ASUSTADORES INDÍGENAS

[última actualización: 4/7/02.
Nuevo libro sobre los pishtacos].

Para encontrar directamente el personaje
que te interesa, búscalo aquí.


Las diversas culturas indígenas americanas poseen un rico acervo de personajes aterradores: algunos de ellos asustan democráticamente a grandes y niños; otros, más tímidos, se acercan sólo a los niños. Para clasificarlos, hemos dividido este cofre en seis departamentos, correspondientes a la cultura quechua, la tupí-guaraní, la indígena colombiana, la maya del Yucatán, la nahua mexicana, los grupos indígenas amazónicos, los selknam (sur de Chile), los indios araucanos y los Yamana de Tierra del Fuego. Esperamos añadir en fecha próxima información sobre el imaginario, no menos apasionante, de otros muchos grupos indios: si deseas ayudarnos en esta tarea infinita, escríbenos.

Espantos quechuas

Achikee, Mamá Galla y brujas devoradoras

En muchas zonas del Perú se encuentran relatos (a veces cuentos, a veces mitos) que comienzan con el motivo de los niños abandonados por sus padres a causa de su extrema pobreza y que se encuentran luego con brujas devoradoras. Estas brujas toman distintos nombres según la zona del relato, aunque la versión mas conocida es la de Ancash (ver Mejía 1952) donde tiene el nombre de Achiqué. En Canta, donde toma el nombre de Mamá Galla, los chicos no pasan por el abandono, sino que más bien salvan a su madre que ya estaba en la olla  (ver Arguedas e Izquierdo 1947: 104-5). También se han encontrado, sin nombre especifico, en Jauja (ver Arguedas 1953: 228-236) y en Cuzco.

Según cuentan, Mamá Galla era una mujer que vivía en las alturas del camino de Canta a Huamantanga; y a todo viajero que pasaba le engañaba con platos y manjares hechos con carne humana. Esta anciana tenía una hija y dos nietecitos a los que críaba aparte para que no vieran sus malas obras. Pero llegó un día en que no tenían nada que comer ni pasaba ningun pasajero y decidió matar a su hija. Pero sus nietecitos no la dejaban ni un momento sola; ella los mandó a traer agua en una canasta, pero los chicos no querían ir, pretextando no poder llevar agua en la canasta.

Entonces la vieja les dijo que fueran y taparan los agujeritos de la canasta con piedrecitas, a fin de que se demoraran y ella pudiera realizar su horrendo crimen.

Inmediatamente después que salieron los chicos, ella llamó a su hija y la degolló. Después de haber bebido su sangre la destrozó y la echó en una olla grande llamada pampana. Entretanto, los chicos llegaron del río y preguntaron por su mamá; la vieja les contestó que había ido a pastar los ganados y que volvería al día siguiente; pero los trozos de la madre desde la olla, con el calor del fuego, decían: Hijos del alma mía, escapad y dirigíos al cielo, que yo los ayudaré.

Los chiquillos al oír la voz de su madre ingeniaron la manera de huir y le dijeron a la abuela que les fuera a enseñar a llenar el agua de la canasta; pero ya en el camino se escondieron y regresaron. Cargando con los trozos de su madre emprendieron la huida. Y cuando ya la vieja les iba a alcanzar, el Arcángel San Miguel les envió una cadena para que pudieran subir por ella; la vieja también alcanzó a coger la punta de la cadena, pero un pajaro (el acacllo) la cortó con su pico y la vieja al verse en el vacío empezo a gritar: ¡Compadre zorro! Compadre zorro, tiéndete en el suelo paraque no me haga daño. El compadre zorro, muy amable, esperó la caída de la vieja; pero la vieja al caer en tierra se convirtió en una laguna y la laguna la ahogó.

También dicen que la laguna existe hasta ahora y que en el medio hay una piedra llamada Mamá Galla.

[Recogido en la provincia de Canta, departamento de Lima, por Emma Dextre. Publicado por Arguedas e Izquierdo 1947: 104-5].

Los relatos terminan con una huida mágica hacia el cielo de los niños, que son protegidos por diversos animales, y con el castigo de la bruja. La bruja pretende subir al cielo con los niños, pero cae y se convierte en algún accidente geografico. En Ancash la Achiqué al caer de lo alto ve que se va a precipitar sobre una roca y lanza una maldición: Cuerpo ramackaquishun, tuyucckuna jahuickashun allpachu y yahuarni plantaccunata chorakunata sxaquisencka («que mi cuerpo se desparrame, que mis huesos se incrusten en la tierra y mi sangre seque las plantas y las yerbas»). Cuenta la señorita Marina Sotomayor (informante de Arguedas e Izquierdo 1947) que desde ese momento aparecieron los Andes. Y cuenta la leyenda que los cerros los formaron los huesos de la Achiqué, porque hay rocas con caras horrorosas que recuerdan el repugnante gesto maldiciente de la arpía al caer. El eco que se oye cuando se grita es la voz de la Achiqué que nos remeda. Y cuentan también que su sangre salpicó la costa y las faldas de ciertos cerros, haciéndolos desde entonces áridos, apareciendo así los interminables arenales de la costa.

Achikee era una mujer que se había peleado con Dios.

Era su enemiga.

Una larga noche, dos niñitos no tenían nada que comer. Sus padres los dejaron perderse. Entonces caminaban en un lugar muy oscuro; encontraron una vieja que prometiéndoles una rica comida les hizo entrar en su casa. Envió a cada uno de ellos a buscar agua para cocinar papa. Cuando el hermanito regresó, Achikee le dio de comer piedras calientes, como si furan papas sancochadas. Luego la malvada devoró a uno de los hermanos. El otro, tomando los huesos de su hermano, se escapó.

La vieja persiguió a la hermanita. Teeta MaTuco hizo caer una cuerda de lo alto. Por allá la chica subió. En el cielo Teete Mañuco hizo reconstruir los huesos del pequeño. Achikee subió también por la cuerda. Pero un ratón cortó la soga con sus dientes agudos. Cayendo Achikee gritaba: A la pampa, sobre la pampa... pero se estrelló sobre unas piedras peladas.

De su sangre nacieron por primera vez las zarzamoras, de su vestido rojo nacieron las plantas espinosas y todo lo que crece donde no se puede cultivar.

[Recogido en Vicos (1965) por Alejandro Ortiz Rescaniere. Publicado en Ortiz 1973: 185-6]

La Achikee es portadora de valores de infertilidad, por eso en su derrota final se transforma  en plantas espinosas, terrenos no fértiles, zarzamoras. Esto la diferencia del Wa-Qon, que es portador de fertilidad (sobre este contraste, ver Ortiz 1973: 35-59).

Asiaj

Condenados

Son seres del otro mundo.  Cuando alguien muere de buena manera, su alma, antes de morir, recorre los lugares donde sufrió o donde fue feliz. Lo hace vestida de una túnica blanca y sin poner los pies en el suelo. Recién cinco días después sube al cielo, y por eso en esa fecha se lava su ropa —la necesita limpia para subir al cielo— y se le llora. El entierro mismo no sólo no tiene llanto, sino que es más bien festivo: en algunos casos incluye abundante aguardiente, comida y orquesta.

 
La situación no es la misma cuando alguien muere de manera trágica, suicidio o accidente, o cuando aún no ha limpiado sus culpas antes de morir. En estos casos es rechazado por Dios y entonces debe purgar sus culpas «viviendo» una temporada entre nosotros como condenado.Una razón posible para llegar a condenado es el incesto, pero también puede ser algún crimen, o la avaricia, o la mentira. Se ha encontrado una versión destinada a los niños donde alguien se condena por jalarle los cabellos a su mamá.

En el caso de condenados que han dejado dinero escondido, regresan para decir dónde se encuentra el tapado, lo que hemos visto también en las «almas en pena» de la cosmogonía criolla. Y es que, en general, esconder plata es un acto antisocial, que llega al colmo cuando la persona muere sin dejarlo dicho.

Según sea el caso su «castigo» será distinto. Los suicidas por amor, por ejemplo, no son recibidos en el cielo hasta que llega la hora  en que estaba programado que mueran. Mientras tanto, deben seguir cumpliendo con su familia acá en la tierra. Los que han robado no serán aceptados en el cielo hasta que devuelvan lo que es ajeno. Pero los más terribles son los que han muerto con violencia. En ellos la violencia se seguirá repitiendo hasta que consigan su salvación.

Estos últimos condenados normalmente viven en cuevas, o al lado del cementerio.  Desde ahí lanzan gritos y lamentos terribles, ya que los diablos los azotan o los cuelgan de noche con cadenas. Su aspecto varía mucho pero la cadena parece ser un rasgo permanente. Suelen tomar la forma de animal, pero también aparecen como personas vestidas con un hábito de monje o de negro, o con túnica blanca como en la versión occidental. A veces usa botas rojas, de fuego. Cuando aparecen en las ciudades se presentan frecuentemente en procesión, pero muchas veces se muestran solos, escondiendo el rostro (que es una calavera) para no ser reconocidos. Es por esa razón que se le describe a veces como un bulto.

El condenado busca llevarse alguien con él, comerse a quienes están salvos. En especial agarrar su alma,  forma en que encuentra su salvación, cambia su suerte. Cuando ha sido incestuoso busca llevarse a su pareja. En otros casos busca comer la cabeza o los sesos de su víctima, ya que ahí está la sede del alma.

Uno puede librarse del condenado que lo quiere llevar de varias maneras. Así, es posible protegerse con oraciones, agarrando un crucifijo y pronunciando el nombre de Jesús, o con una intervención directa de la Virgen. También con algunos objetos como la lana de llama, las fajas de colores, los panes, la sal, el jabon,  la música del «cacho» (corneta de cuerno)  y también los niños. Inclusive cuentan que en algunas oportunidades se les ha prendido fuego o se les ha destrozado a hachazos, logrando que salgan en libertad  —convertidas en palomas— las almas que había tragado. Pero es muy importante tener la iniciativa. Cuando uno le sorprende y lo ve primero puede vencerlo o escaparse; en caso contrario, es él el que nos tiene en su poder (cf. una creencia semejante referida, ya en la Antigüedad, al lobo).

Ahora, si lo que uno quiere es propiciar la salvación del propio condenado, esto también es posible haciendo celebrar misas por su alma.

Ver Ansión 1987: 165-73 y Arguedas 1953: 125-193.

Había una mujer que vivía sola, hilando día y noche para ganarse el sustento. En una de esas noches que hilaba, a eso de las 12 de la noche, tocaron su puerta y ella salió presurosa a ver quien era y al abrir se topó con un hombre que le dijo:

—Señora, hágame el favor de guardarme estas ceritas —entregándole un paquete de ceras—; mañana a esta misma hora voy a volver a recogerlas.

—Muy bien, señor —respondió ella, recibiendo las ceras y despidiendo al desconocido.

Pero grande fue su sorpresa cuando a la luz del candil las ceras se trocaron en huesos. Más asustada de lo que se puede imaginar uno tiró los huesos a un rincón y se pasó toda la noche muy preocupada sin tirar una pestañeada.

Al día siguiente apenas amaneció fue en busca del cura de la parroquia, a quien le contó lo sucedido. El cura le dijo que había hecho mal en abrir la puerta a esa hora y que ahora no había más remedio que esperar a que volviera el condenado para devolverle los huesos; pero cuando volviese, no abriría la puerta sola, sino acompañada de seis niños, tres niños y tres niñas. La señora prometió que así sucedería.

A la noche siguiente, cuando la mujer estaba en su casa acompañada de sus vecinas y los seis niños, tocaron la puerta como en la noche anterior.

Entonces ella, tomando a los niños, uno a la espalda, uno al frente, uno a cada costado salió a contestar al condenado y le entregó los huesos con la mano izquierda.

El condenado hablando con la nariz le dijo:

—¡Ajá! Sabías, ¿no? Considera a esos niños, porque si no te hubiera comido.

Y desapareció en el acto.

[Informante: Juana Hilario, Jauja, 46 años. Recopiló: Pedro Monge].

Cunuñunun Pishco

Cuychi (el arco iris)

Gatos

Como en otros espantos andinos, el gato es parte de la asociación del concepto cristiano de muerte y condenación con las concepciones mágico religiosas de los aborígenes, en una reelaboración cuyo proceso aún continúa. Los cuentos de gatos, especialmente los gatos negros, pero también los romanos (plomos), son frecuentes en la zona andina. En ellos se presenta a estos animales como demonios que vienen a llevarse a los condenados; o como agentes del diablo que con sus maldades hacen pelear los mejores matrimonios; o como individuo vinculado a los poderes ocultos de la naturaleza.

Cuando uno tiene un gato en casa, ningún condenado se atreverá a atacar. Por eso se dice que el gato es el demonio a quien el alma respeta. Pero hay que tener mucho cuidado, porque el propio gato puede ser el interesado en llevarte a los infiernos. Ha habido muchos casos en que el gato ha matado a sus dueños. Cuando el gato mata a alguien, se lleva su cadáver, vuelve y sigue matando a todos los que viven en esa casa. Pero si no se puede llevar el cadáver, es el gato el que desaparece. Para evitar que el gato mate a sus dueños o un demonio se apodere de él, lo mejor es bautizarlo. Para bautizarlo hay que cortarle, cuando todavía es cachorro, la punta del rabo y de las orejas.

El gato negro es el más peligroso. El gato negro, cuando lo maltrata su dueño, se transforma en candela a las doce de la noche y al caminar deja en sus huellas chispas de fuego. Se dice que nunca muere en casa de su dueño, sino que va a dejar sus restos en lugares apartados, como son las cuevas, las quebradas, etc. Cuando se va este animal, nadie lo ve porque va a unirse con el diablo y su alma vuelve cada 15 días, durante los cuales el dueño está fastidiado porque en la noche ve candelas en la casa. Tiene que pedirle protección a San Honorato cara de gato. A los gatos les gusta practicar «funerales». Uno de ellos se hace el muerto y el resto lo carga. Esta acción de los gatos es de mal agüero, por lo que es necesario hacer el «chique» para contrarestar. «Chique» viene del verbo «chiquiar», que significa dejar sin efecto la intención maligna. Para lograrlo hay que matar a los gatos que han estado practicando el funeral, o por lo menos a uno. Si no se logra, algún conocido será el que muera.

Se le presenta también muy a menudo celebrando asambleas con el diablo. Ver Arguedas 1953: 193-217.

En casa de una familia había muerto un gato romano. Nadie pensaba en darle sepultura, sino que lo botaron al techo. Pero en la noche, cuando todos dormían, en la casa se escuchó una orquesta en el techo.

Impulsados por la curiosidad se levantaron a esa hora y salieron a ver lo que ocurría y vieron que en el techo había muchos gatos que tocaban sus instrumentos alrededor del gato muerto. Éste empezó a revivir, moviendo primero la cola, luego alzó la cabeza y por último se levantó y se fue bailando al son de la música.

Se dice que estos gatos fueron diablos.

(Informante: Pedro Jesús Moya, Jauja.Recopilación: Pedro Monge).

Guarmi Volajun (la Voladora)

        [Relato de Carlos Villamarín].
 

Hatu Runa

         [Relato de Carlos Villamarín].

Karisiri

Pishtaco (Nakaq, Degollador)

El tema de los pishtacos es tradición muy antigua en el mundo andino, que por otro lado es conocida en toda la sierra peruana, aunque en algunos lugares tome otros nombres. En el quechua del sur se le conoce como nakaq y se cree que pishtaco es su traducción al castellano. Esta creencia viene seguramente de que la sierra central ha sufrido un mayor mestizaje y de que es más fácil de rastrear el origen quechua de nakaq. Según el cronista Blas Varela, Nacac se llamaba a los carniceros o desolladores de animales para sacrificios (Cit. en Morote 1952: 67-91). Sin embargo, Arguedas sostiene, con justa razón, que: No se llama nakaq a los carniceros en los pueblos de Ayacucho y Apurímac donde he vivido, asi como no se llama pishtacu a los de ese mismo oficio en Jauja. Nakaq o pishtacu son los degolladores de seres humanos (Arguedas 1953: 218-228). Aunque dotado, según muchos, de poderes mágicos, no es un condenado ni un ser de la otra vida, pues aparece como un hombre de carne y hueso que tiene como «oficio» matar a las personas, extaerles la grasa y venderla. La grasa humana, según las épocas y lugares, sirve para fabricar campanas (los españoles eran grandes constructores de iglesias, sólo en Ayacucho hay 33); hacer remedios; lubricar máquinas sofisticadas o, últimamente, pagar la deuda externa.

 
El pishtaco prehispánico

 
Cuenta Guaman Poma 1613: 251: A estos hechizeros dizen los quales tomauan una olla nueva que llaman ari manca, que lo cuesen sin cosa nenguna y toma sebo de persona y mays y zanco y plumas y coca y plata, oro y todas las comidas. Dizen que le echan dentro de la olla y los quema muy mucho y con ello habla el hechizero, que de dentro de la olla hablan los demonios (...) Estos dichos pontifizes de los Yngas hazían serimonias con carneros y conejos y con carne humana, lo que les dauan los Yngas. Toman sebo y sangre y con aquello soplaban a los ydolos y uacas y los hacian hablar a sus uacas y demonios.
 
El pishtaco hispánico

 
En el mito de Inkarri (sobre la decapitación del Inca por obra de su hermano Españarri y su proxima reintegración) recogido por Ortiz Rescanierre en Huamanga, se relaciona la aparición de los degolladores con la conquista: La tierra tembló y la cabeza de Inkarri la escondió su hermano. Desde entonces surgieron los degolladores  (Ortiz Rescaniere 1973: 139)
 
Cuenta Cristóbal de Molina, el Cuzqueño: El año de setenta y uno [1571], tras de haber tenido y creído por los indios, que de España habían enviado a este Reino por cuenta de los indios, para sanar cierta enfermedad, que no se hallaba para ella medicina sino el unto [grasa humana]; a cuya causa, en aquellos tiempos andaban los indios muy recatados, y se extrañaban de los españoles, en tanto grado, que la leña, yerba y otras cosas no las querian llevar a casa de español; por decir no los matasen alli dentro, para sacarles el unto. (Molina 1574: 79).
 
Los pishtacos de hoy

 
En versiones modernas, la grasa extraída sirve para fabricar remedios (recordando la versión de Molina), o se usa en la fabricación de campanas (que así suenan mejor y más lejos) o para hacer funcionar máquinas. Los pishtacos o nakaq viven normalmente en las laderas o montañas lejanas y poco pobladas; sin embargo, en septiembre de 1987 llego a Ayacucho la «noticia» de que estaban en la ciudad. Alan García habría decidido convertir la región en una especie de coto de presas humanas para pagar con la grasa de ahí extraida la deuda externa. Estos «nuevos» pishtacos incluyen, en combinación que no respeta limites, características del extranjero, el antropólogo, el militar y el terrorista. Según un artículo que Abilio Vergara y Freddy Ferrúa publicaron en una revista de actualidad: Son altos, blancos, de cabello rubio, algunos con barbas, su hablar tiene dejo de gringo; visten con un abrigo hasta las rodillas, con botas, tienen cuchillo, pistola y en otros casos se menciona que llevan metralletas. En algunas versiones visten con blue jean y gorro de lana. (Vergara y Ferrúa 1987).

El 9 de septiembre de ese año se produjo el linchamiento de un nakaq: pobladores de un pueblo joven de Ayacucho encontraron un nakaq (que es la denominación regional), lo lincharon y quisieron hacer lo mismo con sus acompañantes. Cuando lo llevaban, el joven trató de convencerlos de que no era nakaq: soy humilde como ustedes, mis padres son humildes como ustedes, decía. La respuesta fue: si eres como nosotros, a ver, habla en quechua. «No sé quechua porque soy huancaíno, pero soy un trabajador como ustedes» fueron sus últimas palabras antes de ser linchado. (Diario La República 11/9/87). A diferencia de lo ocurrido en los linchamientos de sacaojos en Lima, el del pishtaco sí prosperó. Esto haría recordar la gran matanza de españoles propiciada por Tupac Amaru, que además insistía en que no los enterrasen: son unos excomulgados y también unos demonios, de suerte que el privilegio de sepultura eclesiástico solamente lo gozaban los indios (Szeminski 1983: 194).
 

En el gobierno del presidente Prado, estos hombres eran pagados por el gobierno. No eran, pues, cualquier hombre, sino eran ellos fuertes, macetas, altos y blancos; incluso eran cuidados por el clero y bautizados para ese trabajo. Allá en ese cerro Cuchihuayacco y al frente en Cutupaita, en la subida del Watatas [río] están esos lugares donde vivían los pishtacos. A cualquiera que pasaba por ahí lo descuartizaba, llevando a un inmenso penacho donde tenía preparado el lugar de su matanza.

Una vez que lo descuartizaba lo colgaba en unos eslabones, como un carnero cortado por el largo de todo el pecho. Dicen, pues, que goteaba el aceite humano y éstos recogían en grandes vasijas para luego llevarlo al gobierno y lo exportaban al extranjero a buenos precios. En estos tiempos estaban surgiendo las grandes máquinas en los países adelantados y mejor funcionaba con el aceite humano.

Todo ese trabajo de sacar aceite lo hacían de día a pleno sol.

(Relato presentado por Herminia Alcarraz Curi en 1981 como parte de un curso de la Universidad San Cristobal de Huamanga. El informante MPQ tiene 37 años y vive en la comunidad de Guayacondo de donde es originario. Publicado por Ansión 1989: 174).

Una interesante variante del mito, con rasgos de sincretismo, es la del Niño Naqaq:

Se trata de una efigie del niño Jesús representado con un puñal en la mano para matar. Cuando se desea la muerte rapida de personas enfermas con larga
agonía llevan la efigie del Niño junto al lecho del paciente para orar y pedirle que lo recoja rapido, es una especie de eutanasia ritual. La fiesta del Niño Naqaq había perdido vigencia, pero segun Juan José García Miranda se ha revitalizado «a consecuencia de la crisis generada por la violencia político-social» (García Miranda 1993: 153)

El pishtaco tiene tanta importancia en la mitología andina que Mario Vargas Llosa ha tenido que introducir su propia versión cuando hizo una novela sobre el fenomeno terrorista en la sierra sur peruana:

Lituma entrecerró los ojos. Ahí estaba. Foráneo. Medio gringo. A simple vista no se le reconocía, pues era igualito a cualquier cristiano de este mundo. Vivía en cuevas y perpetraba sus fechorías al anochecer. Apostado en los caminos, detrás de las rocas, encogido entre pajonales o debajo de los puentes, aguardaba a los viajeros solitarios. Se les acercaba con mañas, amigándose. Tenía preparados sus polvitos de hueso de muerto y, al primer descuido, se los aventaba a la cara. Podía, entonces, chuparles la grasa. Después, los dejaba irse, vacíos, pellejo y hueso, condenados a consumirse
en horas o días. Esos eran los benignos. Buscaban manteca humana para que las campanas de las iglesias cantaran mejor, los tractores rodaran suavecito, y, ahora último, hasta para que el gobierno pagara con ella la deuda externa. Los malignos eran peores. Además de degollar, desenlojaban a su víctima como res, carnero o chancho y se lo comían. La desangraban gota a gota, se emborrachaban con sangre. Los serruchos creían esas cosas, puta madre. ¿Será cierto que la bruja de doña Adriana había matado a un pishtaco?

(Vargas Llosa 1993:  66-67).

La versión que Vargas Llosa nos ofrece a lo largo de su novela tiene muchas diferencias con respecto a las recogidas de la tradición oral. Las más saltantes en la cita son el uso de polvos mágicos para adormecer a sus víctimas y la existencia de dos clases de pishtacos, una de las cuales deja vivas a sus víctimas a pesar de sacarles toda la grasa del cuerpo (¿se podrá?).

Puquiales

Los puquiales u ojos de agua son sitios desde donde afloran las aguas subterráneas, en muchos casos el inicio de un río. Pero son mucho más. Como son un espacio privilegiado para que aflore el mundo de abajo, a las 4 de la tarde se vuelven espacio del demonio. Desde esa hora, nadie se atreve a acercarse por ahí, ya que de seguro el diablo te atraparía y te llevaría debajo de la tierra. Para eso se disfraza de mil formas. Si quiere atrapar a un varón se convertirá en sirena; si a un niño, en un muñeco bailarín o en un lindo corderito.

Una vez que te atrapa, te lleva a sus dominios subterráneos, donde hay un mundo de riquezas, pero también otros animales y personas. Sólo los animales más fuertes, como el toro por ejemplo, pueden salir por sus propios medios. Si uno quiere salir de ahí, tendrá que hacerlo agarrado de la cola del toro.

Si alguien se cae en un puquial, aunque sea de día, se enfermará, le dara el chacho. Es una enfermedad por la cual el cuerpo se seca totalmente y sin remedio. Ningún médico occidental sabe curar de chacho. Tiene que curarte un «curioso» o «entendido» (personas con conocimientos) dándole un «pago» a la Pachamama, al que llaman cutichi, y que consiste en enterrar, ofrecer a la tierra, alimentos y bebidas. Si el chacho es muy grave, el curioso debe ir acompañado de «cantoras». (Testimonio de Magaly Vera).

Qarqacha (Jarjaria)

El qarqacha tiene algunos puntos en común con la uma: es un ser de este mundo, es antisocial, se transforma de noche. Pero los relatos de brujas apuntan sobre todo a mostrar en acción un ser ligado a las fuerzas ocultas de la naturaleza mientras que el qarqacha está generalmente ligado al incesto. Ha tenido relaciones sexuales con un pariente o puede ser también el cura que tiene relaciones con su sirvienta. Son pues castigados de «esta vida», personas castigadas por Dios durante la vida y que de noche se convierten en animal y asustan a la gente. Generalmente se convierten en llama, aunque también pueden convertirse en algún otro animal domestico (con exepción del cordero, ya que este es un «animal puro»), o en alguna deformación zoológica: burro con cuernos, llama con dos cabezas, mitad hombre mitad llama, etc.

El grito del qarqacha es aterrador. Se parece a una risa que queda expresada con la onomatopeya qar-qar-qar, de donde viene el nombre. Los perros reaccionan aullando, ladrando o bien atacando valientemente, mientras que los hombres se aterrorizan y a veces se ponen a rezar.

Para atacar al qarqacha hay que hacerlo en grupo y lacerarlo con una cuerda, generalmente hecha de lana de llama. El crucifijo es una gran protección, lo mismo que todo objeto de metal como las hachas, picos, barretas. El grupo intentara coger al qarqacha y esperar que tome en el día su forma original para conocerlo y hacerle pasar vergüenza. Muchas veces ofrecen riquezas a cambio de que los suelten, ya que ellos también conocen los subsuelos.

La historia de los qarqacha tiene un mensaje moral evidente: evitar el incesto. Sin embargo, hay que entenderlo dentro de las relaciones de reciprocidad propias de la comunidad andina; a decir de Ansión 1987: 153-8: no hay que entenderlo en el sentido de una moral puritana individual; es porque las relaciones sexuales entre parientes cercanos amenazan el orden social, son peligrosas y producen espanto y repudio. En efecto, la organización de la comunidad sobre la base de las relaciones de reciprocidad supone que las leyes de parentesco y alianzas posibles entre familias sean perfectamente definidas y respetadas.
 

Jarjaria es el nombre que se le da en el valle del Mantaro, más castellanizado.

Sacha Runa

Toro-rumi

Espanto del valle del Mantaro. A pocos metros del camino que lleva de Huancas a Jauja, antes de llegar a la bajada, en pleno cerro, hay enclavada una roca semejante a la cabeza de un toro; en plenilunio la roca sale de su sitio a prisa, convertida en un toro bravo despidiendo de su boca y ojos candente fuego, transitando en veloz carrera por sembrados y caminos, bramando ruidosamente, en procura de alguien para envestirlo y quitarle la vida; como los pobladores de Huancas ya conocen este encanto, prietos y sigilosos se ocultan en lugares secretos y esperan que el toro, fatigado y desengañado, retorne a su sitio, como efectivamente sucede; sin embargo hubieron personas que sufrieron las cornadas del toro-rumi y desaparecieron para siempre como los Loayza y los Riveracuya ausencia definitiva no se explica sin  la existencia del temible y famoso toro-rumi (rumi = piedra).

Uma o Bruja (Quequi)

La Uma es una mujer joven, que sale a pasear con la cabeza separada de su cuerpo. La bruja se divide en dos: la cabeza voladora, donde se concentra toda su vida, y el cuerpo, que permanece inerte mientras dura el hechizo, pero mantiene una vida latente que se manifiesta en el burbujeo que hace la sangre en el cuello. Sus salidas son siempre de noche, para algunos las noches de luna llena, para otros algunos días especiales (viernes, martes, jueves).
Su grito más frecuente es waq...waq..., parecido al pato. Come excrementos humanos que confunde con manzanas. Tiene los cabellos largos y enredados. Normalmente en sus salidas encuentra a un hombre solo, comenzando un verdadero combate en el que cada cual utiliza las puntos débiles del contendor para obtener ventaja. El hombre puede atacar a la cabeza o al cuerpo, que están separados. Si ataca el cuerpo inerte de la bruja —que entonces no se puede defender— lo podrá matar poniéndole sal o cenizas en el cuello, donde la sangre hierve. Si la bruja logra pasar por entre las piernas del hombre, lo mata.

Si la bruja constata que ya no puede pegarse a su propio cuerpo (porque su cuello tiene ceniza), vuelve al ataque buscando prenderse del hombro del hombre, apropiándose así de su cuerpo, que tendrá en adelante dos cabezas. Contra la uma en vuelo el hombre tiene un arma fundamental: las espinas, con las cuales se recubre los hombros y la entrepierna para protegerse, o que utiliza como arma para atrapar la cabeza. Existe también la posibilidad de esconderse o escapar, pero entonces la cabeza tiene las posibilidades de ganar, porque es muy rápida y tiene buen olfato.

Quien tiene la uma sobre sus hombros se verá obligado a esconderse, por vergüenza. Pero como la uma debe alimentarse, tendrá que dejar al hombre en libertad para que vaya a recoger frutos, porque de otro modo se enredaría en las espinas. Es posible que en ese momento se confunda y suba sobre el cuello de un venado que escapará hacia un bosque o hacia la selva. Para el hombre lo que está en juego es su libertad. Cuando él toma la iniciativa y logra protegerse, busca también obtener riquezas prometiendo a la uma liberarla. Ella conoce los sitios donde se esconden los tesoros minerales de la tierra, de los cuales es dueña y los puede regalar. La uma pertenece a esta vida, es una mujer mala, castigada por Dios de esa manera.
 

Una vez un joven se había comprometido con una doncella señorita. Pero ella le decía que no la visite los días viernes y martes porque tenía compromiso, pero los meses pasaban y él se hacía una pregunta:  «¿Por qué no quiere que la visite los días viernes y martes?» El joven se ponía impaciente cada vez más y decidio visitarla un día martes. Llegó el día martes y el joven se dirigió a la casa de su comprometida, la cual, la doncella, era una bruja, esos dias se sacaba la cabeza, comenzaba a deambular por las calles, mientras su cuerpo se quedaba postrado en la cama haciendo unos chillidos horribles.

El joven vio por uno de los agujeros de la puerta y se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, se metió al cuarto poniéndose fuerte, al cuello de la chica le puso abundante ceniza y se metió debajo de la cama esperando que llegara. Por fin entró la cabeza al cuarto queriendo regresar a su estado normal, pero no podía pegarse porque su cuello estaba con ceniza. El joven no pudo soportar y se puso a reír y la bruja, como no podía introducir su cabeza, de inmediato se lanzó al hombro del joven pegándose.

Asustado, éste comenzó a correr por el campo donde se producía abundantes
tunales. El joven le decía:

—Quiero comer tunas, te voy a coger unas cuantas tunas para que puedas comer. Pero la bruja no quería. Ya de mucha insistencia, la bruja le dijo que cogiera tunas; el joven tendió su poncho para que pueda esperarle mientras cogía. El joven aprovechó esa oportunidad y comenzó a correr asustado sin rumbo. Por donde estaba la bruja pasó una taruca, la bruja se lanzó al cuerpo del animal, entonces comenzó a correr asustado por entre las pencas, tunales, donde había bastante espina. El pelo de la bruja se enredó en los tunales y murió. La taruca siguió corriendo asustada por entre las pencas (Recogido por Wenceslao Sierra Arbayza, Ayacucho. Publicado por Ansión 1987: 145-53).

La Uma es conocida en Huaraz (sierra norperuana) como Quequi, según dicen por un sonido que produce la cabeza cuando vuela. Ahí va un relato:

Una quequi es una mujer que convive con su compadre. Dicen que la cabeza de tal mujer se separa de su cuerpo y sale.

Un hombre se fue al bosque y estaba defecando. De repente oyó la voz de una mujer. Entonces el hombre se asustó y levantándose miraba por todas partes, pero sin ver nada. Como no había nada otra vez se sentó de cuclillas. Entonces otra vez la voz le dijo: «Que feo tu trasero blanco y sin huevos». El hombre apresuradamente terminó su ocupación y miró alrededor. De repente vio en un cacto una cabeza prendida del cabello. Entonces la cabeza suplicó al hombre «suelta mi cabello con cuidado» y le suplicó que no avisara a nadie. «Yo te voy a pagar una buena suma y además te regalaré una vaca». Después le dio su nombre y dirección. Al día siguiente el hombre fue para cobrar. Al momento que lo soltó del cacto fue volando y repitiendo quequec, quequec, quequec.

Una vez esta mujer dijo a su enamorado «No vengas viernes en la noche. Estaré ausente. No voy a estar aqui». Pero ese hombre fue de todos modos esa noche y encontró a la mujer sin cabeza. Observando bien el hombre metió una coronta de maíz en la traquea de la mujer. Despues subió cuidadosamente a la qollqa. Cuando la cabeza aterrizó a la puerta lloró: Quequec, quequec. Después entró adentro y saltó a ese cuello. Pero no pudo colocarse. La cabeza demoró largo rato, después salió afuera. El hombre bajó de arriba y sacó la coronta.  Escondiéndose furtivamente salió afuera. En ese momento otra vez la cabeza volvió, dio un salto y se colocó. Al día siguiente el hombre fue muy temprano a visitarla y la encontró con la cabeza amarrada quejándose de sus dolores, pues se sentía muy cansada. Ese día estaba completamente deshecha. De esa manera descubrió que su mujer era una quequi.

(Pantoja Ramos 1974).

Notas de Daniel Mathews:

*qollqa -= cuarto pequeño debajo del techo, usado como depósito.
** salió afuera, bajó de arriba, etc., son expresiones muy comunes en un
castellano quechuizado como el peruano.

Urcu (Monte, Cerro)

Preámbulo

   Un origen y dos destinos.

   La antigua Grecia y Los Andes de todas las épocas, dos lugares elegidos por los dioses para unirse con las hijas de los hombres. Seducidos a veces por la belleza femenina, que ejerce en ellos similar atracción que en el común de los mortales, y otras, impulsados por el afán de  propagar la estirpe, aunque siempre confundidos en las brumas de la embriaguez sensual, encuentran en tales uniones el medio ideal para atenuar el tedio de su perenne existencia.

   Pero qué efectos tan disímiles presentan los retoños híbridos de un sitio respecto al otro. Mientras los de la Hélade se hacen llamar semidioses y héroes, van por playas de dorada arena, vanagloriándose de su origen y su belleza, privilegios que explotan en beneficio propio, en cambio, sus semejantes de Los Andes, considerados parias por detractores espontáneos, recorren cabizbajos los extramuros, ocultando a la gente normal los estigmas
que señalan su condición mixta.

   En Grecia, las Musas se ocupan en  musicalizar las correrías de sus compatriotas. Las llaman gestas heroicas y las inscriben en el libro de oro de la Mitología, difundiéndolas pomposamente a través de los siglos. En los Andes, la maledicencia de sus crueles paisanos se ufana en descalificar hasta sus episodios más insignes. Allá, los benévolos progenitores dotan de áureos cabellos a sus vástagos, que los llevan orgullosos en hermoso desorden, despertando admiración y envidia en las multitudes. Aquí, la perversidad paterna no concede sino espantosos atributos físicos a sus críos. Nacen estos desdichados adornados el rostro de manchas escarlatas, labio leporino o enormes verrugas, cuando no con alguna deformidad en la parte más notoria de su anatomía. Estas marcas, que sólo inspiran repulsión y temor en los demás, constituyen para ellos el INRI por el cual la sociedad les excluye.

   Y qué curioso resulta observar los diferentes procedimientos usados por los divinos personajes para acercarse a la dama elegida. En la vieja Grecia, cuando no pueden seducir, valiéndose de medios convencionales, no vacilaban en adoptar la forma de algún animal, asegurándose así el éxito. Por su parte, los dioses afincados en Los Andes, menos ingeniosos y astutos que sus colegas, pero tan bribones como ellos, recurren a estratagemas verdaderamente ruines para obtener el mismo fin.

   Estos personajes, nada corteses y amigos de vivir solos y a su manera, sin las trabas de las exigencias sociales, buscan permanecer siempre aislados. Cada uno, por separado, toma posesión del URCO de su preferencia en cuyo seno establece su residencia definitiva. Por cierto, de ningún modo al estilo de un inquilino con respecto a la casa que habita, sino como el alma o espíritu que infunde vida e inteligencia a la inerte materia de éste. Adopta su nombre, anteponiendo a él el título de TAITA (padre), o de MAMA (madre), según le convenga. Y exige, a quienes habitan sus inmediaciones, ceremonioso trato. De manera que todos deberán nombrarlo cumplidamente: Taita Chimborazo, Mama Tungurahua, Taita Cotopaxi, etc., de acuerdo al urco del cual se trata.

  ¡Cuidado con el urcu!

   Nadie que se precie de amante de la naturaleza y que tenga el privilegio de contemplar una gráfica de un paisaje andino, es capaz de permanecer indiferente a su deslumbrante belleza. A medida que examina sus colinas y valles esmaltados de esmeralda, sus gaseosas cascadas y rumorosos ríos y, más aún, sus URCUS, vestidos de albo poncho, recortándose sobre el límpido azul del cielo, siente cobijarse el alma por candorosas emociones. De
pronto, se ve influido por un embeleso capaz de conservarse incólume aun cuando el paisaje se le ha vuelto familiar.

   Desde luego, si tan sólo la imagen virtual de estos colosos constituye un regalo para la vista y un transporte para el alma, es fácil colegir qué placenteras sensaciones despertarían su estado real. ¡Mirarlos desde todos los ángulos, aspirar a toda hora la brisa que desciende por sus laderas, empapada en el perfume de sus flores, sería sin duda un deleite superlativo! ¡Oh!... ¿Quién no desearía tanta satisfacción para sus sentidos?

   Sin embargo, para los campesinos andinos no constituye precisamente motivo de felicidad el ver transcurrir su existencia cerca de un majestuoso URCU, sabiéndose por él aguaitados permanentemente en cada uno de sus actos con la atención de un amo despiadado, en procura de beneficiarse del menor desliz o descuido incurridos por aquellos. Nada de lo que se dice o se hace en la localidad, aunque sea en sueños, pasa desapercibido al tiránico vigilante, que tiene la facultad de aparecer en el lugar y en el momento que a él le plazca. Para ello no precisa mimetizarse entre las cosas de su entorno, como lo haría un brujo experto en disimular su auténtica personalidad, convirtiéndose en cualquier instrumento, si se hallare dentro de una casa, o en pájaro, mariposa o planta, si estuviere fuera de ella. Su categoría de dios le exige conservar a toda hora su aspecto de apuesto y joven caballero, que es como se permite él dejarse ver por los sumisos campiranos, sobre todo, cuando se encuentran éstos en estado onírico.

   Como todos los dioses o demonios, un URCU —de acuerdo con las tradiciones orales recogidas— no duerme ni se descuida jamás. Situado muy cerca del cielo, se mantiene atento siempre a todo cuanto acaece en derredor suyo, esperando con avidez la oportunidad de entrar en acción con el fin de menguar la hiel de su tedio gracias a la miel de la distracción, o simplemente a la espera de recordar al feudo quién es su amo y señor. Con
tal propósito malogra a veces las cosechas, soplando desde sus cumbres vientos helados y tormentas de granizo. También gusta de ocupar el tiempo en hurtar parte del ganado de las fincas, ocultándolas en lo más intricado de los barrancos y riscos que entrecruzan sus empinadas laderas. Días después, durante el sueño de los perjudicados, ya se presentará para exigirles rescate por la devolución de las reses. Tal obligación consiste casi siempre
en una gallina negra, un par de velas o una botella de anís del mono, que deberán dejarlos a medianoche en un determinado sitio. Ciertamente, la conducta de un URCU no es mejor que la de un auténtico pillo de siete suelas.

   Con todo, no son éstas las peores fechorías que comete un URCU. Semejantes actos de pillaje son nada más que inocentes travesuras con las que se recrea el Señor de la Montaña, aunque debido a ellas habrá de lamentar mucha gente. Sin duda, el peor de los males para la comunidad surge cuando a él se le da por convertirse en amante de alguna mujer. Con tal de conseguir su objetivo, le tiene sin cuidado si quien ha de compartir su aventura amorosa fuese soltera o casada, ya que en su código de ética no consta la obligación de guardar respeto ni siquiera a una dama en situación de gravidez, mucho menos a una comprometida únicamente. Seguro de la impunidad de sus desafueros y carente de escrúpulos, no desdeña a nadie. No obstante, es indudable su predilección por las vírgenes, en quienes dejará traumas emocionales y  huellas tangibles e indelebles.

   No existe nada que se lo pueda atribuir al URCU como descargo de sus tropelías. Ni siquiera el hecho de que nunca va más allá de sus dominios para sorprender a su efímera pareja, ya que de obrar de otra manera le significaría querellarse con sus vecinos, que imponen para sí iguales restricciones. Tampoco es digno de tomar en cuenta su modo de proceder similar al del sarampión, que no ataca dos veces a la misma persona. Pero ¿acaso no le basta a una dama ser deshonrada una sola vez para quedar marcada de por vida?

    Impaciente y amigo de llegar a la meta fijada por la vía más expedita, detesta los circunloquios que, debido a su torpeza, le harían perder tiempo innecesariamente. Sabedor que en esos pagos es la representante del bello sexo la encargada de acudir al monte en busca de leña o de agua, su táctica estriba en ocultarse en el pajonal o el chaparral y esperar a que alguna mujer, empujada por la casualidad, se le acerque. Entonces, adoptando la naturaleza del aura, se desliza hasta ella para envolver en su tenue aliento, que es deliciosa caricia y narcótico fulminante a la vez. Sin transición, la agraciada por el dios (o demonio) de la montaña desciende al más dulce de los sueños que hubiese experimentado jamás y, una vez en las mansiones oníricas, donde percibe complacida que todo es color de rosa, se ve idolatrada por un hermoso mancebo que finalmente se une íntimamente a ella.

   Al despertar, nada queda del paraíso que ella visitó instantes antes gracias a la magia del sueño. Tampoco nota el menor vestigio de su hermoso amante. Ni siquiera es capaz de descubrir las huellas de sus caricias. La realidad, con inhumana crudeza, ha ocultado todo bajo el ominoso manto de la desilusión. De pronto se ve junto al mismo agreste paraje de antes, que, por añadidura, parece abrigar hostilidad hacia ella, como si quisiera expulsarla
de allí. La infeliz se siente desconcertada y, sin saber por qué, compara la hipotética actitud del URCU con la de alguno de sus vecinos en plan de repudiar a su molesta esposa.

   Siempre sucede así. Tanto solteras como casadas que han corrido esta suerte tienen la misma versión acerca de los acontecimientos. Y, por lo que se asegura, cuando ocurre una concepción del resultado de estas uniones entre seres tan diferentes, su fruto es un auténtico monstruo, un insulto a la estética y una ofensa para la vista. Nace este desventurado provisto de una o más jorobas y albino, a la imagen y semejaza de todo URCU, aunque su estatura, en su máximo desarrollo, no rebase a la de un enano. Tiene los
ojos saltones y la nariz remangada, como apuntando continuamente al cielo, presintiendo, quizá, que de aquella dirección llegara su padre. En vez de llevar cinco dedos en cada una de sus extremidades los trae apenas tres. El engendro, consciente de que su fealdad imbuye repulsión en los demás, se torna misántropo y evita todo contacto con ellos, retribuyéndoles con ciego rencor. Prefiere la soledad del páramo, donde encuentra acogida en el hábitat las bestias cerriles.

   En el caso de una mujer embarazada que llega a tener este tipo de contactos sexuales, el hijo de ésta tampoco sale bien librado del percance. Aunque no con las mismas taras del anterior, vendrá al mundo al menos con un estigma que le acreditará su vínculo con el URCU. Una mancha escarlata cubriéndola la mejilla, un labio leporino, una verruga peluda en la barbilla o una pierna más corta que la otra, es el signo inequívoco de su infortunio
prenatal.

   Para agraciarse con el URCU de la localidad, es muy frecuente que los montañeses viesen la necesitad de sobornarlo con obsequios de animales menores y lo florido de sus cosechas. Mas el rato de los ratos, comprueban con desilusión que con semejante pillo todo sacrificio es echar en saco roto.

[Texto de Carlos Villamarín Escudero]
 

Wa-Qon

Pariente masculino de la Achiqué, también es un devorador de niños que baja rodando (o bailando) desde las alturas para devorarse a los niños. La gente le entrega a sus hijos «para evitar la sequía» por lo que resulta ser un recuerdo oral, simbólico, de antiguos sacrificios de niños que se hacían para conservar el orden en la tierra. Un mito huanca contemporáneo relata que una época de gran hambruna terminó cuando «un pastorcito tan puro como la flor de la escarcha, que representa el bien y la abundancia, se sacrificó ahogándose en un lago» (Arguedas e Izquierdo 1947: 86-90).

Que el Wa-Qon baje bailando tiene que ver con un ritual. Me refiero a las danzas jaujinas de los Wa-Qones, que salían de una cueva o de las alturas y bajaban al pueblo donde asustaban a los niños con sus amenazas de rapto y deseos fingidos de devorarlos. Hasta los años 30, los que debían hacer de Wa-Qones no eran conocidos más que por los danzantes de los años precedentes. Los bailarines subían a la montaña en la noche y descendian al amanecer. Obligaban al gobernador a darles las llaves de la prisión y ellos, los huacones, se transformaban en jueces supremos de la comunidad. Anunciaban las faltas cometidas por la gente, aquellas que habían escapado a las sanciones, y llevaban a los culpables a la prisión.

Hoy la danza, como tantas otras del mundo andino sometido a procesos acelerados de modernización, va perdiendo su sentido primero convirtiéndose en un simple espectáculo. Lo que no ha perdido sin embargo es lo grotesco de las máscaras de madera con una larga nariz y llenas de granos y lunares.

Alejandro Ortiz Rescaniere 1973 ha recogido el siguiente relato de Wa-Qon:

Había una vez una viejecita a quien llamaban Saloma. Tenía un nieto, Cornelio se llamaba, y una nieta llamada Escolástica. Residían en Huayputo, pastando animales.

Cierta vez la abuelita los mandó a pastar ganado a Huayopampa. Cuando llegaron a esa pampa se pusieron a jugar; de repente, vieron rodar de las alturas a Wa-Qon. Levantaba polvoredas y el ruido era sordo. Aterrados, corrieron donde su abuela:

— Ahí viene el Wa-Qon persiguiéndonos.

Doña Saloma los escondió detras de dos montículos, uno de bosta y otro de maíz.

El Wa-Qon llegó.

—¿Dónde están mis pequeños Willkas?

—Corriendo se fueron a Huaros, pero baila primero, señor Wa-Qon.

Entonces la viejita Saloma lo hizo danzar.

Mientras así bailaba, el nieto, que permanecía escondido, se asomó con temor para ver si el Wa-Qon era hombre o qué cosa era. Vio que Wa-Qon tenía colmillos retorcidos y unos cuernos enormes.

Cuando se cansó de bailar fue a Huaros. Al llegar, la gente le ofrecía a sus hijos por turnos para que el Wa-Qon los devorara. Las mujeres tenían que entregarle madejas de lana para que se parchara su ropa haraposa, que de tanto rodar estaba en hilachas. Así, dicen, se evitaba las sequías.

(Informante Hilda Quispes, distrito de Huaros, provincia de Canta, 1965).

Este sacrificio de niños está documentado en la era prehispánica por Guaman Poma de Ayala: De como el Ynga sacrificaua a su padre el sol con oro y plata y con niños y niñas de dies años que no tubiesen señal ni mancha lunar y fuesen hermosos. Y para ello hacian juntar quinientos niños de todo el rreyno y sacrificauan en el templo de Curi Cancha, que todas las paredes estaban uarnecida de oro finícimo y en lo alto del techo estaua colgado muchos cristales y a los dos lados dos leones apuntando el sol (Guaman Poma de Ayala 1613: 254-5).

Para ver de cerca al Wa-Qon, acude a la Galería de espantos.
 

Yaguar Shimi (Boca de sangre)

Este singular personaje es muy conocido a lo largo del dilatado callejón interandino, y por cierto es tan temido por los tenorios criollos que  preferirían vérselas antes con su suegra que con él. Pero aclaremos, “él” no es él sino ella. Y ella es una joven y hermosa mujer dotada de infinito poder de seducción.

   Alta y esbelta, posee unas piernas maravillosas finas y largas, de aquellas que no se las ve todos los años.  Cuando camina, con frecuencia por los caminos solitarios, su cimbreante talle adopta el rítmico y ondulante balanceo de una palma mecida por la brisa vespertina. También su rostro, como se puede suponer, pertenece a los privilegiados, a aquellos que distinguían a las niustas (princesas) consagradas a Inti (sol). Una negra y abundante pelambrera enmarca su faz ovalada provista de unos ojazos también negros, cual frutos maduros de capulí, y  de una boca coronada por jugosos y rojos labios, tan rojos como la sangre. Pues debido a esta particularidad dan en llamarla “Yaguar Shimi”.

   La moda que a menudo convulsiona la manera de vestir hasta en las sociedades semisalvajes y más apartadas del orbe, parece no hacer mella en nuestro personaje. Va vestida siempre como en su origen, es decir: continúa llevando el mismo atuendo con el cual la vieron por primera vez en la ya lejana época del asesinato del emperador Atabalipa. Un batín blanco, sin mangas y de falda corta, profusamente bordado, con hilo de oro, caracteres incásicos y ceñido por un ancho cinturón encarnado es todo cuanto lleva encima.

   Al hombre que tiene la oportunidad de encontrarse con la Yaguar Shimi, verla y enamorarse le resulta una sola cosa. Desde luego, también la bella mujer no manifiesta actitud diferente. Se nuestra encantada de poder complacer sin reservas los requerimientos más caprichosos de su amante. Es generosa y  experta en el arte del amor. Sin embargo, adolece de un pequeño defecto, que consiste en el de devorar a su pareja.

   Y no obstante que en casi toda la serranía temen a la susodicha devoradora de hombres, ya que a través del tiempo ha dejado imborrables recuerdos en su geografía, es en la población de Isinliví donde a todas luces sentó sus reales en fechas que aún se mantienen frescas. En ese pintoresco poblado, custodiado por los Ilinizas y el Quilotoa, según la arqueología, de raigambre tan antigua como Roma, existe una casa algo apartada del perímetro urbano y en un estado de total ruina, a la cual nadie se acerca por creerla maldita. Sus dueños la abandonaron después de que uno de sus hijos, un jovencito vivaracho y con pretensiones de Don Juan, resultase devorado por la dama, a quien tuvo la ocurrencia de invitar a compartir su lecho, creyéndola enamorada perdidamente de él. Ciertamente, las características de la antropófaga coincidían plenamente con las de la Yaguar Shimi, según se asegura.

   Más tarde, en el corto lapso de siete meses, fueron encontrándose en aquel mismo lugar, una detrás de otra, las osamentas de tres desdichados más. Ellos eran forasteros y a los tres, en diferentes ocasiones, los vieron en compañía de la fatal mujer.

[Enviado por Carlos Villamarín]

Bibliografía sobre espantos quechuas

Ansión, Juan (1987): Desde el rincón de los muertos. El pensamiento mítico en Ayacucho, Lima: Gredes.

Ansión, Juan ed. (1989): Pishtacos de verdugos a sacaojos, Lima: Tarea.

Arana, Marie (2001): American Chica: Two Worlds, One Childhood, Dell Publishing Company,

Arguedas, José María (1953): «Folklore del valle del Mantaro. Cuentos mágico-realistas y canciones de fiesta tradicional del valle del Mantaro, provincia de Jauja y Concepción», Folklore Americano 1: 101-293, Lima.

Arguedas, José María y Francisco Izquierdo (1947):  Mitos, leyendas y cuentos peruanos, Lima: Ministerio de Educación.

Ayala Leonardi, Flor de María (1994): Contribución a un diccionario mitológico andino. Tesis para optar el grado de Magister en Literaturas Hispanicas, Lima: Pontificia Universidad Católica, p. 26.

García Miranda, Juan José (1993): «Mito y violencia en el Perú»  en Ricardo Melgar Bao y Ma Teresa Bosque Lastra (compiladores), Perú contemporáneo: el espejo de las identidades, México: UNAM.

Guaman Poma de Ayala, Felipe (1613):  El primer nueva cronica y buen gobierno.  Edición crítica de John Murra y Rolena Adorno, México: Siglo XXI, 1980.

Mejía Xesspe, Toribio (1952): «Mitología del Norte Andino del Perú», América Indígena 3, vol. 12, Lima.

Molina, Cristóbal de [«El Cuzqueño»] (1574): Fábulas y ritos de los Incas, en Loayza, F. A. ed. (1943):  Las crónicas de los Molinas, Pequeños grandes libros de historia americana, Serie I, tomo IV, Lima.

Morote Best, Efraín  (1952): «El degollador (Nakaq)», Tradición, Revista Peruana de Cultura 11, Año II Vol. IV, Cuzco, pp. 67-91.

Morote Best, Efraín (1989): Aldeas sumergidas. Cultura popular y sociedad en los Andes, Cusco: Centro Bartolomé de las Casas .

Ortiz Rescaniere, Alejandro (1973):  De Adaneva a Inkarri, Lima: Retablo de papel.

Pantoja Ramos, Santiago (1974): Cuentos y relatos en el quechua de Huaraz, escritos bajo la dirección de José Ripkens, Huaraz: Estudios Culturales Benedictianos, Huaraz.

Portocarrero, Gonzalo, Isidro Valentín y Soraya Irigoyen (1991): Sacaojos: crisis social y fantasmas coloniales,  Lima: Tarea.

Szeminski, Jan (1983): La utopía tupamarista, Lima: PUCP.

Vargas Llosa, Mario (1993): Lituma en los Andes, Bogotá: Planeta.

Vergara, Abilio y Freddy Ferrúa (1987): "Ayacucho, de nuevo los degolladoreo", Quehacer (nov. 1987): 69.
 
 

Esta sección relativa a la cultura quechua es obra del profesor Daniel Mathews. Para cualquier sugerencia o crítica, puedes contactar con él en la dirección daniel__mathews@hotmail.com.

Espantos de la zona tupí-guaraní

Anhangá (Anhanga)

Boitatá (Mboi-tatá, Baitatá, Bitatá, Biatatá, Batatão, João Galafuz...)


Curupí

Curupira

Igpuriara

Maauia

Matinta Pereira

Nhandú-Tatá

Pombero

 Bibliografía sobre el Pombero

Colombres, Adolfo (1986): Seres sobrenaturales de la cultura popular Argentina, Biblioteca de Cultura Popular /1, Buenos Aires: Ediciones del Sol, 203 p. Ilustraciones de Ricardo Deambrosi.

González Torres, Dionisio M. (1995): Folklore del Paraguay, Asunción, Paraguay.

Pasteknik, Elsa Leonor (1996): Misiones y sus leyendas, 3ª ed., Buenos Aires: Plus Ultra.

Vidal de Battini, Berta (1984): Cuentos y leyendas populares de la Argentina. Ediciones Culturales Argentinas. Ministerio de Educación y Justicia, Buenos Aires.
 

Yaguareté Abá

Yasy Yateré

Bibliografía sobre espantos tupí-guaraníes

Colombres, Adolfo (1986): Seres sobrenaturales de la cultura popular Argentina, Biblioteca de Cultura Popular /1, Buenos Aires: Ediciones del Sol, 203 p. Ilustraciones de Ricardo Deambrosi.

Donato, Hernâni (1981): Dicionário de Mitologia, São Paulo: Culrix.

González Torres, Dionisio M. (1995): Folklore del Paraguay, Asunción, Paraguay.

Vidal de Battini, Berta (1984): Cuentos y leyendas populares de la Argentina. Ediciones Culturales Argentinas. Ministerio de Educación y Justicia, Buenos Aires.

Espantos de los indios colombianos

Antumiá

Birunandau (Animapollo)

Chenche

Costé

Dojuebarí

Doniorro

Dopaca

Doquisima

El Mohán (Muán)

Jepá

La Madreselva (Madremonte)

Nunsí

Oatomía

Osabara

Pipío

Pisibura (Sisibura)

Surranabe

Tiumía

Espantos de los mayas del Yucatán

Aluxes

Catashná

Pukuj

Espantos de los nahuas mexicanos

Chocchouiron

Cosheenshen

Taaga Huella

Bibliografía sobre los espantos nahuas

Campos, Julieta (1982): La herencia obstinada. Análisis de cuentos nahuas, México: FCE.
 

Espantos de la Patagonia

Chonchón

Espantos de los indios amazónicos

Aguarunas Ashaninkas Cocomas, lamistas, chayahistas y naporunas (zonas cristianizadas) Otros grupos indígenas

Aguarunas

Espíritus de origen humano

Iwanch

Emesek

Espíritus de origen no humano

Aman

Awancha

Tijai

Wee

Bestiario

Kajakam

Pagki

Pakio

Uwitsutsu

Bibliografía de espantos aguarunas

Guallart, José María  S. J. (1989): El mundo mágico de los aguarunas, Lima: Ediciones CAAAP.
 

Ashaninkas

            La selva amazónica está poblada de distintas culturas: ashaninkas, amueshas, cashibos, shipibos, etc. En esta nota van los demonios de los ashaninkas, pobladores de los ríos Ene, Perené y Tambo, así como del Gran Pajonal. La mejor fuente es la tesis para PhD. de Gerald Weiss, The Cosmology of the Campa Indians of Eastern Perú (Florida Atlantic University, 1969), pero también hay otros documentos interesantes en el Convento de Ocopa (Huancayo) de donde salían las misiones franciscanas a cristianizar la selva amazonica. Es necesario aclarar que los criollos durante mucho tiempo le dimos el nombre de campas a esta cultura que sin embargo se llama a sí misma ashaninka. Es necesario aclarar también que, aunque hay una base de creencias común, en cada río se actualiza de distinto modo, así que no todos los ashaninkas creeran en todos estos demonios, pero todos entenderán que puede ser cierto lo aquí dicho.

Animales demonios

Cierto número de animales son también demonios. Entre los insectos tenemos algunas mariposas de color caqui que hacen recordar las cushmas viejas. Es en lo que se convierte la ropa vieja de una mala persona cuando muere. La hormiga león (Familia Murmeleonidae, dirían los biologos), con su cuerpo delgado, es un demonio. Lo mismo ocurre con el escorpion. Entre las aves el buitre, el aroni (también ave de rapiña), el colibrí color caqui (tsísanti). También entran en la lista los jaguares (manite), murciélagos (pibiri) y conejos (kima). Pero entre todos los animales demonios hay que destacar las hormigas y las abejas. Estas se llevan los deshechos y despojos a sus nidos para practicar brujería produciendo enfermedades a los dueños de estos deshechos. Cuando el curandero dice que la enfermedad es producto de este tipo de hechizo, toda la comunidad sale a destruir los nidos de los insectos, con la convicción de que así se destruirán también los materiales usados en la brujería.

Irampavanto

Crían tucanes opempe (Ramphastos cuvieri para los biólogos). Cuando un hombre se interna solo en el bosque, se le presenta uno de estos demonios en forma de atractiva mujer (o toma la forma de su esposa), pero con un tucán en el hombro, y lo excita al coito. Una vez realizado el acto sexual, el irampavanto le informa al hombre de la verdad, y si éste se asusta, será golpeado hasta morir. La victima revive y vuelve a su hogar, pero el recuerdo de lo pasado lo hace enfermar y muere o se vuelve loco. También pueden aparecerse, en forma de varón, a una mujer, con los mismos resultados.

Kasónkati

Igual que el anterior puede tomar la forma de tapir grande, mula o ser humano. Tiene un hueco en ambas rodillas por el cual sopla produciendo un ruido inmenso. Le gusta matar a la gente moliéndole los huesos.

Katsivoreri

Viven en cuevas en las colinas y salen de noche. Son seres pequeños, negros y con alas que llevan a su espalda a un compañero más pequeño. Del katsivoreri emana una luz que puede ser vista flotando a través del aire cuando el demonio hace sus correrias nocturnas. Atacará a cualquier ser humano que encuentre, asiéndolo con sus poderosos puños y clavándole su gigantesco pene en el cuerpo; de este modo mata a su victima o la convierte en otro katsivoreri.

Korinto

Son tan grandes como casas y su gusto es devorar hombres. Ya no se encuentran en territorio ashaninka. Los brujos, hace mucho tiempo, los atraparon en una caverna cerca del arroyo Tsikireni, un tributario del río Ene. Se dice que, cuando el mundo termine, todas las casas se convertiran en Korintos, por las cuales rondarán los ashaninkas devorados.

Mankóite

Residen en el interior de los grandes riscos del territorio campa. Son de forma humana pero con grandes melenas, vestidos con viejas cushmas [vestido tradicional ashaninka], con una planta roja parásita (ananta) en vez del apropiado plumaje rojo del guacamayo en sus coronas de mimbre. Los mankóite son demonios poderosos; sus poderes se acercan a los de los dioses. Quien ve un mankóite puede esperar una muerte instantánea. Generalmente, sin embargo, el daño que producen es una enfermedad que resulta del atantsi (la brisa que dejan al pasar). Viviendo en los riscos que dominan los ríos, su especialidad es capturar las almas de los niños que viajan por los ríos.
Los hombres blancos también son mankóites: poderosos pero no benevolentes, ricos pero no generosos, es más fácil pensar en ellos como demonios que como mortales.

Mironi o Amimiro

Demonio que toma la forma de un tapir grande o de una mula, con enormes ojos y gigantesco pene. También puede aparecer como un viejo pequeño, vestido con  una vieja cushma, llevando un bastón y también con un enorme pene. Atacará al hombre solitario en el bosque, clavándole su miembro en el cuerpo. La víctima muere y resucita como un mironi hembra. Este demonio ataca sólo a los varones, ya que se asusta al ver los senos de la mujer  que le parecen dos grandes penes.

Oyéchari

En los lugares inmundos de los ríos y arroyos residen demonios en forma de zungaros (bagres gigantes) marcados con rayas longitudinales (los zungaros «reales» no tienen estas rayas que más parecen relacionadas con las cushmas). Ellos juntan desperdicios de alimentos arrojados al agua y practican brujerías trayendo enfermedades a quienquiera que haya comido el alimento original. El arco iris (al que los ashaninkas también llaman Oyéchari) es —para algunas tribus ashaninkas— el humo de la hoguera del campamento de uno de estos demonios o —para otras— la cushma del demonio.

Sashinti

Demonio que se distingue por su extremada flacura. Para los ashaninkas la flacura es una «mala señal»  sea ya porque la relacionan con la enfermedad o ya con la falta de fuerzas necesarias para vivir en la Amazonia. Cuando un sashinti se le aparece a alguien le «rompe» el cuerpo a pedazos, luego los vuelve a juntar y sopla para revivirlo. La víctima, recordando todo lo que ha pasado, vuelve a su hogar para enfermarse y morir.

Shonkatiníro

Son también demonios de las aguas. Viven en los remolinos y en los malos pasos de los ríos donde esperan para ahogar y comerse a los viajeros que pasan cerca. Su padre es Tsomiriniro que reúne las almas de los campas ahogados en su estómago, luego las transforma en virakochas (hombres blancos) para que sean los esposos de sus hijas.

Cocomas, lamistas, chayahistas y naporunas (zonas cristianizadas)

Bufeos

Chulla Chaqui

Yacuruna

Nombre de origen quechua: Yacu es río y Runa gente. Son personas antisociales convertidas en demonios (aunque en la Amazonía hay que tener cuidado con el uso del termino "demonio" como ya dijimos en Chulla Chaqui).

Tienen forma humana con alguna deformación y busca tener relaciones sexuales con los humanos para luego llevarlos a vivir en las profundidades del río. Viven en el fondo del río, en grandes ciudades. Sus casas tienen habitaciones y en ellas participa toda la naturaleza: su hamaca es la boa, su banco la charapa (tortuga acuatica), su gorra es la raya, sus zapatos la carachama y su camisa está hecha por pieles de animales.

Para protegerse de los Yacuruna la gente reza a Dios o acude a los curanderos. Un informante nos decía que los ataques eran más frecuentes antes de la llegada de los «padrecitos» y que las principales víctimas son los que viven «en pecado».

Los curanderos se comunican con ellos en sus sueños alucinantes y buscan su ayuda para curar o hacer daño a otras personas. La gente acude a los curanderos para liberarse de los males causados por los Yacuruna o llamar a las personas que ellos han llevado a las profundidades del río.

Bibliografía sobre los espantos
cocomas, lamistas, chayahistas y naporunas
Reagan, Jaime (1983): Hacia la tierra sin mal. Estudio de la religión del pueblo en la Amazonía, Iquitos: CETA, pp. 171-205. Estudio realizado por la Coordinación Pastoral Regional de la Selvaéxico: FCE.
 
Estas secciones relativas a las culturas aguaruna, ashaninka, lamista, chayahista, naporuna y jíbara son obra del profesor Daniel Mathews. Para cualquier sugerencia o crítica, puedes contactar con él en la dirección daniel__mathews@hotmail.com.

 Otros grupos indígenas amazónicos

Boráro

Bibliografía sobre el Boráro

Reichel Dolmatoff, Gerardo (1978): El Chamán y el Jaguar, México: Siglo XXI, pp. 181-182.

Curupira

Es un indio del Amazonas brasileño que es verde y tiene los pies torcidos. Se dedica a hacer jugarretas, travesuras simpáticas [Moira Chas].

El Barco Fantasma

Por los lentos ríos amazónicos navega un barco fantasma, en misteriosos tratos con la sombra, pues siempre se lo ha encontrado de noche. Está extrañamente iluminado por luces rojas, tal si en su interior hubiese un incendio. Esta extrañamente equipado de mesas que son en realidad enormes tortugas, de hamacas que son grandes anacondas, de bateles que son caimanes gigantescos. Sus tripulantes son bufeos vueltos hombres. A tales peces obesos, llamados también delfines, nadie los pesca y menos los come.

[...] Ninguno osaría arponear a un bufeo, porque es pez mágico. De noche vuélvese hombre y en la ciudad de Iquitos ha concurrido alguna vez a los bailes, requebrando y enamorando a las hermosas. Dióse el caso de que una muchacha, entretenida hasta la madrugada por su galán, vio con pavor que se convertía en bufeo [...] Corrientemente, esos visitantes suelen irse de las reuniones antes de que raye el alba. Sábese de su peculiaridad porque muchos los han seguido, y vieron que, en vez de llegar a casa alguna. fuéronse al río y entraron a las aguas, recobrando su forma de peces.

El barco fantasma está, pues, tripulado pòr bufeos. Un indio del alto Ucayali vio a la misteriosa nave no hace mucho, según cuentan en Pucallpa y sus contornos. Sucedió que tal indígena, perteneciente a la tribu de los shipibos, estaba cruzando el río en una canoa cargada de plátanos, ya oscurecido. A medio río distinguió un pequeño barco que le pareció ser de los que acostumbradamente navegan por esas aguas. Llamáronlo desde el barco a voces, ofreciéndole compra de los plátanos y como le daban buen precio, vendió todo el cargamento. El barco era chato, el shipibo limitóse a alcanzar los racimos y ni sospechó qué clase de nave era. Pero no bien había alejado a su canoa unas brazas, oyó que del interior del barco salía un gran rumor y luego vio con espanto que la armazón entera se inclinaba hacia adelante y hundía, iluminando desde dentro las aguas, de modo que dejó una estela rojiza unos instantes, hasta que todo se confundió con la sombría profundidad. De ser barco igual que todos, los tripulantes se habrían arrojado al agua, tratando de salvarse del hundimiento. Ninguno lo hizo. Era el barco fantasma.

El indio shipibo, bogando a todo remo, llegó a la orilla del río y allí se fue derecho a su zhoza, metiéndose bajo su toldo. Por los plátanos le habían dado billetes y moneda dura. Al siguiente día, vio el producto del encantamiento. Los billetes eran pedazos de piel de anaconda y las monedas escamas de pescado. La llegada de la noche habría de proporcionarle una sorpresa más. Los billetes y las monedas de plata, lo eran de nuevo. Así que el shipibo estuvo pasando en los bares y bodegas de Pucallpa, durante varias noches, el dinero mágico procedente del barco fantasma.

Sale el barco desde las más hondas profundidades, de un mundo subacuático en el cual hay ciudades, gentes, toda una vida como la que se desenvuelve a flor de tierra. Salvo que esa es una existencia encantada. En el silencio de la noche, aguzando el oído, puede escucharse que algo resuena en el fondo de las aguas, como voces, como gritos, como campanas...  (Alegría 1982: 104-8)

Tunche

Pertenece a las creencias de los indios de la selva peruana; una especie de anciano sexópata que luego de violar a sus víctimas las devora.

Bibliografía sobre espantos amazónicos

Alegría, Ciro (1982): Fábulas y leyendas americanas, Madrid: Espasa Calpe.
 
 

Espantos de los indios selknam (sur de Chile)

Habshi

Duendecillo del color de la madera húmeda. Es glotón, dañino e invulnerable a las flechas. Devora los sesos de los guanacos muertos. [César Parra]

Espantos de los indios araucanos

Ivunche (Imbunche, Ivumche, Ivúm Koñi)

 
Es un ser de la mitología araucana al que generalmente se describe como un duende con la cabeza vuelta hacia atrás. Según algunas versiones, el Ivunche sería el producto de la unión de un calcu con una bruja, y actúa como cancerbero de sus cuevas y consejero en sus actividades. Pero a pesar del vínculo de sangre, sus "madres" lo tratan como un esclavo y le reservan castigos muy crueles.

Otras versiones le dan al Ivunche un origen menos fantástico: se trataría de niños varones robados y esclavizados por los brujos entre los seis meses y el año de edad, a quienes se les obstruyen todos los orificios del cuerpo.

Sea cual fuera su origen, se lo describe andando sobre una sola pierna ya que la
segunda le nace de la nuca y no le sirve para la locomoción. Esto se debería, según la mayor parte de las fuentes, a que de pequeño le dislocan una pierna y debe llevarla recogida sobre la espalda para toda la vida, además de torcerle el pie sano en dirección contraria a la marcha. Gracias a esto es que el Ivunche debe caminar en tres extremidades y al incorporarse da la sensación de que la pierna dislocada le brotara de la nuca o de la espalda. Como complemento para la marcha, utiliza un báculo retorcido.

Se lo describe sin ropas, con el cuerpo hinchado gracias a las palizas que recibe de sus "progenitores" y completamente cubierto por largos pelos. Carece del don de la palabra y cuando los brujos le consultan algo, sólo responde negativa o positivamente con movimientos de cabeza. Sin embargo emite una especie de balidos y apenas deja oír sus quejas cuando es apaleado. Para colmo de males, es sordo. Existen Ivunches en cantidad y su encuentro no tiene mayores consecuencias para el "afortunado", aunque por su aspecto, repugna a las mujeres embarazadas.

Una última versión nos cuenta que en realidad el Ivunche es un macho cabrío, de barba larguísima y muy afecto a la carne humana, que se alimenta con de niños recién nacidos y cambia su dieta por carne de chivo cuando llega a la edad adulta.

[Yael Rosenfeld]
 

Bibliografía sobre el Ivunche

Colombres, Adolfo (1986): Seres sobrenaturales de la cultura popular Argentina, Biblioteca de Cultura Popular /1, Buenos Aires: Ediciones del Sol, 203 p. Ilustraciones de Ricardo Deambrosi.
 
Ver también http://www.cuco.com.ar/ivunche.htm

Espantos de los indios Yamana (de Tierra del Fuego)

Yetáita

A los niños [Yamana] se les asusta de continuo con referencias a un espíritu maligno llamado Yetáita. Se les dice que Yetáita, al que se concibe como una suerte de espíritu de la tierra, inflige tormentos y castigos en la cabaña de la iniciación, especialmente a los niños malos. En la ceremonia [de iniciación] propiamente dicha, Yetáita aparece en forma de un hombre vestido de modo fantasioso. Finalmente, se revela al asustado candidato el secreto: en el supuesto Yetáita ve a un hombre del círculo de sus íntimos. Recibe entonces esta amonestación: «Estás asustado, pero recuerda: el verdadero Yetáita es mucho peor. Y no debes hablar, sobre todo a los niños y a los profanos, de lo que acabas de aprender sobre Yetáita» (Koppers 1944: 42; tr. al español: A. G.).

Bibliografía sobre espantos de los Yamana

Koppers, Wilhem (1944): «On the Origin of the Mysteries in the Light of Ethnology and Indology», en Joseph Campbell ed. (1982): The Mystic Vision. Papers from the Eranos Yearbooks, tr. Ralph Manheim, Princeton: Princeton University Press, pp. 32-69.
 
 
 
Vuelta a la página principal

Retorno al origen



 
agonza59@encina.pntic.mec.es