Ver Boitatá.
Véase Bicho
Papão.
Algunos ven en él una suerte de licántropo, y creen que devora a los niños a través del agujero de su espalda. En los pueblos de Haití se lo imaginan como un perrazo veloz, que recorre de noche los parques buscando víctimas como sustento.
Sobre él se cuenta el siguiente relato:
Cuando el quibungo vio a la perra así vestida, la desconoció y tuvo miedo de aproximarse; en eso acertó a pasar por allí el conejo y aprovechó para preguntarle:
—Compadre, ¿sabe usted quién es esa forastera?
—No lo sé, amigo.
Igual pregunta le hizo a la zorra cuando ésta pasó, y a muchos otros bichos amigos, sin que ninguno le supiera responder; hasta que por fin el mono, riéndose, le dijo:
—Pero, compadre, ¿será posible
que no conozca a la perra, disfrazada
con falda y collar?
Rabioso por verse burlado, el quibungo se puso a correr detrás de la perra para matarla junto con sus hijos, pero ésta comenzó a perseguir a una liebre que en ese momento pasaba. Y así, a la carrera, entraron a la ciudad, siempre el monstruo corriendo a la perra y ésta a la liebre; allí los hombres pusieron punto final al pleito: ellos mataron al quibungo, y su enemiga a la liebre.
...Y yo entré por esa puerta para salir
por la otra, porque el rey mi señor me mandó que les contase
otra historia. (Barroso 1966:
140-1).
El chico se encontraba un día jugando mientras juntaba plumas de diversos animales, que guardaba en una bolsa; al día siguiente se fue a pasear con su familia a un lugar solitario pero próximo a la selva, donde el pueblo comentaba que se reunían los quibungos. Llevó la bolsa consigo para juntar más plumas, y a poco de estar en el lugar se escuchó un barullo terrorífico que parecía venir de adentro de la tierra, y todos comenzaron a temblar, diciéndose: "¡Es el quibungo!".
Y se pusieron a correr, menos el chico que
les pidió a los parientes que formaran fila, entregándole
a cada uno de ellos un abanico formado con plumas de ala de aves y otro
con las de la cola de los pájaros, que él mismo hiciera con
las plumas recogidas el día anterior. Cuando el monstruo llegó
y extendió su pezuña hacia el primero de la fila, éste
comenzó a cantar la canción que le enseñara nuestro
muchacho:
Entonces todos cayeron sobre él y lo castigaron hacia darle muerto; los otros quibungos aprovecharon la lección y tomaron miedo... tanto, que nunca más volvió a aparecer ninguno (Barroso 1966: 172-4).