ASUSTADORES

DE ORIGEN EUROPEO

(actualizado a 6/4/05.
Entrada mejorada:
el Coco).

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En los barcos de los conquistadores, y después de los colonos, no sólo llegaron Biblias, contables, enfermedades e instrumentos musicales (como el piano o la guitarra). También lo hicieron gran número de asustadores que, como se dice que es costumbre de los duendes, abandonaron su hogar junto a las familias a las que asustaban.

Dentro de esta compañía de espectros, podemos distinguir dos grupos, que corresponden a las dos potencias principales de la conquista: espantos de origen hispánico  y espantos de origen portugués. En grupo aparte, incluimos aquellos asustachicos españoles que, al menos en apariencia, no cruzaron el Atlántico.


Espantos de origen hispánico

El Basilisco
El Coco o Cuco
El Hombre del Saco (Hombre de la Bolsa)
La Fiera Corrupia
María Sarmiento
Pateta

El Basilisco

Un híbrido nacido de la fecundación de un huevo de culebra por un sapo. Es tan horrible que no  puede aguantar su reflejo, su aliento envenena las aguas, pudre el aire y marchita todo verdor. Anda de noche, fulminando al que logra verlo y se le atribuyen las muertes súbitas, las provocadas por causas desconocidas y una forma de histeria femenina denominada daño que se confunde con la epilepsia.

Escribe García Marquez:

Una vez estaba bordando en el corredor cuando llegó una muchacha con un huevo de gallina muy peculiar, un huevo de gallina que tenía una protuberancia. No sé por qué esta casa era una especie de  consultorio de todos los misterios del pueblo (...) Volviendo a la muchacha del huevo le dijo: «Mire usted, ¿por qué este huevo tiene una protuberancia?». Entonces ella le miró y dijo: «Ah, porque es un huevo de basilisco. Prendan una hoguera en el patio». Prendieron una hoguera y quemaron el huevo con gran naturalidad. Esa naturalidad creo que me dio a mí la clave de Cien años de soledad (Gabriel García Marquez y Vargas Llosa, La novela en America Latina: diálogo, Lima, Carlos Milla Batres, Ediciones UNI, 1968, pp. 15-16).

El Coco (Cuco)

Llegó muy poquito a poco.
¿Quién llegó?
—El Coco.

(Gloria Fuertes, ¿Quién llegó?)
 

El Coco (más conocido, en muchos lugares, como el Cuco) es quizá el asustaniños hispano más extendido: sus peludos pies han dejado un rastro fácil de seguir, huellas diminutas pero persistentes que nos conducen desde la Península Ibérica (a la que no se sabe cuándo y cómo llegara) hasta las tierras americanas, empezando por las que fueron objeto de pronta conquista (México, Perú), pero llegando pronto a muchas otras zonas, donde sigue vivo y muy activo (como lo está aún también en su patria chica europea).
El  coco asustaniños está sin duda en relación con el fruto tropical homónimo; es lícito, no obstante, preguntarse qué fue antes, si el fruto o el fantasma. Los etimólogos Corominas y Pascual afirman que  coco fue primero nombre infantil de agallas y otros frutos esféricos europeos, por comparación con los cuales se aplicó luego al fantasma, y a su vez, partiendo de éste, se bautizó al fruto del cocotero. Según Corominas, los hombres de Vasco de Gama llamaron así, en 1498, al fruto por comparación de la cáscara y sus tres agujeros con una cabeza con ojos y boca, como la de un coco o fantasma infantil. La metáfora popular prosigue esta corriente al llamar, como es sabido, coco a la testa o cabeza: publicistas, demagogos y otras gentes desaprensivas comen el coco al personal; y al sistema se le supone optimistamente regido, en todos sus niveles, por personas con mucho coco.

Que coco sea también nombre para las agallas de los árboles es revelador: de niños nos daban mucho miedo esas cosas, unas bolas marrones siniestras pero a la vez curiosas y «bonitas»; pues llaman la atención para cogerlas, que allí [en Navaleno, Soria] se llamaban gallarones (otra vez sugiriendo el gallo, que parece dar mucho juego para estas cosas) y son una especie de tumores que les salen por ejemplo a los robles y las encinas, que se los hace un bicho especie de mosquito. Los cogíamos para jugar con ellos, pero también daban miedo y asco: podía igual salir el bicho de dentro, y por dentro son bastante asquerosillos (contribución de Ana Leal).

KOKO, en euskera, tiene tambien la acepción de insecto, especialmente aquel negro, brillante y rechoncho. Otro de sus significados es «máscara», quizá porque el pavor que nos causan los insectos venga no tanto de su peligrosidad como de su inexpresividad. Y otro «español», en el sentido de enemigo o extranjero por antonomasia, que es un coco universal(contribución de Iñaki Aguirre).

Los etimólogos se muestran característicamente prudentes al escribir que se trata de una voz de creación expresiva, paralela pero no descendente, del griego kókkos, «grano, pepita». Voces de formación paralela son, entre otras, el italiano còcco o cucco («huevo»), fr. coque («cáscara de huevo»), castellano coca («cabeza»). En todos los casos, se trata de formaciones del lenguaje infantil, con el significado de «objeto esférico».

Si hablamos de fechas, Arturo Ortega (al que desde aquí agradecemos su contribución) ha señalado que la palabra aparece por primera vez en el Cancionero de Antón de Montoro, de 1445. Leemos allí estos versos:

tanto me dieron de poco

que de puro miedo temo,

como los niños de cuna

que les dicen ¡cata el coco!....

Sin dejarse impresionar por la identidad etimológica de ambos, muchos latinoamericanos seguirán chasqueando la cabeza, y diciendo que una cosa es el coco y otra el cuco. De este cambio coco>cuco se ofrecen dos explicaciones, probablemente complementarias: la primera, la tendencia a distinguir dos conceptos que se sentían distintos; la segunda, más apasionante, sugiere que se ha dado una contaminación o sincretismo del Coco hispánico con personajes semejantes del acervo indígena o africano.

La hipótesis africanista, defendida por Fernando Ortiz 1929, nos lleva al corazón bantú de África, de donde, como tantas otras cosas,  un dios o demonio local, el Kuku, fue desgajado de sus raíces y obligado a subir a los barcos de esclavos. Al llegar a América, el Kuku, ser diabólico y feroz donde los haya, fue rápidamente identificado, ora con el mismísimo Demonio, ora con el Coco español: Cuco puede ser un testimonio fonético de este encuentro o reconocimiento entre dos seres casi gemelos, y, sin embargo, procedentes de muy distinta madre.

La misma confusión se habría dado, según la hipótesis indigenista, entre el Coco hispano y una deidad llamada Kukulcan, definida por el historiador Jeff Garcilazo como la versión maya de Quetzalcoatl. A diferencia de la hipótesis africanista, ésta plantea ciertas dificultades: ¿por qué iba a rebajarse un importante dios indígena al nivel de un asustachicos?

En cualquier caso, el nombre de Coco o Cuco conoce más variantes, especialmente en la zona centroamericana: en México encontramos la forma Kukui (Zacatecas, Michoacán; también Nuevo México), escrita a veces Kookooee para acomodarse a la pronunciación inglesa.  En la zona estadounidense, los chicanos emplean con frecuencia el nombre Cocoman (en paralelo al Sacoman u Hombre del Saco). En Cuba, el Coco alarga su nombre en Cocorícamo. En Perú, la forma Cucufo es uno de los nombres del Diablo en persona (Romero 1988, s.v. Cucufo).

Dentro de la Península Ibérica, hay también variantes, o al menos nombres que parecen surgidos siguiendo el mismo esquema: empezando por la forma Cocón, localizada en Aragón. En Madrid, a mediados de los años 70, Eva Fernández nos cuenta cómo sus padres le hablaban del Coco Cirioco. Amades 1957: 267 recoge la presencia en la ribera y el delta del Ebro de la Cucala y el Gambutzi, de los que escribe: Son intensamente negros, impalpables e imperceptibles; actúan únicamente en la más profunda espesura de la noche, y su intensidad espantadora entre niños, e incluso entre mayores, es muy acusada. Se dice que zurra fuerte a cuantos halla por la calle de noche, en especial a los chicos y a las mujeres, a cuyas ropas se agarra con fuerza, resultando laborioso desasirse de ellos. Se los confunde con la propia noche.

Bajo un mismo nombre, el de Coco, pueden latir imágenes muy distintas, que obedecen al concepto muy variable de lo que es o no terrible. De hecho, como nos indica el folklorista aragonés Chema Gutiérrez, el Coco es sólo el nombre más popular de una de las figuras atemorizadoras inventadas en todas las culturas y destinadas de forma especial a mentes infantiles, por medio de las cuales el niño aprende lo que no se debe hacer. Muy pragmático en este aspecto, el Coco toma en cada caso el aspecto que más efectivo resulta. No obstante, la negrura (cf. la descripción de la Cucala) y la pilosidad son dos aspectos muy reincidentes, y que podríamos considerar clásicos.

El autor español Covarrubias describía así al Coco en 1611: El coco —en lenguaje de los niños vale figura que causa espanto, y ninguna tanto como las que están a lo escuro o muestran color negro, de Cus, nombre propio de Can, que reinó en la Etiopía, tierra de negros.

Algunos testimonios recientes pueden servir como contraste con esta definición de Covarrubias. Para la profesora Teresa Márquez, de Nuevo México, el Coco tiene la apariencia de un coyote, provisto de látigo y flanqueado por varios ayudantes espectrales. El estudioso chicano Rudolfo Anaya (1992) describe al Kukui como un fantasma masculino, más nebuloso que la Llorona, pero también mayor y más poderoso. Era la figura paterna que advertía a los niños de los peligros inherentes a las prácticas sexuales (...) El Kukui era el padre-fantasma, el Abuelo que se alzaba de las sombras. Era tan poderoso; yo sabía que era capaz de comerme, hacerme pedazos, devorarme. Buscaba mi obediencia ciega; era una deidad que no admitía transgresiones. Era un reflejo de los padres del pueblo, que me advertían de los tabúes sexuales. Quizás no era sólo la masturbación lo que los mayores temían; en la advertencia latía también el tabú del incesto.

Frente a este retrato, en el que el Kukui/Coco se aparece como figura de gran poder y que cumple un papel importante en la educación de los niños, puede ser instructivo poner en contraste un par de descripciones procedentes del lado sur del continente. Un amigo uruguayo, José Lamas Ríos, describe al Cuco como con figura humana, alto y delgado, pero totalmente negro, ropa incluida. Esta descripción coincide con la vieja de Covarrubias en el énfasis puesto en la negrura; otro tanto sucede en esta otra, aparentemente muy disímil,  que nos hace una amiga argentina, Moira Chas:La imagen que guarda mi memoria es la de un enorme huevo negro con brazos y patas delgadisimas, como palitos y ojos que eran casi una raya en la parte superior (véase lo dicho por Corominas/Pascual sobre el significado original de coco, y su relación con palabras que significan «huevo» o «cáscara de huevo»).

El Coco o Cuco tiene un papel muy importante en las nanas o canciones de cuna, una forma poética de notable ambigüedad, a la vez dulce e inquietante, que el folklorista chileno Oreste Plath 1979 describe con donaire como compuesta de adulo y amenaza. La nana más antigua sobre el Coco que conozcamos se remonta al siglo XVII, y se encuentra en una obra dramática, el Auto de los desposorios de la Virgen de Juan Caxés. Dice así:
 

Ea, niña de mis ojos,
duerma y sosiegue,
que a la fe venga el coco
si no se duerme
 
(cit. en Masera 1994: 205).

La versión más conocida, cantada con la melodía de la canción de cuna Wiegenlied de Brahms, tiene su rima en á:
 

 Duérmete niño,
 duérmete ya,
 que viene el coco
 y te comerá.
 
La variante más significativa de esta nana es la que cambia parte del último verso: te llevará.

La rima en -o, presente en la nana recogida por Caxés, reaparece en esta otra variante muy popular:
 

 Duerme, niño, duerme,
 duerme, que viene el coco,
 y se lleva a los niños
 que duermen poco.
 
En Puerto Rico, donde se prefiere la forma Cuco, se cambia levemente la nana para adecuarse a la rima (introduciendo, eso sí, una cierta paradoja):
 
 Duérmase ya el niñito
 que viene el cuco
 y se lleva a los niños
 que duermen mucho
 
(cit. en Masera 1994: 206 n. 26).

En la provincia de Cuenca (España), el folklorista Pedro C. Cerrillo 1990, recoge algunas nanas menos conocidas, pero muy interesantes, como la inusualmente vehemente:
 

 ¡A dormir! ¡A callar!
 Mira, que viene el coco
 y te va a llevar.
 
 y la deliciosa:
 
 Con decirle a mi niño
 que viene el coco,
 le va perdiendo el miedo
 poquito a poco
 
 (ambas recogidas en la localidad conquense de Sisante).

En otra variante, recogida en Madrid (Fraile Gil 1994: 46), el Coco es un robacunas:
 

 Eee...
 Si mi niño se dormiera yo le haría una cunita
 pero como no se duerme viene el coco y me la quita.


Isabel Escudero, atenta a la tradición popular, ofrece su propia creación sobre el mismo molde (Escudero 1997: 76):
 

¿Sabes tú, niño,
qué quiere el coco?:
que tengas miedo
(ni mucho ni poco).
 
También Gloria Fuertes da una valiosa vuelta de tuerca a la copla en su conmovedora Nana al niño que nació muerto (Fuertes 1996: 147-8):
 
Vívete, niño, vívete
que viene el Coco
y se lleva a los niños
que viven poco.
 
La función del Coco puede variar superficialmente, pero es en su núcleo invariable: las madres, o en general la persona que cuida de los niños, los amenazan con recibir las atenciones del Coco si no se duermen, se niegan a comer, desobedecen las órdenes de los mayores, exploran lugares marcados como prohibidos, se entregan a vicios solitarios o andan fuera de casa a deshora (especialmente después de medianoche). Las acciones más temidas por parte del Coco son dos: devorar al niño travieso (te comerá...) o llevárselo a un lugar muy lejano, del que no cabe retorno (te llevará).

En una conferencia de 1928, Federico García Lorca habla así sobre el Coco en las canciones de cuna españolas (García Lorca 1987: III 289).:
 

El Coco [...] forma parte de ese mundo infantil, lleno de figuras sin dibujar, que se alzan como elefantes entre la graciosa fábula de espíritus caseros que todavía alientan en algunos rincones de España.

La fuerza mágica del Coco es precisamente su desdibujo. Nunca puede aparecer, aunque ronde las habitaciones. Y lo delicioso es que sigue desdibujado para todos. Se trata de una abstracción poética, y, por eso, el miedo que produce es un miedo cósmico, un miedo en el cual los sentidos no pueden poner sus límites salvadores, sus paredes objetivas que defienden, dentro del peligro, de otros peligros mayores, porque no tienen explicación posible. Pero no hay tampoco duda de que el niño lucha por representarse esa abstracción, y es muy frecuente que llame «cocos» a las formas extravagantes que a veces se encuentran en la Naturaleza. Al fin y al cabo, el niño está libre para poder imaginárselo. El miedo que le tenga depende de su fantasía, y puede, incluso, serle simpático. Yo conocí a una niña catalana que, en una de las últimas exposiciones cubistas de mi gran compañero de Residencia Salvador Dalí, nos costó mucho trabajo sacarla fuera del local, porque estaba entusiasmada con los «papos», los «cocos», que eran cuadros grandes de colores ardientes y de una extraordinaria fuerza expresiva.
 

En las comunidades en las que el Coco sigue siendo una presencia poderosa, pueden darse ceremonias festivas en las que su poder es objeto de desafío colectivo. Anaya 1992 describe cómo en el verano de 1990 varios artistas chicanos reunidos en Alburquerque, a iniciativa del autor, construyeron una efigie del Kukui de dieciséis pies de altura. Anaya describe así esta efigie: tenía patas de gallo... y largos brazos con manos grandes, y su cabeza era enorme y redonda, con los ojos rojos y la nariz verde. Tenía dientes afilados, y largos colmillos amarillos. Llevaba una gran bolsa. En esta gran bolsa, cada niño depositó un papel con su miedo más secreto. A continuación, le prendieron fuego, simbolizando así la liberación de todos los terrores infantiles. El festival, que muestra una gran semejanza con la tradición española de las fallas valencianas, tuvo gran éxito, y ha seguido celebrándose en los años siguientes.

Harlynne Geisler, una gran investigadora sobre asustachicos, nos da esta descripción del Kukui quemado al año siguiente, 1991: Una escultura de quince pies de alto, hecha de contrachapado, y cubierta con alambres y cartón piedra.

En contraste con estas ceremonias de desafío, la antropóloga María Angels Roque Alonso recoge la siguiente manifestación ritual de aterramiento (memento mori) colectivo:

[La Cocharrona] hacía referencia al túmulo negro que en épocas pasadas (hace sesenta años) se colocaba junto a la entrada de la iglesia, llamado «sepultura», y consistente en unos huesos sacados del osario los cuales formaban más o menos un esqueleto (lo importante era la calavera), vestido con el bonete y la capa pluvial negra del cura. Curiosamente, a esta «sepultura» que se preparaba para el día de los difuntos (2 de noviembre) en Quintanilla de Urrilla la denominaban el Coco. Por lo tanto, Cocharrona y Coco son la representación de los difuntos de la comunidad, seres que viven a otro nivel y son invocados para asustar a los niños desobedientes. Los temores infantiles están fundados en los temores de la propia comunidad a la muerte y a sus muertos (Roque Alonso 1988: 156-7).

Aunque sus rasgos son muy difusos, la función del Coco suele ser inequívoca, y, como observara García Lorca, el desdibujo, más que minarla, contribuye a su efectividad. En algunos sitios, como Caracas, se concibe al Coco como completamente amorfo: Ser sin aparente forma, que moraba en la oscuridad y con el cual amenazaban las madres a los  pequeños hijos cuando no escuchaban una señal de peligro en casa o fuera de ella [Domingo Sánchez]. Puede considerársele uno de los asustachicos más veteranos y activos de nuestro catálogo.

El narrador gallego R. Dieste, en su cuento La peña y el pájaro, del libro Historias e invenciones de Félix Muriel, evoca así al Coco:
 

... Y comencé a rememorar mi infancia, pero apenas sin figuras de recuerdo, yéndome cada vez más lejos, hacia la dulce sombra en que nada sabía. Y tan adentro fui por esa senda que vine a dar en recuerdos vagos, pero muy firmes, y que parece imposible que estén en los aposentos de la memoria.

Tanto que me acordé de una noche de aquellas en que aún dormía entre mis padres. ¡Qué pequeño sería! Ellos eran unos gigantes sabios. Y su sueño era también grande, y tan seguro como estar despierto; no como el mío, que podíatragárselo la noche como se traga la alta mar tempestuosa las pequeñasnaves. El de ellos dos era como uno sólo y como un gran navío que descansa en el viento y con su proa ahuyenta los monstruos marinos. Me acordaba deesto, y luego de ese miedo a lo que no tiene forma decidida y que en la infancia se llama el coco. ¿Te acuerdas? Se le sentía venir en las tinieblas con pasos blandos como latidos, pero grandes y de grandísimos pies. Venía,sólo venía. No llegaba nunca. Venía como el sueño mismo, y con igual compás que la canción materna, pero siempre era el sueño el que llegaba delante y nos cubría, protegiéndonos de él. Y él se quedaba entonces errabundo, solitario, retirándose como una ola o como una voz lejana que se extingue. E iba a rondar otras canciones maternas, siempre atraído y a la vez rechazado por ellas...
 

Cf. el Cuco ecuatoriano, que parece un personaje totalmente distinto, al menos en lo tipológico.

El Hombre del Saco (Hombre de la Bolsa)

Tras el Coco, el Hombre del Saco u Hombre de la Bolsa es el asustachicos hispano más ubicuo: con el primer nombre se le conoce en España y México; con el segundo, en Argentina y Uruguay.

En México encontramos variantes como el Viejo del Costal y, en la zona estadounidense, la forma spanglish Sacoman.

La versión más completa e impresionante sobre el Hombre del Saco, exactamente sobre su forma catalana (Home del Sac) nos la da el gran folklorista Joan Amades:

En términos generales, el pueblo siente cierto recelo hacia los adelantos y las mejoras de carácter mecánico, rodeándolos de leyendas y de creencias que tienden más bien a desacreditarlos y a hacerlos odiosos. Más de una vez hemos oído que los ejes de las ruedas de los carros y demás vehículos, que los pernos de las muelas de toda suerte de molinos y que incluso las jarcias del velamen de las naves debían engrasarse muy a menudo para ayudar a sus movimientos, empleando para ello saín obligadamente humano, pues que no servía para el caso el de animal. La grasa debía ser fresca y tierna.

La industria para procurarse el saín necesario debía acudir al degüello de infelices criaturas, de las que debían sacrificarse en buen número y a diario para satisfacer las necesidades industriales. A fin de procurarse víctimas, rondaban por las calles unos hombres con un saco al hombro, que sonaban una tonadilla que atraía a cuantos niños la oían, los cuales se sentían como hechizados a su son y, sin darse cuenta, iban tras el músico, quien los conducía hasta un paraje despoblado, donde aprovechaba un momento para retorcerles el pescuezo, metiéndolos en un saco y llevándolos luego al desollador, quien le pagaba a buen precio su carga. Este descuartizaba al infeliz para obtener el máximo producto industrial de su cuerpo. No todos los embaucadores de niños se servían de la música para atraerles; los había que mostraban un teatrillo o unas vistas en colores y otra suerte de espejuelos.

La introducción del ferrocarril y de la tracción urbana eléctrica, al igual que la gran expansión industrial, robustecieron sensiblemente este personaje, el cual era actualísimo en Barcelona cuando nosotros éramos niños, y del que nos habían hablado insistentemente en los términos referidos, pintados en tonos terroríficos y espeluznantes. Este personaje aún es activo, pero la generación infantil actual no tiene del mismo la idea precisa y horrible que tenían de él las generaciones del siglo pasado, no pasando hoy de ser uno de tantos espantachicos (Amades 1957: 256-7).

En este dibujo del Hombre del Saco, que nos lo presenta en toda su pujanza, hay rasgos que recuerdan a los Pishtacos peruanos, al Sacamantecas y al legendario Flautista de Hamelin.

Hoy día, la imagen del Hombre del Saco es considerablemente más vaga y menos aterradora. José Lamas Ríos, de Uruguay, lo describe como una persona de unos 50 años, de estatura normal, con ropas raídas de color marrón, sin afeitar, despeinado, encorvado y con una bolsa de arpillera a su espalda. Moira Chas, desde Argentina, escribe sobre el Hombre de la Bolsa: También estaba el Hombre de la Bolsa... que se llevaba a los niños traviesos. Se los llevaba para siempre, a algún lugar horrible. Yo lo veía de color marrón, la ropa marrón, la piel marrón, y la bolsa tambien marrón, barba sin afeitar, con aspecto de mendigo.

Rubén González y José Manuel Pérez, dos adolescentes de Montijo (Extremadura), describen al personaje como Hombre imaginario, gordo y alto, que según la nana se llevaba a los niños metidos en un saco a su castillo y se los comía. Sólo se llevaba a los traviesos que no dormían, ya que eran los que estaban más buenos. Otro joven de la misma localidad, Pedro Tomás Vegas Luna, lo describe como un titiritero que iba por las calles y metía a los niños en un saco.

En Balmaseda, según testimonio de Amelia Maguregui Llaguno, un familiar se disfrazaba con una chaqueta vieja, un sombrero raído y un saco enganchado en un palo. Todos los niños y niñas le tenían auténtico terror.

Como escribe Chema Gutiérrez, parece ser que fue el mejor referente para padres sin imaginación a  la hora de echar mano de figuras para asustar a los niños,  ya que no debía ser muy difícil encontrar algun hombre con un saco al hombro e inventarse fabulosas historias sobre lo que metía dentro.

 
Véase también Pishtacos, Cortasebos, Sacasangre.

La Fiera Corrupia

En los siglos XVIII y XIX estuvieron muy de moda los romances de ciego, las aleluyas y en general los llamados "pliegos de cordel". Entre los diversos temas de sus fábulas, leyendas y cronicas figura el de las fieras, de los monstruos y Harpías, con mayuscula: v.g. La Fiera de Oporto; La Fiera del Espinar de la Sierra; La Harpía Americana; La Fiera Maltrana; el Caracol del Jarama, etc., etc.

Una de las fieras mas popularizada por esta Literatura de Cordel, la que más famosa se hizo en el vulgo, y la que ha pasado a la posteridad como arquetipo de fieras quiméricas y fabulosas es LA FIERA CORRUPIA de la que se narraban horribles y fabulosas hazañas, en Navarra se la conoció también con su nombre deformado, que para eso los hispanoparlantes somos mandados a hacer, y a principios de este siglo, allí se le llamaba LA FIERA ALZURRUPIA.

La FIERA CORRUPIA o ALZURRUPIA para los navarros, según las aleluyas, y romances de la epoca, tenía cabeza de toro (con cuernos gachos, descomunales) y el cuerpo de lagarto, lleno de escamas. Sus uñas eran "...como ganchos de romana..." (de balanza romana) y para su exterminio fue necesario todo un regimiento de infanteria de línea. En la revista Alrededor del Mundo, del 22 de Octubre de 1903 (página 281), aparecen reproducidas algunas de las imágenes de estas fieras legendarias y entre ellas la CORRUPIA o ALZURRUPIA.

A ella alude varias veces Pío Baroja. En su libro Vitrina Pintoresca (Madrid, 1935, págs. 197-8). Dice así:

...La Fiera CORRUPIA, en forma de dragón rojo, con siete cabezas, diez cuernos, y unos candeleros con velas en cada cabeza, era evidentemente La Bestia del Apocalipsis... Esta fiera CORRUPIA, descendiente espuria de la Bestia Apocalíptica ha perdido sin duda, de cartel en cartel, el carácter de su origen bíblico.

Se han visto varios romances en los cuales la fiera tenía otros aspectos, véase lo que decía uno de ellos:

La Fiera Malvada. Nueva y curiosa relacion en la que se declara y da cuenta de las horrorosas muertes, estragos y desgracias que ha ejecutado una fiera silvestre titulada ALZURRUPIA el dia 12 de marzo del presente año en la ciudad de Urben, inmediata a Tierra Santa, matando a 153 personas y comiéndose cinco niños llevándose uno para después... y del fin que esta tuvo.

[Joaquín Alipio].

Pío Baroja volvió sobre el personaje, dedicándole un romance en sus Canciones del suburbio:
 

En Villabruta del Monte,
en una caverna oscura
que se abre en una oquedad
del Pico de Peña Cruda,
se ha presentado un engendro,
un fantasma, una furia
que los más listos del pueblo
llaman la "Fiera Corrupia".
Es un animal monstruoso,
Como un gato lleno de uñas,
Con cabeza de serpiente
y ojos grandes de lechuza;
parte cubierta de pelo
y otra cubierta de plumas;
de un aspecto tan terrible,
que al mismo demonio asusta.

Tan pronto llora en silencio
corno se ríe o rebuzna
y desgarra a quien se acerca,
mientras quejándose aúlla.
Tiene en la frente diez cuernos,
cara terrible y adusta,
y unas velas encendidas
entre la frente y la nuca,
que dan a su negra cara
una expresión tremebunda.

Al parecer, a los chicos
les engaña y les adula,
y si los pesca en sus garras
los sujeta y los manduca.
Se ha comido ya seis niños
esta fiera disoluta,
y, según dicen algunos,
hasta los huesos los chupa
al parecer, ahora piensa
y cínicamente anuncia
engullirse algunos más
como quien se traga chufas.

No sabemos en la aldea
cómo comenzar la lucha
contra esta bestia rabiosa
que al vecindario importuna,
pues si es sobrenatural
como varios aseguran,
entre ellos Pepito "el Sacris"
y la sobrina del cura,
ni los tiros ni los palos
tendrán eficacia alguna.

Nuestro dignísimo alcalde
ha congregado una junta
para hacer una campaña
contra esta fantasma impura;
pero hay que reconocer,
y a nadie se nos oculta,
que la situación actual
empieza a verse confusa,
pues hay hombres que pretenden
y sostienen y murmuran,
por echárselas de sabios
y de gente de cultura,
que en Villabruta del Monte
no existe tal Peña Cruda
ni hay en ella, por lo tanto,
ni cavernas, ni hendiduras,
ni fieras que coman niños,
ni monstruos de pelo o pluma,
y que todo ello no pasa
de ser una broma estúpida,
una ilusión de zoquetes,
una necedad absurda,
una idea de cazurros
y una estólida impostura.

Yo apelo al gobernador
y reclamo la su ayuda
para que nos dé instrucciones
sobre tal fiera gatuna,
puesto que resulta cierto,
y ello está fuera de duda,
que el bicho, exista o no exista,
nos está haciendo la cusca.
 

El poeta sevillano Fernando Villalón (1881-1930) dedicó también una interesante composición al personaje, incluida en su obra Romances del 800:
 
LA FIERA CORRUPIA

La fiera corrupia
es verde con rayas,
en ascuas los ojos,
la cola enroscada.

Corre, corre, corre,
corre, que te alcanza.

Pablito la ha visto
pelando la pava
y le dijo: ¡MAAU!
con voz desusada.

Corre, corre, corre,
corre, que te alcanza.

Es verde, muy verde,
con algunas rayas,
y en las piedras lisas
sus uñas clavaba.

Corre, corre, corre,
corre, que te alcanza.

Sentada en un canto
de piedra labrada,
se afila los dientes
con una navaja.

Corre, corre, corre,
corre, que te alcanza.

[Reviejo y Soler 1997: 99].

María Sarmiento

(y al que hablaba se le castigaba)
Luego se convirtió en un juego agregándosele: ... y yo se la haré comer y puedo hablar porque tengo las llaves del Cielo..." y el que así decía, tentaba a los niños para que hablasen haciéndoles preguntas.

Ni Covarrubias, ni Correas, ni Sbari, ni Montoto la citan en sus libros.

A título de curiosidad diremos que existió una María Sarmiento, natural del Valle del Pas, en las montañas de Santander. Fue nodriza de Felipe II, y la que, en calidad de tal, asistió el día 5 de Junio de 1527 a la solemne ceremonia del bautismo del príncipe (más tarde Felipe II), que se celebró en la Iglesia de San Pablo de Valladolid (Ludwig Pfandl: FelipeII, Madrid 1952, página 43).

[Joaquín Alipio].

Pateta

Es el equivalente del diablo; segun el diccionario es el nombre con que se lo designa familiarmente a Patillas o al Diablo. El mismo diccionario aplica el
nombre de Pateta a la persona que tiene un vicio de conformación en los pies o en las piernas...

La Academia encuentra el origen del nombre pateta en la voz pata: suele o solía decirse Pateta: el que se lleva a los que se mueren. Fernández-Guerra, en una de sus notas a la "Visita de los chistes", de don Francisco de Quevedo y Villegas (Biblioteca de autores españoles, tomo XXIII, Madrid, 1859), dice:

Pateta es el apodo que se le da al que tiene algun vicio de conformación en los pies o en las piernas. Aplícase al Diablo, de quien los cuentos de viejas refieren que hubo de quedar cojo al despeñarse al abismo, así se dice: «¡Ojalá  te lleve Pateta!». Y Cejador, en su fraseologia, escribe: «El diablo cojo es Pateta, que cayó del Cielo por malo y quedó cojo... y todos los cojos son malos segun el refrán. (Joaquín Alipio).

Ver Patetas.

Bibliografía sobre el Coco

Amades, Joan (1957): «Los ogros infantiles», Revista de Dialectología y Tradiciones Populares 13: 254-85.

Anaya, Rudolfo (1992): «La Llorona, El Kookooee, and Sexuality», Bilingual Review/Reviste Bilingüe 17 (January/April), Arizona State University.

Cabal, Constantino (1983): La mitología asturiana, Oviedo: IDEA.

Cerrillo, Pedro C. (1990): Cancionero popular infantil de la provincia de Cuenca (Lírica popular de tradición infantil), Cuenca: Publicaciones de la Excma. Diputación Provincial de Cuenca.

Corominas, Joan y José A. Pascual (1980): Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, Madrid: Gredos, s.v. coco.

Delgato, Edmundo (1994): «El Coco Maluco, Origins of the Boogeyman», La Herencia del Norte, número de primavera (artículo de dos páginas).

Escudero, Isabel (1997): Cántame y cuéntame. Cancionero didáctico, Madrid: UNED y Ediciones de la Torre, 1997. [Reúne textos de Isabel Escudero, ilustraciones de Dinah Salama y partituras y esquemas de juegos de Lola de Cea; también un breve pero sustancioso ensayo de Agustín García Calvo, «¿Qué es un niño?»].

Fraile Gil, José Manuel (1994): La poesía infantil en la tradición madrileña, Biblioteca Básica Madrileña nº 8, Madrid: Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid.

Fuertes, Gloria (1996): Obras incompletas, Madrid: Cátedra.

García Lorca, Federico (1987): «Canciones de cuna españolas (Añada. Nana. Arrolo. Vou veri vou)», en Obras Completas vol. III, Madrid: Aguilar, pp. 282-300.

Masera, Mariana (1994): «Las nanas: ¿una canción femenina?», Revista de Dialectología y Tradiciones Populares 49, 1: 199-219, Madrid.

Ortega Morán, Arturo (2004): «Que viene el coco», http://www.prodigyweb.net.mx/ortegak9/ELCoco.htm.

Ortiz, Fernando (1929): «El cocorícamo y otros conceptos teoplásmicos del folklore afrocubano», Archivos del Folklore Cubano IV, 4: 289-312.

Plath, Oreste (1979): Folklore chileno, Santiago de Chile: Nascimiento.

Reviejo, Carlos y Eduardo Soler (1997): Canto y cuento. Antología poética para niños, Madrid: SM.

Romero, Fernando (1988): Quimba, Fa, Malambo, N~eque. Afronegrismos en el Perú, Instituto de Estudios Peruanos.

Roque Alonso, María Angels (1988): «Cigüeña y lechuza: símbolos de vida y muerte», en Luis Díaz (coord.): Aproximación antropológica a Castilla y León, Barcelona: Anthropos, pp. 149-66.
 

 
 Quiero expresar mi gratitud, además, a las siguientes personas, que han intervenido en foros abiertos de Internet o me han respondido personalmente sobre el tema, y de los cuales proviene buena parte de la información más interesante: Jorge Mariscal (Universidad de Califas, San Diego), Teresa Márquez (Universidad de Nuevo México), Jeff Garcilazo (Universidad Carlson Hall de Utah), Catalina M. Reyes, Avie Guerra,  Harlynne Geisler, José Lamas Ríos, Moira Chas. 
 Los textos citados cuyo original está en inglés han sido traducidos al castellano.
Para todo lo referente a la zona aragonesa, expreso mi gratitud a Chema Rodríguez, autor del
Breve Inventario de Seres Fantásticos y Legendarios 
del Viejo Reyno de Aragón.

Asustachicos de origen portugués

Lobishomem
Papau (Bicho Papão)
 

Lobishomem

Papau (Bicho Papão)

Miranda Santos, Theobaldo (1992):  Lendas e Mitos do Brasil. Säo Paulo: Editora Nacional.  Ilustraçöes: Manoel Victor Filho.
 
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