ASUSTADORES

CRIOLLOS

[Actualizado a 11/4/2003.
Entrada mejorada:
el Ucumar].

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Apagado el fulgor de trabucos y explosiones, primero de la Conquista y luego de la Independencia, prosigue el combate, si terrible siempre hermoso, del amor: labios que buscaban labios, blancos, negros o indígenas, y en ellos deslizaban, junto con su deseo, viejos mitos y consejas. Como la saliva confusa, pronto brotaron de ese encuentro colores, consejas y mitos que no podían resolverse en una simple suma o adición de elementos previos: surge así un modo nuevo, recién amasado, de ocupar el medio, real e imaginario, al que llamamos criollo.

Dentro de esta nueva camada de espectros, podemos distinguir dos grupos: los espantos transfronterizos que han resultado, como suele serlo el pueblo, viajeros por ríos y cordilleras: por ejemplo, La Llorona, cuyos sollozos son conocidos de Texas a Argentina; por otro, los espantos locales, unidos a una tierra y muy remisos a dejarla: así, los muchos espantos colombianos o los de ciudades como Lima y Santiago.


Espantos viajeros

El Cadejo


Carlos Loarca, El Cadejo Encorralado

El Sombrerón

La Llorona

En México: De niña en México, D.F., nos asustaban con ella... Hay variantes, pero el cuerpo de la historia tiene que ver con una mujer que ahogó a sus hijos y después se suicidó.  Por la noche sale a buscar a sus críos siguiendo el curso de los rios y llorando y aullando y se le oye decir «¡Ay, mis hijooooos!...». También hay canciones que indirectamente mencionan el tema como aquella de ¡Ay, llorona, llorona del alma mía!... [Monique J. Lemaitre].

Dicen que al norte de México, en el Estado de Chihuahua, en determinado tramo de la carretera solitaria, a veces se sube la Llorona a los pesados camiones que transportan mercancías, y durante grandes tramos, se escucha el lastimero quejido de este pavoroso espectro que dicen se aferra a las lonas y sogas de los transportes.

A todo lo largo y lo ancho de México, se cuentan historias diferentes de la Llorona, y en muchas ciudades añosas, por callejones de piso empedrado y sumamente arbolados, se escucha, sobre todo por estas fechas, los tristes lamentos de ese espectro.

Una versión pone en relación el espanto con un personaje histórico singular:  cuando los españoles llegaron a conquistar México, fue pieza clave una mujer llamada La Malinche: ella, como era princesa india, su educación le permitía hablar varios idiomas y dialectos, y le fue regalada a
Hernán Cortés, el conquistador. Él la tomó como amante favorita ya que le era de mucha utilidad, y después de largo tiempo la abandonó al regresar a España, tuvieron un hijo,y en México dio origen al mestizaje, pero esa es otra historia. Dicen que los indígenas la tenían por traidora a su raza, ya que por su culpa murieron miles y miles. Es así que se dice que el grito de la Llorona es Aaaaayyyyy  miiiis hiiiijoooos, esto es que el alma en pena de La Malinche, vaga por una eternidad llorando por la actual raza mexicana nacida del mestizaje, ya que ella ayudó a Hernán Cortés el español.

Una versión distinta asegura lo siguiente: se  dice que una  dama nacida de madre india y padre español, o sea una mestiza, era amante de un caballero español. Tenían dos criaturitas, ella lo amaba con veneración, y aunque el también la quería, decidió hacer un matrimonio por conveniencia con una mujer española. La mestiza, llena de celos, y para vengarse del amante, asesinó a sus hijitos, habiendo sido condenada por este acto tan terrible, a morir por "el garrote vil" ( torniquete que aplicaban a la nuca del condenado hasta matarlo). Dice la leyenda que mientras ella era martirizada de esa manera, sus gritos espeluznantes se escuchaban por toda la ciudad... Lloraba por sus niñitos gritando el consabido Aaaayyyy miiiiis iiiijoooos.[Hermelinda Noriega, contribución a memoria].

En Colombia: Aparece como una mujer vestida con una túnica raída y sucia, de rostro cadavérico, ojos rojos por el llanto, greñuda y con un niño muerto en sus brazos. Las noches de plenilunio asusta en las quebradas y riberas de los ríos con su llanto desgarrador y macabro y hasta se aparece en los pueblos apartados de la cordillera andina. En medio de sus lloriqueos se le oye gemir: «aquí lo eché, aquí lo eché, ¿donde lo encontraré?», reprochándose su infanticidio.

Los antioqueños y caldenses creen también en la Llorona que se distingue por sus lloriqueos angustiantes y profundos, y por sus gritos. (Ocampo López 1966: 183-6).

Agustín Jaramillo describe así la leyenda tal como se encuentra en Antioquia: Érase que se era una mulatica quinceañera despabilada y sabrosona ella... Habiendo tenido un hijo por artes conocidas de todo aquel que las supiere y no sabiendo que camino tomar para no desmerecer ante los ojos de los suyos, decidió ahogar la criaturita una noche de luna. Llegó a la orilla del río y, en un remanso, dejó caer al inocente hijo. Víctima de su remordimiento regresó a poco rato a buscar al hijo de sus entrañas. Y como loca recorría las orillas del río tratando en vano de encontrarlo. Desde entonces en las noches de luna se oye la voz de la llorona que grita y se lamenta buscando afanosamente a su hijo mientras dice: Aquí lo eché, aquí lo eché... ¿en dónde lo encontraré?

Es conocida también con otros nombres: la María Pardo o la Turumana y aún con diferentes apariencias, hasta gustadora de fumar tabaco y escuchar música de guitarras. Se ensaña sobre todo con los borrachos adúlteros o jugadores [Argemiro Vélez].

La Llorona es un espíritu en pena que busca a su hijo. Se afirma que fue una mujer que perdió su único hijo, y esto la enloqueció. En su dolor culpó a Dios de su pena y fue maldita por los viejos del pueblo. Nunca dejó de llorarlo. Y después de muerta, su espíritu sale por las noches y lanza su llanto quejumbroso, hasta los siglos de los siglos (Valencia Salgado 1987).

Por el lado del cementerio de Yotoco se oía una muchacha —pero, se veía que era una muchacha—; unos lamentos. Luego de ese camino, como una cuadra, otros lamentos. Llegó a la panaderia y luego de eso bajó para abajo,
lamentándose, que no se sabía eso qué quería decir. Dije yo entre sí: algún
niño que se le haya muerto. Al frente de la casita volvió a lamentarse y
entonces yo corrí y abrí la puerta. Cuando abrí la puerta ella que pasa y le
digo yo:

- Vea ¿quesque le pasa?

No me contestó nada ni me dejó ver la cara. Yo le noté, lo único que le noté
era que no iba por el suelo, y las zanquitas eran delgaditas. La vi como por
el aire, como a esta altura: una cuarta de alto. Pero a mí no me dio miedo.
A mí no me da miedo nada.

Probablemente fue algún crimen que hizo y se quedó penando.

(Contado por Manuel Santos, 105 años, en el Primer Encuentro Regional de
Contadores de Historias y Leyendas, Buga, Colombia. Tomado de Memorias de tres encuentros, Instituto andino de artes populares del Convenio Andrés
Bello, Quito, 1990).

En Argentina:

Fantasma del Sur de la Provincia de Buenos Aires, cuya leyenda es una derivación de la de la Viuda. Mujer vestida enteramente de blanco, sin cara y por lo general también sin pies, que se desplaza sobre la tierra sin tocarla. Anda siempre gimiendo en la noche, y de ahí su nombre. Su llanto anuncia desgracia. A veces se acerca a una casa, llevando la enfermedad a los sanos y la muerte a los enfermos. Suele cargar con los que encuentra en su camino, para quitarles la vida o enfermarlos. alzando la cruz del cuchillo o un crucifijo de plata se la hace retroceder. Los perros se enloquecen cuando la oyen gemir.

Esta es su caracterización específica. Como derivación de la leyenda de la
Viuda, hay versiones que dicen que implora ayuda y piedad, y que cuando un
comedido se acerca a socorrerla, le saca todo lo que lleva encima, incluso
la ropa. Deja de ser entonces un heraldo de la muerte y la enfermedad, para
convertirse en salteadora. [Colombres 1986].

Escribe a memoria José Alberto Alberico: al sur-este de la Provincia de Córdoba, en el centro del país, si bien no es una leyenda muy popular he tenido la oportunidad de escuchar alguna que otra versión sobre ella. Sin perder las características fundamentales del argumento, según se
repite en otras partes del globo, la variante está en que dicho personaje no se le aparece a nadie por ningún hecho en especial, sino que recorre los lugares donde "anduvo" su hijo, ahora muerto,  y llora del modo en que se describe en las otras oportunidades. Otra variante es que esta mujer se hubo convertido en pájaro y, por lo tanto, el sonido que este emite hace pensar que "la llorona" anda rondando, nuevamente lamentándose por su/s hijo/s, especialmente cuando se lo escucha de noche.

La figura está también atestiguada en Venezuela [Izard], donde se la identifica con la Sayona [Domingo Sánchez]. Cf. en Ecuador el Llorón (Güillanguille).

La Mano Peluda

Localizada en México y Colombia. Común en los subterráneos de las casas. Es una mano grande y velluda de uñas grandes que se asoma por las ventanas o los huecos de los muros. Sirve para infundir temor a los niños traviesos, malcriados y callejeros. En México se cree que llega por las noches y te toca mientras duermes.

Bibliografía sobre el Cadejo

Asturias, Miguel Ángel (1985): Leyendas de Guatemala, Navarra: Salvat.
 

Bibliografía sobre la Llorona

Anaya, Rudolfo (1992): «La Llorona, El Kookooee, and Sexuality», Bilingual Review/Reviste Bilingüe 17 (January/April), Arizona State University.

Arora, Shirley (1997): "La Llorona", en Michael S. Werner ed.: Encyclopedia of Mexico: History, Society and Culture, Chicago y Londres: Fitzroy Dearborn.

Colombres, Adolfo (1986): Seres sobrenaturales de la cultura popular Argentina,
Biblioteca de Cultura Popular /1, Buenos Aires: Ediciones del Sol, 203 p.
Ilustraciones de Ricardo Deambrosi.

Izard, Gabriel:  "La religiosidad popular afrovenezolana" http://www.nodo50.ix.apc.org/SODEPAZ/21art8.htm

Jaramillo, Agustín Londoño (1988): El testamento del Paisa, Medellín: Susaeta Ediciones.

Kraul, Edward Garcia y Judith Beatty (1988): Encounters with La Llorona, Santa Fe: Word Process.
 

Asustadores locales

Espantos portorriqueños Espantos panameños Espantos salvadoreños Espantos hondureños Espantos ecuatorianos Espantos venezolanos Espantos guatemaltecos Espantos costarricenses Espantos dominicanos Espantos bolivianos Espantos chilotas Espantos mexicanos Espantos colombianos Espantos brasileños Espantos criollos de la costa norte peruana Espantos chilenos Espantos de la ciudad de Lima Espantos de la Pampa Espantos de la provincia de Santiago (Argentina)

Espantos portorriqueños

Don Pancho

Gulén Gulén Bo

Espantos panameños

La Sierpe

La Tulivieja

 Bibliografía sobre espantos panameños

Miranda, Beatriz, viuda de Cabal (1972): «La sierpe», en Narraciones hispanoamericanas de tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 153-7.
 

Espantos salvadoreños

El Cipitío

Espantos hondureños

El Embrión

El Sacerdote Aparecido

La Carreta de los Ajusticiados

La Chancha que acometía a la gente

La Desaparecida

La Siguanabana

La Sirena

Bibliografía sobre espantos hondureños

Raudales, Zonia (1972): «Algunas leyendas y tradiciones de Comayaguela», en Narraciones hispanoamericanas de tradición oral. Antología, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 208-22.
 
 

Espantos ecuatorianos

 

Demonios del Bosque

El Cuco

El Duende

        Y todos quedaron conformes.

El Fantasma del Hidalgo

El Güillanguille

El Saltadientes

Perder parte de la dentición cuando menos se lo espera, es sin duda una
verdadera lástima, sobre todo si la pérdida consiste en las piezas incisivas. Porque nada más ridículo, ingrato y patético resulta mirar, y mucho más llevar, una boca coronada por encías vacías, aunque sea por breve lapso, ¿no lo creen?

Ciertamente, la dentadura es el marco de la sonrisa. Sin aquélla, ésta no supera el plano de la mueca simiesca. ¡Cielos! Una calamidad que asusta y que con frecuencia da pie para formular acerbas conclusiones y nada halagadoras suposiciones. Así, si una mujer ha perdido los dientes se dice que ha perdido la belleza, y si un hombre ha corrido parecida suerte, bueno, se dice lo mismo y, además, que ha perdido la pelea.

Y bien, estas consideraciones plantean la necesidad de conservar el conglomerado dental intacto y resplandeciente para prestigio y felicidad e
toda persona que se respeta. Además, todo el mundo está en el legítimo derecho de presentar su rostro con el aspecto más atractivo que pudiere procurarse incluso con la magia del artificio. Mas, por desgracia, existe en esta ciudad un diabólico personaje empeñado en arrebatar este invalorable tesoro a la gente.

Si se ha de dar crédito a las crónicas que han venido ocupándose de esta cuestión, este malvado ser, que prefiere siempre el lado opuesto del día para consumar sus fechorías de lesa estética, suele acechar a sus víctimas oculto en los vanos de las puertas o zaguanes de donde sale de repente para atacarlas. No es amigo de circunloquios ni de aducir razones que justifiquen más o menos su violenta actitud. Se diría que está siempre deprisa. Un certero golpe de puño en la boca, un solo golpe pero ejecutado con la potencia de una coz de una mula, que resulta suficiente para hacer saltar buena parte de la dentición, y asunto liquidado. Y es, precisamente, esta especialidad que le ha valido al contumaz asaltante el nombre de Saltadientes.

Quienes han visto al Saltadientes —por haber sido vapuleados por él,
principalmente— coinciden en señalarlo como un hombre de estatura, volumen y edad medianos, de ojos verde amarillentos, cabellera gris y atuendo negro. El aspecto general del espectro no infunde pavor a primera vista ni desconfianza cuando se acerca, caminando con pasos reposados, como quien no deseara sino continuar adelante sin provocar a nadie. Debido a ello, sus víctimas se ven sorprendidas sin posibilidad de preparar su defensa. Y sólo se enteran de que acaban de chocar contra un puño cuando les han dejado listas para alimentarse únicamente de papilla durante el resto de la vida, si no cuentan con dinero para procurarse una prótesis, por supuesto.

Y mientras el vapuleado, sin acertar todavía a explicarse la razón de la sin razón ni tiene lógica al por qué, se pone a escupir uno tras otro los dientes que no los ha tragado, el espectro se encamina, con una pincelada de burla en el rostro, hasta la pared más cercana para atravesar su sólida estructura como si se tratase de una cortina de vapor o de humo.

Existen por lo menos dos versiones que pretenden identificar al distraído sujeto que dejara olvidada su alma cuando hubo de marcharse de este mundo. Y, claro, nadie sabe a qué atenerse cuando trata de inclinarse por una de las dos ponencias, ya que, para mayor complicación, el Saltadientes jamás ha dicho esta boca es mía. Una de ellas da por seguro que el misterioso asaltante no es otro que el fantasma de un viejo y desalmado púgil, apodado casualmente “Saltadientes”, fallecido en el cuadrilátero, sin duda de excitación, mientras machacaba la cara de su contrincante, hace tres o cuatro generaciones. La otra, tan pintoresca como la anterior, se basa en un suceso ocurrido en las postrimerías del siglo pasado y que describe las peripecias de un infortunado seminarista llamado Hernando, también conocido como “Oso”, quizá por sus movimientos torpes o por su fuerza poco común. En su parte substancial dice que “Oso”, a pesar de su incuestionable vocación para el sacerdocio y de su excelente talento, fue expulsado del seminario precisamente en la víspera misma de ser coronado sacerdote. El motivo para la adopción de semejante actitud había sido la denuncia de que entre los antecesores de “Oso” existieron orates probados. La comisión encargada de investigar la imputación halló, para su desgracia, pruebas fehacientes de ella.

El pobre “Oso” abandonó el seminario muy a su pesar, jurando por todos los diablos destrozar la boca del denunciante si algún día llegase a descubrirlo. Pero el tiempo corría y el delator continuaba en la sombra por esfuerzo que efectuara el perjudicado para develarlo. Y fue entonces cuando la mente del ex seminarista, víctima del agente atávico originado en sus ascendientes, empezó a desquiciarse. A partir de ese instante, en toda persona de mirada furtiva creía ver un sospechoso y a quien, por las dudas, había que saltarle los dientes.

Pronto, esta clase de ataques se volvieron frecuentes y el contumaz agresor hubo de ser encerrado en una casa para enfermos mentales donde se dice que falleció al poco tiempo. Sin embargo, estas agresiones, que llevan implícito en sí el made in“Oso”, han continuado sucediéndose a lo largo del tiempo.

Pero, ¿a quién de estos dos individuos pertenece el malvado fantasma denominado Saltadientes? Bueno, tal cosa no es trascendental para quienes suelen recorrer la ciudad de Quito por las noches. Lo importante es que él jamás les encuentre.

 (Relato de Carlos Villamarín Escudero. Para críticas y comentarios dirigirse a carlosvillamarin@hotmail.com).

El Tren Infernal

Fantasmas en Carondelet

La Loca Viuda

Espantos venezolanos

El Coco Aguirre

La Carreta del Diablo

La Sayona

Espantos guatemaltecos

El Carro de Piloto

Los Rezadores de la Noche

Bibliografía sobre espantos guatemaltecos

Lara Figueroa, Celso Arneldo (1972): «Leyendas y casos folklóricos», en Narraciones hispanoamericanas de tradición oral. Antología, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 112-25.
 

Espantos costarricenses

La Tzegua

Espantos dominicanos

Ciguapa

Espantos bolivianos

Cadete Rojo

Espantos chilotas

El archipiélago de Chiloé, en Chile, es, en opinión al menos de los lugareños, el lugar donde más llueve del mundo. No faltan en su enmarañada floresta encantos y espantos, de entre los que sobresale el Caleuche.

El Caleuche

Bibliografía sobre espantos chilotas

Plath, Oreste (1979): Folklore chileno, Santiago: Nascimento.

Schiavetti de Gómez, Lina (1972): «El lago de Cucao (leyenda chilota)», en Narraciones hispanoamericanas de tradición oral. Antología, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 145-8.
 

Espantos mexicanos

Chanecas

Chaneco

Chaneques (Ocha-Neke)

El ánima de Juan Soldado

El Coludo

El Duende

El Esqueleto Rumbero

El Viejo Comeniños

El Viejo del Costal

La Calaca

La Condesa de la Hacienda San Cristóbal

La Mano Pachona

Nahual

Penas

Bibliografía sobre espantos mexicanos

Vergara Figueroa,  César Abilio —coordinador— (1997): Yo no creo... pero una vez, México: JGH Editores, Colectivo Memoria y vida cotidiana, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

Espantos colombianos

 El Bracamonte

El Buque Fantasma (Maravelí)

El Burro

El Cazador

El Chucho

El Chupasangre

El Chutun

El Cura

El Demonio

El Diablo

El Diablo Colgado

El Diantre

El Esqueleto

El Fraile sin Cabeza (El Cura sin Cabeza)

El Gritón

El Guango (Guando)

El Hojarasquín del Monte

El Hombre Caimán

El Jinete Negro

El Patas

El Macho Cabrío

El Padre Martínez

El Patetarro

El Perro Negro

El Poira

El Pollo Peletas

El Putas

El Puto Erizo

El Relincho

El Tunjo

El Uñas (El Uñón)

La Barbacoa (El Guando)

La Candileja

La Dama Verde

La Madre de agua (Madre d’iagua)

La Mancarita

La Mechuda o Cabellona

La Muelona

La Mula de Tres patas

La Mula Herrada

La Patasola (el Patasola)

La Rodillona

La Sombra Tumbadora

La Tarumama

La Tunda

 La Vieja Colmillona

La Vieja Inés

La Viudita

Los Ilusiones

Los Meneses

Mareco

María Pimpina

María la Larga

Ribiel

Satanás

Alarcón López, Juan Francisco (1972): «Leyendas del Tolima», en Narraciones hispanoamericanas de tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 158-60.

Álvarez Garzón, Juan (1972): «El Chutun», en .Narraciones hispanoamericanas de tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 259-71.

Arias, Juan de Dios (1972): «La Barbacoa», en Narraciones hispanoamericanas de tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 161-4.

Carrasquilla, Tomás (1974): La marquesa de Yolombó, ed. crítica de Kurt L. Levy, Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, Biblioteca Colombiana X.

Duque, José Ignacio (1986): Antioquia, su pueblo, sus mitos, supersticiones y leyendas, Medellín: Editorial La Pluma de oro.

Escobar Uribe, Arturo (1990): Mitos de Antioquia, Medellín: Ediciones Triángulo.

Jaramillo, Agustín Londoño (1988): El testamento del Paisa, Medellín: Susaeta Ediciones.

Martínez González, Guillermo (1990): Mitos del Alto Magdalena, Bogotá: Trilce editores.

Ocampo López, Javier (1968): Mitos colombianos, Bogotá: El Ancora editores.

Ocampo López, Javier (1996): Leyendas populares colombianas, Bogotá: Plaza y Janés.

Peña Sarría, Armando (1972): «Leyendas de Sotará», en Narraciones hispanoamericanas de tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 235-44.

Solorzano Sánchez, Luis Fernando (1990): Mitología y creencias populares de Colombia, Bogotá: Editor Ecoe.

Valencia Salgado, Guillermo —«Compae Goyo»— (1987): Córdoba Su Gente Su Folclor,  Casa de la Cultura. Montería.
 
 
 

Esta sección sobre espantos colombianos es obra del investigador  Argemiro Vélez.
Para cualquier sugerencia o crítica,
puedes contactar con él en la dirección
arge@epm.net.co 

 

Espantos brasileños

Madame  Flosç

Espantos de la costa norte peruana

El Ahogado

El Maligno

Esta sección sobre espantos criollos
de la costa norte peruana
es obra de
Omar Clemente Becerra Villanueva,
al cual expresamos 
desde aquí nuestra gratitud

Espantos chilenos

Alicanto

Es un pájaro cuyo plumaje brilla en la oscuridad. Se posa en los sitios donde hay algún tesoro; particularidad que utilizan en su provecho buscadores de minas (cateadores) y los que persiguen riquezas escondidas (entierros). Se alimenta del oro y la plata que extrae de yacimientos que él sólo conoce. La causa de que el Alicanto no pueda volar está en el peso de su buche, por la pesadez de los minerales que ingiere. Cuando está en ayuno corre con ligereza; después, ahíto, se mueve lentamente. el mito del Alicanto pertenece a la misma familia del Farol, de Argentina. [César Parra]

Calchona

Es una bruja, un alma en pena, algo extraordinario. Se asemeja a un gran perro de lanas muy crecidas que le arrastran por el suelo. Corre por el campo ladrando incesantemente, y cuando
los perros la oyen, se amedrentan, y prorrumpen en aullidos muy tristes. La Calchona, sin embargo, no hace daño a nadie. Muy difundida está la siguiente leyenda, que explica el origen de la Calchona. Un marido que espiaba constantemente a su mujer, porque tenía la sospecha de que era bruja, logró sorprenderla en el instante en que salía de la casa transformada en oveja. La dejó ir, y él se encaminó a la alcoba, donde encontró cambiados en zorritos a sus cuatro pequeños hijo, los cuales, por imitar a su madre, se habían embardunado con los untos que ésta usaba para sus transformaciones. Por medio de los mismos ungüentos convirtió otra vez el padre en personas a sus hijos, y en seguida arrojó a la acequia los botecillos que contenían aquellas diabólicas unturas; razón por la cual no pudo la mujer, cuando estuvo de vuelta, tornar a su anterior estado, quedando para siempre mudada en oveja y siendo desde siempre conocida con el nombre de Calchona. Parece que tiene cierta semejanza con el Werwolf alemán, el Loup-garou francés.  Viene del mapuche calcha, que significa pelos interiores. [César Parra]

La Buenamoza

La leyenda de la Buenamoza se ha paseado por los poblados del Desierto de Atacama. Hay más de una versión, pero la más citada habla de una mujer vampiro, vestida de negro, que -atractiva y encantadora se acerca a los hombres que recorren lugares solitarios o que se pierden en el desierto. Pero rápidamente muestra su verdadero rostro: extrae un puñal, mata a su víctima y luego chupa su sangre. [César Parra]

La Lola

La Lola está presente en las leyendas de varias regiones del país. En unas partes es un espíritu vengativo, condenado a vagar por la eternidad luego de matar al hombre por el que sufría de amores. En la zona de Santiago de Chile es un ser fantasmal que acecha en los desfiladeros y en las cumbres. Y en la mina de cobre de El Teniente, cerca de Rancagua, se adapta a su realidad subterránea  para recorrer los socavones abandonados, vestida de blanco y arrastrando un ataúd. Cuando un minero muere en ellos por causas desconocidas, sus compañeros no dudan: Vio a la Lola...y  falleció. [César Parra]

Piguchén (Piuchén)

El piguchén o piuchén es una culebra que al cabo de cierto tiempo se transforma en una especie de rana de gran tamaño, toda cubierta de un vello finísimo, con las alas muy cortas y anchas, que sólo le permiten dar pequeños vuelos, las patas fuertes y los ojos saltados y espantosos. Es vampiro y prefiere la sangre de los animales a la del hombre....¡menos mal! [César Parra]

Espantos de la ciudad de Lima

Las penas

Los duendes

Esta sección sobre espantos limeños es obra del profesor Daniel Mathews. Para cualquier sugerencia o crítica, puedes contactar con él en la dirección daniel__mathews@hotmail.com.

 

Espantos de la Pampa

Escuerzo

La luz mala

La Mulánima

La Viuda (Carao, Viuda Loca)

Espantos de la provincia de Santiago (Argentina)

El Alma Perdida

El Bagual

El Familiar

El Imaj Laya

El Mikilo

El Sacháyoj

El Toro Súpay

Kacharpaya

Kaparilo

La chancha con cadenas

La Umita

Los Duendes

Mayup Maman

Espantos de la provincia de Tucumán (Argentina)

El Ucumar

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