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FUNDAMENTOS PARA UNA ÉTICA DEL HOMESCHOOLING
Santiago José Cabedo Cercós
Me resulta difícil reflexionar acerca del fenómeno Homeschooling
básicamente por tres razones: primera, porque apenas llevo tres años
en el tema y sólo en calidad de observador; segunda, porque me
resulta atrevido; y tercera, porque me hace sentir traidor. El
primero de los complejos lo justifico con la juventud académica de
la materia y con mi inconsistencia intelectual. El segundo lo
justifico con una sensación insuperable de estar simplificando
injustamente una cuestión que tiene precisamente en su pluralidad su
virtud fundamental. Y el tercer temor se refiere a una ingrata y
turbadora impresión de estar desgarrando la mano que me da de comer.
A pesar de ello, me animo a cruzar el umbral que separa el sistema
que conozco de esa otra educación que aspiro a conocer. Estos tres
complejos los he ido resolviendo con dedicación, prudencia e
indiferencia respectivamente. Dedicación para cohabitar en nuevos
territorios, prudencia para no etiquetar insensiblemente a las
familias educadoras e indiferencia por cuanto a que el Homeschooling
no es antagónico a lo que algunos hacemos en las escuelas, sino
simplemente diferente.
En
primer lugar, trato de aportar una hipótesis más acerca de la
tipología de padres en relación con la educación de sus hijos. El
resultado es complementario a los expuestos por los investigadores
que se ocupan de estas cuestiones, por lo tanto no lo considero más
que un intento de ampliar el debate desde una perspectiva distinta.
Madalen Goiria (1) y Carlos Cabo (2) están investigando actualmente
en la materia y son el referente que me ha alentado a participar en
el asunto. La propuesta tipológica que muestro aquí está basada en
la teoría del desarrollo moral de Kohlberg (3), según la cual el
niño pasa por tres fases a lo largo de su infancia: nivel
preconvencional, nivel convencional y nivel posconvencional.
Conviene aclarar que mi adaptación es libre y también que no soy la
primera persona en apoyarse en esta teoría para clasificar a los
seres humanos adultos (4) según su nivel de desarrollo moral. El
cuadro que presento a continuación sólo es un punto de partida para
mi objetivo fundamental, a saber, tratar de definir los criterios
idóneos para delimitar el Homeschooling que representa una opción
educativa seria y responsable del Homeschooling que representa una
opción cuestionable. Creo que a través de este ejercicio de crítica
constructiva se puede alcanzar el estatuto de reconocimiento que
muchos deseamos para el movimiento.
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Tipo de padres |
Descripción |
Valores docente/valor discente |
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Padres preconvencionales |
Serían aquellos padres que escolarizan y
exigen a la escuela un autoritarismo basado en valores,
métodos y estilos castrenses. Sienten nostalgia de los
tiempos pasados y reivindican “mano dura” para acabar
con los problemas que puedan surgir. No se plantean
desescolarizar ya que lo asocian a población marginal, o
bien de tendencia anarquista o bien de sectarismo
religioso. Encuentran a la escuela con una moral
demasiado laxa, pero sobretodo con unas formas muy
relajadas, obviando la estructura piramidal y el
conducto reglamentario que observan como idóneos. Suelen
admirar las escuelas o grupos de estilo militar y
desconfían de los valores democráticos y de las
iniciativas sociales que presentan valores progresistas.
Confunden autoridad con autoritarismo. El papel de los
padres en la educación es vigilar y controlar. Añoran
los uniformes y los desfiles. Las relaciones familiares
son relaciones de poder (porque yo lo digo) entre
poderoso y súbdito. |
Autoridad/ docilidad |
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Padres convencionales |
Comprende a la mayoría de padres. La
desescolarización la contemplan o bien como una
respuesta marginal y excluyente o bien como una opción
sugerente pero imposible de acometer, tanto por
limitaciones académicas como por compatibilidad de
horarios. Estos padres se guían por el principio de
mayorías, es decir, está bien lo que hace la mayoría de
gente, que es escolarizar. Para muchos de ellos, la
escuela es una guardería hasta los dieciséis, aunque
algunos asisten regularmente a las reuniones y están
pendientes de sus hijos con los deberes y actividades
extraescolares. No cuestionan el sistema, mientras no
aparece el fracaso escolar. Cada vez se extiende más el
grupo de familias convencionales que delegan todos los
aspectos de la educación de sus hijos a la escuela.
Estos padres suelen sobrecargar las jornadas de sus
hijos con actividades extraescolares en un ritual de
iniciación al mundo adulto. Las relaciones familiares
son cada vez más de clientela o de vasallaje (si haces
esto, tendrás esto otro). |
Productividad/ pasividad. |
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Padres posconvencionales |
En este grupo están los padres
Homeschooling y los padres de niños escolarizados
que se plantean la cuestión. Entienden que la
escolarización no es idónea para sus hijos, aunque
generalmente no aborrecen el sistema sino que,
simplemente, no lo contemplan para sus hijos por no
colmar sus expectativas educativas. El modelo de
educación es tan diverso como padres y madres hay, pero
se pueden definir a grandes rasgos por estilo no
directivo, metodologías adaptadas al niño y contenidos
curriculares más o menos autodirigidos. Para estos
padres resulta vital el desarrollo integral de sus hijos
así como la crianza natural. Tratan de recuperar en la
unidad familiar algunas de las competencias que la
sociedad tecnócrata les ha ido usurpando. Defienden que
la legitimidad es superior a la legalidad aunque ello
suponga desobediencia civil. Las relaciones entre ellos
son familiares (que no es poco). |
Creatividad/ autonomía. |
Para
educar a un niño hace falta la tribu entera
Hasta lo
que sé, esta frase es un proverbio africano. Hay dos objeciones al
respecto. En primer lugar, estaría la cuestión de admitir o no que
la tribu entera tiene o no tiene siempre la razón, porque claro, las
normas que dicha tribu ha ido transmitiendo de generación en
generación son socialmente válidas y necesarias para asegurar la
supervivencia y el equilibrio del poblado, pero si esas normas y sus
sanciones equivalentes pueden ser cuestionadas por distintos motivos
y desde diferentes instancias (sobretodo desde la sociedad civil)
sería lo que determinaría si esa tribu es moderna y representa un
estado social de derecho o, por el contrario, es una sociedad
premoderna o una dictadura. Cuando la tribu es moderna, como lo es
el caso del Estado Español, y señala cómo hay que hacer las cosas,
como por ejemplo, qué hacer con el niño cuando tiene edad escolar,
los padres suelen reaccionar de distinto modo según su naturaleza:
Los
padres preconvencionales se rascan los bolsillos y buscan el
tipo de escuela privada por cuestiones de prestigio, estilo
educativo o, simplemente, tradición.
Los
padres convencionales tienen tres posibilidades: aceptar la
escuela “que les ha tocado”; rascarse los bolsillos para evitar esa
escuela vía privada; o hacer trampas burocráticas para acceder a la
escuela pública o concertada favorita.
Los
padres posconvencionales hacen algo distinto: cuestionan las
razones de la tribu, es decir, superan el nivel de aceptación pasiva
de la norma establecida por convención social y algunos inician el
largo y valiente proceso de justificación moral y/o legal de su
“desviación” del resto de la tribu.
Esta
primera objeción se refiere a que si bien es cierto que hace falta
la tribu entera para educar a un niño sólo una tribu que valora y
permite la exigencia de los padres de la mejor de las educaciones
para sus hijos es una tribu merecedora de ser llamada moderna. Por
consiguiente, si, pongamos por ejemplo, la “tribu entera” no quiere
darse cuenta de que nuestras aulas son un túnel del tiempo hacia el
siglo XIX, existe legitimidad moral para que los padres
posconvencionales le expliquen a la tribu las razones que les
asisten, que en este ejemplo serían de carácter metodológico,
curricular, ergonómico, entre otras. En definitiva, sería un
cuestionamiento legítimo a la sociedad actual por no haber superado
el paradigma escolar de suministrador de carne de cañón para las
fábricas de la Revolución Industrial, lo cual parece suficiente
razón para objetar.
La tribu
entera, si quiere tener futuro, debe admitir y valorar el cambio
social que propone el Homeschooling, ya que el movimiento está
proponiendo una mejora del poblado en varios sentidos. En primer
lugar, los resultados conocidos de los jóvenes educados en los
hogares resultan de enorme interés para una sociedad que aspira a
ser creativa, emprendedora e innovadora. En segundo término, los
padres posconvencionales presentan una implicación en la educación
de sus hijos que ya quisiéramos los docentes escolares que
“nuestros” padres la tuvieran. Y finalmente, como regalo
desinteresado y muestra de buena fe, el Homeschooling ofrece al
sistema educativo una orientación para mejorarse a sí mismo, ya que
algunos profesores aprendemos día a día de las experiencias
educativas en casa y, si bien no podemos trasladarlas a la escuela,
sí que tratamos de impregnarnos de su espíritu emocional para
minimizar las miserias despersonalizadoras y contribuir con ello a
crear un sistema escolar, si no idóneo, sí al menos más humano.
El
proverbio que encabeza este apartado suele ser usado por quienes
denuncian el solipsismo social que supone el homeschooling. Ésta es
la segunda objeción que planteo: la suposición de que la “tribu
entera” está mejor representada en el microcosmos alicatado del aula
que en cualquier otra institución, como por ejemplo la familiar. El
monopolio de la socialización no lo posee en exclusiva el sistema
escolar, como parece aceptar despreocupadamente una nueva clase de
padres de reciente aparición (igual que se habla de la generación
“Ni-ni”, es decir, “ni estudian ni trabajan”, también se puede
hablar de la generación de padres “Ni-ni”, o sea, “ni educan ni
dejan educar”). Éstos no sólo han perdido su parte de implicación en
el asunto de educar sino que exigen a los expertos de la tribu que
se ocupen de sus hijos a tiempo completo y, además, que les ofrezcan
garantías de que sus hijos obtendrán el sello de calidad. Es raro
que no haya trascendido ya ningún caso en el que este tipo de padres
denuncie al centro escolar por incumplimiento de contrato.
Por
consiguiente, la implicación de la “tribu entera” es fundamental,
pero no en el sentido que señalan los detractores de la educación en
casa, sino justo en el contrario, ya que la familia educadora es
capaz de lo que no es la familia de vínculos comerciales, a saber,
presentar e introducir al niño en el mundo de un modo más real en
tanto que natural. Por consiguiente, son las familias
preconvencionales y convencionales las que se alejan de aquello que
la naturaleza ha previsto al someterse al sistema feudal de la
modernidad, que desvincula a la familia para convertirla en cliente
pasivo del estado de bienestar (recuerdo una entrevista en la que un
dirigente de un parque temático español expresaba sus deseos de que
en el Estado Español fuera desapareciendo “(la) tradición de
reunirse en casa de los abuelos los domingos”).
Igual
que en la vida en sociedad, en la escuela se han estilizado las
formas de presión, ahora revestidas de asertividad y de una
violencia coercitiva no explícita. Los docentes hemos sustituido las
técnicas de tortura física por una estructura disciplinar sostenida
por un engranaje burocrático punitivo. El resultado es un sistema de
represión que gana en control menos de lo que pierde en crecimiento
personal de los alumnos. El milagro que se espera de la escuela
obligatoria es la motivación intrínseca de los alumnos, es decir,
que estudien por placer y para crecimiento personal, sin embargo el
sistema está configurado para que las notas y los títulos sean el
criterio que clasifique a los niños en exitosos o fracasados, en un
ejercicio maquiavélico de traslación de la angustia del mundo
laboral contemporáneo al ingenuo espacio de la escuela. Por lo
tanto, la motivación intrínseca desaparece y deja paso a la
extrínseca, o lo que es lo mismo, los niños estudian únicamente para
aprobar, para obtener certificados y para conseguir regalos a fin de
curso, abandonando tempranamente el placer de aprender por aprender,
precisamente el acto mágico que nos hace más humanos a los humanos.
Esta motivación de carácter comercial puede resultar convincente
para padres conformistas que contemplan las etapas obligatorias o
bien como mero trámite hacia estudios superiores o bien como parking
para sus niños (preconvencionales y convencionales), pero resulta
insuficiente para los que esperan mucho más de la educación tanto en
sentido curricular como en sentido emocional (padres
posconvencionales). Por todo ello, creo que hablar de niños sin
socialización tal vez sea más adecuado en el contexto de la burbuja
alicatada de la escolaridad que en el entrañable -aunque en
ocasiones empalagoso, reconozcámoslo- aire familiar.
En el
siguiente apartado expongo mi posición respecto a la cuestión de si
todo Homeschooling es tan deseable como lo he reflejado hasta el
momento.
Fundamentación ética del Homeschooling . ¿Cuándo es responsable el
Homeschooling y cuándo no?
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Máximos de felicidad:
el ideal de felicidad de la familia, respetable mientras
no se incumplan los mínimos de justicia. |
Nivel 1: los padres educadores eligen el modelo
educativo que consideran que hará más felices a sus
hijos y a sí mismos y se comprometen a actuar en
consecuencia.
Nivel 2: los hijos educados en casa alcanzan sus ideales
de felicidad a través de las motivaciones, metodología y
currículo que proponen sus padres, pero si se ejerce
imposición y no se atiende a la deriva personal del
hijo, el horizonte de felicidad se pervierte. |
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Mínimos de justicia:
aquellos principios sin los cuales el ser humano vuelve
a su condición premoderna de esclavo. |
Autonomía |
Dignidad |
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Nivel 1: los padres educadores encuentran límite a sus
aspiraciones de felicidad cuando su modelo educativo no
garantiza la madurez crítica y autónoma de sus hijos.
Nivel 2: los hijos están legitimados para recibir una
educación que garantice su crecimiento íntegro desde las
potencialidades que exija su deriva personal en el
escenario del dialogo familiar. |
Nivel 1: la familia educadora encuentra límite a su
acción educadora cuando ésta implica adoctrinación. El
hijo no puede ser privado acríticamente del conocimiento
de teorías o realidades ajenas, aun cuando se presenten
las propias como las significativas para la familia.
Nivel 2: los hijos están legitimados para adquirir una
educación que favorezca su dignidad, aun cuando ésta
excluya un elemento significativo para su familia. |
Los
horizontes éticos del homeschooling vienen definidos por la doble
articulación mínimos de justicia-máximos de felicidad. Estos últimos
son materia invitable, es decir, se puede invitar a los demás a que
participen de tu ideal de felicidad, ya sea una convicción religiosa
ya sea una afición de fin de semana ya sea una causa social. Son
asuntos no prescriptivos que hacen feliz a quien los goza pero que
no deben ser de obligatoria exigencia para los demás (aunque esos
“demás” sean los propios hijos). Los padres educadores pueden
invitar a sus hijos, por ejemplo, a crecer con valores cristianos,
ecológicos, neomarxistas o neoconservadores pero no pueden
obligarlos a que interioricen esos valores como únicos o supremos,
sino proponerlos como la opción elegida en un escenario de
pluralidad axiológica y de tolerancia ante la diversidad. Los
valores que cumplen la función de columna vertebral de la educación
familiar deben ser susceptibles de discusión en el marco
metodológico de la deriva personal, es más, lo idóneo sería que
dichos valores no fueran predeterminados sino establecidos al calor
del debate intrafamiliar resultado de la confrontación constructiva
entre las inquietudes paternas y la deriva personal de los hijos.
Por consiguiente, la felicidad familiar, si se impone acríticamente,
se pervierte en un acto de persuasión o manipulación de quien no
conoce otro planteamiento alternativo. Sin embargo, los padres
posconvencionales, ésta es mi convicción, partirían de sus
principios únicamente para construir un nuevo ideal de felicidad
mucho más simétrico y democrático, es decir, fruto del consenso y de
la discusión en el seno familiar de las diversas perspectivas.
Como
digo, en cuestiones de felicidad, lo que Adela Cortina llama máximos
de felicidad (5), no se le puede exigir a nadie que su manera de
deleitarse sea otra distinta, ya que en materia hedonista la
subjetividad tiene plenos dominios. Este sería el caso de las
distintas motivaciones, que son tan válidas las unas como las otras.
Si una familia, pongamos por caso, alcanza su ideal de felicidad
educando en la religión cristiana y enseñando la teoría
creacionista, se podrá estar más o menos de acuerdo con ella, pero
no se le podrá imputar nada desde el punto de vista educativo
(¡cuántas teorías por refutar enseñamos hoy como válidas y cuántas
teorías refutadas hoy se enseñaron en el pasado como verdaderas!) Su
horizonte de felicidad pasa por educar en esos valores y en esas
creencias, estemos o no los demás ciudadanos de acuerdo. A mi
entender, el problema no está en las motivaciones, si son
religiosas, pedagógicas o ideológicas, sino en detectar si cruza o
no el límite ético de mínimos, es decir, si incumple alguna de las
dos premisas que garantizan justicia para con el hijo, a saber, que
pueda desarrollar en el libre ejercicio de su deriva personal su
autonomía y su dignidad. Asimismo, el problema tampoco está en los
valores de la familia, ya que unos padres posconvencionales
plantearían sus principios junto a otras convicciones de modo que el
hijo pudiera valorarlas críticamente y pudiera optar, llegada la
madurez, por la que considerase personal. Así pues, los padres
invitan a sus valores y el hijo decide haciendo uso de su autonomía.
Si los padres mostraran una única realidad, sería adoctrinamiento y,
desde el punto de vista ético, sería una privación de autonomía y,
por consiguiente, del derecho fundamental a la libertad.
Este
ideal de máximos plantea una cúspide sin tope, tan alta como lo
permita la creatividad y el debate familiar, pero exige un suelo de
mínimos compartidos por todos. Los máximos de felicidad, al ser tan
subjetivos como familias hay, representan una de las grandes
riquezas de la educación en familia. Esta garantía de diversidad y
pluralismo aporta a la sociedad seres humanos no uniformados, con
personalidades diversas y dotadas de múltiples inteligencias, algo
de lo que adolece la escolaridad obligatoria. Sin embargo, si alguna
familia no garantiza que esta pluralidad venga de la mano de una
educación que salvaguarde la dignidad de los hijos, no puede ser
legitimada para su acción educadora, por cuanto aporta a la sociedad
un súbdito o un esclavo, en lugar de un ciudadano. Dicho de otro
modo, si educamos en los axiomas que encontramos idóneos pero no
permitimos que los hijos los valoren críticamente a la luz del
conocimiento de otras realidades o valores, construimos humanos
adoctrinados y nos introducimos en el túnel del tiempo de la
escuela, sólo que en lugar de retroceder al XIX lo hacemos a la
época medieval y a su indeseable sociedad supersticiosa y
estamental.
Respecto
a la dignidad del hijo, no podemos obviar que uno de los principales
beneficios de educar en casa se refiere a las posibilidades que se
ganan a diferencia del “café para todos” escolar. En el hogar, el
“aire de familia” es irreproducible y cada casa tiene sus propios
aromas, su sistema de cotidianas felicidades y, por qué no decirlo,
sus particulares miserias. Esto crea un ambiente único de emociones
compartidas y de reciprocidad cognitiva que resulta inigualable por
parte del frío y burocrático sistema escolar. Por todo ello, los
buenos padres educadores saben que, incluso en el seno familiar, lo
que sirve para un hijo bien puede no servir para otro, hasta el
punto en que deben aceptar con absoluta normalidad la vuelta a la
escuela de alguno de ellos aun cuando ello pueda suponer una
contrariedad para sus ideales de buena educación. Ésa es la prueba
más delicada y la muestra más sublime de responsabilidad familiar,
pero de su modo de afrontarla dependerá una cosa mucho más
importante que la convicción de los padres, que es la dignidad de su
propio hijo.
Para
este tipo de decisiones no hay recetas, sino intuiciones,
observación y una gran dosis de improvisación responsable. Si tras
detectar inconveniencias importantes, algunos padres impusieran el
sistema de educación en casa, se puede decir que traicionarían el
espíritu propio del modelo educativo, por cuanto coaccionarían la
singularidad de su hijo en un intento fallido de proporcionarle
justicia (dignidad) y libertad (autonomía). Esto es lo que he
pensado que se podría denominar “la paradoja de la libertad
escolar”, es decir, padres que buscan mayor libertad para sus hijos
pero que la cercenan al privarles de la oportunidad de valorar por
sí mismos su escuela ideal. Los padres posconvencionales, por su
parte, tampoco tienen respuestas perfectas pero ya parten con una
ventaja respecto a los que no lo son, a saber, saben que sus hijos
son fin en sí mismos (autonomía kantiana) y no medio para la
felicidad paterna, circunstancia que exige de ellos implicar en las
decisiones a todos los afectados (padres, hijos, hermanos y todo
aquel que participe de su modelo educativo) y tomar resoluciones que
beneficien al devenir educativo de sus hijos por encima del ideal
educativo de la familia. Por último, los padres posconvencionales
saben que no hay felicidad sin justicia y que no hay justicia sin
dignidad, razón por la cual lejos de proyectar en sus hijos sus
propios miedos y malas experiencias escolares, deberán contribuir a
que las personalidades se forjen y que la deriva de cada cual
oriente sus velas en el incierto mar.
___________________________
(1)
http://madalen.wordpress.com/
(2)
http://encina.pntic.mec.es/jcac0007/
(3) KOHLBERG, Lawrence.
Sicología del desarrollo Moral. Bilbao: Editorial Desclée de Brower,
S.A. 1992.
(4) CORTINA, Adela. Ética aplicada y democracia radical, Madrid,
Tecnos, 1.993
(5) CORTINA, Adela. La ética de la sociedad civil. Aluda Anaya.
Madrid 1994.
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