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Según cuentan, Mamá Galla era una mujer que vivía en las alturas del camino de Canta a Huamantanga; y a todo viajero que pasaba le engañaba con platos y manjares hechos con carne humana. Esta anciana tenía una hija y dos nietecitos a los que críaba aparte para que no vieran sus malas obras. Pero llegó un día en que no tenían nada que comer ni pasaba ningun pasajero y decidió matar a su hija. Pero sus nietecitos no la dejaban ni un momento sola; ella los mandó a traer agua en una canasta, pero los chicos no querían ir, pretextando no poder llevar agua en la canasta.
Entonces la vieja les dijo que fueran y taparan los agujeritos de la canasta con piedrecitas, a fin de que se demoraran y ella pudiera realizar su horrendo crimen.
Inmediatamente después que salieron los chicos, ella llamó a su hija y la degolló. Después de haber bebido su sangre la destrozó y la echó en una olla grande llamada pampana. Entretanto, los chicos llegaron del río y preguntaron por su mamá; la vieja les contestó que había ido a pastar los ganados y que volvería al día siguiente; pero los trozos de la madre desde la olla, con el calor del fuego, decían: Hijos del alma mía, escapad y dirigíos al cielo, que yo los ayudaré.
Los chiquillos al oír la voz de su madre ingeniaron la manera de huir y le dijeron a la abuela que les fuera a enseñar a llenar el agua de la canasta; pero ya en el camino se escondieron y regresaron. Cargando con los trozos de su madre emprendieron la huida. Y cuando ya la vieja les iba a alcanzar, el Arcángel San Miguel les envió una cadena para que pudieran subir por ella; la vieja también alcanzó a coger la punta de la cadena, pero un pajaro (el acacllo) la cortó con su pico y la vieja al verse en el vacío empezo a gritar: ¡Compadre zorro! Compadre zorro, tiéndete en el suelo paraque no me haga daño. El compadre zorro, muy amable, esperó la caída de la vieja; pero la vieja al caer en tierra se convirtió en una laguna y la laguna la ahogó.
También dicen que la laguna existe hasta ahora y que en el medio hay una piedra llamada Mamá Galla.
[Recogido en la provincia de Canta, departamento de Lima, por Emma Dextre. Publicado por Arguedas e Izquierdo 1947: 104-5].
Los relatos terminan con una huida mágica hacia el cielo de los niños, que son protegidos por diversos animales, y con el castigo de la bruja. La bruja pretende subir al cielo con los niños, pero cae y se convierte en algún accidente geografico. En Ancash la Achiqué al caer de lo alto ve que se va a precipitar sobre una roca y lanza una maldición: Cuerpo ramackaquishun, tuyucckuna jahuickashun allpachu y yahuarni plantaccunata chorakunata sxaquisencka («que mi cuerpo se desparrame, que mis huesos se incrusten en la tierra y mi sangre seque las plantas y las yerbas»). Cuenta la señorita Marina Sotomayor (informante de Arguedas e Izquierdo 1947) que desde ese momento aparecieron los Andes. Y cuenta la leyenda que los cerros los formaron los huesos de la Achiqué, porque hay rocas con caras horrorosas que recuerdan el repugnante gesto maldiciente de la arpía al caer. El eco que se oye cuando se grita es la voz de la Achiqué que nos remeda. Y cuentan también que su sangre salpicó la costa y las faldas de ciertos cerros, haciéndolos desde entonces áridos, apareciendo así los interminables arenales de la costa.
Achikee era una mujer que se había peleado con Dios.
Era su enemiga.
Una larga noche, dos niñitos no tenían nada que comer. Sus padres los dejaron perderse. Entonces caminaban en un lugar muy oscuro; encontraron una vieja que prometiéndoles una rica comida les hizo entrar en su casa. Envió a cada uno de ellos a buscar agua para cocinar papa. Cuando el hermanito regresó, Achikee le dio de comer piedras calientes, como si furan papas sancochadas. Luego la malvada devoró a uno de los hermanos. El otro, tomando los huesos de su hermano, se escapó.
La vieja persiguió a la hermanita. Teeta MaTuco hizo caer una cuerda de lo alto. Por allá la chica subió. En el cielo Teete Mañuco hizo reconstruir los huesos del pequeño. Achikee subió también por la cuerda. Pero un ratón cortó la soga con sus dientes agudos. Cayendo Achikee gritaba: A la pampa, sobre la pampa... pero se estrelló sobre unas piedras peladas.
De su sangre nacieron por primera vez las zarzamoras, de su vestido rojo nacieron las plantas espinosas y todo lo que crece donde no se puede cultivar.
[Recogido en Vicos (1965) por Alejandro Ortiz Rescaniere. Publicado en Ortiz 1973: 185-6]
La Achikee es portadora de valores de infertilidad, por eso en su derrota final se transforma en plantas espinosas, terrenos no fértiles, zarzamoras. Esto la diferencia del Wa-Qon, que es portador de fertilidad (sobre este contraste, ver Ortiz 1973: 35-59).
2. Variante Pulgar Vidal; Revista de la Universidad Católica del Perú, Lima, Año II, N° 5, julio 1933.
3. Variante Mejía Xesspe; "Mitología del norte andino peruano" en América Indígena, México, Vol. XII, N° 3, julio 1952.
4. Variante quechua de Mejía Xesspe; "Linguística del Norte Andino" en Letras, Lima, N° 50-53, 1954.
5. Variante Jiménez Borja; Cuentos peruanos, Lima, 1937.
6. Variante "Antena"; Antena, Monografía de la provincia de Huaylas, Caraz, 1945-46.
7. Variante "Cochapeti"; en el legajo 47-23 del Archivo de Folklore del Instituto de Estudios Etnológicos del Museo Nacional de la Cultura Peruana, Ancash.
8. Variante Robles; Narraciones, danzas y acertijos, Lima, 1959.
9. Variante Ortiz Rescaniere; De Adaneva a Inkarrí, Lima, Retablo de papel, 1973 pp. 184-5.
10. Variante Ortiz Rescaniere; op. cit. pp. 185-6 (es la que ofrecemos aquí)..
11. Variante Gonzalo Mendoza; publicada por Desiderio Blanco y Raúl Bueno en Metodología del análisis semiótico, Lima: Universidad de Lima, 1980, pp. 162-165.
En el caso de condenados que han dejado dinero escondido, regresan para decir dónde se encuentra el tapado, lo que hemos visto también en las «almas en pena» de la cosmogonía criolla. Y es que, en general, esconder plata es un acto antisocial, que llega al colmo cuando la persona muere sin dejarlo dicho.
Según sea el caso su «castigo» será distinto. Los suicidas por amor, por ejemplo, no son recibidos en el cielo hasta que llega la hora en que estaba programado que mueran. Mientras tanto, deben seguir cumpliendo con su familia acá en la tierra. Los que han robado no serán aceptados en el cielo hasta que devuelvan lo que es ajeno. Pero los más terribles son los que han muerto con violencia. En ellos la violencia se seguirá repitiendo hasta que consigan su salvación.
Estos últimos condenados normalmente viven en cuevas, o al lado del cementerio. Desde ahí lanzan gritos y lamentos terribles, ya que los diablos los azotan o los cuelgan de noche con cadenas. Su aspecto varía mucho pero la cadena parece ser un rasgo permanente. Suelen tomar la forma de animal, pero también aparecen como personas vestidas con un hábito de monje o de negro, o con túnica blanca como en la versión occidental. A veces usa botas rojas, de fuego. Cuando aparecen en las ciudades se presentan frecuentemente en procesión, pero muchas veces se muestran solos, escondiendo el rostro (que es una calavera) para no ser reconocidos. Es por esa razón que se le describe a veces como un bulto.
El condenado busca llevarse alguien con él, comerse a quienes están salvos. En especial agarrar su alma, forma en que encuentra su salvación, cambia su suerte. Cuando ha sido incestuoso busca llevarse a su pareja. En otros casos busca comer la cabeza o los sesos de su víctima, ya que ahí está la sede del alma.
Uno puede librarse del condenado que lo quiere llevar de varias maneras. Así, es posible protegerse con oraciones, agarrando un crucifijo y pronunciando el nombre de Jesús, o con una intervención directa de la Virgen. También con algunos objetos como la lana de llama, las fajas de colores, los panes, la sal, el jabon, la música del «cacho» (corneta de cuerno) y también los niños. Inclusive cuentan que en algunas oportunidades se les ha prendido fuego o se les ha destrozado a hachazos, logrando que salgan en libertad —convertidas en palomas— las almas que había tragado. Pero es muy importante tener la iniciativa. Cuando uno le sorprende y lo ve primero puede vencerlo o escaparse; en caso contrario, es él el que nos tiene en su poder (cf. una creencia semejante referida, ya en la Antigüedad, al lobo).
Ahora, si lo que uno quiere es propiciar la salvación del propio condenado, esto también es posible haciendo celebrar misas por su alma.
Ver Ansión 1987: 165-73 y Arguedas 1953: 125-193.
Había una mujer que vivía sola, hilando día y noche para ganarse el sustento. En una de esas noches que hilaba, a eso de las 12 de la noche, tocaron su puerta y ella salió presurosa a ver quien era y al abrir se topó con un hombre que le dijo:
—Señora, hágame el favor de guardarme estas ceritas —entregándole un paquete de ceras—; mañana a esta misma hora voy a volver a recogerlas.
—Muy bien, señor —respondió ella, recibiendo las ceras y despidiendo al desconocido.
Pero grande fue su sorpresa cuando a la luz del candil las ceras se trocaron en huesos. Más asustada de lo que se puede imaginar uno tiró los huesos a un rincón y se pasó toda la noche muy preocupada sin tirar una pestañeada.
Al día siguiente apenas amaneció fue en busca del cura de la parroquia, a quien le contó lo sucedido. El cura le dijo que había hecho mal en abrir la puerta a esa hora y que ahora no había más remedio que esperar a que volviera el condenado para devolverle los huesos; pero cuando volviese, no abriría la puerta sola, sino acompañada de seis niños, tres niños y tres niñas. La señora prometió que así sucedería.
A la noche siguiente, cuando la mujer estaba en su casa acompañada de sus vecinas y los seis niños, tocaron la puerta como en la noche anterior.
Entonces ella, tomando a los niños, uno a la espalda, uno al frente, uno a cada costado salió a contestar al condenado y le entregó los huesos con la mano izquierda.
El condenado hablando con la nariz le dijo:
—¡Ajá! Sabías, ¿no? Considera a esos niños, porque si no te hubiera comido.
Y desapareció en el acto.
[Informante: Juana Hilario, Jauja, 46 años. Recopiló: Pedro Monge].
Los afectados pertenecen a todas las edades y a los dos sexos. Entre ellos los hay sordos como una roca, que son los más dignos de compasión, los hay también del grupo que afirma oír algo cuando le gritan con fuerza en su oreja y, por cierto, existen los que dicen oír como a través de una espesa cortina de ruido. Allí, esta anomalía es tal que bien se la podría denominar a Salinas de Monte Nuevo “El País de los Sordos.”
Pero aparte de esta consideración, el mundo de los disminuidos del sentido del oído no puede ser más calamitoso, porque quien ha perdido la facultad de oír, termina a corto plazo por perder la de hablar. Y aun cuando esto no suceda se verá al menos privado de la musicalidad de la voz. Entonces este minusválido se siente abandonado a su suerte en la cárcel del silencio y, como todo prisionero, se transforma en un ser irascible y misántropo.
Pero ¿de dónde proviene semejante mal?
Pues —de acuerdo con las afirmaciones de los salineros— el responsable de aquella peculiar sordera viene de la vecina selva, de ese laberinto verde y rumoroso que, mirado superficialmente, ofrece sólo bondades. Es ciertamente allí donde, confundido estratégicamente entre los seres benefactores, habita otro, revestido de inocencia hasta alcanzar el completo desarrollo de su última etapa de transformación, que es cuando él se vuelve aterrador.
Este terrible ser no es el lógico resultado de antecesores que posean idénticas características a las suyas. Es más bien el increíble producto de una metamorfosis diabólica. Al principio es sólo un raro y frondoso árbol que vive siempre en las orillas de los ríos, contribuyendo con su presencia a embellecer el paisaje montuno. No florece jamás, aunque sus hojas acorazonadas y esmaltadas de verde intenso le confieren un aspecto llamativo. Cierto día del año, al caer estas hojas en el agua, se convierten en el acto en suculentos peces que pueden ser aprovechados dentro de las veinticuatro horas inmediatas. Pero luego de ese lapso los animaluchos se devoran mutuamente hasta quedar un solo, el cual se transforma en un enorme pájaro negro parecido al cóndor, cuyos dantescos graznidos retumban el ámbito en varios kilómetros a la redonda.
Este monstruoso volátil al
cual lo denominan cunuñunun pishco
–según la
creencia popular–, no es sino uno de los más
destacados residentes del
averno disfrazado de pájaro por órdenes
de Satanás, para, con sus graznidos, ensordecer de por vida a quienes
han contravenido las leyes dictadas por Pacha
rúrac (El Hacedor del mundo). Debido
a ello, ningún poder humano les podrá devolver el don maravilloso
de la audición.
El cunuñunun pishco, que “nace” al ocaso del día, abandona precipitadamente el agua tan pronto como se siente con alas, y empieza a volar en círculos cada vez más amplios mientras atruena con sus gritos la demarcación. Atisba constantemente las nubes cargadas de electricidad, con el fin de capturar uno de sus rayos y, cuando lo consigue, lo usa como vehículo que lo conducirá a las entrañas de la tierra.
Con todo, desde tiempos remotos se ha venido hablando de un posible antídoto que contrarrestaría los efectos de la privación del oído, que consiste sencilla y llanamente en cercenar los pabellones auditivos de quienes la padecen. Sin embargo, hasta la fecha nadie a querido probar semejante medicina. Según parece, prefieren vivir sordos como una peña a ir por el mundo desorejados.
[Enviado por Carlos Villamarín]
Fray Martín de Murua nos dice del Cuychi:
El arco del cielo, a quien llamaban cuychi, les fue siempre cosa horrenda y espantable, y temían por lo que les parecía las más veces para morir o venirles algún mal. Reverenciábanlo y no osaban alzar los ojos hacia él. Si lo miraban no se atrevían a señalarlo con el dedo, entendiendo que se morirían o que se les entraría en la barriga, y tomaban tierra y untábanse con ella la cara y la parte y lugar donde les parecía que caía el pie del arco; le tenían por cosa temerosa, y que allí había alguna huaca u otra cosa digna de reverencia. Otros decían que salía el arco de algún manantial o fuente y que si pasaba por algun indio, moriría o le sucederían desastres y enfermedades.
[Fray Martín de Murua, Historia general del Perú, origen y descendencia de los Incas (1600)], Madrid: Editor Manuel Ballesteros, 1986, p. 438-9].
Sobre el Cuychu, ver Ayala 1994.
Cuando uno tiene un gato en casa, ningún condenado se atreverá a atacar. Por eso se dice que el gato es el demonio a quien el alma respeta. Pero hay que tener mucho cuidado, porque el propio gato puede ser el interesado en llevarte a los infiernos. Ha habido muchos casos en que el gato ha matado a sus dueños. Cuando el gato mata a alguien, se lleva su cadáver, vuelve y sigue matando a todos los que viven en esa casa. Pero si no se puede llevar el cadáver, es el gato el que desaparece. Para evitar que el gato mate a sus dueños o un demonio se apodere de él, lo mejor es bautizarlo. Para bautizarlo hay que cortarle, cuando todavía es cachorro, la punta del rabo y de las orejas.
El gato negro es el más peligroso. El gato negro, cuando lo maltrata su dueño, se transforma en candela a las doce de la noche y al caminar deja en sus huellas chispas de fuego. Se dice que nunca muere en casa de su dueño, sino que va a dejar sus restos en lugares apartados, como son las cuevas, las quebradas, etc. Cuando se va este animal, nadie lo ve porque va a unirse con el diablo y su alma vuelve cada 15 días, durante los cuales el dueño está fastidiado porque en la noche ve candelas en la casa. Tiene que pedirle protección a San Honorato cara de gato. A los gatos les gusta practicar «funerales». Uno de ellos se hace el muerto y el resto lo carga. Esta acción de los gatos es de mal agüero, por lo que es necesario hacer el «chique» para contrarestar. «Chique» viene del verbo «chiquiar», que significa dejar sin efecto la intención maligna. Para lograrlo hay que matar a los gatos que han estado practicando el funeral, o por lo menos a uno. Si no se logra, algún conocido será el que muera.
Se le presenta también muy a menudo celebrando asambleas con el diablo. Ver Arguedas 1953: 193-217.
En casa de una familia había muerto un gato romano. Nadie pensaba en darle sepultura, sino que lo botaron al techo. Pero en la noche, cuando todos dormían, en la casa se escuchó una orquesta en el techo.
Impulsados por la curiosidad se levantaron a esa hora y salieron a ver lo que ocurría y vieron que en el techo había muchos gatos que tocaban sus instrumentos alrededor del gato muerto. Éste empezó a revivir, moviendo primero la cola, luego alzó la cabeza y por último se levantó y se fue bailando al son de la música.
Se dice que estos gatos fueron diablos.
(Informante: Pedro Jesús Moya, Jauja.Recopilación: Pedro Monge).
Sin esperar la llegada de la media noche ni asustarse con el canto de los gallos, en cuanto la oscuridad desciende sobre el paisaje andino, “La voladora” entra en posesión del lado opuesto del día, ¡la tenebrosa noche!, donde ni siquiera los altivos cóndores se atreven a enseñorearse. Es la hora en que las malignas lechuzas dejan oír su lúgubre graznido mientras se desplazan en vuelo rasante, y es también cuando el horrible murciélago, personificación del demonio, abandona su antro para ir en pos de sus víctimas. Y, ante entorno tan sobrecogedor, que no promete sino peligro inminente, todos los seres diurnos, incluyendo el hombre, procuran ponerse a buen recaudo. Es entonces cuando “La Voladora” hace su aparición.
En cuanto la Guarmi Volajun, surgiendo de tras de las lomas, deja notar su presencia que es saludada por el aullido de los perros, la gente se precipita al patio de sus casas para verla volar. Ella es visible en un gran perímetro, ya que viaja dentro de una roja hoguera que se recorta contra el fondo oscuro del cielo. Las flamas que la envuelven no tiene la menor capacidad de iluminar el paisaje, sólo sirven para ubicar su posición, que todos observan más con curiosidad que con miedo.
Es que la voladora, aunque considerada hechicera, nada tiene que ver con las horripilantes brujas que participan de los aquelarres y adoran al macho cabrío, ni siquiera utiliza una escoba como vehículo. Es ella una hija de los antiguos dioses que abandonaron la tierra perseguidos por el cristianismo. Se trata de una bella mujer de luenga y roja cabellera, que tiene su mansión en el lucero vespertino, de donde viene de noche en noche cuando la luna está ausente. Mas nadie sabe por qué visita a menudo la patria de sus mayores.
Ella no es mala ni tiene vínculos con el maligno, y lo que parece una hoguera, que impresiona a quienes la miran, no es sino sus espléndidos cabellos rojos. Es vulnerable a la astuta maldad del hombre quien, a veces, logra hacerla caer con sólo valerse de unas tijeras colocadas en cruz sobre el suelo, debajo donde pasará la noctámbula y voladora viajera.
No obstante, prefiere el atardecer, sobre todo cuando amaina la lluvia, para convertirse en hatu feroz, enorme, negro, de hocico babeante. Es cuando se decide a merodear el gélido páramo, en busca de víctimas a poder arrancarles el corazón, que es el ingrediente principal de su dieta.
No existe medio posible de combatirlo. La cruz, los rezos y el agua bendita les causa raros aullidos similares a la risa.
La explicacion racional del espanto es la siguiente: en la etapa de la post-guerra, varios militantes del partido nazi escaparon a Sudamérica buscando un refugio de la justicia aliada. Varios de ellos se infiltraron en las filas de la Iglesia Católica y, haciéndose pasar por inocentes curitas, fueron destinados a las poblaciones mas alejadas para proclamar el evangelio. De esta menera llegaron a la zona Norte de Potosí, donde, segun los racionalistas, siguieron realizando experimentos ilegales utilizando como conejillos de indias a los campesinos de la zona.
Cierto o no, la leyenda del Karisiri digue vigente en esa zona. Es tal el miedo a este ser que los campesinos no admiten en sus comunidades el ingreso de personas con la cabellera rubia.
[Aportación de Joaquín Leoni].
Véase el Pishtaco.
El 9 de septiembre de ese año se produjo el linchamiento
de un nakaq: pobladores de un pueblo joven de Ayacucho encontraron
un nakaq (que es la denominación regional), lo lincharon
y quisieron hacer lo mismo con sus acompañantes. Cuando lo llevaban,
el joven trató de convencerlos de que no era nakaq: soy
humilde como ustedes, mis padres son humildes como ustedes,
decía. La respuesta fue: si eres como nosotros,
a ver, habla en quechua. «No sé quechua porque
soy huancaíno, pero soy un trabajador como ustedes» fueron
sus últimas palabras antes de ser linchado. (Diario La
República 11/9/87). A diferencia de lo ocurrido en los
linchamientos
de
sacaojos en Lima, el del pishtaco sí prosperó.
Esto haría recordar la gran matanza de españoles propiciada
por Tupac Amaru, que además insistía en que no los enterrasen:
son
unos excomulgados y también unos demonios, de suerte
que el privilegio de sepultura eclesiástico solamente lo gozaban
los indios (Szeminski 1983: 194).
Una vez que lo descuartizaba lo colgaba en unos eslabones, como un carnero cortado por el largo de todo el pecho. Dicen, pues, que goteaba el aceite humano y éstos recogían en grandes vasijas para luego llevarlo al gobierno y lo exportaban al extranjero a buenos precios. En estos tiempos estaban surgiendo las grandes máquinas en los países adelantados y mejor funcionaba con el aceite humano.
Todo ese trabajo de sacar aceite lo hacían de día a pleno sol.
(Relato presentado por Herminia Alcarraz Curi en 1981 como parte de un curso de la Universidad San Cristobal de Huamanga. El informante MPQ tiene 37 años y vive en la comunidad de Guayacondo de donde es originario. Publicado por Ansión 1989: 174).
Una interesante variante del mito, con rasgos de sincretismo, es la del Niño Naqaq:
Se trata de una efigie del niño Jesús representado con
un puñal en la mano para matar. Cuando se desea la muerte rapida
de personas enfermas con larga
agonía llevan la efigie del Niño junto al lecho del paciente
para orar y pedirle que lo recoja rapido, es una especie de eutanasia ritual.
La fiesta del Niño Naqaq había perdido vigencia, pero
segun Juan José García Miranda se ha revitalizado «a
consecuencia de la crisis generada por la violencia político-social»
(García Miranda 1993: 153)
El pishtaco tiene tanta importancia en la mitología andina que Mario Vargas Llosa ha tenido que introducir su propia versión cuando hizo una novela sobre el fenomeno terrorista en la sierra sur peruana:
Lituma entrecerró los ojos. Ahí
estaba. Foráneo. Medio gringo. A simple vista no se le reconocía,
pues era igualito a cualquier cristiano de este mundo. Vivía en
cuevas y perpetraba sus fechorías al anochecer. Apostado en los
caminos, detrás de las rocas, encogido entre pajonales o debajo
de los puentes, aguardaba a los viajeros solitarios. Se les acercaba con
mañas, amigándose. Tenía preparados sus polvitos de
hueso de muerto y, al primer descuido, se los aventaba a la cara. Podía,
entonces, chuparles la grasa. Después, los dejaba irse, vacíos,
pellejo y hueso, condenados a consumirse
en horas o días. Esos eran los benignos.
Buscaban manteca humana para que las
campanas de las iglesias cantaran mejor, los tractores rodaran suavecito,
y, ahora último, hasta para que el gobierno pagara con ella la deuda
externa. Los malignos eran peores. Además de degollar, desenlojaban
a su víctima como res, carnero o chancho y se lo comían.
La desangraban gota a gota, se emborrachaban con sangre. Los serruchos
creían esas cosas, puta madre. ¿Será cierto que la
bruja de doña Adriana había matado a un pishtaco?
(Vargas Llosa 1993: 66-67).
La versión que Vargas Llosa nos ofrece a lo largo de su novela tiene muchas diferencias con respecto a las recogidas de la tradición oral. Las más saltantes en la cita son el uso de polvos mágicos para adormecer a sus víctimas y la existencia de dos clases de pishtacos, una de las cuales deja vivas a sus víctimas a pesar de sacarles toda la grasa del cuerpo (¿se podrá?).
Si alguien se cae en un puquial, aunque sea de día, se
enfermará, le dara el chacho.
Es una enfermedad por la cual el cuerpo se seca totalmente y sin remedio.
Ningún médico occidental sabe curar de chacho.
Tiene que curarte un «curioso» o «entendido» (personas
con conocimientos) dándole un «pago» a la Pachamama,
al que llaman cutichi, y que consiste
en enterrar, ofrecer a la tierra, alimentos y bebidas. Si el chacho
es
muy grave, el curioso debe ir acompañado de «cantoras».
(Testimonio de Magaly Vera).
Para atacar al qarqacha hay que hacerlo en grupo y lacerarlo con una cuerda, generalmente hecha de lana de llama. El crucifijo es una gran protección, lo mismo que todo objeto de metal como las hachas, picos, barretas. El grupo intentara coger al qarqacha y esperar que tome en el día su forma original para conocerlo y hacerle pasar vergüenza. Muchas veces ofrecen riquezas a cambio de que los suelten, ya que ellos también conocen los subsuelos.
La historia de los qarqacha tiene un mensaje moral evidente:
evitar el incesto. Sin embargo, hay que entenderlo dentro de las relaciones
de reciprocidad propias de la comunidad andina; a decir de Ansión
1987: 153-8: no hay que entenderlo en el sentido
de una moral puritana individual; es porque las relaciones sexuales entre
parientes cercanos amenazan el orden social, son peligrosas y producen
espanto y repudio. En efecto, la organización de la comunidad sobre
la base de las relaciones de reciprocidad supone que las leyes de parentesco
y alianzas posibles entre familias sean perfectamente definidas y respetadas.
Quienes han tenido la oportunidad de verlo de cerca, afirman que es piloso en extremo y que como único atuendo lleva un precario taparrabos fabricado de la piel de algún animal. Aseguran que es mucho más alto y corpulento que un hombre de talla normal y que además no se comunica mediante lenguaje articulado. Sin embargo, tiene la increíble capacidad de comprender y de hacerse entender telepáticamente. Otra de las particularidades del sacha runa es la de tener los pies situados al revés, es decir: los lleva con el talón hacia delante.
Tanto los leñadores como los cazadores temen encontrarse el momento menos pensado con aquel monstruo que, según afirmaciones, tiene la pésima costumbre de invitar a su madriguera a quienes se encuentran con él, convenciéndoles con amenazas inaudibles, pero que resuenan como un trueno en las profundidades de la mente, y con recursos expeditivos como el de llevarlos asidos por los cabellos. Una vez en su antro, donde mora en compañía de varios individuos de su misma raza y de ambos géneros, obliga a sus huéspedes a tomar parte de orgías sexuales, de las que son devotos los nada simpáticos sacha runas.
Pero el infausto encuentro del humano con uno de estos habitantes de los bosques no se reduce al calvario de sufrir la compañía de éste durante unas cuantas horas o unos pocos días y luego, una vez en libertad, únicamente rememorar tamaña aventura, ya que al fin o la cabo el hombre no todos los días despierta a catar la miel de la vida solamente, sino que a menudo pierde su preciosa libertad para siempre.
Unos cuantos “invitados” que han logrado escapar del poder de sus “anfitriones”, aseguran haberse encontrado, en los antros de estos repugnantes seres, con personas conocidas suyas, hombres y mujeres que a lo largo del tiempo desaparecieron sin dejar rastro para no regresar jamás. Envejecidos prematuramente por el vicio, o quién sabe si más bien por el miedo, o tal vez cansados de intentar escapar de sus captores, no son capaces de reconocer a los recién llegados, que en otro tiempo fueron conocidos suyos, ni les dirigen nunca la palabra. Es más, han dejado de hablar para siempre. Y, envilecidos, se someten con docilidad y hasta complacidos, a participar de las orgías que protagonizan sus "anfitriones".
[Relato de Carlos Villamarín. Para críticas y comentarios, dirigirse a: carlosvillamarin@hotmail.com].
Quien tiene la uma sobre sus hombros se verá obligado
a esconderse, por vergüenza. Pero como la uma debe alimentarse,
tendrá que dejar al hombre en libertad para que vaya a recoger frutos,
porque de otro modo se enredaría en las espinas. Es posible que
en ese momento se confunda y suba sobre el cuello de un venado que escapará
hacia un bosque o hacia la selva. Para el hombre lo que está en
juego es su libertad. Cuando él toma la iniciativa y logra protegerse,
busca también obtener riquezas prometiendo a la uma liberarla.
Ella conoce los sitios donde se esconden los tesoros minerales de la tierra,
de los cuales es dueña y los puede regalar. La uma pertenece
a esta vida, es una mujer mala, castigada por Dios de esa manera.
El joven vio por uno de los agujeros de la puerta y se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, se metió al cuarto poniéndose fuerte, al cuello de la chica le puso abundante ceniza y se metió debajo de la cama esperando que llegara. Por fin entró la cabeza al cuarto queriendo regresar a su estado normal, pero no podía pegarse porque su cuello estaba con ceniza. El joven no pudo soportar y se puso a reír y la bruja, como no podía introducir su cabeza, de inmediato se lanzó al hombro del joven pegándose.
Asustado, éste comenzó a correr
por el campo donde se producía abundantes
tunales. El joven le decía:
—Quiero comer tunas, te voy a coger unas cuantas tunas para que puedas comer. Pero la bruja no quería. Ya de mucha insistencia, la bruja le dijo que cogiera tunas; el joven tendió su poncho para que pueda esperarle mientras cogía. El joven aprovechó esa oportunidad y comenzó a correr asustado sin rumbo. Por donde estaba la bruja pasó una taruca, la bruja se lanzó al cuerpo del animal, entonces comenzó a correr asustado por entre las pencas, tunales, donde había bastante espina. El pelo de la bruja se enredó en los tunales y murió. La taruca siguió corriendo asustada por entre las pencas (Recogido por Wenceslao Sierra Arbayza, Ayacucho. Publicado por Ansión 1987: 145-53).
La Uma es conocida en Huaraz (sierra norperuana) como Quequi, según dicen por un sonido que produce la cabeza cuando vuela. Ahí va un relato:
Una quequi es una mujer que convive con su compadre. Dicen que la cabeza de tal mujer se separa de su cuerpo y sale.
Un hombre se fue al bosque y estaba defecando. De repente oyó la voz de una mujer. Entonces el hombre se asustó y levantándose miraba por todas partes, pero sin ver nada. Como no había nada otra vez se sentó de cuclillas. Entonces otra vez la voz le dijo: «Que feo tu trasero blanco y sin huevos». El hombre apresuradamente terminó su ocupación y miró alrededor. De repente vio en un cacto una cabeza prendida del cabello. Entonces la cabeza suplicó al hombre «suelta mi cabello con cuidado» y le suplicó que no avisara a nadie. «Yo te voy a pagar una buena suma y además te regalaré una vaca». Después le dio su nombre y dirección. Al día siguiente el hombre fue para cobrar. Al momento que lo soltó del cacto fue volando y repitiendo quequec, quequec, quequec.
Una vez esta mujer dijo a su enamorado «No vengas viernes en la noche. Estaré ausente. No voy a estar aqui». Pero ese hombre fue de todos modos esa noche y encontró a la mujer sin cabeza. Observando bien el hombre metió una coronta de maíz en la traquea de la mujer. Despues subió cuidadosamente a la qollqa. Cuando la cabeza aterrizó a la puerta lloró: Quequec, quequec. Después entró adentro y saltó a ese cuello. Pero no pudo colocarse. La cabeza demoró largo rato, después salió afuera. El hombre bajó de arriba y sacó la coronta. Escondiéndose furtivamente salió afuera. En ese momento otra vez la cabeza volvió, dio un salto y se colocó. Al día siguiente el hombre fue muy temprano a visitarla y la encontró con la cabeza amarrada quejándose de sus dolores, pues se sentía muy cansada. Ese día estaba completamente deshecha. De esa manera descubrió que su mujer era una quequi.
Notas de Daniel Mathews:
*qollqa -= cuarto
pequeño debajo del techo, usado como depósito.
** salió afuera,
bajó
de arriba, etc., son expresiones muy comunes en un
castellano quechuizado como el peruano.
Un origen y dos destinos.
La antigua Grecia y Los Andes de todas las épocas, dos lugares elegidos por los dioses para unirse con las hijas de los hombres. Seducidos a veces por la belleza femenina, que ejerce en ellos similar atracción que en el común de los mortales, y otras, impulsados por el afán de propagar la estirpe, aunque siempre confundidos en las brumas de la embriaguez sensual, encuentran en tales uniones el medio ideal para atenuar el tedio de su perenne existencia.
Pero qué
efectos tan disímiles presentan los retoños híbridos
de un sitio respecto al otro. Mientras los de la Hélade se hacen
llamar semidioses y héroes, van por playas de dorada arena, vanagloriándose
de su origen y su belleza, privilegios que explotan en beneficio propio,
en cambio, sus semejantes de Los Andes, considerados parias por detractores
espontáneos, recorren cabizbajos los extramuros, ocultando a la
gente normal los estigmas
que señalan su condición
mixta.
En Grecia, las Musas se ocupan en musicalizar las correrías de sus compatriotas. Las llaman gestas heroicas y las inscriben en el libro de oro de la Mitología, difundiéndolas pomposamente a través de los siglos. En los Andes, la maledicencia de sus crueles paisanos se ufana en descalificar hasta sus episodios más insignes. Allá, los benévolos progenitores dotan de áureos cabellos a sus vástagos, que los llevan orgullosos en hermoso desorden, despertando admiración y envidia en las multitudes. Aquí, la perversidad paterna no concede sino espantosos atributos físicos a sus críos. Nacen estos desdichados adornados el rostro de manchas escarlatas, labio leporino o enormes verrugas, cuando no con alguna deformidad en la parte más notoria de su anatomía. Estas marcas, que sólo inspiran repulsión y temor en los demás, constituyen para ellos el INRI por el cual la sociedad les excluye.
Y qué curioso resulta observar los diferentes procedimientos usados por los divinos personajes para acercarse a la dama elegida. En la vieja Grecia, cuando no pueden seducir, valiéndose de medios convencionales, no vacilaban en adoptar la forma de algún animal, asegurándose así el éxito. Por su parte, los dioses afincados en Los Andes, menos ingeniosos y astutos que sus colegas, pero tan bribones como ellos, recurren a estratagemas verdaderamente ruines para obtener el mismo fin.
Estos personajes, nada corteses y amigos de vivir solos y a su manera, sin las trabas de las exigencias sociales, buscan permanecer siempre aislados. Cada uno, por separado, toma posesión del URCO de su preferencia en cuyo seno establece su residencia definitiva. Por cierto, de ningún modo al estilo de un inquilino con respecto a la casa que habita, sino como el alma o espíritu que infunde vida e inteligencia a la inerte materia de éste. Adopta su nombre, anteponiendo a él el título de TAITA (padre), o de MAMA (madre), según le convenga. Y exige, a quienes habitan sus inmediaciones, ceremonioso trato. De manera que todos deberán nombrarlo cumplidamente: Taita Chimborazo, Mama Tungurahua, Taita Cotopaxi, etc., de acuerdo al urco del cual se trata.
¡Cuidado con el urcu!
Nadie que se precie
de amante de la naturaleza y que tenga el privilegio de contemplar una
gráfica de un paisaje andino, es capaz de permanecer indiferente
a su deslumbrante belleza. A medida que examina sus colinas y valles esmaltados
de esmeralda, sus gaseosas cascadas y rumorosos ríos y, más
aún, sus URCUS, vestidos de albo poncho, recortándose sobre
el límpido azul del cielo, siente cobijarse el alma por candorosas
emociones. De
pronto, se ve influido por un
embeleso capaz de conservarse incólume aun cuando el paisaje se
le ha vuelto familiar.
Desde luego, si tan sólo la imagen virtual de estos colosos constituye un regalo para la vista y un transporte para el alma, es fácil colegir qué placenteras sensaciones despertarían su estado real. ¡Mirarlos desde todos los ángulos, aspirar a toda hora la brisa que desciende por sus laderas, empapada en el perfume de sus flores, sería sin duda un deleite superlativo! ¡Oh!... ¿Quién no desearía tanta satisfacción para sus sentidos?
Sin embargo, para los campesinos andinos no constituye precisamente motivo de felicidad el ver transcurrir su existencia cerca de un majestuoso URCU, sabiéndose por él aguaitados permanentemente en cada uno de sus actos con la atención de un amo despiadado, en procura de beneficiarse del menor desliz o descuido incurridos por aquellos. Nada de lo que se dice o se hace en la localidad, aunque sea en sueños, pasa desapercibido al tiránico vigilante, que tiene la facultad de aparecer en el lugar y en el momento que a él le plazca. Para ello no precisa mimetizarse entre las cosas de su entorno, como lo haría un brujo experto en disimular su auténtica personalidad, convirtiéndose en cualquier instrumento, si se hallare dentro de una casa, o en pájaro, mariposa o planta, si estuviere fuera de ella. Su categoría de dios le exige conservar a toda hora su aspecto de apuesto y joven caballero, que es como se permite él dejarse ver por los sumisos campiranos, sobre todo, cuando se encuentran éstos en estado onírico.
Como todos los dioses
o demonios, un URCU —de acuerdo con las tradiciones orales recogidas— no
duerme ni se descuida jamás. Situado muy cerca del cielo, se mantiene
atento siempre a todo cuanto acaece en derredor suyo, esperando con avidez
la oportunidad de entrar en acción con el fin de menguar la hiel
de su tedio gracias a la miel de la distracción, o simplemente a
la espera de recordar al feudo quién es su amo y señor. Con
tal propósito malogra
a veces las cosechas, soplando desde sus cumbres vientos helados y tormentas
de granizo. También gusta de ocupar el tiempo en hurtar parte del
ganado de las fincas, ocultándolas en lo más intricado de
los barrancos y riscos que entrecruzan sus empinadas laderas. Días
después, durante el sueño de los perjudicados, ya se presentará
para exigirles rescate por la devolución de las reses. Tal obligación
consiste casi siempre
en una gallina negra, un par
de velas o una botella de anís del mono, que deberán
dejarlos a medianoche en un determinado sitio. Ciertamente, la conducta
de un URCU no es mejor que la de un auténtico pillo de siete suelas.
Con todo, no son éstas las peores fechorías que comete un URCU. Semejantes actos de pillaje son nada más que inocentes travesuras con las que se recrea el Señor de la Montaña, aunque debido a ellas habrá de lamentar mucha gente. Sin duda, el peor de los males para la comunidad surge cuando a él se le da por convertirse en amante de alguna mujer. Con tal de conseguir su objetivo, le tiene sin cuidado si quien ha de compartir su aventura amorosa fuese soltera o casada, ya que en su código de ética no consta la obligación de guardar respeto ni siquiera a una dama en situación de gravidez, mucho menos a una comprometida únicamente. Seguro de la impunidad de sus desafueros y carente de escrúpulos, no desdeña a nadie. No obstante, es indudable su predilección por las vírgenes, en quienes dejará traumas emocionales y huellas tangibles e indelebles.
No existe nada que se lo pueda atribuir al URCU como descargo de sus tropelías. Ni siquiera el hecho de que nunca va más allá de sus dominios para sorprender a su efímera pareja, ya que de obrar de otra manera le significaría querellarse con sus vecinos, que imponen para sí iguales restricciones. Tampoco es digno de tomar en cuenta su modo de proceder similar al del sarampión, que no ataca dos veces a la misma persona. Pero ¿acaso no le basta a una dama ser deshonrada una sola vez para quedar marcada de por vida?
Impaciente y amigo de llegar a la meta fijada por la vía más expedita, detesta los circunloquios que, debido a su torpeza, le harían perder tiempo innecesariamente. Sabedor que en esos pagos es la representante del bello sexo la encargada de acudir al monte en busca de leña o de agua, su táctica estriba en ocultarse en el pajonal o el chaparral y esperar a que alguna mujer, empujada por la casualidad, se le acerque. Entonces, adoptando la naturaleza del aura, se desliza hasta ella para envolver en su tenue aliento, que es deliciosa caricia y narcótico fulminante a la vez. Sin transición, la agraciada por el dios (o demonio) de la montaña desciende al más dulce de los sueños que hubiese experimentado jamás y, una vez en las mansiones oníricas, donde percibe complacida que todo es color de rosa, se ve idolatrada por un hermoso mancebo que finalmente se une íntimamente a ella.
Al despertar, nada
queda del paraíso que ella visitó instantes antes gracias
a la magia del sueño. Tampoco nota el menor vestigio de su hermoso
amante. Ni siquiera es capaz de descubrir las huellas de sus caricias.
La realidad, con inhumana crudeza, ha ocultado todo bajo el ominoso manto
de la desilusión. De pronto se ve junto al mismo agreste paraje
de antes, que, por añadidura, parece abrigar hostilidad hacia ella,
como si quisiera expulsarla
de allí. La infeliz se
siente desconcertada y, sin saber por qué, compara la hipotética
actitud del URCU con la de alguno de sus vecinos en plan de repudiar a
su molesta esposa.
Siempre sucede así.
Tanto solteras como casadas que han corrido esta suerte tienen la misma
versión acerca de los acontecimientos. Y, por lo que se asegura,
cuando ocurre una concepción del resultado de estas uniones entre
seres tan diferentes, su fruto es un auténtico monstruo, un insulto
a la estética y una ofensa para la vista. Nace este desventurado
provisto de una o más jorobas y albino, a la imagen y semejaza de
todo URCU, aunque su estatura, en su máximo desarrollo, no rebase
a la de un enano. Tiene los
ojos saltones y la nariz remangada,
como apuntando continuamente al cielo, presintiendo, quizá, que
de aquella dirección llegara su padre. En vez de llevar cinco dedos
en cada una de sus extremidades los trae apenas tres. El engendro, consciente
de que su fealdad imbuye repulsión en los demás, se torna
misántropo y evita todo contacto con ellos, retribuyéndoles
con ciego rencor. Prefiere la soledad del páramo, donde encuentra
acogida en el hábitat las bestias cerriles.
En el caso de una
mujer embarazada que llega a tener este tipo de contactos sexuales, el
hijo de ésta tampoco sale bien librado del percance. Aunque no con
las mismas taras del anterior, vendrá al mundo al menos con un estigma
que le acreditará su vínculo con el URCU. Una mancha escarlata
cubriéndola la mejilla, un labio leporino, una verruga peluda en
la barbilla o una pierna más corta que la otra, es el signo inequívoco
de su infortunio
prenatal.
Para agraciarse con el URCU de la localidad, es muy frecuente que los montañeses viesen la necesitad de sobornarlo con obsequios de animales menores y lo florido de sus cosechas. Mas el rato de los ratos, comprueban con desilusión que con semejante pillo todo sacrificio es echar en saco roto.
[Texto de Carlos
Villamarín Escudero]
Que el Wa-Qon baje bailando tiene que ver con un ritual. Me refiero
a las danzas jaujinas de los Wa-Qones, que salían de una
cueva o de las alturas y bajaban al pueblo donde asustaban a los niños
con sus amenazas de rapto y deseos fingidos de devorarlos. Hasta los años
30, los que debían hacer de Wa-Qones no eran conocidos más
que por los danzantes de los años precedentes. Los bailarines subían
a la montaña en la noche y descendian al amanecer. Obligaban al
gobernador a darles las llaves de la prisión y ellos, los huacones,
se transformaban en jueces supremos de la comunidad. Anunciaban las faltas
cometidas por la gente, aquellas que habían escapado a las sanciones,
y llevaban a los culpables a la prisión.
Hoy la danza, como tantas otras del mundo andino sometido a procesos
acelerados de modernización, va perdiendo su sentido primero convirtiéndose
en un simple espectáculo. Lo que no ha perdido sin embargo es lo
grotesco de las máscaras de madera con una larga nariz y llenas
de granos y lunares.
Alejandro Ortiz Rescaniere 1973 ha recogido el siguiente relato de Wa-Qon:
Había una vez una viejecita a quien llamaban Saloma. Tenía un nieto, Cornelio se llamaba, y una nieta llamada Escolástica. Residían en Huayputo, pastando animales.
Cierta vez la abuelita los mandó a pastar ganado a Huayopampa. Cuando llegaron a esa pampa se pusieron a jugar; de repente, vieron rodar de las alturas a Wa-Qon. Levantaba polvoredas y el ruido era sordo. Aterrados, corrieron donde su abuela:
— Ahí viene el Wa-Qon persiguiéndonos.
Doña Saloma los escondió detras de dos montículos, uno de bosta y otro de maíz.
El Wa-Qon llegó.
—¿Dónde están mis pequeños Willkas?
—Corriendo se fueron a Huaros, pero baila primero, señor Wa-Qon.
Entonces la viejita Saloma lo hizo danzar.
Mientras así bailaba, el nieto, que permanecía escondido, se asomó con temor para ver si el Wa-Qon era hombre o qué cosa era. Vio que Wa-Qon tenía colmillos retorcidos y unos cuernos enormes.
Cuando se cansó de bailar fue a Huaros. Al llegar, la gente le ofrecía a sus hijos por turnos para que el Wa-Qon los devorara. Las mujeres tenían que entregarle madejas de lana para que se parchara su ropa haraposa, que de tanto rodar estaba en hilachas. Así, dicen, se evitaba las sequías.
(Informante Hilda Quispes, distrito de Huaros, provincia de Canta, 1965).
Este sacrificio de niños está documentado en la era prehispánica por Guaman Poma de Ayala: De como el Ynga sacrificaua a su padre el sol con oro y plata y con niños y niñas de dies años que no tubiesen señal ni mancha lunar y fuesen hermosos. Y para ello hacian juntar quinientos niños de todo el rreyno y sacrificauan en el templo de Curi Cancha, que todas las paredes estaban uarnecida de oro finícimo y en lo alto del techo estaua colgado muchos cristales y a los dos lados dos leones apuntando el sol (Guaman Poma de Ayala 1613: 254-5).
Para ver de cerca al Wa-Qon, acude a la Galería
de espantos.
Alta y esbelta, posee unas piernas maravillosas finas y largas, de aquellas que no se las ve todos los años. Cuando camina, con frecuencia por los caminos solitarios, su cimbreante talle adopta el rítmico y ondulante balanceo de una palma mecida por la brisa vespertina. También su rostro, como se puede suponer, pertenece a los privilegiados, a aquellos que distinguían a las niustas (princesas) consagradas a Inti (sol). Una negra y abundante pelambrera enmarca su faz ovalada provista de unos ojazos también negros, cual frutos maduros de capulí, y de una boca coronada por jugosos y rojos labios, tan rojos como la sangre. Pues debido a esta particularidad dan en llamarla “Yaguar Shimi”.
La moda que a menudo convulsiona la manera de vestir hasta en las sociedades semisalvajes y más apartadas del orbe, parece no hacer mella en nuestro personaje. Va vestida siempre como en su origen, es decir: continúa llevando el mismo atuendo con el cual la vieron por primera vez en la ya lejana época del asesinato del emperador Atabalipa. Un batín blanco, sin mangas y de falda corta, profusamente bordado, con hilo de oro, caracteres incásicos y ceñido por un ancho cinturón encarnado es todo cuanto lleva encima.
Al hombre que tiene la oportunidad de encontrarse con la Yaguar Shimi, verla y enamorarse le resulta una sola cosa. Desde luego, también la bella mujer no manifiesta actitud diferente. Se nuestra encantada de poder complacer sin reservas los requerimientos más caprichosos de su amante. Es generosa y experta en el arte del amor. Sin embargo, adolece de un pequeño defecto, que consiste en el de devorar a su pareja.
Y no obstante que en casi toda la serranía temen a la susodicha devoradora de hombres, ya que a través del tiempo ha dejado imborrables recuerdos en su geografía, es en la población de Isinliví donde a todas luces sentó sus reales en fechas que aún se mantienen frescas. En ese pintoresco poblado, custodiado por los Ilinizas y el Quilotoa, según la arqueología, de raigambre tan antigua como Roma, existe una casa algo apartada del perímetro urbano y en un estado de total ruina, a la cual nadie se acerca por creerla maldita. Sus dueños la abandonaron después de que uno de sus hijos, un jovencito vivaracho y con pretensiones de Don Juan, resultase devorado por la dama, a quien tuvo la ocurrencia de invitar a compartir su lecho, creyéndola enamorada perdidamente de él. Ciertamente, las características de la antropófaga coincidían plenamente con las de la Yaguar Shimi, según se asegura.
Más tarde, en el corto lapso de siete meses, fueron encontrándose en aquel mismo lugar, una detrás de otra, las osamentas de tres desdichados más. Ellos eran forasteros y a los tres, en diferentes ocasiones, los vieron en compañía de la fatal mujer.
[Enviado por Carlos Villamarín]
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Segundo Couto de Magalhães, Anhanga é mais do que uma simples assombração: seria o protetor da caça e sua principal função seria a de castigar os índios que matam mais do que o necessário para o seu consumo ou que perseguem uma fêmea em época de amamentação. Quando aparece, Anhanga quase sempre é um veado, geralmente branco e com terríveis olhos de fogo. Na Amazônia, particularmente, pode exibir uma pelagem avermelhada, com chifres cobertos de pêlos, olhar de fogo e cruz na testa, como nos conta Barbosa Rodrigues. Já no Rio Grande do sul, o território mais meridional do Brasil, o Anhanga pode apresentar-se como um cavalo branco com olhos muito brilhantes, ou novamente como veado, como na lenda que conta a origem da Lagoa do Caverá, onde este espectro aparece como um espetacular veado todo dourado [enviado por Simone Saueressig].
Não obstante as contemporâneas identificações, o mito do Boitatá, originalmente, não está ligado nem às almas penadas, nem à descoberta do fogo, apesar do nome. Na verdade, o mito do Boitatá, pelo menos no Rio Grande do Sul, está ligado às lendas do dilúvio. Conta-se que quando ocorreu, as águas arrastaram e afogaram a enormes quantidades de animais. Apesar da magnitude da catástrofe, entretanto, alguns bichos conseguiram sobreviver. Pássaros e animais aquáticos, entre os quais se contava uma grande serpente, para quem a tragédia significava um autêntico banquete. Com tanto alimento à disposição, podia comer apenas a parte dos cadáveres de que mais gostava, e o que mais saboroso lhe parecia eram os olhos. O que a serpente não sabia é que os olhos estão cheios da luz, e que ao mesmo tempo em que os devorava, também devorava a luz, e a luz, que não era comida, ficava na barriga da cobra, ardendo, ardendo. E tantos olhos comeu a cobra, tantos e tantos, que sua barriga começou a brilhar, brilhar, e finalmente a cobra se incendiou de tanta luz. Virou mboi-tatá, virou cobra-de-fogo, assombração e susto nos caminhos [enviado por Simone Saueressig].
En Rio Grande del Sur hay muchas historias sobre gauchos que van solos de noche por los caminos y son perseguidos por esta extraña luz parpadeante.
La leyenda local cuenta que en tiempos muy antiguos hubo un gran diluvio, del que apenas se salvaron unos pocos hombres y animales: entre estos últimos estaba la gran serpiente cobra (Guaçu-boi), que trepó a la cumbre del árbol más alto y desde allí espero a que las aguas volvieran a su cauce. Muerta de hambre, la cobra miraba pasar los cadáveres flotantes, y poco a poco se aficionó a devorar sus ojos. Ahora bien, los ojos de un muerto guardan la última luz que han visto, y de tanto comer ojos la cobra comenzó a hincharse a la vez que su cuerpo adquiría una inquietante luminescencia: no la de una llama roja, sino una frialdad azul, amarilla y triste. Tanto comió la cobra que finalmente reventó, y el resplandor helado llegó a todos los rincones. Los indios, al verlo, dijeron mboi-tatá: culebra de fuego. Y desde entonces, en tiempo de verano, cuando hace bochorno, recorre el espectro brillante de la cobra las noches de los cementerios y corrientes de agua, de los que sale para perseguir a los lugareños con su fuego que no quema. Muchos que la vieron han quedado ciegos; otros tuvieron la precacución de cerrar los ojos y esperar en silencio, quietos, a que se fuera...
La Boitatá no siempre es vista con antipatía: muchos creen que es un espíritu protector del campo, y que sólo castiga a quienes intentan prender fuego al bosque. A veces se dice que, a pesar de su nombre, toma la forma de un buey.
En la zona de la Provincia de Misiones y del Paraguay, donde se le da al compadrazgo un muy alto valor, tiene este espanto un papel especial, y se le da un origen muy distinto. Se trata, en palabras de Colombres, de un protector del orden ético. Si no se preserva el respeto entre compadre y comadre, sino que se rompe el vínculo entre ellos y se falta a los mutuos deberes conyugales, los transgresores se convertirán en Mboi-tatá durante el sueño nocturno Estas bestias con cuerpo de víbora o de pájaro con cabeza de llama viva se atacarán y devorarán el uno al otro, arrojándose fuego, hasta el amanecer; y otro tanto harán a la noche siguiente, hasta la muerte de ambos y aun después. Quien los ve puede quedar ciego. Para librarse del maleficio debe uno encerrarse y apretarse fuertemente los ojos y, si se va a caballo, arrojar el lazo con una armada grande, partiendo luego al galope con el lazo a la rastra. La Mboi-tatá seguirá al lazo y se disolverá momentáneamente al contacto de la anilla de hierro del lazo, permitiendo al jinete escapar.
[Aportaciones de Simone Sausserig
y Txarito Naya. V. también
http://www.artdecoration.com.ar/mitos6.htm,
http://www.vivabrazil.com/boitata.htm
y
http://www.paginadogaucho.com.br/lend/mboi.htm]
Para ver en persona al Curupí, acude a la Galería de espantos.
Como o Anhanga exerce a função de protetor da caça e castiga de modo sistemático aos caçadores que matam mais do que o necessário para seu consumo. À diferença daquele, entretanto, o Curupira está aberto à negociar a vida do infeliz que topa com ele. Aceita alimento civilizado (desde que não contenha nem alho, nem pimenta) ou tabaco, e sempre que sua vítima prometa e mantenha segredo em torno ao combinado. Caso contrário, o Curupira imporá, implacável, seu único e terrível castigo: fazer com que sua vítima morra de fome, perdida no meio da floresta [enviado por Simone Saueressig].
Tampoco se ponen de acuerdo con su nombre: en el litoral argentino lo
llaman Pombero (nombre derivado del verbo ‘pomperiar’ o «espiar»),
aunque en algunas zonas de Corrientes se usa el vocablo guaraní
Py-ragüe,
«pies con plumas». En Paraguay le dicen
Karai-pyhare,
el
«señor de la noche». Y otras versiones, menos generalizadas,
lo presentan como Kuarahy-Yara, (léase Cuarahú-Yará),
el «Dueño del Sol», un viejo color rojo con un solo
ojo en el medio de la frente, dientes de perro, brazos largos y manos muy
grandes. Así se lo emparenta con el mito mbyá del sur de
Brasil.
Casi todos acuerdan en que tiene la boca grande y alargada y los dientes muy blancos; los ojos chatos, como los del sapo, que miran fijo, como la lechuza; y las cejas de pelo largo. Que pía y silba como un pájaro y camina sin hacer ruido.
Lo cierto es que al Pombero, Señor de los Pájaros y de la Noche, muy pocos lo han visto en persona. Y sin embargo, es el duende más popular y multifacético de la región guaraní. En sus inicios era el genio protector de los pájaros de la selva, sin embargo a través del tiempo fue «adquiriendo» las más diversas habilidades: se mimetiza con facilidad transformándose en indio, tronco o camalote; puede también hacerse invisible cuando quiere, puede deslizarse por los espacios más estrechos y aun atravesar el ojo de las cerraduras; sabe correr en cuatro patas, es ventrílocuo y puede imitar el canto de todas las aves (aunque prefiere las nocturnas), el silbido de los hombres y de las víboras y el grito de los animales. Puede incluso tomar la forma de cualquier animal: algún viajero ha dicho que a la distancia parece un carpincho parado en las patas traseras.
Se dice que habita en el monte, en casas abandonadas o taperas y que le gusta pasear en los meses de octubre y noviembre, cuando empieza el calor en la zona guaraní. Incluso se habla de un pombero llamado el "Dueño de Octubre" que aparece una vez, el primero de ese mes, armado con un rebenque con el que azota a todo aquel que no coma en su honor hasta atragantarse (Colombres 1986).
Pero el Pombero más difundido es el que recorre el monte a la hora de la siesta y si encuentra niños cazando pájaros, los secuestra y después los abandona lejos de su casa, muertos o atontados. También actúa durante la noche, y en Chaco se dice que bebe la sangre de los niños hasta matarlos, para luego colgarlos de algún árbol. Si el niño no duerme la siesta o quiere escaparse de noche, se le amenaza con recibir estas atenciones del Pombero.
Durante sus andanzas nocturnas despierta a las mujeres con el suave y escalofriante roce de sus manos, especialmente a aquellas que en verano duermen al sereno. A veces las secuestra y las posee, y después de saciarse las deja ir, generalmente embarazadas, en cuyo caso el hijo nacerá muy parecido al Pombero.
En algunos casos se asemeja con el duende, ya que se lo describe travieso y ocurrente: desordena la casa, extravía las llaves, rompe los aparatos, dispersa a los animales, roba tabaco, miel, huevos o gallinas, desparrama el maíz, tira al jinete de su montura y asusta a la cabalgadura.
En Chaco se cree que el Pombero es un compañero invisible con el que se puede hacer tratos de camaradería. Para ganarse su amistad, la gente le deja ofrendas de tabaco para mascar, miel o botellas de caña. Entonces, el Pombero acompaña a su amigo en los buenos y malos momentos, lo protege de los peligros, le cuida la casa, los animales y las pertenencias y hasta le deja frutas, huevos, etc.
En cambio, si se habla mal de él puede vengarse persiguiendo a los moradores de la casa, asustándolos o, con un simple toque escalofriante de sus manos velludas, dejarlos mudos, zonzos o tembleques. Se dice que si se le imita el grito, el Pombero puede contestar de manera enloquecedora. Por eso, y para no ofenderle, la gente prefiere nombrarlo en voz baja y se guarda de pronunciar su nombre en las reuniones nocturnas. Y en todo caso, ponen un diente de ajo en cada una de las esquinas de la casa, para ahuyentarlo.
Cuentan en Formosa que una vez el Pombero se enojó con Marco Gavasa, un hachero. Y durante la noche, lo sacó del rancho con cama y todo y lo dejó en medio del monte. esto mismo se repitió durante varias noches hasta que una vez lo dejó paralítico de un golpe. Gavasa murió en 1972 a los 86 años.
Si quieres visitar al Pombero, acude a la Galería
de espantos.
González Torres, Dionisio M. (1995): Folklore del Paraguay, Asunción, Paraguay.
Pasteknik, Elsa Leonor (1996): Misiones y sus leyendas, 3ª ed., Buenos Aires: Plus Ultra.
Vidal de Battini, Berta (1984): Cuentos
y leyendas populares de la Argentina. Ediciones Culturales Argentinas.
Ministerio de Educación y Justicia, Buenos Aires.
Si quieres saludar al Yasy Yateré, acude a la Galería de espantos.
Cuando uno ha visto a un chiquilin reírse a las dos de la mañana como un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un yaciyateré, se adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios.
Se trata aquí de una simple superstición. La gente del sur dice que el yaciyateré es un pajarraco desgarbado que canta de noche. Yo no lo he visto, pero lo he oído mil veces. El cantito es muy fino y melancólico. Repetido y obsediante, como el que más. Pero en el norte, el yaciyateré‚ es otra cosa.
Una tarde. en Misiones, fuimos un amigo y yo a probar una vela nueva en el Paraná, pues la latina no nos había dado resultado con un río de corriente feroz y en una canoa que rasaba el agua. La canoa era también obra nuestra, construida en la bizarra proporción de 1:8. Poco estable, como se ve, pero capaz de filar como una torpedera.
Salimos a las cinco de la tarde, en verano. Desde la mañana no había viento. Se aprontaba una magnifica tormenta, y el calor pasaba de lo soportable. El río corría untuoso bajo el cielo blanco. No podíamos quitarnos un instante los anteojos amarillos, pues la doble reverberación de cielo y agua enceguecía. Además, principio de jaqueca en mi compañero. Y ni elmás leve soplo de aire.
Pero una tarde así en Misiones, con una atmósfera de ésas tras cinco días de viento norte, no indica nada bueno para el sujeto que está derivando por el Paraná en canoa de carrera. Nada más difícil, por otro lado, que remar en ese ambiente.
Seguimos a la deriva, atentos al horizonte del sur, hasta llegar al Teyucuaré. La tormenta venía.
Estos cerros de Teyucuaré, tronchados a pico sobre el río en enormes cantiles de asperón rosado, por los que se descuelgan las lianas del bosque, entran profundamente en el Paraná formando hacia San Ignacio una honda ensenada, a perfecto resguardo del viento sur. Grandes bloques de piedra desprendidos del acantilado erizan el litoral, contra el cual el Paraná entero tropieza, remolinea y se escapa por fin aguas abajo, en rápidos agujereados de remolinos.Pero desde el cabo final, y contra la costa misma, el agua remansa lamiendo lentamente el Teyucuaré hastael fondo del golfo.
En dicho cabo, y a resguardo de un inmenso bloque para evitar las sorpresas del viento, encallamos la canoa y nos sentamos a esperar. Pero las piedras barnizadas quemaban literalmente, aunque no había sol, y bajamos a aguardar en cuclillas a orillas delagua.
El sur, sin embargo, había cambiado de aspecto. Sobre el monte lejano, un blanco rollo de viento ascendía en curva, arrastrando tras él un toldo azul de lluvia. El río, súbitamente opaco, se había rizado.
Todo esto es rápido. Alzamos la vela, empujamos la canoa, y bruscamente, tras el negro bloque, el viento pasó rapando el agua. Fue una sola sacudida de cinco segundos; y ya había olas. Remamos hacia la punta de la restinga, pues tras el parapeto del acantilado no se movía aún una hoja. De pronto cruzamos la línea --imaginaria, si se quiere, pero perfectamente definida--, y el viento nos cogió.
Véase ahora: nuestra vela tenía tres metros cuadrados, lo que es bien poco, y entramos con 35 grados en el viento. Pues bien; la vela voló, arrancada como un simple pañuelo y sin que la canoa hubiera tenido tiempo de sentir la sacudida. Instantáneamente el viento nos arrastró. No mordía sino en nuestros cuerpos: poca vela, como se ve, pero era bastante para contrarrestar remos, timón, todo lo que hiciéramos. Y ni siquiera de popa; nos llevaba de costado, borda tumbada como una cosa náufraga.
Viento y agua, ahora. Todo el río, sobre la cresta de las olas, estaba blanco por el chal de lluvia que el viento llevaba de una ola a otra, rompía y anudaba en bruscas sacudidas convulsivas. Luego, la fulminante rapidez con que se forman las olas a contracorriente en un río que no da fondo allí a sesenta brazas. En un solo minuto el Paraná se había transformado en un mar huracanado, y nosotros, en dos náufragos, íbamos siempre empujados de costado, tumbados, cargando veinte litros de agua a cada golpe de ola, ciegos de agua, con lacara dolorida por los latigazos de la lluvia y temblando de frío.
En Misiones, con una tempestad de verano, se pasa muy fácilmente de cuarenta grados a quince, y en un solo cuarto de hora. No se enferma nadie, porque el país es así, pero se muere uno de frío.
Plena mar, en fín. Nuestra única esperanza era la playa de Blosset —playa de arcilla, felizmente—, contra la cual nos precipitábamos; No sé si la canoa hubiera resistido a flote un golpe de agua más; pero cuando una ola nos lanzó a cinco metros dentro de tierra, nos consideramos bien felices. Aun así tuvimos que salvar la canoa, que bajaba y subía al pajonal como un corcho, mientras nos hundíamos en la arcilla podrida y la lluvia nos golpeaba como piedras.
Salimos de allí; pero a las cinco cuadras estábamos muertos de fatiga —bien calientes esta vez—. ¿Continuar por la playa? Imposible. Y cortar el monte en una noche de tinta, aunque se tenga un Collins en la mano, es cosa de locos.
Esto hicimos, no obstante. Alguien ladró de pronto —o, mejor, aulló; porque los perros de monte sólo aúllan—, y tropezamos con un rancho. En el rancho habría, no muy visibles a la llama del fogón, un peón, su mujer y tres chiquilines. Además, una arpillera tendida como hamaca, dentro de la cual una criatura se moría con un ataque cerebral.
—¿Qué tiene? —preguntamos.
—Es un daño —respondieron los padres, después de volver un instante la cabeza a la arpillera.
Estaban sentados, indiferentes. Los chicos, en cambio, eran todo ojos hacia afuera. En ese momento, lejos, cantó el yaciyateré. Instantaneamente los muchachos se taparon cara y cabeza con los brazos.
—¡Ah! El yaciyateré —pensamos—. Viene a buscar al chiquilín. Por lo menos lo dejará loco.
El viento y el agua habían pasado, pero la atmósfera estaba muy fría. Un rato después, peromucho más cerca, el yaciyateré cantó de nuevo. El chico enfermo se agitó en la hamaca. Los padres miraban. siempre el fogón, indiferentes. Les hablamos de paños de agua fría en la cabeza. No nos entendían, ni valía la pena, por lo demás. ¿Qué iba a hacer eso contra el yaciyateré?
Creo que mi compañero había notado, como yo, la agitación del chico al acercarse el pájaro.Proseguimos tomando mate, desnudos de cintura arriba, mientras nuestras camisas humeaban secándose contra el fuego. No hablábamos; pero en el rincón lóbrego se velan muy bien los ojos espantados de los muchachos.
Afuera, el monte goteaba aún. De pronto, a media cuadra escasa, el yaciyateré cantó. La criatura enferma respondió con una carcajada.
Bueno. El chico volaba de fiebre porque tenía una meningitis y respondía con una carcajada al llamado del yaciyateré.
Nosotros tomábamos mate. Nuestras camisas se secaban. La criatura estaba ahora inmóvil. Sólo de vez en cuando roncaba, con un sacudón de cabeza hacia atrás.
Afuera, en el bananal esta vez, el yaciyateré cantó. La criatura respondió en seguida con otra carcajada. Los muchachos dieron un grito y la llama del fogón se apagó.
A nosotros, un escalofrío nos corrió de arriba abajo. Alguien, que cantaba afuera, se iba acercando, y de esto no había duda. Un pájaro; muy bien y nosotros lo sabíamos. Y a ese pájaro que venía a robar o enloquecer a la criatura, la criatura misma respondía con una carcajada a cuarenta y dos grados.
La leña húmeda llameaba de nuevo, y los inmensos ojos de los chicos. lucían otra vez. Salimos un instante afuera. La noche había aclarado, y podríamos encontrar la picada. Algo de humo había todavía en nuestras camisas; pero cualquier cosa antes que aquella risa de meningitis...
Llegamos a las tres de la mañana a casa. Días después pasó el padre por allí, y me dijo que el chico seguía bien, y que se levantaba ya. Sano, en suma.
Cuatro años después de esto, estando yo allá, debí contribuir a levantar el censo de 1914,correspondiéndome el sector Yabebiri-Teyucuaré. Fui por agua, en la misma canoa, pero esta vez a simple remo. Era también de tarde.
Pasé por el rancho en cuestión y
no hallé a nadie. De vuelta, y ya al crepúsculo, tampoco
vi a nadie. Pero veinte metros más
adelante, parado en el ribazo del arroyo y contra el bananal oscuro, estaba
un muchacho desnudo, de siete a ocho años. Tenía las piernas
sumamente flacas —los muslos más aún que las pantorrillas—
y el vientre enorme. Llevaba una vara
de pescar en la mano derecha, y en la izquierda
sujetaba una banana a medio comer. Me miraba inmóvil, sin decidirse
a comer ni a bajar del todo el brazo.
Le hablé, inútilmente. Insistí aún, preguntándole por los habitantes del rancho. Echó,por fin, a reír, mientras le caía un espeso hilo de baba hasta el vientre. Era el muchacho de la meningitis.
Salí de la ensenada: el chico me había seguido furtivamente hasta la playa, admirando con abiertos ojos mi canoa. Tiré los remos y me dejé llevar por el remanso, a la vista siempre del idiota crepuscular, que no se decidía a concluir su banana por admirar la canoa blanca.
(Horacio Quiroga, Anaconda [1921], Buenos Aires: Losada, 1964, pp. 85-90).
Donato, Hernâni (1981): Dicionário de Mitologia, São Paulo: Culrix.
González Torres, Dionisio M. (1995): Folklore del Paraguay, Asunción, Paraguay.
Vidal de Battini, Berta (1984): Cuentos y leyendas populares de la Argentina. Ediciones Culturales Argentinas. Ministerio de Educación y Justicia, Buenos Aires.
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Yael Rosenfeld. Para cualquier sugerencia o crítica, puedes contactar con ella en la dirección yael@arnet.com.ar |
Costé cogía los indios que se perdían en el monte, cuando estaban cazando y se los llevaba para su tambo. Los castraba y los engordaba.
Para engordarlos pronto, les ofrecía carne gorda de otros indios, pero como ellos no comían, les preguntaba qué era lo que querían. Si decían que carne de cerdo o de res, Costé iba y se robaba un cerdo o una res. Como tenía mucha fuerza los llevaba encima.
Cuando los indígenas estaban gordos, los ponía sobre una batea grande de madera, para no perder nada, y con sus brazos los destrozaba y se los comía y se tomaba la sangre.
Muchos indios cuando iban a montiar, se perdían.
La mamá de Costé era una vieja muy flaca porque Costé no le daba sino huesos. La vieja vivía muy enojada con su hijo porque no le daba sino huesos.
Un día que Costé se fue a montiar y a traer leña, la vieja le explicó a un indio que Costé estaba engordando cómo podía hacer para escaparse. Tenía que subir a un filo y echarse a correr hacia abajo, hasta que volviera a su casa.
El indio dijo que él tan gordo como estaba no era capaz de correr, pero la mamá de Costé lo alentó y le indicó que cuando llegara al alto se echara a rodar.
El indio gordo se escapó y logró llegar a su casa y contó la historia de lo que había sucedido y describió a todos como era Costé y habló de sus barberas y sus dientes de oro.
A las doce de la noche, fueron más de cincuenta indios con escopetas y lo encontraron dormido y lo mataron (Vélez 1982: 243-4).
Su descripción es la de un indio viejo de tamaño gigantesco y aspecto demoníaco, con el cuerpo peludo, la cabeza greñuda, ojos y mirada brillante, boca muy grande y uñas muy largas. Vive en el monte cerca a los playones de los ríos, que aprovecha para calentarse al sol en la mañana. Ha sido visto fumando y tocando tiple.
Dicen de él que es juguetón, mujeriego y libertino y que persigue a las mujeres jóvenes y bellas. Es además antropófago, se roba los niños y después de chuparles la sangre se los come asados.
Como es un gran fumador, para calmarlo le dejan tabaco en las rocas cerca a los ríos. Agustín Jaramillo lo describe así:
De forma humana pero descomunalmente grande. Guarda los montes y habita en el fondo de grandes ríos. Es medio sátiro y le gusta asomarse a ver bañar las muchachas bonitas. Cuando está bravo, come gente (Jaramillo 1988).
Otra descripción alternativa del Mohán:
Es un hombre con un solo ojo, que fuma tabaco y enreda las redes de los pescadores, llegando a veces a ahogarlos, sobre todo a orillas del río Magdalena.
«Cuando cae la tarde, una linda calentana lava su ropa en la ribera del río; de pronto, de entre las aguas, surge un hombre bello, de largos cabellos. Es el Mohán, dios de las aguas, que, fascinado con la belleza de la lavadora, le declara su amor. Ella, desdeñosa, se burla de la extraña figura. Desde entonces, todas las noches de luna, al lado del río, se oye una cadencia suave y melodiosa; es el mohán llamando a suamada» (así empieza la canción popular Leyenda de mi tierra).
Alarcón López 1972: 159, recoge este testimonio directo sobre el Mohán:
Cuando estaba yo pequeña —hoy tengo 53 años—, papá me llevaba a pescar al Río Coello.
Cierto día me dejó sentada junto a la orilla y se alejó.
La noche estaba clarita. De pronto sentí algo que se me venía encima... como un hombre... pero yo no le vi la cara.
Alcancé, entonces, a gritar y después vi todo negro.
Mi papá, al oír el grito, corrió, alcanzó a ver las ondas del agua, y se imaginó que por ahí me había hundido.
Lanzó la red. Esta tenía 7 pedazos de cobre para espantar al Mohán. Cuando yo sentí la red recobré el sentido, y desde ese momento sentí que me ahogaba; antes no.
Mi papá me sacó, me dio un tabaco y me dijo que así no arrimaría más el condenado Mohán.
Desde entonces, a mi papá le iba bien en la pesca sólo cuando me llevaba, porque el Mohán se había enamorado de mí.
Otro testimonio, fielmente recogido de su versión oral, sobre este personaje:
Sucedió en que el mismo cazador que
le pasó el sustico ese que se le
pararon los cuatro pelos, porallá por
la montaña, no se le quitó el
viciesito; pero dijo: ahora no voy a matar
conejos, me voy a sacar pescados. Ese cuento de la montaña no
le cuadró muy bien.
Se fue para el río, comenzó a tirar la tarraya; ¡tan! ¡mano e lavar aguita!, ¡tan! ¡tarrayazo! y nada. Sigue da parabajo, por la orilla del río abajo, dele, cuando viún tipo. Poraí era como las nueve de la noche, diez de la noche sentao en un tronco con una gorra grande, ahi agachado. Fue pasando le dijo: buenas noches. No le contesto. Dijo: bueno. Pasó un poquito abajo y dijo: hombre, ¿llevás tabaco? Como era amante al tabaco, ese señor don Sirvino, con nombre propio, sacó un tabaco y le dijo: tenga señor. —¿Tiene candela? —Sí, tenga.
Pues ese señor Silvino saca la candela y rastrilla y llega pues ese señor y le pegó el chupón y iluminándolo. Cuando lo miró, questa cara era llena de musgo, la barba le bajaba más arriba del ombligo; cómo le parece, cómo sería esa barba, pues; y él del susto se le cayó la candela porque nunca había visto un hombre así, cubierto de musgo, y la barba le colgaba a todo el pecho y arranca y pabajo. Bueno, a él le dió mucho susto. Pero ¿irme sin pescar, hombre? No, que cosa tan horrible hombre, quemirá decir la mujer: llegó, había un mansito, un, unos así en un troncal, así y dijo: no, yo voy a tirar un tarrayazo aquí; y llega y ¡pao! se le llenó la tarraya. Cómo le parece que nada menos quién era ese personaje, el muan, el que cuida el río, el que le da los peces al questá pescando; y por haberle dado ese tabaco le llenó la tarraya. Muchas gracias.
(Contado por Luis Eduardo García, 73 años,
en el Tercer encuentro regional
de narradores de historias y leyendas, Buga-Colombia.
En Memorias de tres
encuentros, Instituto
andino de artes populares del Convenio Andrés Bello,
Quito, 1990)
Como vemos, el muan es un asustador: y del susto se le cayó la candela, pero al mismo tiempo un ser benéfico: cuida a los peces y a los pescadores generosos.
Mito
de origen indígena presente en casi todas las regiones de Colombia.
Es la deidad que cuida los montes y las selvas, por lo que persigue a los
cazadores, pescadores y aserradores de los bosques. Su figura es la de
una mujer de gran corpulencia con manos largas y huesudas, todo el cuerpo
cubierto de hojarasca y una cabellera de musgos y melenas que cubren su
rostro, dejando ver solamente sus grandes colmillos y ojos brotados y encendidos.
Acostumbra vivir en las profundidades de los montes y cuando hay tempestades
aterra con sus gritos y quejidos penetrantes.
Hace perder a los niños y los esconde debajo de las cascadas en las montañas. También persigue a los hombres que andan en malos pasos haciéndolos perder en el monte.
Para ahuyentarla, cuando se le encuentra de frente,
hay que insultarla, no mostrarle miedo y lanzarle latigazos. El humo del
tabaco, o una medalla bendita impiden que aparezca.
Tomás Carrasquilla describe así a la Madremonte en su novela La marquesa de Yolombó:
Aquí, la Madremonte, musgosa y putrefacta, que al bañarse en las cabeceras de los ríos, envenena sus aguas y ocasiona calenturas y tuntún, llagas y carate, ronchas y enconos. Tampoco tiene contra, la maldita (Carrasquilla 1974: 120-1).
Los indígenas resolvieron hacer un muñeco grande de madera liviana de balso, y lo echaron al río, contando con que al verlo Tiumía, trataría de arponearlo pensando que era un hombre. Así sucedió, pero Tiumía no pudo desprenderlo del arpón, ni mucho menos tragarlo. Atorado como estaba con el muñeco, los indígenas sorprendieron a Tiumía y lo mataron (Vélez 1982: 235-7).
Carrasquilla, Tomás (1974): La marquesa de Yolombó, ed. crítica de Kurt L. Levy, Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, Biblioteca Colombiana X.
Duque, José Ignacio (1986): Antioquia, su pueblo, sus mitos, supersticiones y leyendas, Medellín: Editorial La Pluma de oro.
Escobar Uribe, Arturo (1990): Mitos de Antioquia, Medellín: Ediciones Triángulo.
Jaramillo, Agustín Londoño (1988): El testamento del Paisa, Medellín: Susaeta Ediciones.
Martínez González, Guillermo (1990): Mitos del Alto Magdalena, Bogotá: Trilce editores.
Ocampo López, Javier (1968): Mitos colombianos, Bogotá: El Ancora editores.
Ocampo López, Javier (1996): Leyendas populares colombianas, Bogotá: Plaza y Janés.
Solorzano Sánchez, Luis Fernando (1990): Mitología y creencias populares de Colombia, Bogotá: Editor Ecoe.
Vélez Vélez,
Luis Fernando (1982): Relatos tradicionales de la cultura Catía,
Departamento de Antioquia..
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Nos encontrabamos en el campo yermo donde iba
a hacerse una siembra. Era un terreno que abarcaba unos montículos
de ruinas tal vez ignoradas. Caía la
noche y con ella el canto de la soledad. Nos
guarecimos en una cueva de
piedra y sahcab; para bajar utilizamos una soga
y un palo grueso que estaba
hincado en el piso de la cueva. La comida que
llevamos no la repartimos. ¿Qué hacía allá?,
puede pensar el lector. Trataba de cerciorarme de lo que veían miles
de ojos hechizados por la fantasía. Trataba de ver a esos seres
fantásticos que según la leyenda habitaban en los cuyos (montículos
de ruinas) y sementeras: Los Aluxes. Me acompañaba un ancianito
agricultor
de apellido May. La noche avanzaba.
De pronto May tomó la Palabra y me dijo:
—Puede que logre esta milpa que voy a sembrar.
—¿Por qué no ha de lograrla? —pregunté.
—Porque estos terrenos son de los aluxes. Siempre
se les ve por aquí.
—¿Está seguro que esta noche vendrán?
—Seguro —me respondió.
—¡Cuántos deseos tengo de ver a
esos seres maravillosos que tanta influencia ejercen sobre ustedes! Y dígame,
señor May, ¿usted les ha visto? Explíqueme cómo
son, qué hacen.
El ancianito, asumiendo un aire de importancia, me dijo:
—Por las noches, cuanto todos duermen, ellos dejan
sus escondites y recorren los campos; son seres de estatura baja, muy niños,
pequeños, pequeñitos, que suben, bajan, tiran piedras,hacen
maldades, se roban el fuego y molestan con sus pisadas y juegos. Cuando
el humano despierta y trata de salir, ellos se alejan, unas veces por pares,
otras en tropel. Pero cuando el fuego es vivo y chispea, ellos le forman
rueda y bailan en su derredor; un pequeño ruido les hace huir y
esconderse, para salir luego y alborotar más. No son seres malos.
Si se les trata bien, corresponden.
—¿Qué beneficio hacen?
—Alejan los malos vientos y persiguen las plagas.
Si se les trata mal, tratan mal, y la milpa no da nada, pues por las noches
roban la semilla que se esparce de día, o bailan sobre las matitas
que comienzan a salir. Nosotros les queremos bien y les regalamos con comida
y cigarrillos. Pero hagamos silencio para ver si usted logra verlos.
El anciano salió, asiéndose a la soga, y yo tras él; entonces vi que avivaba el fuego y colocaba una jicarita de miel, pozole, cigarrillos, etc., y volvió a la cueva. Yo me acurruqué en el fondo cómodamente. La noche era espléndida, noche plenilunar. Transcurridas unas horas, cuando empezaba a llegarme el sueño, oí un ruido que me sobresaltó. Era el rumor de unos pasitos sobre la tierra de la cueva: luego, ruido de pedradas, carreras, saltos, que en el silencio de la noche se hacían más claros.
(Tomado del libro: Leyendas,
ceremonias tradicionales y relatos de la zona
maya. Enviado
por Antonio Casares).
Encendimos una vela al entrar a la cocina. Y cuando
estuvimos sentados
todos alrededor del fogon, Vicenta dio principio
a su relato.
—Pues bien, que éstos eran dos niños
que les decían por nombre Conrado y
Luis. Todas las noches se juntaban con otros
indiezuelos y se iban a jugar
al traspatio. ¡Ay nanita, qué miedo!
El traspatio era muy oscuro porque no
había foco y más con el follaje
tan tupido de las matas. Pero los muchachitos, que eran muy laberintosos,
buscaban ese lugar porque allí ni quién se acomediera a vigilarlos.
Bueno. Pues una de tantas noches los muchachitos dispusieron que iban a
jugar a colores. Se acomodaron bajo un árbol de durazno y mientras
el niño Luis, que fue el que le toco hacer el ángel de la
bola de oro, se fue un poco lejos para esperar que los demás escogieran
su color. Pero ya tenía rato que todos lo habían escogido
y el niño Luis no se asomaba. Le empezaron a gritar y por fin oyeron
un ruido como de pasos entre las hojas y una voz ronca, como de gente grande
que decía:
—Ton, ton.
Los indiezuelos preguntaron:
—¿Quién es?
Y la voz ronca les contestó:
—El diablo de las siete cuerdas.
Les extraño que el niño Luis contestara
que era el diablo de las siete
cuerdas porque habían quedado que era
el ángel de la bola de oro. Pero
atrabancados como son los muchachos, no se iban
a parar a averiguar y
siguieron jugando.
—¿Qué quería?
—Un color
—¿Qué color?
—Belesa
Conrado no se quería levantar porque sentía
como recelo. Pero los demás lo
empujaron, pues él era quien había
escogido ese color. Así que haciendo
corazón grande se fue tanteando hasta
donde había sonado la voz. Allí,
detrás de la mata, estaba parado un muchachito.
Conrado no podía verle bien
la cara, porque como les digo, el traspatio de
esa casa era muy oscuro. Y
de pronto, quién sabe en qué artes,
se fue encendiendo una luz. Y cuál se
va quedando el niño Conrado al catar delante
de él un muchachito que no era
su hermano Luis. Su cara era como de los niños
pero llena de arrugas y
pelos. ¡Era el diablo de las siete cuerdas,
por mal nombre Catashná!
El niño Conrado quiso salir corriendo pero
tropezó con un cuerpo que estaba
tirado boca abajo, en el suelo. Catashná
lo detuvo cogiéndole la mano y le
dijo señalando el cuerpo:
—Mira cómo dejaste a tu hermano Luis de tanto pegarle.
Se lo dijo porque Catashná es el padre
de la mentira. Pero el niño Conrado
tenía un susto tan grande que le castañeteaban
los dientes y no podía
contestar. En su atrurdimiento no se le alcanzó
siquiera invocar a San
Caralampio, ni hacer el signo de la cruz, ni
nada. Entonces Catashná le
dijo:
—Desde ahora tú me perteneces y me vas a obedecer todo lo que yo te mande.
Y no le soltaba la mano y al niño Conrado
le ardía como si lo estuviera
agarrando una brasa.
Entonces Catashná le dijo:
—Quiero que me traigas una sagrada hostia para que yo me la coma.
Al día siguiente el niño Conrado
fue a avisarle al seños cura que quería
hacer su primera comunión y empezó
a aprender la doctrina. Pero en vez de
fijarse en lo que le enseñaban nomas estaba
pendiente viendo qué travesura
se le ofrecía. Era malcriado, sobresalido,
en fin, la cola de Judas. No
valían ni regaños ni amenazas,
ni nada. Pero Catashná hacía que el señor
cura no se diera cuenta y creyera que era un
niño muy bueno y le dijo que
ya estaba listo para comulgar. Y así con
la boca sucia de malcriadeces,
subió hasta el comulgatorio. Pero en el
momento en que el señor cura le
puso la hostia entre su boca, Dios castigó
al niño Conrado. La hostia se
convirtió en una bola de plomo. Y por
más esfuerzos que hacía el niño
Conrado para tragársela no se la pudo
tragar. Y en una de tantas se la
atoró en la garganta y el niño
Conrado cayó allí mismo ahogado, muerto.
(Rosario Castellanos, Balún Canán[1957] en Obras I Narrativa, FCE, México, 1989, pp. 203-205)
Antes, cuentan los ancianos memoriosos, unos hombres
malcontentos con la
sujecion a que el pukuj los sometia, idearon
el modo de arrebatarle su
fuerza. En una red juntaron posol, semillas,
huevos. Los depositaron a la
entrada de la cueva donde el pukuj duerme. Y
cerca de los bastimentos quedó un garrafon
de posh, de aguardiente.
Cuando el pukuj cayó dormido, con los miembros
flojos por la borrachera,
los hombres se abalanzaron sobre el y lo ataron
de pies y manos con gruesas
sogas. Los alaridos del prisionero hacían
temblar la raíz de los montes.
Amenazas, promesas, nada le consiguió
la libertad. Hasta que uno de los
guardianes (por temor, por respeto, ¿quién
sabe?) cortó las ligaduras. Desde
entonces el pukuj anda suelto y, ya en figura
de animal, ya en vestido de
ladino, se aparece. Ay de quien lo encuentra.
Queda marcado ante la faz de
la tribu y para siempre. En las manos temblorosas,
incapaces de asir los
objetos; en las mejillas exangües; en el
extravío perpetuamente sobresaltado de los ojos conocen los demás
su tremenda aventura. Se unen en torno suyo para defenderlo, sus familiares,
sus amigos. Es inútil. A la vista de todos el señalado vuelve
las espaldas a la cordura, a la vida.
Despojos del pukuj son los cadáveres de
niños y jovenes. Son los locos.
Pero Rominka no quería morir, no queria
enloquecer...
(Rosario Castellanos, Ciudad
Real [1960] en Obras
I Narrativa, FCE, México, 1989,
pp. 244-245).
(Colombres 1986, citando a Vicuña Cifuentes, Julio: Mitos y supersticiones, Santiago, Chile, Ed. Nascimento, 1947).
En el resumen de atributos, Colombres le "otorga" los siguientes:
—Ser de la tierra (selva, monte, llanura);
—Con culto (o sea, que hay un culto al chonchón);
—Andrógino, neutro, de ambos sexos indistintamente o de sexo
sin especificar;
—Ser de naturaleza maligna, que envía muerte, enfermedades,
daños y otras desgracias;
—Asesina a los hombres, los devora;
—Descripción uniforme (todas las versiones lo describen igual).
(Enviado por Yael Rosenfeld)
Cuando el cuerpo muere el wakán
se
convierte en iwanch
y
puede tener diferentes suertes: Tomar una horrible forma humanoide: rijoso,
glotón, cobarde, poco inteligente. Es la primera etapa de su existencia
en el trasmundo, conocida como Dekas Iwanch
que dura el mismo tiempo que su anterior vida humana. Luego se transforma
en la mariposa azul (Iwanch
Wampag) que
sube al Yújagkim (las nubes) desapareciendo.
Otra versión de vida de ultratumba nos habla de las almas malas, condenadas a arrastrarse eternamente por el fondo de la quebrada, maltratadas por las piedras que ruedan arrastradas por la corriente.
Los aguarunas cuentan muchos casos de raptos debidos al iwanch que asalta y golpea a sus victimas dejandolas como muertas:
Un viejo que había ido a cazar encontró al iwanch y le disparó con la escopeta. El iwanch riendo lo apaleó. Otra vez el viejito se presenta en una casa. Viene muy asustado. Los niños lo observan curiosos. Por la noche desaparece, no lo encuentran. Siguen sus huellas en la mañana y las encuentran junto con las del iwanch. El viejo está sin conocimiento y golpeado.
Entre los aguarunas el ánen es una formula
mágica que se canta o se recita.Lo especifico en él es la
proyección de los propios sentimientos y recuerdos, teñidos
de añoranza, hacia otra persona. Entre los ánen que recoge
Guallart hay uno (Guallart 1989: 64) que está
dedicado a espantar un Iwanchi:
Para el celebrante la fiesta significa la culminación del éxito y el logro de un mayor status. Para su familia y partidarios, la anulación definitiva de una amenaza que en algunos casos persistió durante años. Para todo el grupo jíbaro la reducción de cabezas (Isantsa) constituye la afirmación de su ser étnico y la expresión máxima del espíritu indomable que los ha sostenido durante la historia. Efectivamente, el primer testimonio de cabezas reducidas procede de Antonio Freire, escribano de la Real Audiencia de Quito, enviado en 1591 como visitador al Yaguarzongo: ...Y en el tiempo que anduve en esa Gobernación, los vi hacer borracheras e idolatrias y tener muchas cabezas de indios con sus cabellos, embalsamadas con que jugaban (bailaban) haciendo esto dentro de los arcabucos, donde tienen algunas casas para el efecto (citado por Guallart 1989: 225).
Conjuro cantado mientras se desolla la cabeza (Guallart
1989: 236):
Los bufeos machos salen en forma humana a las ciudades y chacras atraídos por el olor de la menstruación. En muchos casos se convierte en gringo, asiste a una fiesta, enamora a una chica y la deja embarazada. Cuando nace el hijo, tendrá forma de bufeíto y habrá que arrojarlo al río. La chica en estos casos queda transtornada y sólo podrá ser curada por los curanderos (no por un médico).
El bufeo hembra ataca generalmente a los hombres que viven solos o a los soldados, los secuestran y son encontrados después muy lejos del sitio de origen sin recordar cómo llegaron ahí.
La carne de bufeo no se come, pero en cambio sirve para elaborar pusanga, un brebaje mágico que ayuda a enamorar al sexo opuesto.
El Chulla Chaqui toma su nombre del quechua: chulla significa pie y chaqui desigual, de un solo lado. Efectivamente, uno de sus pies es humano, el otro es de animal: venado, cabra u algún otro. Ocurre que es el espíritu protector de los animales y plantas. Castiga a quien caza demasiadas presas, pero se hace amigo de quienes hacen una dieta especial. También protege a los curanderos.
Le gusta reírse de la gente y hace que se pierdan en la selva pero ni les hace daño como muchos otros asustadores, ni practica el acto sexual como los bufeos. Es pues inofensivo, pero personifica los peligros que hay en la selva. Es el espíritu del monte y representa todo lo que es la antítesis de la sociedad. Habita en sitios despoblados y no tiene padres. Por supuesto, tampoco tiene ombligo.
Espantarlos resulta muy fácil: basta hacer la señal de la cruz o soplar humo de tabaco. El tabaco (Tsáag en aguaruna) funciona en el mundo amazonico como alucinógeno usado para la comunicación con el trasmundo.
Reagan, Jaime (1983): Hacia la tierra sin mal. Estudio de la religión del pueblo en la Amazonía, Iquitos: CETA, pp. 171-205. Estudio realizado por la Coordinación Pastoral Regional de la Selvaéxico: FCE.Nombre de origen quechua: Yacu es río y Runa gente. Son personas antisociales convertidas en demonios (aunque en la Amazonía hay que tener cuidado con el uso del termino "demonio" como ya dijimos en Chulla Chaqui).
Tienen forma humana con alguna deformación y busca tener relaciones sexuales con los humanos para luego llevarlos a vivir en las profundidades del río. Viven en el fondo del río, en grandes ciudades. Sus casas tienen habitaciones y en ellas participa toda la naturaleza: su hamaca es la boa, su banco la charapa (tortuga acuatica), su gorra es la raya, sus zapatos la carachama y su camisa está hecha por pieles de animales.
Para protegerse de los Yacuruna la gente reza a Dios o acude a los curanderos. Un informante nos decía que los ataques eran más frecuentes antes de la llegada de los «padrecitos» y que las principales víctimas son los que viven «en pecado».
Los curanderos se comunican con ellos en sus sueños alucinantes y buscan su ayuda para curar o hacer daño a otras personas. La gente acude a los curanderos para liberarse de los males causados por los Yacuruna o llamar a las personas que ellos han llevado a las profundidades del río.
Bibliografía sobre los espantos
cocomas, lamistas, chayahistas y naporunas
Estas secciones relativas a las culturas aguaruna, ashaninka, lamista, chayahista, naporuna y jíbara son obra del profesor Daniel Mathews. Para cualquier sugerencia o crítica, puedes contactar con él en la dirección daniel__mathews@hotmail.com.
Los estudios realizados por el antropólogo
Gerardo Reichel Dolmatoff sobre el Boráro en su obra El
Chamán y el Jaguar reflejan una
visión de los indígenas tukanos y en general de la cuenca
amazónica sobre este mito: los murciélagos
acompañan al Boráro en la
noche y grandes mariposas azules en el día.
Algunos indios tukanos dicen que el Boráro
no
tiene dedos en los pies y
otros que no tiene ombligo. El Boráro
mata
a las personas apresándolas
en estrujante abrazo, que hace de la carne una
masa pulposa, pero no
desgarra la piel ni quebranta los huesos. Luego
abre un pequeño agujero
en lo alto de la cabeza y aspira la pulpa, hasta
que sólo queda la piel
flácida cubriendo el esqueleto. Entonces,
soplando, hincha la piel y la
víctima, aunque atontada y como en sueño,
vuelve caminando a su maloca,
donde al cabo de poco tiempo muere.
Los indígenas tienen muchas leyendas del
Boráro.
Dicen que mora en la
espesura de la selva y a veces lo acompaña
un rebaño de saínos,
murciélagos y grandes mariposas. Se alimenta
de cangrejillos que recoge
en los grandes ríos y también de
los frutos del “barbasco”, que se usa
como veneno para los peces. Cuando camina invade
el ambiente de un olor
fétido; asimismo, sus orines que son veneno
y enferman mortalmente. Los
cazadores y viajeros solitarios de las selvas
tienen un miedo infinito
al Boráro, pues corre detrás
de ellos hasta cansarlos y despistarlos del
camino. Los indios también dicen que al
Boráro
le
gusta devorar a las
mujeres indígenas, o que se las lleva
a sus moradas (Argemiro Vélez).
[...] Ninguno osaría arponear a un bufeo, porque es pez mágico. De noche vuélvese hombre y en la ciudad de Iquitos ha concurrido alguna vez a los bailes, requebrando y enamorando a las hermosas. Dióse el caso de que una muchacha, entretenida hasta la madrugada por su galán, vio con pavor que se convertía en bufeo [...] Corrientemente, esos visitantes suelen irse de las reuniones antes de que raye el alba. Sábese de su peculiaridad porque muchos los han seguido, y vieron que, en vez de llegar a casa alguna. fuéronse al río y entraron a las aguas, recobrando su forma de peces.
El barco fantasma está, pues, tripulado pòr bufeos. Un indio del alto Ucayali vio a la misteriosa nave no hace mucho, según cuentan en Pucallpa y sus contornos. Sucedió que tal indígena, perteneciente a la tribu de los shipibos, estaba cruzando el río en una canoa cargada de plátanos, ya oscurecido. A medio río distinguió un pequeño barco que le pareció ser de los que acostumbradamente navegan por esas aguas. Llamáronlo desde el barco a voces, ofreciéndole compra de los plátanos y como le daban buen precio, vendió todo el cargamento. El barco era chato, el shipibo limitóse a alcanzar los racimos y ni sospechó qué clase de nave era. Pero no bien había alejado a su canoa unas brazas, oyó que del interior del barco salía un gran rumor y luego vio con espanto que la armazón entera se inclinaba hacia adelante y hundía, iluminando desde dentro las aguas, de modo que dejó una estela rojiza unos instantes, hasta que todo se confundió con la sombría profundidad. De ser barco igual que todos, los tripulantes se habrían arrojado al agua, tratando de salvarse del hundimiento. Ninguno lo hizo. Era el barco fantasma.
El indio shipibo, bogando a todo remo, llegó a la orilla del río y allí se fue derecho a su zhoza, metiéndose bajo su toldo. Por los plátanos le habían dado billetes y moneda dura. Al siguiente día, vio el producto del encantamiento. Los billetes eran pedazos de piel de anaconda y las monedas escamas de pescado. La llegada de la noche habría de proporcionarle una sorpresa más. Los billetes y las monedas de plata, lo eran de nuevo. Así que el shipibo estuvo pasando en los bares y bodegas de Pucallpa, durante varias noches, el dinero mágico procedente del barco fantasma.
Sale el barco desde las más hondas profundidades, de un mundo subacuático en el cual hay ciudades, gentes, toda una vida como la que se desenvuelve a flor de tierra. Salvo que esa es una existencia encantada. En el silencio de la noche, aguzando el oído, puede escucharse que algo resuena en el fondo de las aguas, como voces, como gritos, como campanas... (Alegría 1982: 104-8)
Otras versiones le dan al Ivunche un origen menos fantástico: se trataría de niños varones robados y esclavizados por los brujos entre los seis meses y el año de edad, a quienes se les obstruyen todos los orificios del cuerpo.
Sea cual fuera su origen, se lo describe andando
sobre una sola pierna ya que la
segunda le nace de la nuca y no le sirve para
la locomoción. Esto se debería, según la mayor parte
de las fuentes, a que de pequeño le dislocan una pierna y debe llevarla
recogida sobre la espalda para toda la vida, además de torcerle
el pie sano en dirección contraria a la marcha. Gracias a esto es
que el Ivunche debe caminar en tres extremidades y al incorporarse da la
sensación de que la pierna dislocada le brotara de la nuca o de
la espalda. Como complemento para la marcha, utiliza un báculo retorcido.
Se lo describe sin ropas, con el cuerpo hinchado gracias a las palizas que recibe de sus "progenitores" y completamente cubierto por largos pelos. Carece del don de la palabra y cuando los brujos le consultan algo, sólo responde negativa o positivamente con movimientos de cabeza. Sin embargo emite una especie de balidos y apenas deja oír sus quejas cuando es apaleado. Para colmo de males, es sordo. Existen Ivunches en cantidad y su encuentro no tiene mayores consecuencias para el "afortunado", aunque por su aspecto, repugna a las mujeres embarazadas.
Una última versión nos cuenta que en realidad el Ivunche es un macho cabrío, de barba larguísima y muy afecto a la carne humana, que se alimenta con de niños recién nacidos y cambia su dieta por carne de chivo cuando llega a la edad adulta.