto de Sarah Hellen. Es ahora ella una santa popular, no reconocida por la iglesia, pero que tiene seguidores, a la que se le atribuyen milagros y cuya fe está creciendo día a día.
¿Santa o demonia?... ¡quien sabe!... Doña Sarah quizá nunca en su vida imaginó que a los 100 años de su muerte iba a ser tan conocida.
[Enviado por Ángel Moyano a la lista memoria].