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que te interesa, búscalo aquí.
Dentro de esta nueva camada de espectros, podemos distinguir dos grupos:
los espantos transfronterizos que han resultado,
como suele serlo el pueblo, viajeros por ríos y cordilleras: por
ejemplo, La Llorona, cuyos sollozos son conocidos
de Texas a Argentina; por otro, los espantos locales,
unidos a una tierra y muy remisos a dejarla: así, los muchos espantos
colombianos o los de ciudades como Lima y Santiago.
El Cadejo es bien conocido en Guatemala. Miguel Ángel Asturias se inspiró en él para una de sus memorables Leyendas de Guatemala, llamada así: «El Cadejo». Abre el relato una cita del propio Asturias: Y asoma por las vegas el Cadejo, que roba mozas de trenzas largas y hace ñudos en las crines de los caballos. Y lo cierra una estupenda descripción del personaje: un animal largo —dos veces un carnero por luna llena, del tamaño de un sauce llorón por la luna nueva—, con cascos de cabro, orejas de conejo y cara de murciélago (Asturias 1985: 32).
Un estupendo testimonio guatemalteco sobre el Cadejo:
El Cadejo en el callejón de Dolores
Me encantaba visitar a mis abuelitos. Generalmente, mamá nos llevaba los miércoles y los viernes.
Cuando el abuelito Fidel le echaba lumbre a su pipa, se le iluminaban los ojos y se quedaba meditando en silencio. Mis hermanos y yo le hacíamos rueda, y élempezaba:
«Sucedió hace mucho tiempo atrás cuando era común que los muchachos le diéramos serenata a las chicas bonitas del barrio. Mis amigos me pasaron a traer a las siete de la noche y fuimos de balcón en balcón cantando nuestras mejorescanciones.
Tan emocionados estábamos, que no nos dimos cuenta de la rapidez con que se nos escapó el tiempo.
Cuando dispusimos regresar, caímos en la cuenta que eran las doce de la noche. Nos apresuramos por aquello de los temblores, y los muchachos se fueronquedando en el camino, según el lugar donde tenían su casa. Por último, sólo nos quedamos Miguel y yo.
Luego que atravesamos el Cerrito del Carmen, tomamos por el Callejón de las Huerfanas. Y al pasar por el potrero de Corona, se nos pegó a los talones unanimal parecido a un perro enorme, largo, negro y lanudo. Tenía patas de cabra, ojos como cuerpo y sentíamos las piernas aguadas. Miguel y yo nos miramos y sin pronunciar una sola palabra, echamos a correr sin detenernos. Pero el malvadoperro seguía tras nosotros. Al llegar al Callejón de Dolores donde yo vivía con mis papas, y sentimos que no era posible dar un paso más, empujamos la puerta yentramos haciendo un escándalo de mil diablos. Papá y mamá se levantaron y nos preguntaron qué nos había sucedido. Nosotros les empezabamos a contar, cuandoen eso se escucharon los golpes que la bestia daba en la puerta con sus cascos, pretendiendo tumbarla. Papá sacó su pistola y abrió la puerta. Mamá salió con un crucifijo, se lo mostró al animal, y cuando el condenado lo vió dió unos chillidos espantosos y se transformó en un remolino que se perdió en la noche oscura.
Mamá nos llevó a la cocina y nos sirvió una taza de café caliente que nos sentómuy bien. Cuando nos pasó el susto, papá dijo que ese animal era el Cadejo que les sale a los borrachos y a los trasnochadores.
Esa noche Miguel se quedó a dormir en la casa, y desde entonces procuramos no regresar tan tarde» (DELMI, 10 de Mayo de 1998).
Por su parte, en Comayaguela, Honduras, se pueden oír cuentos como éste:
En la calle que va al cementerio, se dice que salió durante mucho tiempo un animal que la gente apodó «El Cadejo». Tenía el aspecto de una hiena según unos, o de un pequeño cabro según otros.
Cuando una persona pasaba por esa calle, «El Cadejo» aparecía poniéndosele enfrente, o bien la seguía haciendo un ruido característico con sus pequeños cascos al contacto del empedrado suelo.
Una noche venía una persona honorable, a quien le habían dicho que, clavando un puñal en el suelo, «El Cadejo» ya no se miraba. Cuando el animal hizo su aparición frente al señor, éste desenvainó su puñal y lo clavó en el suelo, cerca de donde el animal había hecho su aparición. Momentos después ya no habían rastros de «El Cadejo», que se suponía que era algún animal que bajaba de las montañas a rondar las tumbas de los muertos(Raudales 1972: 213-4).
En El Salvador, se dice que el Cadejo sigue a los que viajan a solas de noche. No ladra, sino que se lamenta. Quienes oyen penar al Cadejo en las cercanías pueden estar seguros: se encuentra lejos; pero quienes lo escuchan en la lejanía deben estar alerta: que no se den la vuelta, o hallarán a la bestia observándoles con ojos de fuego. De mirar esos ojos, uno queda al momento paralizado por el pánico.
El Cadejo salvadoreño mide unos tres pies, y a menudo persigue a los viajeros durante largas distancias antes de darse por vencido. Durante todo el tiempo, deja escapar su lúgubre lamento, que pone la piel de gallina; espera así que su víctima se decida a afrontarlo o intente atacarle, en cuyo caso estará perdida. Pues, de ser así, el Cadejo se hincha hasta tomar el tamaño de un toro, y desde ese nuevo estado pisotea y apabulla al osado.
A quienes han recibido sus atenciones se les encuentra más tarde al borde del camino, aún helados de terror, incapaces de articular palabra durante semanas enteras. Las más de las veces, empero, la víctima alcanza a recuperarse: sólo ocasionalmente son estos encuentros fatales.
Se le conoce en Antioquia la grande y en el Tolima como una figura humana siempre vestido de negro y con un gran sombrero que llega a cubrirlo casi por completo. A veces se le ve como un jinete con ruana negra y llevando enormes perros también negros, amarrados con cadenas, que producen terror con sus aullidos. Lo acompañan fuertes vientos y huracanes que apagan las velas a su paso. Aparece al amanecer ya sea en cafetales o en las calles de los pueblos y persigue a los jovencitos que empiezan a fumar y en especial a los borrachos diciéndoles: «Si te alcanzo, te lo pongo (el sombrero)».
El Sombrerón es también el tema de una de las Leyendas de Guatemala del gran Miguel Ángel Asturias, a la que da nombre. En la introducción del libro, «Guatemala», escribe Asturias: El Sombrerón recorre los portales de un extremo a otro; salta, rueda, es Satanás de hule (Asturias pág. 14). En el cuento, «Leyendas del Sombrerón», el diablo, tras tentar en forma de pelota tan liviana, tan ágil, tan blanca a un monje antonomásico, se abre como por encanto en forma de sombrero negro sobre la cabeza de un niño. Era el sombero del demonio. Y así nace al mundo el Sombrerón (Asturias pág. 41).
En México se dice que el Sombrerón vive en las cuevas de los cerros, donde comparte vivienda con los Naguales.
Dicen que al norte de México, en el Estado de Chihuahua, en determinado tramo de la carretera solitaria, a veces se sube la Llorona a los pesados camiones que transportan mercancías, y durante grandes tramos, se escucha el lastimero quejido de este pavoroso espectro que dicen se aferra a las lonas y sogas de los transportes.
A todo lo largo y lo ancho de México, se cuentan historias diferentes de la Llorona, y en muchas ciudades añosas, por callejones de piso empedrado y sumamente arbolados, se escucha, sobre todo por estas fechas, los tristes lamentos de ese espectro.
Una versión pone en relación el espanto con un personaje
histórico singular: cuando los españoles llegaron a
conquistar México, fue pieza clave una mujer llamada La Malinche:
ella, como era princesa india, su educación le permitía hablar
varios idiomas y dialectos, y le fue regalada a
Hernán Cortés, el conquistador. Él la tomó
como amante favorita ya que le era de mucha utilidad, y después
de largo tiempo la abandonó al regresar a España, tuvieron
un hijo,y en México dio origen al mestizaje, pero esa es otra historia.
Dicen que los indígenas la tenían por traidora a su raza,
ya que por su culpa murieron miles y miles. Es así que se dice que
el grito de la Llorona es Aaaaayyyyy
miiiis hiiiijoooos, esto es que el alma en pena de La Malinche,
vaga por una eternidad llorando por la actual raza mexicana nacida del
mestizaje, ya que ella ayudó a Hernán Cortés el español.
Una versión distinta asegura lo siguiente: se dice que una dama nacida de madre india y padre español, o sea una mestiza, era amante de un caballero español. Tenían dos criaturitas, ella lo amaba con veneración, y aunque el también la quería, decidió hacer un matrimonio por conveniencia con una mujer española. La mestiza, llena de celos, y para vengarse del amante, asesinó a sus hijitos, habiendo sido condenada por este acto tan terrible, a morir por "el garrote vil" ( torniquete que aplicaban a la nuca del condenado hasta matarlo). Dice la leyenda que mientras ella era martirizada de esa manera, sus gritos espeluznantes se escuchaban por toda la ciudad... Lloraba por sus niñitos gritando el consabido Aaaayyyy miiiiis iiiijoooos.[Hermelinda Noriega, contribución a memoria].
En Colombia: Aparece como una mujer vestida con una túnica raída y sucia, de rostro cadavérico, ojos rojos por el llanto, greñuda y con un niño muerto en sus brazos. Las noches de plenilunio asusta en las quebradas y riberas de los ríos con su llanto desgarrador y macabro y hasta se aparece en los pueblos apartados de la cordillera andina. En medio de sus lloriqueos se le oye gemir: «aquí lo eché, aquí lo eché, ¿donde lo encontraré?», reprochándose su infanticidio.
Los antioqueños y caldenses creen también en la Llorona que se distingue por sus lloriqueos angustiantes y profundos, y por sus gritos. (Ocampo López 1966: 183-6).
Agustín Jaramillo describe así la leyenda tal como se encuentra en Antioquia: Érase que se era una mulatica quinceañera despabilada y sabrosona ella... Habiendo tenido un hijo por artes conocidas de todo aquel que las supiere y no sabiendo que camino tomar para no desmerecer ante los ojos de los suyos, decidió ahogar la criaturita una noche de luna. Llegó a la orilla del río y, en un remanso, dejó caer al inocente hijo. Víctima de su remordimiento regresó a poco rato a buscar al hijo de sus entrañas. Y como loca recorría las orillas del río tratando en vano de encontrarlo. Desde entonces en las noches de luna se oye la voz de la llorona que grita y se lamenta buscando afanosamente a su hijo mientras dice: Aquí lo eché, aquí lo eché... ¿en dónde lo encontraré?
Es conocida también con otros nombres: la María Pardo o la Turumana y aún con diferentes apariencias, hasta gustadora de fumar tabaco y escuchar música de guitarras. Se ensaña sobre todo con los borrachos adúlteros o jugadores [Argemiro Vélez].
La Llorona es un espíritu en pena que busca a su hijo. Se afirma que fue una mujer que perdió su único hijo, y esto la enloqueció. En su dolor culpó a Dios de su pena y fue maldita por los viejos del pueblo. Nunca dejó de llorarlo. Y después de muerta, su espíritu sale por las noches y lanza su llanto quejumbroso, hasta los siglos de los siglos (Valencia Salgado 1987).
Por el lado del cementerio de Yotoco se oía
una muchacha —pero, se veía que era una muchacha—; unos lamentos.
Luego de ese camino, como una cuadra, otros lamentos. Llegó a la
panaderia y luego de eso bajó para abajo,
lamentándose, que no se sabía eso
qué quería decir. Dije yo entre sí: algún
niño que se le haya muerto. Al
frente de la casita volvió a lamentarse y
entonces yo corrí y abrí la puerta.
Cuando abrí la puerta ella que pasa y le
digo yo:
- Vea ¿quesque le pasa?
No me contestó nada ni me dejó ver
la cara. Yo le noté, lo único que le noté
era que no iba por el suelo, y las zanquitas
eran delgaditas. La vi como por
el aire, como a esta altura: una cuarta de alto.
Pero a mí no me dio miedo.
A mí no me da miedo nada.
Probablemente fue algún crimen que hizo y se quedó penando.
(Contado por Manuel Santos, 105 años, en el Primer Encuentro
Regional de
Contadores de Historias y Leyendas, Buga, Colombia. Tomado de Memorias
de tres encuentros, Instituto andino de artes populares del
Convenio Andrés
Bello, Quito, 1990).
En Argentina:
Fantasma del Sur de la Provincia de Buenos Aires, cuya leyenda es una derivación de la de la Viuda. Mujer vestida enteramente de blanco, sin cara y por lo general también sin pies, que se desplaza sobre la tierra sin tocarla. Anda siempre gimiendo en la noche, y de ahí su nombre. Su llanto anuncia desgracia. A veces se acerca a una casa, llevando la enfermedad a los sanos y la muerte a los enfermos. Suele cargar con los que encuentra en su camino, para quitarles la vida o enfermarlos. alzando la cruz del cuchillo o un crucifijo de plata se la hace retroceder. Los perros se enloquecen cuando la oyen gemir.
Esta es su caracterización específica.
Como derivación de la leyenda de la
Viuda, hay versiones que
dicen que implora ayuda y piedad, y que cuando un
comedido se acerca a socorrerla, le saca todo
lo que lleva encima, incluso
la ropa. Deja de ser entonces un heraldo de la
muerte y la enfermedad, para
convertirse en salteadora. [Colombres
1986].
Escribe a memoria José
Alberto Alberico: al sur-este de la Provincia
de Córdoba, en el centro del país, si bien no es una leyenda
muy popular he tenido la oportunidad de escuchar alguna que otra versión
sobre ella. Sin perder las características fundamentales del argumento,
según se
repite en otras partes del globo, la variante
está en que dicho personaje no se le aparece a nadie por ningún
hecho en especial, sino que recorre los lugares donde "anduvo" su hijo,
ahora muerto, y llora del modo en que se describe en las otras oportunidades.
Otra variante es que esta mujer se hubo convertido en pájaro y,
por lo tanto, el sonido que este emite hace pensar que "la llorona" anda
rondando, nuevamente lamentándose por su/s hijo/s, especialmente
cuando se lo escucha de noche.
La figura está también atestiguada en Venezuela [Izard], donde se la identifica con la Sayona [Domingo Sánchez]. Cf. en Ecuador el Llorón (Güillanguille).
Arora, Shirley (1997): "La Llorona", en Michael S. Werner ed.: Encyclopedia of Mexico: History, Society and Culture, Chicago y Londres: Fitzroy Dearborn.
Colombres, Adolfo (1986):
Seres
sobrenaturales de la cultura popular Argentina,
Biblioteca de Cultura Popular /1, Buenos Aires:
Ediciones del Sol, 203 p.
Ilustraciones de Ricardo Deambrosi.
Izard, Gabriel: "La religiosidad popular afrovenezolana" http://www.nodo50.ix.apc.org/SODEPAZ/21art8.htm
Jaramillo, Agustín Londoño (1988): El testamento del Paisa, Medellín: Susaeta Ediciones.
Kraul, Edward Garcia y Judith Beatty (1988):
Encounters
with La Llorona, Santa Fe: Word Process.
En Puerto Rico he oído [decir a los niños]: «Cuidao que ahí viene don Pancho y te lleva...» (don Pancho es un terrateniente blanco).
Pues sí. La sierpe, según me decían mis abuelos, es tan larga como la plaza del pueblo, que mide ciento veinte metros, y del grueso de un novillo gordo. Tiene patas cortas y gruesas, terminadas en dedos con unas uñas como de tigre, pero no sueltos, sino unidos por unos pellejos, como los de los patos. La cabeza es grandota, con una muralla alrededor, como las de las iguanas. Los ojos, redondos, los tiene de frente, protegidos por dobles párpados: los de afuera, gruesos, los usa cuando duerme, y los otros, transparentes, le cubren el ojo cuando está bajo el agua, así pueden pescar en lo más profundo de las lagunas. Tiene unas quijadas fuertes, con labios recogidos en mil pliegues, cuando está tranquila; y que puede estirar cuando está brava, para agarrar y apresar entre los dientes, que son todos como colmillos de macho de monte. A los lados de la cabeza tiene un par de agallas que le permiten respirar bajo el agua, y cuando está afuera, respira por los huecos de la nariz, que es como ver el nudo de un tronco viejo. la piel de la sierpe es un cuero grueso, cubierto de escamas duras y chirriantes, que no se rompen ni con tajos de machete, y las balas de las escopetas rebotan en él y no le entran. Su cola termina en una aleta partida, y por todo el espinazo tiene una hilera de puntas que desde lejos parecen un serrote.
Cada cien años, la sierpe tiene un hijo, y como al crecer no cabrían en la cueva en que viven, la sierpe vieja tiene que salir para llegar al mar, a esconderse en las grutas que hay en unas islas encantadas, muy lejos, muy lejos. Cuando la sierpe se revuelve, sube el agua de las lagunas y hay crecientes muy grandes, que arrastran piedras y arrancan árboles enormes. «Baja la sierpe», decían los viejos de antes, cuando se oía el zumbido de la «cabeza de agua» que bajaba con la creciente. Y aunque ustedes crean que es mentira, en los «arrastrados» que deja el río, se encuentran mechones de unas cerdas gruesas que no las tiene ningún animal conocido.
En las lagunas que hay en las alturas del Cerro Hornito, y en las cuevas del Chiriquí, ha habido sierpes; y también se han visto sierpes en las lagunas del volcán y en las lagunas de Changuinola.
Por mucho tiempo, aquí en Dolega se contaba el cuento de «La Sierpe», y muchos afirmaban que los hermanos Rovira alcanzaron a verla entre los cañales de una laguna, llegando al mar, en Chiriquí Grande. Y cómo será de espantosa la figura de la sierpe, que Raimundo Rovira, el hombre más valiente de Dolega, que se atrevió a cruzar en una balsa la Laguna Grande sin hacer caso de los lagartos que acercaban su hocico a los troncos, cuando vio aquellos extraños ojos rojizos que lo atisbaban, sintió que un chorro frío le bañaba la espalda y que el cabello erizado le levantaba el sombrero hacia arriba.
También mi abuelo, Rafael Acosta, contaba que él había visto subir el agua de la laguna del Hornito, mismamente como cuando la marea sube, y que cuando hasta ellos llegó un zumbido de huracán y se sintió un olor raro como de huevos rotos o de baba de sapo, todos corrieron para alejarse de allí; porque, sin verla, ellos sabían que la sierpe estaba moviéndose.
[...] Esa es la Sierpe, de la que tantas cosas
se dicen; pero que gracias a Dios, es una; y menos peligrosa que las «bocaracá»
de estos llanos que cruzamos todos los días (Miranda
1972:
155-7).
Amaba la moza a un joven de su mismo lugar, y fruto de estos amores nació un niño a quien su madre ahogó para ocultar su falta.
Dios castigó en el acto ese pecado tan grande convirtiéndo a su madre desnaturalizada en tulivieja, un monstruo horrendo que tiene por cara un colador de cuyos huecos salen pelos cerdosos y larguísimos. En lugar de manos tiene garras, el cuerpo de gato y patas de caballo.
Condenada a buscar a su hijo hasta la consumación de los siglos, recorre sin cansarse jamás las orillas de los ríos, llamando sin cesar a su niño con un grito agudo parecido al de las aves y sin que nadie le conteste jamás.
A veces recobra su primitiva forma. En la noche en que la luna brilla en el centro de los cielos, se baña en los ríos bella como un sol, pero al más ligero ruido se convierte nuevamente en el ser monstruoso que es, para continuar por el mundo sueterna peregrinación.
[Esther Alicia Durling, aresva@sinfo.net].
Cuando funcionaba allí la Administración de Rentas, siendo el Administrador don Aurelio C. Núñez por los años 1904 a 1905, tanto los soldados del Inspector de Hacienda como los empleados nocturnos, se quejaban de que, por la noche, una sombra negra se paseaba por los corredores y no los dejaba dormir. Cierta noche, uno de los empleados, llamado Sebastián, que estaba de turno, con toda valentía dispuso confirmar a qué se debía la aparición. En efecto, vio que el aparecido era un sacerdote que, con un relicario en la mano, se paseaba rezando por todos los corredores. Parece que el sacerdote, al darse cuenta de que lo habían espiado, desapareció del lugar para nunca más volver (Raudales 1972: 211).
Ni los ruegos y llantos de los familiares fueron suficientes para que cada familia pudiera responder por el cadáver de su deudo. La conducción de los quince cadáveres fue macabra, pues hubo madres que, con el ataúd en la cabeza y dando gritos lastimeros, seguían la carreta pidiendo los restos de sus queridos hijos, lo que hacía más lastimero el cuadro que en esos momentos se contemplaba.
Pasaban los meses, pasaban los años y siempre por las noches se oía en la Cuarta Avenida el ruido lúgubre de una carreta que arrastrada por cadenas se dirigí al cementerio general.
Lo raro del caso era que las personas que se asomaban a las puertas, sólo sentían el frío de la noche y un estremecimiento raro que las hacía volver a su lecho a hilvanar pensamientos, hasta que el sueño les hacía vencer el recuerdo de los ajusticiados (Raudales 1972: 212-3).
Hasta mucho tiempo después dejó de verse la aparición, sin saberse todavía por qué sucedió (Raudales 1972: 212).
Por muchos años en la cuarta avenida de Comayaguela, que fue el lugar del suceso, se oyeron en las noches gritos despavoridos y ayes lastimeros, que hacían que los vecinos se conmovieran y pasaran horas de desvelo. Lo extraño del caso era que las gentes, al asomarse a las puertas, no veían a nadie, sólo a lo lejos se contemplaba la silueta de una mujer vestida de blanco que, con pasos vacilantes, se perdía entre los cipreses del cementerio (Raudales 1972: 209-10).
Todavía cuentan que, en los cruces de ciertos ríos y quebradas de Honduras, se ve una mujer, pero no la bella sirena, sino una mujer sucia y despeinada que cuando pasa una persona cerca de ella, repite las mismas palabras: «Toma tu teta, toma tu teta» (Raudales 1972: 214).
La llevaron a la laguna de «Santa Ana», donde, según dicen, vive todavía. Y por las tardes crepusculares se ven sus escamas, bordeadas de colores, iluminadas por el sol, y por las noches se la ve en las playas esperando que pase una persona para preguntarle si ya terminó la familia Gómez. Pues dice la leyenda que, en cuanto sus parientes terminen de vivir, ella inundará la Ciudad de Comayaguela (Raudales 1972: 210).
—Yo no me muevo de aquí solo —exclamó
atemorizado el jornalero, a quien le llamaban "Doctor", tan
pronto como acabara de oír la orden de su jefe—. Debería
estar loco para exponerme a los peligros de la selva tal como me encuentro,
es decir: sin armas que avalen la seguridad de mi integridad física
—sus compañeros le miraban sorprendidos, intuyendo que él
no
bromeaba. En efecto, en su semblante se hallaba
pintado el terror de quien hubiese recibido la imposición de ir
desarmado a luchar en la guerra. Y con voz insegura continuó—:
Los peligros que, por desgracia, entraña esta parte de la selva
no se reducen a un posible encuentro con un tigre hambriento, o a
la emboscada de la artera víbora, cuyo riesgo más bien seduce
al hombre sediento de aventuras. ¡Nada de eso! Existen otros peligros
realmente espantosos, de los cuales apenas unos cuantos afortunados se
han salvado para contar su experiencia. Conozco de buena fuente no pocas
tragedias acaecidas como resultado de este azote precisamente en esta zona.
Y todas las víctimas fueron personas conocedoras de la jungla, para
quienes el lidiar con las fieras, los ríos crecidos y los pantanos
no era más que el pan de cada día. Sin embargo, no siempre
va el cántaro al agua y vuelve sano.
"En estos bosques, aparentemente tranquilos, existen diabólicas plantas, dotadas de inteligencia, que sienten aversión mortal hacia los humanos. —Al llegar a este punto las advertencias del timorato "Doctor", hasta el más valiente de sus colegas empezó a mirar con pánico el monte. Sólo Navarrete no vio la menor alarma en lo que él consideraba una burda patraña, inventada por su ayudante para burlarse de la orden recibida. Y, con mayor fiereza que la del tigre más feroz, se abalanzó, con las manos abiertas cual afiladas garras, contra el cuello del desprevenido "Doctor" para estrangularlo ahí mismo.
Y éste se hizo cargo de la situación sólo cuando sintió que unas manos ceñían su garganta. Entonces pensó tal vez que su fin había llegado. Navarrete apretó con la seguridad y la sabiduría de quien conocía perfectamente lo que estaba haciendo. ¿Habría tenido un estrangulador por maestro? Lo cierto es que una bocanada de sangre espumosa cubrió los labios de su víctima, ahogándola. Seguramente, el ataque hubiese tenido funestas consecuencias si yo, en un acto de misericordia, no me hubiera interpuesto entre los dos, introduciéndome como una cuña, impidiendo que el enfurecido agresor continuase apretando la garganta del pobre diablo que ni siquiera intentaba defenderse.
Acababa yo de salvar una vida.
Luego de que la calma quedase restablecida, pedí a Navarrete permitirle a mi protegido que continuase hablando sobre aquellas plantas misteriosas que habían despertado en mí gran interés. En alguna parte, que de momento no recordaba, ya había escuchado o leído yo algo acerca de ese tema.
Navarrete consintió de mal grado a mi petición, como si con su actitud hubiese querido advertirme: "Allá usted si se deja embaucar por semejante pillo". En cuanto al "Doctor", su condición de locuaz innato no le permitió dejar pasar por alto la coyuntura de retomar la palabra.
— ¡Gracias, profesor! —musitó el bracero, dirigiéndose a mí, no sé si por haberle salvado la vida o, simplemente, por posibilitarle que continuara dando vuelo a la lengua. Y, luego de enjugar con la manga de su camisa los restos de sangre que aún manchaban los labios y la quijada, prosiguió lagrimoso y algo ronco—: Para nadie de esta zona constituye un secreto las propiedades perniciosas del arbusto llamado "la guapa comadre", el cual, por desgracia, abunda aquí. ¡Basta con sólo acercárselo para que, de inmediato, el cuerpo se llena de sarna!
"A sus infelices víctimas,
cubiertas de sanguinolentas y fétidas llagas y bordeando el abismo
de la locura, las he visto y, posiblemente, las verán ustedes antes
de marcharse de aquí. No hay corazón ni estómago capaces
de tolerar la proximidad de semejante carroña. Pero éste
no es el único ni el
peor enemigo vegetal que, escondido entre inofensivas
plantas, alberga la selva, ¡saben! También prolifera aquí
la liana denominada "bejuco del padrastro", la cual se agita visiblemente
colérica en cuanto alguien se le acerca. Y si, por obra de la fatalidad,
el incauto se pone a su alcance, le
da de latigazos hasta dejarlo con la totalidad
de la piel arrancada.
"Y existen hermosas flores cuyo delicioso aroma es venenoso, y abundan plantas que ofrecen a los sensuales besos de la brisa sus temblorosas hojas abiertas como estilizadas manos de mujer, ostentando actitud apacible y sumisa. Pero, en cuanto se las toca, se transforman en monstruosas víboras ansiosas por clavar sus letales colmillos en el inexperto que, confiadamente, se ha puesto a su alcance. Este demonio verde del bosque, se llama justamente "manos de mujer"
El "Doctor", en estoica espera de un posible improperio en su contra, lanzado por parte de parte de su jefe o de sus compañeros, que no parecían conocer demasiado la selva, interrumpió el relato. Mas al notar que nadie se proponía molestarle, pasó complacido a referir sobre cierto árbol llamado "Fernán Sánchez" cuyas rojas flores, tan hermosas como las del clavel, eran la causa de la fiebre palúdica. Aseguró paladinamente que ciertos pajarillos de multicolor plumaje y dulce trino, por las noches se metamorfoseaban en horribles sapos. Habló también acerca de unas raras hojas que, al tocarlas, se volvían mortales tarántulas. Pero que luego de permanecer así unos minutos, recobraban su estado anterior, en espera de sorprender a otras personas. Contó además de árboles caminantes y piedras que parlan.
De pronto, se cumplió lo que el narrador temía. —¡Mentiroso! ¿A quién tratas de hacer comulgar con ruedas de molino? —se dejó oír un mozalbete llamado Tipanluisa, subiendo la voz por encima de las escandalosas risas que los demás dejaron escapar como un chiflón.
—¡No miento! Los he visto a los leprosos. Y lo demás lo sé de boca de quienes moran aquí —se defendió el "Doctor".
—Y ¿quiénes son quienes? —le acorraló un mozo nombrado Ventura, mugiendo entre ahogados jadeos y esforzándose por hacerse entender.
—Ustedes no los conocen. —afirmó
el "Doctor", con la seguridad de taparles la boca—. Pero uno de ellos vive
no lejos de aquí y es un personaje muy notable. Él ha sido
el pionero de los colonizadores y el artífice del desarrollo agropecuario
de estas tierras. Es, pues, lo que se dice: el
primer ciudadano de Monte Nuevo. ¡Se trata
nada menos que del mismísimo General Cisneros, de quien todos
ustedes habrán oído mencionar!
Mas para todos resultó ser un ilustre desconocido el mentado personaje.
—Vamos. Pero ¿de qué General hablas? —interrogó un mozo crespo y de remangada nariz, que respondía al nombre de Robayo—. Les conozco todos los moradores de aquí. Todos ellos son pobres labriegos o arrieros, honrados, eso sí, pero ninguno ostenta el grado de General.
—Pues vive él apenas a media hora de aquí -replicó el narrador—. Visité su casa apenas el año pasado. Ya habrá ocasión de presentarte. Es todo un caballero. ¿No sabes que llevo aquí ya más de un mes?
Robayo no estaba muy convencido de la existencia de aquel caballero. De seguro pensaba que se trataba de otra mentira inventado por el "Doctor". Se disponía ya a manifestar su disconformidad cuando el dueño de casa, apareciendo del lado donde se hallaba el corral, dijo:
—Amigo "Doctor", ya no podrá usted presentar al General a nadie, se le encontró muerto flagelado por el "bejuco del padrastro". Pobre señor, ¿de qué le sirvió haberse salvado dos o tres veces de las "manos de mujer" para morir como el más de los desdichados entenados?
No pude continuar escuchando aquel
interesante coloquio, la hora de trasladarme a la escuela había
llegado y debía yo cumplir con mi responsabilidad. Mientras caminaba
hacia el plantel educativo, recordé haber leído en "El Comercio"
acerca de aquella extraña muerte del General
Cisneros, un militar en retiro, dedicado a la
agropecuaria.
[Relato tomado de la obra Aprendiz de aventurero. Tomo I: En el país de las Bromas, de Carlos Villamarín Escudero, Quito, 1996]
Para críticas y comentarios diríjase a:
Estamos en Angamarca, tierra
de misterio, donde lo extraño y lo
sobrenatural es corriente. Es aquí donde
existe —según afirmaciones de
propios y extraños— un espeluznante personaje
que adopta para sí la forma de un negro y brioso caballo provisto
de ricos aperos, el cual, debido a sus
nada clementes procedimientos, es conocido como
El Cuco. Dotado de
inteligencia y agilidad, recorre los senderos
y caminos poco frecuentados,
en busca del caminante furtivo ansioso por ganar
distancia cuanto antes. En
cuanto lo descubre, se le acerca lentamente,
demostrando con su actitud
innata mansedumbre.
Existe al respecto una interesante
leyenda. Se refiere a las peripecias
sufridas por cierto ladrón de caballos,
que, viéndose descubierto y
frustrado su propósito delictivo, quiere
burlar la acción de la Justicia
mediante la fuga. Sin embargo, poco más
allá, irá a dar con El Cuco,
lindamente disfrazado de caballo.
Entonces el fugitivo —coherente
con su pésima índole y la causa que le
obligara a emprender su clandestina marcha—,
agradeciendo más al diablo que a Dios por tan oportuna ayuda, cabalgándolo
sin pérdida de tiempo, lo
incitaba a efectuar rauda carrera. Y mientras
se desplaza cómodamente sobre aquel corcel tan noble como Babieca
o Rocinante, piensa que tiene ganada la
partida y disfruta imaginando a sus lerdos perseguidores,
ampollados los pies y con la lengua afuera por el esfuerzo empleado en
su inútil expedición.
Instalado sobre una gualdrapa, de
mullido pellón, con los pies colocados dentro de estribos de angosto
aro, dorados y relucientes como si estuviesen
fabricados en fino oro, el cuatrero tiene la
impresión de que se desliza en un cúmulo de gaseosas nubes.
Se halla feliz. Mas de pronto, la naciente felicidad se transforma
en angustia y ésta en terror. Acaba de descubrir que el caballo
ha abandonado la tierra para transitar realmente por las nubes. Las nevadas
cumbres del Tungurahua, del Chimborazo y de Los Ilinizas, que ahora las
nota a cientos de metros debajo de sí, confirman la gran altura
que ha alcanzado sin que se diera cuenta.
Su pensamiento de ganador, que poco antes ocupara la mente, está olvidado. Ahora sólo anhela mantenerse asido al lomo de aquel Pegaso, ayudándose incluso con dientes y uñas. Sabe que si la suerte llega a abandonarle a semejante altura, no vivirá para jactarse de su aventura. Cierra los ojos, concibiendo la remota esperanza de que todo no es más que un mal sueño, de aquellos que le asaltaban durante las noches. Clama socorro a la virgen del Quinche y promete a todos los santos una vela si consiguen evitar la inminente caída.
Y cuando más desesperado se siente, el milagro parece producirse. Pues ahora ya no flota como una pluma en alas de la brisa. Leves sacudidas de su montura, producidas por la desigualdad del terreno, le aseguran que el caballo ha aterrizado. Abre entonces los ojos y comprueba que el hermoso animal recorre un sendero muy bien conocido por él, ya que en el pasado lo ha frecuentado a pie y motivado por circunstancias similares a la presente. Experimenta una sombra de alegría, pues el comportamiento extraño del bruto le impide saborear la miel del regocijo. El fugitivo, que no tiene pelo de tonto, prefiere evitar futuros riesgos renunciando a mantenerse un segundo más como jinete. Para proseguir la fuga debe valerse de sus propios pies, que es lo más seguro.
Fiel a su propósito, el abigeo intenta apearse en plena carrera, sin importarle el daño que podría ocasionarle la caída. Pero no logra conseguirlo. Le resulta imposible desprender los pies de los estribos, que se han cerrado como esposas en torno de los tobillos. Se siente más perdido que nunca y tardíamente comprende que en su afán de huir de la Ley ha llegado a cabalgar El Cuco, el demonio que profesa aversión a los fugitivos y que, para engañarlos, suele tomar la apariencia del noble corcel.
No obstante, el rigor que El Cuco emplea con los bribones, trasportándoles en cuerpo y alma al fuego eterno, se dice (y no hay razón para dudarlo) que él no siempre se comporta tan drástico con los pillos de poca monta. Se conoce de muchos casos en que sólo se limita a capturar al fugitivo y, como lo haría un policía competente, regresarle esposado al sitio donde hubiere cometido la fechoría, para que fuese juzgado y castigado con arreglo a las leyes humanas.
(Enviado por Carlos Villamarín, carlosvillamarin@hotmail.com).
Véase el Coco.
Es así que si a alguien le ocurriese decir a su amigo que la noche anterior se había ido él de parranda con un duende, de inmediato y sin vacilar el aludido preguntaría a su confidente cómo le había ido en compañía de aquel pillastre. Y, ciertamente, por increíble que parezca, no se imaginaría que su interlocutor le hubiese contado una broma, ya que tal cosa no tendría el mínimo objeto, porque que el duende es allí como alguien de la familia.
Las experiencias que dicen los campesinos de esos lugares haber con este singular personaje son tantas y tan diferentes que difícilmente podría el investigador analizarlas todas. Desde luego, no todas estas “experiencias” soportarían el rigor de un examen concienzudo sin quedar reducidas a meras invenciones. Pero sin duda existen las que, por haber sido presenciadas por personas dignas de crédito, merecen ser catalogadas como acontecimientos verídicos.
Y uno de estos sucesos reales, que por cierto contó con innumerables testigos, tuvo lugar en Sigchos, provincia de Cotopaxi, y se desarrolló como se relata a continuación.
En un pequeño caserío llamado Cusipe, moraba feliz la familia Lasso, habitando una casita situada en medio de una llanura tendida al sol y acariciada por la brisa que llegaba del vecino río, que, entre remolinos y cacofónicos cánticos, viajaba hacia el lejano mar. Los Lasso eran a la sazón una familia corta. Se componía de padre, madre y tres hijos pequeños que iban de los ocho años a los tres. Rosario, una bella niña de grandes ojos y abundante pelambrera, era la menor de la prole. Tranquila y apegada a su madre, no compartía los juegos que sus hermanos mayores solían organizar en el huerto, persiguiendo a las multicolores mariposas que revoloteaban junto a las flores, ni gustaba de participar del “juego de las escondidas”, al que también eran aficionados los muchachos. Prefería en todo caso quedarse cerca de su madre, sin alejarse más allá del extremo opuesto del patio de la casa. Debido a ello, Moisés y Cecilio, sus hermanos mayores, la llamaban la “Cenicienta”.
Sin embargo, una mañana, la niña desapareció del hogar sin que nadie pudiera explicarse cómo. Ningún conocido ni desconocido que hubiese podido despertar sospechas de haber participado en la desaparición de la pequeña Rosario había llegado durante las horas críticas a la casa. Al principio todos creyeron que la niña, renunciando siquiera por una vez a su proverbial pasividad, se había propuesto dar a sus parientes un leve susto, escondiéndose en algún lugar cercano. Pero luego de una prolija búsqueda, comprendieron con inquietud que ella había desaparecido.
Comunicaron a la vecindad del suceso y, con su ayuda, la buscaron por todo el sector sin el resultado deseado. Nadie la había visto. Entonces, a todos les asaltó la idea de que la pobre niña se había caído en el río. Si bien nunca antes se había aventurado Rosario por la orilla de la caudalosa corriente, no era nada imposible que por esta ocasión hubiese llegado a ésta, movida por alguna razón que sólo ella la conoció.
Y pronto la sospecha se tornó certeza en cuanto se descubrieron huellas de pequeños piececitos que, partiendo de la casa, llegaban hasta la orilla del río. Sin embargo, junto a las huellas dejadas por los pies descalzos de Rosario, ¡había otras de zapatos, igual de pequeñas y que seguían la misma trayectoria!
Pero ¿a quién pertenecían estas huellas, si por ese entonces ninguno de los niños del caserío acostumbraba llevar zapatos? La pregunta no tenía respuesta. La creencia de que, sola o acompañada, Rosario se había caído al río la abrigaban todos. Ahora sólo les quedaba por recorrer el río aguas abajo, para rescatar los inertes restos de la infortunada infante.
Cuando se disponían a llevar a cabo tarea tan penosa, alguien descubrió las huellas de la niña y de su acompañante en la otra orilla del río, que, saliendo de él, se alejaban en dirección de los riscos del Huingopana, enorme macizo montañoso que se levanta como un centinela al Este de la comarca de Sigchos. De pronto el misterio quedaba desvelado. A Rosario se la había llevado el duende, pues en nadie cabía ya la menor duda.
En días pasados, uno de los vecinos de los Lasso lo había sorprendido al travieso hombrecillo merodeando el gallinero de su casa, quizá con la intención de apoderarse de unos huevos de las gallinas, ya que en otras ocasiones había obrado así. Al verse sorprendido, huyó hacia la quebrada, en busca de refugio. Era él pequeño como un niño de siete años y su rostro lo tenía feo y arrugado como el de un viejo. Iba vestido como siempre lo habían visto, esto es, embutido en pantalones y blusa verdes y estrechos, botines rojos y brillantes y tocado con un “jipijapa” de alta copa. El dueño del gallinero no trató de perseguirlo, sabiendo que el ladronzuelo no era un tipo de cuidado, ya que sus rapiñas ni iban más allá de una pequeña porción de alimentos. Y prefirió dejarlo en paz.
La búsqueda de la niña fue ardua, puesto que los riscos eran muchos y nada accesibles. Con todo, al promediar el tercer día, don Adolfo Lasso, padre de Rosario, con grande alegría, dio con el paradero de ésta. Pero la niña no estaba sola, el hombrecillo ya descrito estaba a su lado, ocupado en ese momento en salmodiar una rara canción que tenía embelesada a su cautiva. Don Adolfo, como se puede suponer, se precipitó con los brazos abiertos hacia su hija, dando gracias a Dios que la devolvía viva y al parecer sana y buena. Oportunidad que no desaprovechó el duende para tomar las de Villadiego.
Duendes de otras latitudes: en México
, Lima y Santiago (Argentina).
Se asegura que el miedo, un miedo pánico, que se abatía como una ominosa y negra nube sobre los noctámbulos paseantes, surgía del peligro de encontrarse de repente con el abominable fantasma de don Álvaro de Espín y Villavicencio, quien concluyó sus días, en absoluta demencia, ahogándose en aguas del Cutuchi. Tal vez los latacunqueños de aquella época fueran aprensivos, pero si la décima parte de lo que decían era cierto, tenían más que suficiente para estar aterrados.
En cuanto caía la noche y con la complicidad de sus sombras, que obran sobre la natural desconfianza del noctívago, de catalizador para generar temor, el espectro hacía suya la ciudad. Surgiendo de improviso de una sólida pared, o de un árbol, o simplemente de la nada como si atravesase una puerta invisible, la espeluznante presencia de un hombre, de rostro cadavérico y ojos de chispeante mirada, vestido a la usanza de los nobles del siglo pasado y armado de espada, les cerraba el paso a los transeúntes, paralizándoles de terror. Y mientras éstos le miraban alelados, con voz de trueno y frases obscenas, les conminaba a devolverle su novia, que aducía él tenerla secuestrada ellos.
Ante semejante aparición,
que confirmaba la existencia del reino de las tinieblas y la perversidad
de sus diabólicos súbditos, los nervios del más valiente
quedaban destrozados. Sin embargo, los amedrentados peatones,
impelidos por un instinto de conservación,
sacando fuerzas de flaqueza, emprendían acelerada huída,
perseguidos de cerca por aquel engendro dispuesto a herirles con su espada,
de cuya pavorosa hoja arrancaban las estrellas tétricos destellos.
Una vieja crónica dice que
el fantasma, vociferando que le entregasen a su amada, perseguía
a los forzados corredores únicamente hasta cuando conseguían
refugiarse en el interior de alguna casa, adonde ingresaban
tumbando a veces la puerta, pero siempre echando
espuma por la boca. Luego, expresando su frustración con atronadoras
blasfemas, se dirigía al puente que atraviesa el río Cutuchi
cuyas aguas atraviesan la ciudad, desde donde se lanzaba hacia su turbulenta
corriente.
Otra fuente de información más reciente afirma que el espectro aterró a los latacunqueños durante ochenta largos años, y que sólo cesaron sus andanzas cuando sus huesos fueron recogidos del lecho del río (del sitio donde se suicidara don Álvaro de Espín y Villavicencio, lanzándose desde el puente) y enterrados en campo santo. No obstante, aun hoy existe quienes aseguran que aquella alma en penas jamás no ha renunciado a deambular por las noches y que más bien ha extendido su campo de acción a las ciudades vecinas.
Pero ¿quién fue
don Álvaro de Espín y Villavicencio cuando pertenecía
a este mundo? La misma "vieja crónica" aclara algo sobre la tempestuosa
vida de aquel hidalgo, dando cuenta de una serie de tropelías adjudicadas
a él. Y lo que dice, ciertamente, nada bueno abona a favor suyo.
Lo acusa de esclavista, de ladrón consuetudinario, de flagelador,
de espadachín asesino y de demonio en persona. Parece que el ánimo
del cronista, quizá víctima o testigo presencial de alguno
de los desafueros cometidos por el hidalgo, lo predispusiera en su contra.
Pero si se examina con imparcialidad lo que acontecía hace casi
dos siglos aquí, los cargos contra don Álvaro, aunque no
puedan ser desvanecidos, al menos merecerían ser atenuados. Quizá
él, como
muchos otros coetáneos suyos, ¿no
fue sino una víctima del sistema predominante de la época?
Y basta sólo con mirar la historia del Ecuador para entender cómo
marchaba la sociedad de entonces.
Finalizaba el primer cuarto del pasado siglo y los tempestuosos días de lucha por la emancipación política de España habían quedado atrás. Ahora corrían aires de libertad por todo el país y, al fin, los ecuatorianos podían elegir libre y democráticamente a sus gobernantes de entre los gamonales compatriotas más hábiles en el engaño. Qué felices se sentían, pues ya podían ser tiranizados por su propia gente. Sin embargo, en la práctica, ni siquiera eso ocurría. Eran los mismos españoles, quienes, avizorando el resultado de la lid fingieron apoyar la causa independista, continuaban tras bastidores gobernando despóticamente el país de la Mitad del Mundo. En cuanto a los "criollos", eran considerados ecuatorianos, ecuatorianos de primera clase, desde luego. En consecuencia, con derecho a detentar tanto el poder civil como el eclesiástico. La nobleza de su prosapia era la mejor vía para llegar a cualquier meta que se hubiesen impuesto.
En semejantes circunstancias, era raro que un español o un criollo descuidase de llenar su faltriquera en el menor tiempo posible. Y el hidalgo don Álvaro de Espín y Villavicencio no era precisamente un criollo descuidado ni alguien que se hubiese distinguido por el dispendio. Gracias a su privilegio de alcalde de la ciudad, que equivalía a poseer patente de corso, sin ocuparse más que de economizar hasta el último centavo, fue amasando una cuantiosa fortuna que le aseguraba llevar, en compañía de su futura cónyuge, una vejez tranquila y digna. Y bien, ahora que contaba ya con fortuna, sólo le quedaba por elegir esposa para ponerse a disfrutar de las excelencias de la vida. Además, no iban a faltarle en la ciudad hermosas damas predispuestas al matrimonio, ya que él era un excelente partido aun para la más exigente de ellas. Tras examinar y evaluar la belleza de cada una de las jovencitas de la localidad, se decidió por Virginia, una joven hermosa de verdad. Y, tan sólo con elegirla en secreto, desde ese mismo instante quedó el hidalgo prendado de ella.
Pero con lo que don Álvaro no contaba era con que la mujer elegida por su corazón no podía aceptar su amor, porque estaba prometida desde hacía mucho tiempo al gobernador de la provincia. Semejante noticia le quitó el sueño a nuestro hidalgo, que en adelante se tornó en una persona arisca e irascible que solía descargar su furia en la servidumbre con mayor sadismo que antes. En su ofuscación, que no le permitía razonar, jamás pensó en curarse, recurriendo a otra mujer, que habría sido lo más idóneo para paliar su desengaño. Y en esas circunstancias fue fácil presa de la obsesión que le conduciría a la locura.
En su enajenación, se convenció
que la bella virginia había sido secuestrada y que era él
el llamado a rescatarla, utilizando su destreza de espadachín experimentado.
Y con semejante idea atravesando la mente, espada en mano, recorrió
calles y plazas de la ciudad sembrando el pavor y dejando maltrechos a
más de uno de sus habitantes que los tomaba desprevenidos. Mas
un buen día, el hidalgo loco desapareció
sin dejar huellas de sí. Surgieron rumores acerca de que, en su
desesperación por mantenerse ignorando iempre el paradero de su
amada, se había lanzado al río. Pero las autoridades hicieron
caso omiso de los chismes y nadie movió un dedo para buscar, lo
que quedaba de él, en las turbulentas y gélidas aguas. Y
todos empezaron al fin a respirar tranquilidad.
Mas para los latacunquenses, la tranquilidad sólo había sido una efímera ilusión que se desvaneció a una semana exacta de la desaparición del hidalgo, que fue cuando se franquearon los portales del averno, para permitir la salida del fantasma de éste. Los primeros en verlo fueron unos mozalbetes que, algo bebidos, se habían congregado en la plaza del Salto y ahora acechaban la puerta de la iglesia próxima para ver salir a las "hijas de María". Vaya usted a saber con que propósito. Entonces, la aparición del infernal espíritu, surgiendo de repente de la nada, de poco no les mata de susto. Pero, reaccionando positivamente, alcanzara a huir, eso sí, como verdaderas almas perseguidas por el diablo.
Fue así como aquel macabro personaje retornó del inframundo y, por luengo tiempo, se apoderó de una de las más pacíficas ciudades.
[Para críticas y comentarios diríjase a: carlosvillamarin@hotmail.com]
Pero aquí no siempre sale con la bendición de Dios quien, ablandado por la compasión, va en ayuda de su prójimo en dificultades. Porque emular la obra del Buen Samaritano en los Andes ecuatorianos no es tan sencillo como en el Israel de los tiempos bíblicos. Con frecuencia una buena acción es retribuida con otra mala que dejará acerbos recuerdos en el comedido. Y como prueba de mi aserto, vean ustedes lo que le sucedió unos años atrás a don Sergio Quevedo.
Don Sergio era visto en su aldea como un hombre ejemplar: trabajador, cortés y muy poco aficionado a empinar el codo. Pero su virtud más digna de tomar en cuenta era la de que jamás mentía, pues pese a apellidarse Quevedo y posiblemente descendiente de don Francisco de Quevedo, el sarcástico escritor español, nada tenía de fabulador. Por ello, esta anécdota que solía contar merecía la mayor confianza y era escuchada con atención. Yo, cuando niño, lo había oído contarla repetidas veces y recuerdo perfectamente que su contenido era éste:
“Fue un bendito domingo, de regreso
a casa, luego de haber permanecido el día en el pueblo, divirtiéndome
en compañía de mis amistades. La tarde agonizaba entre resplandores
rojizos, que por un instante tuve la impresión de que el cielo,
por el lado poniente, se consumía devorado por el fuego. También
mi caballo parecía abrigar similar presentimiento, ya que se veía
nervioso y no disimulaba su inquietud expresada en cortos y agudos relinchos.
Sin embargo, las furiosas llamaradas fueron poco a poco empalideciendo
como temerosas de la inminencia de la noche, que no tardaría en
tender sus negras alas sobre el universo. Pero en la naciente noche la
oscuridad no tuvo
acogida. Tan pronto como se ocultara el sol,
la luna, surgiendo esplendorosa de tras de las colinas, como una gigantesca
ostia elevada por manos invisibles, bañó el panorama en su
argentada luz.
“La iluminación lunar realzaba el embrujo nocturnal que hacía de aquel paisaje, tantas veces contemplado con indiferencia por mis ojos, un lugar casi desconocido, un raro miraje saturado de misterioso encanto. Parecía que acababa de ser inyectado vida y que pronto adquiriría animación. Entonces se dirigiría a mí anheloso de revelar el arcano de la vida y de volcar en confidencias los secretos acumulados en su memoria de granito durante la eternidad. Todo contribuía a elevar mi espíritu: la platinada luz que me envolvía en su aterciopelada caricia, la absoluta quietud de la noche y hasta la actitud de mi caballo, caprichoso a menudo y trotón siempre, ahora, como embargado de placentera alegría, adoptaba el clásico “paso” propio de los corceles purasangre.
“Me absorbió de repente, a un estado de ensueño, el grandioso paisaje de visión subyugante. Sensaciones divinas me eligieron su dueño. Hasta mi alma llegaba la seráfica luz, el aliento embriagante de las flores fragantes y una inmensa ternura que emanaba la paz. Me encontraba ligero, me sentía animado cual azul golondrina que cabalga la brisa tras la fúlgida estela de una estrella fugaz.
“Mas mi embeleso no iba a durar por
mucho rato. Se desvaneció sin transición irrumpida de repente
por la víbora de la tentación. Sin saber cómo, la
imagen de Manuelita se presentó en todo su lujuriante esplendor.
Ella era una hermosa mujer como sólo son las yaleñas, y
con quien me las entendía desde hacía algún tiempo
atrás sin que nadie penetrase en el secreto. A la sazón estaba
casada con un vejete avaro, rico como el diablo y sordo como una roca.
Yo la visitaba de vez en cuando y siempre al filo de la medianoche. Para
alertarla, solamente tenía yo que imitar el lúgubre canto
del búho, y ella no tardaba en franquearme la puerta de su alcoba.
Desde luego, no sentía yo ningún remordimiento por mantener
constantemente adornada la venerable cabeza del marido de Manuelita, consciente
de que, si no lo hacía yo, no
faltaría otro que se encargaría
gustoso de realizar mi labor, una labor deliciosa, que por cumplirla a
cabalidad, no pondría reparos en sortear los escollos que impone
la moral. Y al punto experimenté el deseo irresistible de volar
en busca de mi amante. Por tanto, en vez de proseguir el camino de mi hogar,
templo y refugio de paz, que se hallaba a media hora apenas de recorrido,
di media vuelta a mi montura y, obligándola a acelerar el paso,
fui en pos de una aventura.
“La nueva meta del viaje era Yaló**, la aldea donde moraba Manuelita. Para llegar a ese lugar utilizando un camino expedito era preciso regresar antes al pueblo y desde allí avanzar hacia aquel poético caserío. Una distancia considerable que significaba el empleo de un tiempo que no se acomodaba a la urgencia de llegar cuanto antes junto a mi amada. En mi premura, suponía que mi caballo sería demasiado lento para que pudiese trasladarme con prontitud por esa vía. La alternativa, si bien peligrosa, consistía en utilizar los atajos, que abreviarían una apreciable distancia. El momento no era como para ponerme a meditar en las dificultades que ofrecía el recorrer senderos escabrosos, descender y trepar laderas y atravesar la turbia corriente del Mallacoa desprovista de puente. Lo que importaba era ganar tiempo.
“Me desvíe de la vía principal para tomar un angosto sendero comparable a un camino de cabras. El caballo, al principio, emprendió de mala gana el difícil recorrido, pero en cuanto sintió el roce de las espuelas, no encontró más remedio que aligerar el paso. En pocos minutos atravesé, cuesta abajo, un denso chaparral que terminaba en la cenagosa orilla del riachuelo. No me detuve a mirar la luna que se reflejaba nítidamente en el agua, presentando un espectáculo digno de ser reproducido en una tarjeta postal, y gané sin contratiempo la orilla opuesta. Empecé el ascenso de la ladera, ahora más bien despejada de matorrales, aunque tan empinada como la anterior, ansiando por superarla en unos cuantos minutos. Faltaba ya bien poco para llegar a la cima, y fue entonces cuando escuché el entrecortado llanto de un niño recién nacido. Y lo que entonces vi me hizo olvidar el propósito que me había motivado llegar hasta allí. Detuve en el acto el caballo, que también tenía la mirada fija en lo que yo veía.
“¡Situado en el borde mismo del sendero, envuelto su cuerpecito en albos pañales sujetos por una faja roja, y con la cabeza descubierta, se hallaba la criatura profiriendo lastimeros e incesantes lloros! Debía tratarse de un varón, por su potente voz.
“Era un hecho que alguna desalmada mujer, quizá para ocultar a la vecindad el fruto de un amor prohibido, lo había abandonado en aquel siniestro lugar en espera de que fuera devorado por los lobos que lo rodeaban allí. Conmovido sumamente ante semejante escena, me apeé del caballo y fui en su socorro. Al tomarlo en brazos pude fijarme en sus hermosas facciones y concluí que en realidad se trataba de un niño. Sin pensar dos veces lo subí conmigo al caballo, que extrañamente se mostraba inquieto, como si experimentase miedo, pero reinicié la marcha sin concederle demasiada atención. Y de pronto me di cuenta de que me hallaba en un aprieto. ¿Adónde podía llevar al niño? Pues no era sencillo presentarme con él a Manuelita ni mucho menos a mi esposa, pues tanto la una como la otra era celosa e intransigente y me preguntaría de dónde lo había sacado y nunca me habría creído que lo había encontrado por el camino.
“Entonces pensé que lo acertado era llevar al niño donde el señor cura y ponerlo en sus manos. Era posible que él creyese mi versión sobre tan extraño hallazgo. Como confesor de la comunidad, estaría ya al tanto de quién de las pecadoras de su parroquia esperaba a la cigüeña para esos días. Satisfecho de haber hallado la solución de mi problema, volví a dar media vuelta a mi caballo y ahora si, regresar al pueblo. Mientras avanzaba, como no podía ser de otra manera, volví a fijarme en la carita del niño, que para entonces había cesado de llorar y parecía sonreírme, y noté que era él realmente hermoso. De seguro que sus padres los serían también. Pero ¿quiénes podrían serlo?
“Al volver a mirar el rostro de la criatura, comprobé que en realidad estaba sonriéndome. Además tuve la impresión de que era más grande y de más edad de la que me había figurado cuando lo recogí. Pensé que a veces la luz de la luna le juega a uno extrañas bromas. Pero lo que me estaba sucediendo no era ninguna broma, pues el niño iba creciendo ante mi estupefacta mirada. Ahora podía ya emitir sonidos articulados: ¡acababa de llamarme “papá!”
“Quise convencerme de que todo no era sino fruto de mi imaginación y que debía serenarme si no quería verme acorralado por el miedo. Fiel a tal propósito, intenté disimular mi interés por el pequeño, dejando vagar la mirada a lo largo de la ladera de enfrente, mientras trataba de buscar un cigarrillo en uno de mis bolsillos. Sin embargo, mi protegido, que por lo oído me había cobrado afecto, no quiso dejar pasar demasiado tiempo sin hacerse notar que estaba él muy adelantado para la edad que representaba, dejándome más pasmado que antes. Fue entonces cuando sentí que con una de sus manitas, que había logrado sacar de la envoltura, me tocaba con insistencia en el mentón, buscando llamar mi atención. Y en cuanto la obtuvo, en tanto que con uno de sus deditos indicaba su boca, decía: “Papá, papito... Mírame. Yo tengo dientes”. En efecto, ¡a través de sus labios entreabiertos pude ver puntiagudos dientes que llenaban sus encías!
“No quise o no pude responderle. Una corriente de frío empezó a recorrerme la espalda. Pero el niño quería entablar diálogo a toda costa y profirió: “Papá, papito... Mírame. Tengo uñas”. Ciertamente, ¡sus ahora peludos dedos se hallaban equipados de garras similares a las de un gato! Y de inmediato añadió: “Verás, papito, también tengo rabo”. Vaya, ¿el bribón quería meterme pánico con semejante mentira? Desde luego que no, ya que, deshaciendo en un instante el envoltorio de pañales que le cubría, ¡exhibió un largo rabo que le nacía del fin de la espalda y que ondulaba como una culebra!
“Al fin, dándome cuenta que la criatura que transportaba en mis brazos no era sino un maldito güillanguille, quise arrojarlo lejos de mí y huir gracias a la velocidad de mi corcel, que también parecía predispuesto a poner pies en polvorosa. Pero ya no fue posible llevar a la práctica tal proyecto, ya que aquel horrible ser, adivinando mis intenciones, se apresuró a rodear mi cuello con su rabo, apretándolo como el lazo corredizo de una horca. Luché por un rato desesperadamente por desprenderme de él, manteniéndome aún sobre el caballo, que corcoveaba y relinchaba presa del pánico. Pero luego fui a dar en tierra unido a mi estrangulador, que rugía como un enfurecido león mientras me arrancaba la vida. La feroz lucha continuó en tanto que rodábamos por la ladera, pero cesó el instante en que tocamos las torrentosas aguas del Mallacoa, donde me vi definitivamente libre de aquel ser horripilante que, para mi total pasmo, transformándose en una blanca y bella paloma voló hacia el cielo.
“El güillanguille es el alma del niño que ha muerto sin recibir las aguas bautismales. No puede estar en el cielo, por no estar en gracia de Dios. Tampoco en el infierno ni en purgatorio, puesto que no ha cometido pecados mortales ni veniales. Su destino es vagar en la tierra, cerca donde descansan sus restos mortales, a menudo asustando a las personas de malvivir, hasta cuando alguien le sumerja en las purificadoras aguas. En realidad el güillanguille no es tan malo como parece, pues con su intervención muchos que empiezan por el mal camino, y que hubiesen terminado en el abismo, se corrigen a tiempo”.
Así relataba el don Sergio Quevedo y todos lo creíamos, porque el güillanguille sí existe, al menos por estas tierras.
* Güillanguille significa “llorón”, pero no es una palabra quechua, ni pertenece a ninguna lengua aborigen americana. Tampoco a las europeas, claro está. Parece más bien, ateniendo a su morfología fonética, de origen onomatopéyico, ya que al menos su primera sílaba, tiene cierta similitud con el llanto de un tierno niño. Sin embargo, no es así. Güillanguille es por cierto uno de los pocos vocablos que sobreviven de una lengua muy extendida aquí hasta el arribo de los españoles.
El territorio que hoy forma el Ecuador, a la llegada de los peninsulares, estuvo ocupado por los incas apenas cuatro décadas escasas, tiempo insuficiente para que los invasores pudiesen imponer su lengua, el quechua, en todo el país, erradicándola totalmente las autóctonas. Paradójicamente, fueron los españoles quienes lo implantaron imaginándose de que la lengua peruana era la común de todas estas vastas regiones.
** Yaló, en lengua cayapa significa “calor de casa” (Notas del autor)
Para críticas y comentarios diríjase a: carlosvillamarin@hotmail.com
[Cf. la Llorona. Sobre
la relación entre ambos, y la presencia del tipo del Güillanguille
en Texas, cf. este mensaje de Jim Michael al foro en lengua inglesa Folklore
(FOLKLORE@LISTSERV.TAMU.EDU),
con fecha 3-1-2000:
Perder parte de la dentición cuando menos se lo espera, es sin duda una
verdadera lástima, sobre todo si la pérdida consiste en las piezas incisivas. Porque nada más ridículo, ingrato y patético resulta mirar, y mucho más llevar, una boca coronada por encías vacías, aunque sea por breve lapso, ¿no lo creen?Ciertamente, la dentadura es el marco de la sonrisa. Sin aquélla, ésta no supera el plano de la mueca simiesca. ¡Cielos! Una calamidad que asusta y que con frecuencia da pie para formular acerbas conclusiones y nada halagadoras suposiciones. Así, si una mujer ha perdido los dientes se dice que ha perdido la belleza, y si un hombre ha corrido parecida suerte, bueno, se dice lo mismo y, además, que ha perdido la pelea.
Y bien, estas consideraciones plantean la necesidad de conservar el conglomerado dental intacto y resplandeciente para prestigio y felicidad e
toda persona que se respeta. Además, todo el mundo está en el legítimo derecho de presentar su rostro con el aspecto más atractivo que pudiere procurarse incluso con la magia del artificio. Mas, por desgracia, existe en esta ciudad un diabólico personaje empeñado en arrebatar este invalorable tesoro a la gente.Si se ha de dar crédito a las crónicas que han venido ocupándose de esta cuestión, este malvado ser, que prefiere siempre el lado opuesto del día para consumar sus fechorías de lesa estética, suele acechar a sus víctimas oculto en los vanos de las puertas o zaguanes de donde sale de repente para atacarlas. No es amigo de circunloquios ni de aducir razones que justifiquen más o menos su violenta actitud. Se diría que está siempre deprisa. Un certero golpe de puño en la boca, un solo golpe pero ejecutado con la potencia de una coz de una mula, que resulta suficiente para hacer saltar buena parte de la dentición, y asunto liquidado. Y es, precisamente, esta especialidad que le ha valido al contumaz asaltante el nombre de Saltadientes.
Quienes han visto al Saltadientes —por haber sido vapuleados por él,
principalmente— coinciden en señalarlo como un hombre de estatura, volumen y edad medianos, de ojos verde amarillentos, cabellera gris y atuendo negro. El aspecto general del espectro no infunde pavor a primera vista ni desconfianza cuando se acerca, caminando con pasos reposados, como quien no deseara sino continuar adelante sin provocar a nadie. Debido a ello, sus víctimas se ven sorprendidas sin posibilidad de preparar su defensa. Y sólo se enteran de que acaban de chocar contra un puño cuando les han dejado listas para alimentarse únicamente de papilla durante el resto de la vida, si no cuentan con dinero para procurarse una prótesis, por supuesto.Y mientras el vapuleado, sin acertar todavía a explicarse la razón de la sin razón ni tiene lógica al por qué, se pone a escupir uno tras otro los dientes que no los ha tragado, el espectro se encamina, con una pincelada de burla en el rostro, hasta la pared más cercana para atravesar su sólida estructura como si se tratase de una cortina de vapor o de humo.
Existen por lo menos dos versiones que pretenden identificar al distraído sujeto que dejara olvidada su alma cuando hubo de marcharse de este mundo. Y, claro, nadie sabe a qué atenerse cuando trata de inclinarse por una de las dos ponencias, ya que, para mayor complicación, el Saltadientes jamás ha dicho esta boca es mía. Una de ellas da por seguro que el misterioso asaltante no es otro que el fantasma de un viejo y desalmado púgil, apodado casualmente “Saltadientes”, fallecido en el cuadrilátero, sin duda de excitación, mientras machacaba la cara de su contrincante, hace tres o cuatro generaciones. La otra, tan pintoresca como la anterior, se basa en un suceso ocurrido en las postrimerías del siglo pasado y que describe las peripecias de un infortunado seminarista llamado Hernando, también conocido como “Oso”, quizá por sus movimientos torpes o por su fuerza poco común. En su parte substancial dice que “Oso”, a pesar de su incuestionable vocación para el sacerdocio y de su excelente talento, fue expulsado del seminario precisamente en la víspera misma de ser coronado sacerdote. El motivo para la adopción de semejante actitud había sido la denuncia de que entre los antecesores de “Oso” existieron orates probados. La comisión encargada de investigar la imputación halló, para su desgracia, pruebas fehacientes de ella.
El pobre “Oso” abandonó el seminario muy a su pesar, jurando por todos los diablos destrozar la boca del denunciante si algún día llegase a descubrirlo. Pero el tiempo corría y el delator continuaba en la sombra por esfuerzo que efectuara el perjudicado para develarlo. Y fue entonces cuando la mente del ex seminarista, víctima del agente atávico originado en sus ascendientes, empezó a desquiciarse. A partir de ese instante, en toda persona de mirada furtiva creía ver un sospechoso y a quien, por las dudas, había que saltarle los dientes.
Pronto, esta clase de ataques se volvieron frecuentes y el contumaz agresor hubo de ser encerrado en una casa para enfermos mentales donde se dice que falleció al poco tiempo. Sin embargo, estas agresiones, que llevan implícito en sí el made in“Oso”, han continuado sucediéndose a lo largo del tiempo.
Pero, ¿a quién de estos dos individuos pertenece el malvado fantasma denominado Saltadientes? Bueno, tal cosa no es trascendental para quienes suelen recorrer la ciudad de Quito por las noches. Lo importante es que él jamás les encuentre.
(Relato de Carlos Villamarín Escudero. Para críticas y comentarios dirigirse a carlosvillamarin@hotmail.com).
Paralela a la carretera, a lo largo de la ladera que media entre ésta y la laguna, serpentea tímidamente las rieles del viejo ferrocarril, construido hace un siglo por el general Eloy Alfaro. A medida que transcurría la segunda mitad del siglo, el servicio ferroviario fue paulatinamente disminuyendo hasta cesar por completo en beneficio del autobús, que se encargaría de satisfacer con mayor eficacia las exigencias de sus usuarios. Pero durante las décadas inmediatas a su construcción, la frecuencia de su tránsito debió ser profusa.
Y pertenece a esa época la
leyenda que se refiere a un terrible accidente ferroviario acaecido junto
a la laguna de Yambo. Comenta que un tren repleto de "montoneros" que apoyaban
la Revolución Liberal emprendida por Alfaro, como consecuencia de
un sabotaje consumado por los "conservadores", se descarriló
precisamente cuando, en su recorrido, se hallaba en el punto más
cercano a la laguna, volcando aparatosamente
hasta sus turbias aguas que, voraces, lo engulleron con su preciosa carga.
Aprisionados en los vagones, como en féretros colectivos, ninguno de los accidentados pudo salvarse. A nadie se lo volvió a ver jamás. Aquella masa de agua, que para sus vecinos no es otra cosa que la boca del infierno, los retuvo para siempre, en cuerpo y alma, a los infelices guerrilleros. Desde entonces existe la creencia de que todas las noches, cuando el reloj marca las doce horas en punto, procedente de los antros abismales que encubre la laguna, es posible escuchar con absoluta claridad los potentes e inconfundibles jadeos de una máquina de vapor al arrastrar un pesado convoy. Y en medio de este fragor surge el espeluznante el ulular de una sirena accionada también por la fuerza del vapor.
Quienes aseguran haber oído tal estrépito, creen conocer lo que es sentir el miedo en su expresión más descarnada, ya que "el terror —dicen— penetra en el alma más por el oído que por la vista".
(Relato de Carlos
Villamarín Escudero. Para críticas y comentarios dirigirse
a carlosvillamarin@hotmail.com).
A pesar de todo, no es justo ni prudente negar a priori la veracidad de cuanto se dice sobre un asunto digno de mayor atención, aduciendo sin más la intervención de la fantasía. Pues, de muchos de ellos, existen pruebas irrebatibles de su legitimidad. Un ejemplo patente del segundo de estos casos viene manifestándose periódicamente en el Palacio de Carondelet (residencia oficial del presidente de la república) de la ciudad de Quito.
Ciertamente, para nadie constituye
secreto alguno las peripecias que, a causa de los espectros que moran en
él, han pasado los últimos presidentes de Ecuador. Ante el
riesgo de vérselas con fuerzas surgidas del Más Allá,
resulta inadmisible que un mandatario no se viera tentado por abreviar
el
período de su gobierno y huir cuánto
antes del país.
No se trata desde luego de ninguna broma macabra, tampoco de patrocinar a ultranza la superstición, máxime que el asunto atañe a tan célebres personajes, espejo y modelo de virtudes, aunque más de uno de ellos fueran irrespetuosamente calificados de bribones con motivos suficientes para merecer la hospitalidad de las húmedas mazmorras de un presidio. Nada oscuro ni dudoso hay aquí. Las pruebas saltan a la vista, como se suele decir. Pues el mismo Abdala Bucaram, a escasos días de haber asumido la Presidencia de la República, ante diversos medios de comunicación, declaró que enfurecidos fantasmas le impedían habitar el Palacio de Carondelet y que, debido a ello, se veía obligado a mudar su residencia al Hotel Oro Verde. Seis meses después se refugiaría en Panamá y buscaría consuelo allí con el tapete verde.
El entonces mencionado presidente, transpirando nerviosismo y con voz entrecortada por el miedo, comentó que a pesar de que jamás se le había ocurrido usar la cama de sus predecesores, una tarde, se le presentó el espectro de García Moreno, para prohibirle acercarse siquiera a ella. Luego, sus edecanes confirmarían la versión, que, por lo demás, en nadie concitó admiración, ya que la ciudadanía conocía de mucho antes la presencia de fantasmas en Carondelet. Es más, estaba al corriente de que el fantasma de García Moreno, aquel tirano que, en pleno ejercicio del poder, fuera abatido a machetazos, era el más belicoso de todos y el que con mayor saña escarnecía a sus desdichados sucesores, enloqueciéndoles las más de las veces. También tenía conocimiento de que los demás espectros (pertenecientes también a gobernantes extintos), sin distinguirse por su bondad, se contentaban con dejarse ver de tarde en tarde, recorriendo los pasillos, con el fin de dar un pequeño susto a los esbirros palaciegos que pululan por ellos. Por lo visto, son éstos espíritus de segundo orden y desprovistos de carácter firme, al igual que niños traviesos, se divierten jugando inocentes bromas a los medrosos.
No obstante, no todos los cortesanos
han salido bien librados. Es un secreto a voces que el esposo de la nieta
del presidente Sixto Durán Ballén, un caballerete sibarita
que no se nutría sino de flores y miel, mientras moró en
Carondelet, llegó a granjearse la enemistad de estos espectros
segundones a tal punto que su seguridad se tornaba
a instantes más precaria. Compadeciéndose entonces su "Abuelito"
político de ver en él la desesperación por dejar no
sólo el palacio, sino también el país, le ayudó
personalmente a fugarse hacia Estados Unidos, utilizando para ello el propio
avión presidencial. Pobre angelito, ya podría curar el susto
en los casinos de Las Vegas.
Los escapes más espectaculares
de Carondelet, por similares motivos, fueron los de Alberto Dahik y de
Jamil Mahuad (vicepresidente y presidente, en su orden). El primero, a
bordo de una nave supersónica, piloteada por el mismo prófugo,
que les dejó cortos a los raudos espectros persecutores. El segundo,
sorprendentemente, consiguió huir disfrazado de enfermera, en un
coche-ambulancia más bien lento pero,
como todos estos vehículos, provisto de una potente sirena que le
aseguraba un desplazamiento por vía despejada.
Por tanto, el magnífico palacio de Carondelet no sería sino una jaula de oro. Durante el día y la noche, pero más la noche que el día, constituiría una tortura habitar la lujosa mansión. El doctor Fabián Alarcón, quien fue encarcelado en cuanto concluyó su presidencia, diría al respecto que más tranquilo se hallaba él en prisión que en el palacio presidencial.
Sólo así se explica
el porqué de la urgencia de los presidentes ecuatorianos en abdicar
a su alta envestidura. No hallándose seguros en el seno de su residencia
aparentemente inexpugnable, protegida exteriormente por una temible guardia
pretoriana, se entiende fácilmente que una protesta
de un pequeño grupo de ciudadanos hambrientos
y semidesnudos, les sirve tan sólo de pretexto para huir inmediatamente
de ella, ¿no les parece?
(Relato de Carlos
Villamarín Escudero. Para críticas y comentarios dirigirse
a carlosvillamarin@hotmail.com).
En la provincia de Cotopaxi, zona central de los
Andes ecuatorianos, existe entre otras leyendas la de una mujer de singular
belleza que, durante las noches de plenilunio, aparece en los caminos reales
y, valiéndose de sus encantos, conseguirá seducir al viandante
solitario. Pero no todo hombre, por noctámbulo consuetudinario que
fuere, cuenta con los requerimientos que
habilitan la vía de acceso a este “privilegio”.
Se asegura que, para que el portento se produzca, es indispensable que
el postulante esté casado y lleve por algún tiempo ya germinando
la idea de dar en cualquier momento al traste con su hogar, para que ella
se decida por él.
Cuando el transeúnte se halla más entregado a su deporte mental favorito: elaborar las delicias que le reportaría una eventual aventura galante, o lo mismo, si se ocupa en meditaciones menos frívolas, nada raro es que, al virar la curva del camino o al cruzar un estero, se encuentre de sopetón con una mujer que, bañada por el llanto, se lamenta de la prematura muerte de su marido y de que en adelante carecerá de un alma caritativa que le consuele. Luego, con la mirada puesta en el asombrado caminante y aparentemente sosegada, agradece al destino que le ha permitido encontrar al hombre ideal y, entre suspiros, solicita concederle al menos un ápice de afecto. Su voz, embebida de ternura, acaricia como una melodía.
Bajo el fulgor lunar, que patentiza aun los atributos más recónditos de su radiante belleza, es la representación viva de la divina Venus, de aquella que brotara del genio de Milo. Su faz es un perfecto óvalo de nácar, flanqueado por una vaporosa cascada de rubia cabellera que, excitada por los besos de la brisa, desciende temblorosa hasta la mitad de la espalda. Encerrado en aquel recinto oval y nacarino, tiene vida propia y personal un par de ojos como el cielo y como el mar. La nariz de tenue línea aguileña, que acentúa el encanto de aquel bonito rostro, nace entre los ojos azules y viene a detenerse encima de una boca maravillosa, que es la mancha pulposa y sangrante de dos labios que se distienden húmedamente para sonreír provocativos. En su cuerpo de exquisita esbeltez, donde arraigan curvaturas moderadas, una escueta cintura de amancay, dúctil, como el débil tallo de una flor sacudida por el aura, permite que ella flexionase con una plasticidad sorprendente.
Va vestida a la típica usanza de la comarca
que luce una blusa escotada que permite la revelación atrevida,
pero seductora, de unos pechos enhiestos
y exuberantes que despiertan fuscos apetitos.
Entonces, sucede lo que es
fácil de comprender: el incauto, envanecido
por la fortuna que se le presenta favorable, no sólo que se presta
a complacer la insinuación de la bella mujer, sino que se apresura
a llevar las cosas a feliz término por la vía rápida
mediante efusivas caricias. Presa de la excitación que influyera
el primer beso, siente abrasarse en las flamas de una pasión envolvente,
devoradora, y por obtener algo más, no vacilaría llegar hasta
el mismo averno.
Como resultado del inopinado encuentro con la bella desconocida, al noctívago caminante no le cabe la alegría en el pecho, que los detalles más elementales de cortesía previstos para circunstancias semejantes quedan relegados. No trata de entablar diálogo con ella, ni siquiera se le ocurre preguntar su nombre. ¿Para qué? Esos preliminares que normalmente surgen espontáneos cuando se inicia de una amistad, le parecen innecesarios, una pérdida inútil de tiempo, cuando la relación ha rebasado los límites de la simple amistad para alcanzar la cúspide de la intimidad. Por ello, cuando la misteriosa mujer (quizá, segura de que su poder de seducción le ha obnubilado, o porque, aun en su maldad, siente la necesidad de prevenirle que el camino que ha emprendido lo conducirá al abismo), dice llamarse Paquita Muñoz, un nombre que para nadie de la comarca es desconocido, ya que su vinculación con una infinidad de leyendas siniestras es evidente, no le concede atención y se prepara para dar el paso siguiente que le situará en la gloria. La emoción no le permite razonar con claridad, y piensa que el recuerdo de una experiencia así no sería del todo provechoso encerrándola en el reducto de la memoria para su privativo deleite. Mañana, bien por la mañana, por cierto, una vez superado el agotamiento que le exigiría la velada de esa noche, todas las evocaciones de cuanto ocurriere con Paquita Muñoz compartiría democráticamente con los demás, empezando por los miembros de su propia casa. Bueno... pensándolo bien, con los de su casa, no, porque con ellos no podría referirse a situaciones escabrosas sin pecar de demasiado explícito. Además, a sus ojos, un asunto de tal naturaleza empañaría su imagen de hombre probo en el presente y, en el futuro, aureolaría con la sospecha la amistad que contrajera con personas del sexo opuesto. Teniendo en cuenta la suspicacia pertinaz de su esposa, en casa imitaría más bien la actitud de la esfinge. En su lugar, acudiría a sus amigotes, atentos siempre a todo lo que tuviese que ver con las faldas, para dejarlos estupefactos con la narración de episodios tan apasionantes como picantes, puesto que con ellos se podía hablar de todo sin ruborizarse. Pero para que mañana estuviese en condiciones de propalar la noticia de un suceso verídico protagonizado por él, ahora mismo tendría que vivir ese suceso.
Pero sucede que, cuando el fervoroso amante aún
conserva intacto en sus labios el delicioso sabor del ósculo obsequiado
por la hermosa y dadivosa mujer, se transfigura ella en un monstruoso ser,
paralizándolo de terror al taimado. Toda su belleza se ha esfumado
para otorgar sitio a la fealdad alucinante que proyecta un cadáver
en su última fase de descomposición. Su bonito rostro se
ha modificado en el semblante sobrecogedor con que los pintores ilustran
el de la imagen de la muerte asechando guadaña en ristre.
Dos tizones encendidos suplantan a sus ojos y
de su carcomida boca fluyen filamentos de pegajosa baba y emanaciones pestilentes.
No es más que un pútrido esqueleto, conservando extrañamente
adheridos los huesos entre sí, pero está vivo. ¡Profiere
injuriosas obscenidades y, ahora que al incauto le han brotado alas en
los pies, se ha puesto a perseguirlo con felina agilidad! Hay momentos
en que todo parece estar perdido para el infeliz, que en su desesperación
lanza verdaderos relinchos equinos, mas por obra y gracia de algún
milagro, hurta terreno a su perseguidor cuando las tiene ya puestas sus
garras encima. Y este estado de cosas sucede una y otra vez, que se diría
que no se trata sino de un juego macabro.
Quizá el pánico, como los oscuros nubarrones, tenga sus resquicios que permitan atravesar la luz de la razón hasta sus víctimas, porque el acosado alcanza a comprender que todo lo tiene perdido. Ve con absoluta claridad que la puerta de los infiernos se ha franqueado para él, para recluirlo en vida en aquel horrendo recinto. ¿Acaso, un súcubo no ha llegado para conducirlo en sus brazos hasta allí? Sin embargo, acelera cada vez más su carrera, aunque sabe a ciencia cierta que cualquier dirección que tome le llevará a la Eternidad. La cerca de alambre erizado de púas o el barranco que cortan eventualmente su camino no lo detienen, puesto que el perecer lacerado o destrozado le parece preferible a descender vivo al averno.
Y se afirma que es muy raro que quien ha tenido esta singular experiencia no haya terminado en el sanatorio mental, por cierto, si ha conseguido salir con vida de la peripecia.
El fin de un Forastero
A pesar de ser un hermoso ejemplar de la especie humana, no se podía decir que el forastero fuese tan guapo como para que las damitas del pueblo se enamorasen de él al primer golpe de vista. Sin embargo, aquel derroche de elegancia y urbanidad que se gastaba con ellas a toda hora y en todas partes, sobre todo si eran bonitas, le convertía en un auténtico Midas de la simpatía. La chiquilla a quien le tratara sentía transformar el hielo de su indiferencia en el oro de una franca admiración hacia él. Debido a su talante, el forastero, que decía llamarse Lorenzo Vivas y provenir de Quito, llegó a figurar pronto como el invitado indispensable de toda reunión social en que las mujeres de la localidad organizaran o tomaran parte.
Coincidencialmente, a poco de la llegada de Lorenzo al pueblo, que fue un veintiuno de febrero, se inició la festividad de Carnaval, suceso que prendería y mantendría por varios días viva la llama de la alegría. Entonces se divirtió mucho el forastero y, gracias a que contara él con recursos inagotables para fomentar el regocijo de la gente, se divirtieron como nunca los jóvenes de ambos sexos. Era lo que se dice un experto de la vida, un hombre que estaba de vuelta de todo.
Demostró ser un excelente bailarín. Con la misma soltura y distinción con que bailaba un pasacalle, una tonada o un sanjuanito, se desenvolvía con esas canciones tropicales que, a la sazón, empezaban a ponerse en boga en la serranía por obra de los aparatos de radio. Bailó sin arrimarse demasiado y democráticamente con solteras y casadas, razón más que suficiente para que los pretendientes de unas y los maridos de otras soslayaran de momento la necesidad de manifestarse celosos de él. Con todo, no era ésta la única cualidad que le adornaba, ya que poseía otras que le distinguían. Entre ellas figuraban la habilidad para tocar el acordeón, sus dotes de poeta, que le permitían componer graciosas coplas inspiradas por los eventos predominantes, y el patrimonio de una privilegiada voz.
Oírlo cantar sobre todo sus propias canciones, resultaba todo un magistral acontecimiento. El caudal de sensibilidad artística que animaba sus versos, al adquirir alas en sus labios, traducía en sí toda la emoción pasional en voluptuosa expresión auditiva. La cadencia de su canto, arrobadora, fascinante... filtrándose por los sentidos, se posaba en el alma para despertar en ella las más dulces sensaciones. Sus canciones, como las aguas del Leteo, adormecían los quebrantos.
El propio cura de la parroquia, hombre con algún barniz cultural, sin poder sustraerse del entusiasmo que despertara en él esta facultad de Lorenzo, no había tenido reparo en afirmar que cantaba éste tanto o mejor que los mismos ángeles. Procuró trabar amistad con el músico-poeta y, en cuanto lo consideró llegado el momento oportuno, solicitó su contribución artística para exaltar la celebración de las misas. El forastero se avino gustoso a complacer tal petición, no porque a él le interesase contribuir a la propagación de la fe, sino por motivos muy diferentes.
El Carnaval, no obstante su origen pagano, o más bien por este motivo, es la fiesta de mayor renombre en la serranía. Dura una semana completa, una semana en la cual está prohibido dedicarse un solo momento a otra cosa que no sea la de tributar culto a la diversión colectiva y compartida entre los miembros de la comunidad. Durante este lapso se olvidan hasta de las preocupaciones más acuciantes para honrar no sólo al grotesco dios de la risa, sino también a aquellas divinidades que favorecen el arte. De ellas, Euterpe, Terpsícore y Erato son las más homenajeadas, por la sencilla razón de que casi todos muestran mejor aptitud para la danza, la música y el canto que para las complejas disciplinas patrocinadas por las demás musas.
Mientras duró el festival, la contribución artística de Lorenzo fue importante. Tocó el acordeón, cantó y bailó con las más hermosas, creando un vínculo de amistad con todas ellas. Pero únicamente eso: un lazo de candorosa amistad. ¡Nada más! Por supuesto que debía agradarle la compañía de las damas, ya que sus ojos se iluminaban con una intensa luz a su sola presencia. Pero al mismo tiempo daba la impresión de que lo aislaba una barrera infranqueable. Además, y esto era lo que nadie entendía tratándose de un desconocido para todos, era notoria su constante expectativa, como si esperase de un momento a otro ver en la multitud a alguien que le hacía esperar ya demasiado. Sin embargo, a medida que transcurrían los días, el misterio fue develándose.
Una noche que la luna en su fase de cuarto creciente envolvía el paisaje en su argentada luz, Lorenzo abandonó furtivamente la fiesta para dirigirse hacia fuera del perímetro urbano, donde, entre cabuyales, se dejaba ver tímidamente un camino sinuoso como un reptil. El caminante no hubo de esforzarse demasiado para llegar al sitio que sin duda lo tenía previsto, ya que sentada sobre una roca situada al canto de la vía, le esperaba una joven de belleza deslumbrante. En cuanto se vieron, una sonrisa de felicidad se dibujó en sus rostros, denotando la recíproca alegría de encontrarse, al tiempo que fueron el uno hacia el otro con los brazos abiertos. ¡Cuánta dicha le esperaba a la pareja en el transcurso de su reunión!
Pero a veces el incidente más insignificante puede conspirar para que un proyecto largamente acariciado no llegue a realizarse jamás. Se conoce que un pinchazo de un mosquito, ocasionado al cazador en el momento de apretar el gatillo, ha malogrado el disparo destinado una fiera, que, indemne, se lanza luego contra aquél. Y, en cierto sentido, fue lo que sucedió con los amantes. Pues cuando se hallaban a punto de fundirse en un vehemente abrazo, la repentina aparición de un sujeto, que en ese preciso instante se le ocurrió pasar por allí, detuvo en seco el movimiento. La joven, reaccionando de modo inconsciente, no pudo contener un grito que al mismo tiempo manifestaba asombro y disgusto. Los dos miraron llenos de frustración al importuno que, a su vez, les miraba sin disimular su curiosidad. La bella mujer, reponiéndose pronto de la sorpresa, se apresuró a ocultarse detrás del cabuyal, como si temiese ser reconocida por el caminante, e instantes después, su flexible silueta, se disolvía en la distancia. Lorenzo no intentó seguirla y optó por reintegrarse a la fiesta.
El citado individuo, que no se distinguía por la circunspección, no esperó demasiado para propalar la nueva, aunque aclarando que le había sido posible identificar a la mujer. Pero la noticia, en vez de explicar la apatía del forastero por las mujeres, no hizo más que incrementar el misterio en torno de él, puesto que nadie conseguía adivinar de quien se trataba su potencial amante.
La alegría de la dilatada fiesta continuaba sin que decayera su intensidad y Lorenzo contribuía para mantenerla así. Cantaba y tocaba el acordeón con el mismo sentimiento de siempre, volcando en cada canción un caudal de ternura que, como el nepente, producía sobre todo en las mujeres una deliciosa embriaguez que anulaba las inhibiciones y las predisponía a manifestar su amor por él. Cada una de ellas lo quería para sí, cada una de ellas ambicionaba ocupar en el corazón del poeta el sitio de aquella incógnita dama. Debido a ello, en adelante, jamás le quitaban sus ojos de encima, y cuando él se ausentaba, creyéndose inadvertido, alguien se ponía discretamente detrás de sus pasos. Fue así como, de una forma u otra, consiguieron malograr sucesivamente las entrevistas con su amante.
Extrañamente, la noche en que ocurrió la tragedia, nadie le vio abandonar la casa donde, esta vez, se había congregado la comunidad para continuar la fiesta. Sólo notaron su desaparición cuando, por encina de la algarabía originada por los concurrentes, escucharon desgarrar el ámbito con los gritos de alguien que parecía ser víctima de la angustia. Los lamentos provenían del arroyo y debían pertenecer a Lorenzo Vivas, el único que faltaba de allí.
Los espeluznantes aullidos de los canes, presintiendo que algo siniestro acaecía en las inmediaciones bajo el tétrico resplandor del plenilunio, servían de marco a los alaridos del infortunado, que tal vez estaba siendo desollado vivo. De pronto, toda la belleza del paisaje nocturnal se modificó en espectral aspecto cuya hostilidad infundía un pavor que helaba la sangre. Sin embargo, el sentido de solidaridad de los lugareños pudo más que el pánico y, liderados por el cura, que en todo buscaba el primer sitial, fueron en auxilio del quejumbroso.
Cuando llegaron al punto de donde poco antes provenían los gritos, del apuesto joven no quedaba sino su cadáver cubierto de sangrantes heridas, como si hubieran sido producidas por una fiera enloquecida. La sangre que le envolvía era tan abundante que daba la apariencia de una roja mortaja. Aparte de las profundas heridas que surcaban el pecho y la garganta, le faltaban íntegramente los labios. Quizá la muerte, al besarlos con pasión incontenible, no se había percatado de la rudeza con que los succionara.
Los presentes miraban fascinados el cadáver, inquiriéndose qué si acaso “La Loca Viuda” no había dejado una vez más su antro para cebarse con los varones de la comarca. Presas de la incertidumbre, observaban temerosos su entorno como si esperasen verlo agazapado en algún lugar cercano a ellos. Y fue entonces cuando escucharon, como los graznidos de un ave gigantesca describiendo círculos sobre sus cabezas, voces proferidas en un extraño y escalofriante lenguaje. ¡Quizá el que se usa en el infierno!
El sacerdote, que también se hallaba presente,
parecía tan aterrado como los demás. Sin embargo, se esforzó
para expresar que ya nada se podía hacer
por el cantor que no fuera darle cristiana sepultura
y cuanto antes mejor. Y ordenó llevárselo a la iglesia.
Pese a las fundadas sospechas que tenían acerca de la autora del asesinato, nadie hubiese estado completamente seguro si el momento de trasladar el cadáver no hubiesen notado en uno de los bolsillos de la chaqueta que vestía éste un librito de notas que en realidad constituía el diario del malogrado joven. Sus últimas anotaciones no dejaban dudas acerca de lo ocurrido. Decían:
Lunes, 21 de febrero...
Al fin he llegado a esta remota población situada, como el nido de un cóndor, en uno de los parajes más recónditos que de la Cordillera Occidental. Tal como lo esperaba, se acomoda como un anillo al dedo a mi necesidad de permanecer por un tiempo (y si fuese para siempre, mejor) ignorado de mis deudos. Éste es un lugar aislado de otros centros poblados por una cadena montañosa circular, que lo encierra en su seno, y por la distancia geográfica.
Su gente se manifiesta alegre y hospitalaria. No obstante el ser un completo desconocido aquí, he sido recibido como el hijo ausente que, cansado de rodar por el mundo, ha decidido al fin retornar a su patria chica. Su actitud me evita la necesidad de elaborar otra mentira que explicase mi inopinada aparición en este lugar. La “historia de la búsqueda del pariente lejano”, que tenía en mente usarla, quizá hubiese resultado poco convincente. En cambio, el que me haya presentado con un nombre falso, resulta más simple, pues, ¿a quién le interesa que me llame Pedro y no Juan?
Al caer la tarde, ya en la casa que me ha hospedado, impelido más por la costumbre que por olvidar la estela de recuerdos que dejo atrás, vocalicé algunas canciones populares, acompañándolas con el acordeón que llevo conmigo. La imprevista función musical fue recompensada con alborozados aplausos de mis anfitriones y de sus vecinos inmediatos que, atraídos por la eufonía de las tonadas, no tardaron en llegar. Quizá la velada se hubiese prolongado por horas, pues me sentía predispuesto para ello, pero, inexplicablemente, el auditorio se retiró sin perder tiempo en cuanto la reina de la noche anunció su aparición en el horizonte.
Aún es demasiado temprano para dormir, pero me encuentro instalado ya en mi precario dormitorio. Invoco de Morfeo la admisión a su plácido reino.
Febrero, 22...
Acorde con la costumbre de los campesinos, me levanto temprano. El alba se insinúa apenas y las cumbres de Los Ilinizas empiezan a cubrirse de un tenue y malva tinte, mas la presencia del día se nota por doquier plena de actividad. La vida se abre a la luz como una eclosión de sonidos: un toro muge, los gallos cantan, un mozo chifla y una chiquilla rubia y fastuosa prende en sus labios una canción.
Experimentando una extraña sensación, cuando el dueño de la posada me saluda por mi nuevo nombre, me dirijo al Ermita, un manantial que, entre atropellados murmullos, se desliza por un costado de la población. Mi intención es la de bañarme en sus frías aguas, pese a que semejante perspectiva no me seduce. Pero es necesario que, cuanto antes mejor, me acostumbre a esta incomodidad que dominará mi nueva vida. Sin embargo, debo renunciar a mi proyecto en cuanto reparo en las mujeres que, situadas junto al manantial y puestas en cuclillas, friegan ropa sobre unas rocas en forma de plancha. Las mujeres sonríen cuando me ven. Las saludo y me retiro algo cohibido. Temo que a mi fallido propósito le den un sentido equívoco.
Regreso a mi albergue, donde me espera el desayuno ya listo. Horas después, me aventuro por las calles, transitándolas al azar. Camino sonriendo a los chiquillos y repartiendo saludos efusivos a la gente mayor que se cruzan conmigo, y doy casualmente con una cancha deportiva ocupada por jóvenes de ambos sexos que juegan básquet. Les saludo con la mano, aunque no espero que reparen en mí. Pero ellos me han visto. Detienen el juego y me invitan a participar en él. Les respondo que desconozco esta disciplina deportiva. No insisten y continúan por un rato lanzando el balón a la canasta mientras me arrimo a una valla para mirar desde ahí sus proezas.
Pronto concluye el partido. Se acercan hacia mí
respirando cordialidad y se presentan formalmente. Conocen ya de mis dotes
de músico y cantante y
manifiestan que mi presencia en el pueblo resulta
providencial, ya que a partir de esa misma fecha y durante una semana,
se conmemora la fiesta más importante del año: Carnaval.
“Aunque no oficialmente — dice la joven llamada Lucila, riendo y mirando
con sus garzos y bellos ojos— pero sí virtualmente, Carnaval es
el santo patrón de este pueblo.” Reímos todos.
Al despedirme son todos ellos ya mis amigos. Les he prometido contribuir gustoso con mis canciones para fomentar la alegría del festival durante sus días de vigencia. Estoy seguro de que todos son excelentes chicos que hacen de la amistad un acto de fe. Me precio de ser un buen psicólogo que rara vez me equivocó respecto al carácter de las personas. Y a propósito, una de esas raras veces fue cuando creí encontrar a mi alma gemela en la arpía que la tomé por esposa, de quien me he visto ahora en necesidad de huir, incapaz de soportarla por más tiempo.
Cae la noche. El amo de la casa parece ausente, pues no se lo oye a él por ningún lado. Tampoco se hallan presentes su mujer ni su numerosa prole. La sensación de soledad me deprime y empiezo a sentir nostalgia por la ciudad y por todo lo que he dejado allí. Pienso por un instante paliar mi estado de ánimo recurriendo al sueño. Pero ¿podría conseguirlo tan temprano?
Escucho entonces jubilosas canciones y música de guitarra no lejos de aquí. Pese a que la población no cuenta con alumbrado público y que sus calles no pueden estar más obscuras, me las arreglo para llegar al punto donde se originan los cánticos. Es la casa de Zabulón, uno de los muchachos que conocí por la mañana, donde se ha congregado parte de la juventud para ensayar las coplas con las que mañana honrarán el advenimiento del Carnaval.
Soy bien recibido pero no tomo parte activa del espectáculo que, por otro lado, no tarda en concluir. Se van todos, y yo no soy la excepción.
Las calles parecen más obscuras que nunca
y tengo dificultades para orientarme. Mientras camino, miro el horizonte
y contemplo un débil resplandor que rasga tímidamente el
espeso y negro manto en su lado
oriental. Se trata apenas un puñado de
rayos lunares pero que cada vez se vuelven más luminosos y que se
empeñan en desalojar las tinieblas. Minutos después, surgiendo
esplendorosa detrás de Los Ilinizas, aparece la luna aún
con su redondez incompleta. De pronto, la sensación de soledad se
ha esfumado, ya que mi celeste amiga, mi compañera y fuente de inspiración
está presente, mirándome desde lo alto como tantas otras
veces. Siento vibrar de optimismo mi espíritu y el deseo de efectuar
un paseo por las afueras del pueblo se yergue irreprimible.
Tomo al azar un camino que, cruzando el Ermita, serpentea como un reptil erizado de pencos y achupallas en dirección de Tiliguila, y mientras lo recorro disfruto con la belleza del paraje que se despliega majestuoso ante mi vista. Pero el deleite que proveniente de la naturaleza desaparece en cuanto noto avanzar a mi encuentro una esbelta mujer que parece sollozar. Se halla ya a unos metros de mí y descubro que es la más bella criatura que mis ojos hayan visto. Cuando va a decirme algo, la brusca aparición de un jinete la asusta, sale del sendero y camina veloz en dirección de una casa que se avista en la llanura. Debe habitar en ella. Dejo de mirarla al escuchar a mis espaldas un terrible estruendo, me vuelvo para saber lo que ocurre y veo que el caballo se encabrita y arroja a su jinete al suelo. Voy en auxilio de éste. Pero en cuanto ve él que me acerco, se levanta y se pone a correr como un alma perseguida por el diablo.
Febrero, 23...
El festejo ha comenzado muy temprano. Tan pronto clareado el día, luego de haber permanecido relegado durante un año, Baco se ha presentado en calles y plazas para presidir el festival que, por varios días, hará vibrar de regocijo el corazón de los lugareños. Las casas se hallan primorosamente engalanadas, ya que todas ellas serán a su turno y por unas horas sede de la alegría. Nadie se quejará luego de que su aposento no ha sido honrado con la visita de la comunidad durante el periodo consagrado a Carnaval.
La fiesta se inició en la Tenencia Política, que es el sitio más céntrico de la urbe, para detenerse por la noche en casa de los Sánchez, una manzana al norte, luego de realizar escalas jubilosas en las de los Cobos, Núñez, Pérez, Narváez, Pacheco, Domínguez y Bustamante. Mañana recorrerá otro sector de la población, llevando la animación a cada una de sus moradas. Sus propietarios, equipados de abundantes licores y de un trimalciónico banquete a punto, esperarán el arribo de la festiva comitiva, la cual, en ecuánime simbiosis, regalará con música, canciones y algún sainete improvisado.
Gracias a los conocimientos inculcados por mis padres (músico y cantante él y bailarina ella), de los que hago alarde ahora, mi prestigio frente a mis anfitriones se crecienta a momentos. Acogen llenos de complacencia todas mis intervenciones. Las damas, sin observar su estado civil ni meditar en el mal predicamento al cual les podría acarrear su desmesurado entusiasmo, obsequian a mis canciones con efusivos aplausos mientras me dirigen febriles y conturbadoras miradas capaces de apresurar el pulso de alguien menos escéptico que yo. Y la verdad sea dicha, muchas de ellas son hermosas, tremendamente hermosas, dignas de ser veneradas en el santuario de mi corazón. En especial Lucila, la joven de los ojos garzos y bellos. Pero ¡qué poca consistencia fortalece mis propósitos! A veces, a despecho de la promesa de permanecer indiferente a esta clase de tentaciones, siento que mi voluntad se diluye.
Me fastidia el sentimentalismo que empieza a despertarse
en mí. Anoche, a la sola vista de la bella desconocida, sentí
abrirse mi alma como una flor en botón al beso del sol fúlgido.
No obstante las horas transcurridas desde
aquel inopinado encuentro, su imagen, lejos de
debilitarse, se ha magnificado hasta cubrir el horizonte de mi pensamiento.
La veo a todo instante y en todas partes. ¡Temo haberme enamorado!
¿Qué hacer?... Pues bien, la necesidad de ahogar mi naciente
amor, desechando la idea de buscar a la seductora mujer, se hace imperativa.
Febrero, 24...
Me retiro de la fiesta en cuanto la luna, ya mucho
más redonda que ayer,
irrumpe en la lóbrega noche. He esperado
durante todo el día, de un momento a otro, reconocer en la reunión
a la hermosa desconocida, bailando con su pareja o junta a las demás
mujeres. Y pese a no encontrarla, todas mis canciones las he dedicado secretamente
a ella con la esperanza de que las escuchara desde el sitio en que se hallase.
Pero jamás apareció. A medida que las horas corrían,
el deseo de volver a verla iba en aumento, al punto que muchas veces sentí
la tentación de abandonar furtivamente la reunión e ir en
su busca, aunque he podido dominarme a último momento en aras de
la discreción.
Anoche soñé con ella. No nos hablamos.
Apenas me miró. Ni siquiera pude averiguar su nombre debido a la
distancia que nos hallábamos. Sólo la vi por
un instante. Salía de aquella casita prendida
en la llanura y se dirigía hacia el bosque poblado de eucaliptos
que bordea el torrente de Mallacoa. Los colosales seres, en cuanto percibieron
la presencia de la beldad, tremolaron el follaje en alborozado saludo e
inclinaron galantemente sus copas en signo de pleitesía. Mientras
tanto yo, presa del éxtasis, la seguía con la mirada hasta
cuando la vi hundirse en la penumbra del bosque.
No sé por qué tengo la seguridad
de encontrarla en el lugar al cual la vi dirigirse durante mi ensoñación,
no sé que poderoso llamado escucha mi subconsciente que me obliga
a dirigir los pasos hacia allí. Quizá el anhelo
de verla de nuevo me ha vuelto en extremo perceptivo.
Atravieso el Ermita y avanzo directamente al bosque de eucaliptos, acompañado
por los gritos de los perros que se han puesto a ladrar a la luna. Tal
como en mi sueño, noto agitarse de pronto el follaje y entablar
un apagado diálogo entre sí valiéndose de enigmáticos
susurros.
Aunque no la veo, sé que ella está ahí, mirándome desde algún lugar. Avanzo con mayor cuidado mientras miro a todas partes, ansioso por descubrirla cuanto antes. Pero no tengo que esperar mucho, pues, acabo de ver a la mujer a sólo unos pasos de mí, junta a los pencos, sentada sobre una roca. En cuanto me ve, camina hacia mí. Es realmente hermosa, mucho más de lo que me pareció hace dos noches. Sus ojos, a pesar de hallarse bañados por el llanto y velados por la tristeza, son los más bellos que he visto. Al fin me explico porque me he enamorado locamente de ella.
La emoción me deja estático, impidiéndome
continuar adelante. Mas la joven se acerca y, con palabras entrecortadas
por el sollozo, dice llamarse Paquita Muñoz y que acaba de perder
a su esposo, asesinado por el cacique del pueblo. Me explica que, no obstante
su lealtad al recuerdo de su difunto esposo, la perspectiva de permanecer
sola le desespera. Estoy estupefacto. Deseo con vehemencia exponer que
mi vida está a su disposición, pero mis
labios permanecen silentes. Sin embargo, Paquita
me comprende perfectamente asistida por algún poder de clarividencia.
Cesa su llanto y viene a mí rebosante de dicha. Una inconmensurable
felicidad embarga mi espíritu y, bajo su influjo, se esfuma mi inmovilidad.
Recorro veloz el breve trecho que nos separa inducido por el anhelo de
recibirle en mis brazos.
Me siento a un paso de obtener la suprema felicidad y disfruto por anticipado de ella. En la certidumbre de hallarme a punto de estrecharla en mis brazos y catar la miel de sus besos hace latir el corazón con la fuerza de un atabal. Mas cuando el cielo está a mi alcance, todo se viene abajo motivado por la intempestiva aparición de un sujeto que, camino de su casa, coincide en pasar ese instante por el sitio de nuestro encuentro. Mi amada, víctima del susto, se detiene bruscamente cuando se halla ya a unos centímetros de mí y lanza un lastimero grito (que a su vez me paraliza de susto a mí) e instintivamente busca protección en la fuga. Se desliza con asombrosa celeridad por entre los pencos que erizan el cerco del camino, que se diría que los ha atravesado, y desaparece en algún lugar de la llanura. No pienso en seguirla, ni siquiera abrigo la intención de esperarla, ya que presiento que esta noche volveré a verla.
Febrero 25...
Me ha sido imposible ir en busca de Paquita. Mis amigos, que son casi la totalidad de los habitantes del pueblo, me tuvieron bajo estricta vigilancia lo largo de la noche. Lo están sin duda al corriente de mis encuentros secretos con mi amada y se han propuesto impedirme que continúe viéndola. Sin pecar de suspicaz, vislumbro tres posibles razones para que tomasen semejante preocupación conmigo. Una, tal vez cada uno de los muchachos codicia para sí a la beldad y no se resigna fácilmente a que se las gane un advenedizo. Dos, puede suceder también que las damitas viesen en mi un buen partido al que deben preservarlo de las acechanzas de una viuda. Tercera, asimismo puede ocurrir que los cómplices o encubridores del cacique asesino levantasen obstáculos en mi derredor para que yo no me enterarse de sus crímenes por boca de Paquita. Ya sea una u otra la razón para que hubiesen decidido impedirme que continuara viéndome con Paquita, deben haberse puesto todos ellos de acuerdo para confabularse en mi contra, ya que todos a la vez son parte de un espeso cerco humano. Pero no habrá barrera capaz de detenerme.
Se valen de los argumentos más absurdos para tratar de conseguir su objetivo. Unos me previenen de lo peligroso que representa deambular durante la noche, ya que los caminos, y hasta las mismas calles, están infestados por desalmados bandidos. Otros me aseguran que las fieras hambrientas, que llegan por las noches hasta las goteras de la población, constituyen un serio peligro para sus moradores que no toman la precaución de encerrarse temprano en sus casas. Y, claro está, no faltan los más taimados que juran que, durante las noches de luna, un horripilante fantasma recorre los caminos haciendo de las suyas. A todos los engaño fingiendo creer en sus supercherías mientras me rió para mis adentros.
Amo a Paquita con toda las fuerzas de mi corazón y no pienso más que en ella. Mañana por la noche iré en su busca. Tengo la certeza que la encontraré.
La Leyenda
Dice la leyenda que, poco antes de finalizar la dominación Española, exactamente el tres de septiembre de 1810, Sigchos fue escenario de un espeluznante crimen pasional que la erosión del tiempo, no obstante que todo lo debilita, desdibuja y borra, ha sido incapaz de extinguir de la memoria popular. Su enormidad no estriba en la forma en sí como fuera perpetrada la violenta agresión, sino en el infortunio de sus protagonistas que vieron tronchada su mutua felicidad cuando ésta empezaba recién a acariciarlos. Y, también, porque de la tragedia se derivaron los males que aún pesan en la población como una ominosa carga.
Cuentan que un día, apenas germinada la mañana, arribó a la población un gallardo joven, de unos veintitrés años aproximadamente, en el cual se inscribían todas las expresiones de la belleza varonil. Cualidad que el más exigente de los varones habría deseado para sí. Vestía suntuoso atuendo civil y, además, montaba un albo corcel de preciosa estampa y chispeantes ojos, similar al que —según se difundía— cabalgaba el revolucionario Simón Bolívar mientras librada mil batallas por la emancipación de Suramérica. A todas luces, se trataba de un hombre principal, posiblemente hijo de algún hidalgo rico, o funcionario de la Corona. El aspecto cansado del jinete y el espumoso sudor que empapaba su caballo daban pábulo para suponer que la jornada que habían realizado debió ser larga y esforzada. Quienes habían sido testigos de su arribo a la plaza mayor, llevando todavía la cabalgadura al galope, opinaban que, por la prisa que el joven se había dado en llegar, debía traer algún encargo urgente para el capitán de la brigada acantonada en ese lugar, máxime cuando, luego de dialogar brevemente con un soldado que casualmente se hallaba cerca, le vieron dirigirse con igual premura hacia el recinto militar.
Es que ese día, más propiamente esa tarde, iba a constituir para el capitán en una fecha imborrable, ya que buena parte de los hombres se casan por una sola vez. Y él contraería nupcias dentro de contadas horas, en ceremonia privada, en su casa y en presencia de apenas unos cuantos invitados. Relacionando con esta circunstancia la llegada del desconocido, las buenas gentes del pueblo opinaban que resultaba plenamente justificado el denodado empeño del mensajero, cabalgando incluso la noche, para transmitir oportunamente al novio los parabienes de sus superiores. Pero nadie había caído en la cuenta que ese acto de cortesía se acostumbra a formular después, y no antes, de un magno acontecimiento.
El capitán de marras era un ilustre español que se hallaba a un periquete de la ancianidad. Su fofa obesidad, en conjunto con la brillante calva y la gelatinosa sotabarba, le daban el aspecto de un pavo cebado. Se dice, no obstante, que cuando joven fue un hombre apuesto, atractivo, que inspiraba arrebatadoras emociones en muchas mujeres, pero el transcurso de los años se había mostrado despiadado con él. Se llamaba don Gonzalo Meza y Salazar de Albán de Hurtado de Lasso, Marqués de Gualaya. Este deslumbrante título nobiliario lo había comprado al rey con parte del producto de la mina de plata de ese nombre que lo explotaba más en su beneficio que en el de la Corona. Este caballero era a la sazón uno de los propietarios más prósperos del lugar y de nada carecía, excepto de esposa, ya que había llegado a la sabia conclusión de que a las mujeres debía mantener su padre. Mas un día le sucedió algo sumamente extraño, algo sin precedentes, algo que ni siquiera sabía cómo enfrentarlo. Podía considerarse como un delirio fugaz, originado por la fatiga o el insomnio... pero en realidad se trataba de un asunto mucho más complejo. Don Gonzalo sintió abrasarse el corazón en el fuego de una dulce sensación que, como el perfume de una flor, aromaba el alma. El hombre que había visto recorrer desierta la mejor etapa de su vida por obra y gracia de su avaricia, ¡se enamoró!
La culpa fue de Paquita, la menor de las hijas del criollo Muñoz, que se había convertido en la más bella de cuantas beldades viesen sus ojos, y notó transmutar su yerma existencia en el ubérrimo jardín que albergaría a aquella flor en botón. Enamorado con la fogosidad de un adolescente, desde la cima de sus sesenta años, descendió verticalmente para ponerse a las plantas de la bella adolescente. Cupido, que de ordinario se había mostrado indolente con el peninsular, ahora le sorprendió con su diligencia. Solamente que las flechas del inquieto dios resultaran incapaces de tocar el corazón de Paquita, que veía al vejete languidecer de amor con el desprecio que le merecería un perro roñoso obstinado en cortejarla. Pero el marqués, acostumbrado a triunfar en cuanta empresa que acometía, no iba a contentarse con obtener abrojos donde esperaba cosechar flores. Conocía de la simpatía que el criollo Muñoz abrigaba por la causa independista y, usándola como instrumento de chantaje, le amenazó con detenerlo y llevarlo a juicio si su hija no accedía a sus requerimientos. Ante semejante promesa, ni el padre de la dueña de sus pensamientos, ni ella misma, opusieron resistencia.
Debido a los tiempos convulsionados que corrían, este ilustre caballero personificaba en la circunscripción la suprema autoridad tanto del fuero militar como del civil, funciones que en los últimos años había desempeñado sin extralimitarse, claro está, dentro del marco de abusos e ilegalidades establecido en un régimen de excepción. En suma, para los habitantes de la demarcación que administraba, pasaba por un magistrado tolerable, y por confiable, para el poder central del cual él dependía. Sin embargo, el fusilamiento de César y Antonio Saavedra (cabecillas de los insurrectos capturados el 20 de agosto cuando éstos intentaban tomar el cuartel por asalto), que lo llevara a cabo luego de un juicio sumario, había dado a las partes antagónicas, por igual, motivos de desconfianza hacia él. A los simpatizantes de los ejecutados, que era la mayor parte de la población, les parecía un asesino sanguinario y, a partir de entonces, lo llamaron “Carnicero”. En tanto que los realistas juzgaban que don Gonzalo había obrado con deslealtad al adoptar una medida tibia con la ejecución de apenas dos prisioneros sediciosos, en vez de haberlos liquidado a todos ellos, ya que con semejante actitud no hacía otra cosa que contribuir a proliferar la subversión que estaba él obligado a sofocarla a toda costa. Se preguntaban ¿si el marqués estuviese en desacuerdo con el escarmiento que, días antes (2 de agosto de 1810), hiciera el Conde Ruiz de Castilla con más de sesenta revolucionarios quiteños prisioneros en las mazmorras del Cuartel Real de Lima de Quito, al ordenar a la soldadesca peruana pasarles a cuchillo?
Pero en justicia, a don Gonzalo no se lo podía imputar de ninguna de las dos cosas. Aunque fuese en atención a sus propios intereses que por conflictos de conciencia, a los culpables de sedición que iban a parar en sus manos, hubiera preferido enviarlos a las minas que plantarlos junto al paredón. Debido a ello no se había apresurado a poner a los demás prisioneros, a cargo suyo, frente al piquete de ejecución. Pero la prórroga de la fecha fatal no podía ser indefinida porque no dependía de él, sino del todopoderoso Conde Ruiz de Castilla, que ordenaría el ajusticiamiento de un momento a otro. Tampoco tenía madera de traidor: guardaba lealtad a su lejano rey, respetaba a su cercano Presidente y procuraba que sus actos se enmarcaran en la Ley.
Y bien, don Gonzalo, con su proverbial parsimonia, no se dio prisa por atender al viajero, que no tuvo otra opción que la de aguardar en la antesala mientras aquél conocía y emitía sentenciaba sobre los casos de los dos primeros acusados que habían sido llevados ese día ante la Justicia. Se trataba de un indio y de un mestizo. El indio, denominado o apellidado Pasaguayo, había sido sorprendido en el huerto del señor cura en actitud sospechosa, según afirmación de uno de los sacristanes del hombre de hábito. Quizá el infeliz tenía en mente apoderarse de una calabaza de las muchas que se veían allí. La acusación era gravísima y, de encontrarlo culpable, era posible que los próximos seis meses los pasara en las minas de Gualaya, redimiendo con su sudor la deuda que gracias a su mala intención echara sobre las espaldas. Mas, por hábil que fue el interrogatorio del magistrado, secundado por el gesticulante sacerdote, el indio jamás admitió responsabilidad alguna y se defendió aduciendo reiteradamente que sí había entrado al huerto no había sido más que con el propósito de hacer aguas ahí.
Al fin los inquisidores cedieron ante el fracaso pero, por las dudas, don Gonzalo ordenó a Pasaguayo recibir ipso facto media docena de latigazos. En cuanto a la acusación que pesaba sobre el mestizo, por desgracia para él, era fácil de probar su culpabilidad. Éste respondía cuando le llamaban Juan Fernández y era un sujeto bajo y grueso como un tonel. En su rostro redondo y mal trazado, similar a uno de esos primitivos platos de arcilla moldeada con la sola ayuda de las manos, brillaban unos saltones ojillos de animal acorralado. Durante los tres últimos años y hasta esa misma mañana, se había desempeñado como cocinero en casa del alguacil, y éste le acusaba ahora de haberle arruinado a causa de su proverbial glotonería.
—Mirad, usía, lo gordo que se ha puesto el bribón a costa de mi peculio —decía el corchete, palpando con una mano reiteradamente el abultado abdomen del acusado—. Es el Baal-Moloch que todo lo absorbe, devora y pulveriza. Su digestión es ingente. A su lado, Gargantúa y Pantagruel son un débil esbozo de avidez.
—¿Qué decís, hermano, a todo eso? —profería el funcionario por pura fórmula— Habéis devorado tú solo la pitanza de tres años del señor alguacil y lo vais a pagar.
—Yo no arriendo esas ganancias —contradecía el acusado—. Pues sepa vuestras mercedes que el señor ministril os quiere engañaros. ¡Mi robustez no proviene sino del particular funcionamiento de mi metabolismo, que transmuta en tocino hasta del aire que respiro!
Al señor capitán no le convenció la defensa esgrimida por el obeso Juan y lo condenó a tres años de trabajos forzados en las minas de plata de Gualaya. El querellante no parecía del todo satisfecho del fallo del magistrado, ya que manifestaba que mejor le hubiese parecido que al bribón, en vez de las minas, le hubiese restituido a la cocina de su casa, sin que percibiera sueldo alguno.
Al fin don Gonzalo concedió audiencia al hombre que esperaba ser recibido por él desde hacía dos interminables horas. Éste se presentó como el teniente don Antonio de Sotomayor y Carvajal, primo hermano, por lado materno, del marqués de Villa Orellana, y añadió que si se presentaba él sin atuendo militar lo era por instrucción expresa del gobernador. Acto seguido, le entregó un documento que traía consigo, guardado cuidadosamente en un bolsillo oculto del cinto. Sin demasiado entusiasmo le dio la bienvenida el destinatario del mensaje a su portador, pero en cuanto lo leyó, se esforzó en endulzar el gesto y, esmaltando la voz con un matiz de alegría que no sentía, prometió cumplir de inmediato las instrucciones que la Junta de Gobierno acababa de hacerle llegar. Dijo a don Antonio, por si él lo desconocía, que aquel mensaje se trataba de una copia de un decreto que confería amnistía general a los presos de conciencia y por sedición. Le confió, además, que una demostración de clemencia de tal magnitud, devolvería al país la tranquilidad que carecía desde hacía mucho tiempo, y que, en particular él, lo aplaudía porque le quitaba de encima un terrible peso. Y rogó al capitán que, a fin de dar inmediato y estricto cumplimiento al mandato, le acompañase en ese mismo instante a la cárcel para dejar en libertad a los prisioneros. El aludido aceptó gustoso la invitación.
Los prisioneros no cabían en su asombro de verse beneficiados de la sorpresiva y extraña magnanimidad de Ruiz de Castilla, quien hasta apenas unos días antes había sido la expresión más elocuente de la despótica opresión colonialista. Les parecía un sueño el respirar nuevamente de libertad cuando la distancia que les separaba de la muerte se reducía a unas horas de angustiosa espera. Luego, lo insondable del Más Allá, de donde se dice que nadie retorna. Pero en realidad, ¿ nadie retorna de allí?
De inmediato, la alegría, intensa, contagiosa, incontenible y desbordante, imperaba en las gentes, militares incluidos, que, congregadas en la plaza principal, reían, lloraban o se abrazaban mutuamente, sin mirar demasiado con quienes lo hacían, ateniéndose solamente a celebrar el increíble suceso de haber salido bien librados de aquella tenebrosa situación. La banda de músicos, de ordinario remisa a complacer al público con su melodiosa intervención, a pesar de ser bien remunerada siempre, esta vez se presentó espontáneamente y bien dispuesta. La euforia general era tal que el mismo don Gonzalo, no obstante su apatía para todo género de diversión, se prestó gustoso a dar inicio con su ejemplo el baile popular. Sin embargo, prefirió retirarse pronto a su mansión y esperar allí, pletórico de felicidad, el momento en que Paquita arribaría para unir su destino al suyo.
Don Gonzalo, camino de su mansión, sobre un lujoso calesín y acompañado de una selecta guardia personal, viviendo sólo para su propia dicha, miró con indiferencia las dos pirámides cubiertas de sempiterno hielo, llamadas Ilinizas, que se dibujan majestuosas en el sitio donde el sol suele hacer su matinal aparición. Tampoco concedió importancia ninguna a la belleza del paisaje, ni al rumor de la mies coloreándose bajo el cielo azul turquí, ni a la presencia de las flores que adornaban y perfumaban la tierra que él y sus huestes profanaban. Se ocupaba únicamente de congratularse por el decreto de amnistía en favor de los subversivos, desde luego, no porque éstos le inspirasen simpatía, sino porque, indirectamente, le beneficiaba también a él con la reducción de sus obligaciones. Una circunstancia ideal que le concedía la ocasión de obtener tiempo adicional para dedicarlo a la alcoba matrimonial. Pensó en lo bella que era Paquita y en lo hábil que había sido él para doblegar la altiva voluntad de ésta y someterla a la condición de esposa-esclava mediante el chantaje.
Pero la novia jamás apareció. La amnistía dejaba a su padre al margen de todo género de culpabilidad subversiva, y a la joven, libre de temor. Consecuentemente, el chantaje usado por el marqués había perdido peso.
Don Antonio de Sotomayor y Carvajal, que era visto por los alborozados festejantes como el artífice de aquel feliz acontecimiento y, debido a ello, el centro de la atención de todos, no tardó en conocer a una preciosa adolescente de intensos ojos azules llamada Paquita, cuya resplandeciente belleza, comparable con la de la estrella matutina, le cautivó. También a ella, respecto a él, le ocurrió lo mismo, y horas después se juraban amor eterno. Acordaron abandonar furtivamente Sigchos para casarse en otro lugar, en cuanto llegase la noche, ya que el joven, según había expresado a los flamantes redimidos, no era lo que parecía, sino un impostor que podía ser descubierto por el marqués de un momento a otro. No se llamaba don Antonio de Sotomayor y Carvajal ni era ningún noble español, ni era militar ni se hallaba en cumplimiento de misión alguna por encargo de la Junta de Gobierno, ya que en realidad jamás existió tal decreto de amnistía. Se llamaba sencillamente Francisco Mata (de los de Sigchos, claro está) y, desde su niñez había permanecido en Quito, al servicio de un criollo vinculado con la causa libertaria. Y ante la certeza de que los patriotas sigchenses no saldrían de prisión sino camino del paredón de fusilamiento, se ofreció para intentar la salvación de aquellos infelices en un derroche de valor.
Francisco y Francisca, tras escapar a uña de caballo en las primeras horas de la noche, llegaron bastante entrada la mañana a Tanicuchí, donde se unieron de inmediato en matrimonio. El cura que les casó era un hombre bondadoso que tenía por hábito anteponer la piedad al infame mandato de la iglesia que exigía denunciar a la autoridad más cercana a quienes atentaran contra la Corona. Conocedor, mediante la confesión, del riesgo que corría la pareja de ser detenida por el inhumano Marqués de Gualaya, la ofreció su protección mientras no hubiese las garantías de seguridad necesarias para que pudiese alejarse sin peligro de allí. Pero los flamantes desposados optaron por continuar su camino con la esperanza de poder llegar cuanto antes a Quito y poder ocultarse en su densa demografía. Pero semejante empresa resultaba más fácil de imaginar que de realizar.
El marqués, en cuanto hubo enterado de la fuga de su novia en compañía del mensajero de la amnistía y de la misteriosa “evaporación” de quienes recobraran milagrosamente la libertad, columbró que había sido él engañado por el astuto impostor y estuvo a punto de colapsar por la furia. Ordenó que varios piquetes de soldados salieran de inmediato, en diferentes direcciones, en busca de Paquita y su amante y los trajeran cargados de cadenas. Mientras esperaba el retorno de lo fugitivos no pensó sino en el tipo de tortura con la cual debería infligirlos. Pero ¿qué iba a ocurrirle si éstos conseguían escapar a sus pesquisas? Esta hipótesis le ponía todavía más furioso. Sin embargo, la infeliz pareja fue aprehendida con increíble facilidad no lejos de la iglesia donde se casara apenas unos minutos antes.
El Marqués de Gualaya no tuvo un ápice de piedad para sus víctimas. En cuanto éstas llegaron a Sigchos, ordenó que Francisco Mata fuese pasado por las armas en presencia de su esposa, quien padeció aquel espectáculo sin encontrar amparo en el benigno desmayo. La bella adolescente, de ojos tan azules como el cielo y como el mar, acababa de convertirse en viuda. Acto seguido, mediante la fuerza, don Gonzalo obligó a Paquita acompañarle hasta la iglesia donde el sacerdote les esperaba para casarlos. Se casaron en una ceremonia que, por el llanto incontenible de la novia y los rostros compungidos de los concurrentes, parecía hallarse ambientada para el rito de un funeral.
Una vez en su mansión señorial, el marqués condujo a su bella y afligida desposada al tálamo nupcial con la misma premura con que ordenara la ejecución de su predecesor. No obstante, se dio tiempo para impartir instrucciones a la servidumbre respecto a que por ningún motivo fuesen a buscarlo so pena de ser castigada severamente. Debido a tal disposición, nadie osó averiguarlo cuando lastimeros gritos que ponía los pelos de punta, procedentes de la recámara matrimonial, irrumpieron el silencio apacible de la noche andina, ni cuando éstos cada vez más intensos, se prolongaron hasta el amanecer. Durante el día y la noche siguiente ya nada se escuchó. Lo suponían al marqués renovando con el reposo las energías desgastadas en el ímpetu de su sadismo. Pero al promediar el día tercero de que la pareja permaneciera encerrada, el absoluto silencio que envolvía la estancia, dio motivo a la servidumbre para que pensase en que algo raro estaba ocurriendo allí. Llamaron con insistencia a la puerta y, al no obtener respuesta, sin pensar dos veces la derribaron.
Lo que vieron allí les paralizó de terror. ¡Diseminados por toda la habitación, en la que los efluvios de la putrefacción eran insoportables, se hallaban los despojos desmembrados de quien en vida se llamara don Gonzalo Meza y Salazar de Albán de Hurtado de Lasso Marqués de Gualaya! El pobre hombre parecía haber sido destrozado por uno de esos pumas que, por alguna especial circunstancia, se han acostumbrado a atacar a las personas.
Respecto a Paquita Muñoz, no quedaba el
menor vestigio de ella. Aquello izo
pensar a los presentes que había sido
devorada por el marqués en un arrebato de locura o de hambre. Una
cuestionada explicación, puesto que, entre las vísceras de
éste, no aparecía ningún resto de la joven en proceso
de asimilación. Además, ¿quién lo había
devorado a su vez a él?
La terrible respuesta no se hizo esperar demasiado.
Sólo tuvieron que esperar a que se produjese el plenilunio para
que Paquita Muñoz hiciera acto de presencia con una nueva personalidad,
con un nuevo cometido que estaba muy lejos de proporcionar felicidad a
sus elegidos y también con un nuevo nombre: ¡La Loca Viuda!
Los primeros de sus víctimas fueron un traficante e
géneros, un terrateniente criollo y un
indígena líder de una comunidad, todos ellos casados y ansiosos
de liberarse de la opresión del hogar.
Este relato no es una crónica fidedigna ni, mucho menos, pretende completar la historia. Sólo recoge la leyenda que circula en los lugares que sin duda se originó ésta. Por tanto, cualquier semejanza con sucesos y personajes reales, no será más que una extraña coincidencia. (Nota del Autor)
[Texto de Carlos Villamarín Escudero, carlosvillamarin@hotmail.com].
Esta leyenda se vincula a las personas que beben demasiado; de ahí que sólo los borrachos tengan el privilegio de ver a Piloto y su carro.
El personaje a que se alude, según la tradición oral, «no fue más que un bobo, mulero del Zapote, que por sus malas acciones se lo ganó el diablo, y anda asustando a medio mundo aquí en la ciudad, especialmente a los que se les pasa la mano con el guaro». Pues «el que ha chupado con ganas, además de ver al Cadejo, puede ver al Carro de Pilto, que va trastabillando por la calle del Estanco de Tabaco todos los viernes, moviendo su luz verde».
Lara (págs. 115—6) recoge también este testimonio, recogido directamente de labios de un carpintero ya sexagenario de la ciudad, Carlos Llerena:
EL CARRO DE PILOTO
EN LA CALLE DEL CABALLO RUBIO
Allá por el barrio de San José vive un mi compadre que chupa con ganas. Una noche levantó a mi ahijado (un niño de ocho años) para que lo acompañara a la cantina «El Ciprés Llorón» a traer un trago. (De verdad, ¡no se ría! Así se llamaba la cantina esa. Era de una mi tía y quedaba a la vuelta del Caballo Rubio.)
Volviendo al asunto, le diré que cuando mi compadre llegó a la calle de las Tunches, sintió un lejano aullar de perros y un gran ruido que se iba acercando; se hallaba en la puerta de la cantina cuando de la calle del Caballo Rubio apareció un carretón haciendo un ruido de la gran diabla, que, guiado por un cochero vestido de negro y tirado por grandes percherones, pasó cerca de ellos echando chispas; el cantinero los entró carreando y le dio a mi compadre un trago para que le bajara el susto, y le contó que todos los viernes a esa hora pasaba por allí el Carro de Piloto.
Mi compadre, para olvidar el espanto, chupó
más aquella noche.
Los rezadores aparecen casi siempre los primeros viernes de cada mes; pasan a la orilla de las banquetas con sus túnicas negras, candelas en las manos, y se les oye una rezadera tal, que a uno lo vuelve loco. Si uno los sale a ver, se lo pueden ganar.
Cuando el fúnebre cortejo está recorriendo las calles, y alguien por casualidad o intencionalmente sale a verlo, «alguno de los rezadores se para y le entrega una de sus candelas (a veces son dos), le dice que se la guarde y que va a pasar por ella a la noche siguiente. Eso sí: le advierte que debe colgarla en la cabecera de su cama. Al otro día, lo que aparece en lugar de la candela es un hueso fémur».
«Cuando uno ya ha visto a los rezadores y le han dado las candelas, ya se lo llevó la que lo trajo al mundo; y para salvarse de ellos, lo que tiene que hacer es salir a esperarlos en el mismito lugar donde los vio, pero con un niño en los brazos; sólo así las candelas no se vuelven huesos y se las puede devolver a los rezadores, pues la inocencia del niño tuerce la maldad de estos espíritus».
«Y para librarse de ellos de una vez por todas, hay que pedirle a algún padre que eche agua bendita a lo largo de toda la calle por donde andan, así ya no vuelven más, pero se aparecen por otro barrio».
Esta leyenda de los rezadores de la noche también se asocia a la muerte y a los perros. Según esta variante, las personas que «se echan los cheles de los perros en los ojos, pueden ver la muerte y los rezadores de la noche», porque «los cheles de los chuchos son las lágrimas que ellos derraman cuando los miran». Y en estas circunstancias no hay salvación: «la muerte carga con uno» (Lara 1972: 116-8, que recoge testimonios directos de varias personas).
Lara nos da también (pp. 118-9) el siguiente caso folklórico, recogido de boca del guatemalteco Pablo Ruiz, de 58 años:
LOS REZADORES
Y LA MUJER CURIOSA
Esto sucedió en el barrio de la Candelaria; allí donde se tiene la costumbre de ponerle apodo a todo el mundo, y a espiar por las rendijas de las ventanas.
Pues bien, por la calle de la Amargura vivía una anciana en uno de los palomares de la esquina de la calle de Candelaria. Todas las noches, a eso de la medianoche, salía a espiar por la ventana; en una de tantas noches, la vieja vio que pasaba una procesión de rezadores; uno de ellos se paró y le dio dos candelas de las que llevaba en las manos y le pidió que guardara, pero le dijo que las colgara en la cabecera de su cama, y que pasaría por ellas a la noche siguiente; ella, muy asustada, las colgó donde el rezador le dijo. Al otro día lo que encontró fue un largo hueso fémur; asustada, salió gritando al patio del palomar. Entonces, una de las inquilinas le dijo que se la habían ganado los rezadores y que saliera con un niño en los brazos. Los rezadores empezaron a pasar cerca de ella; en una mano tenía las candelas y en la otra cargaba al niño. Al acercarse el que le había dado las candelas, ella se las tendió y, al ver al niño el rezador, se las quitó y se fue con los demás (¡el niño la había salvado!).
Entonces, los vecinos le fueron a meter una
gran bulla al padre de la Candelaria, hasta que lo obligaron a echar agua
bendita por la calle de la Amargura y la de Candelaria. Entonces, los benditos
rezadores de la noche, como son unos jodidos, se fueron de allí,
pero aparecieron al poco tiempo por el barrio de Santo Domingo; pero la
pobre vieja se pudo salvar y ya nunca volvió a asomarse por las
ventanas a espiar.
—Alguien viene —dije a mi compañero.
Puso alerta el experto oído de hombre de campo y con la seguridad del que está convencido de lo que afirma, contestó:
—No viene por este camino; va por el otro de más arriba.
No había acabado de pronunciar esta frase, cuando se apagó el ruido de las pisadas, como si el jinete se hubiera detenido de pronto.
Unos momentos después debió seguir la marcha, pero en lugar del rítmico golpear del trote se dejó oír el repiquetear desatentado de un galopetendido. Con voz ahuecada que parecía envolver un supersticioso respeto, el campesino murmuró:
—-Ese caminante se ha encontrado con la Tzegua. Pero no tenga miedo, patrón; a nosotros no nos sale: somos dos, y para ajuste caminamos a pie.
—¿La Tzegua? —prorrumpí con extrañeza— ¿Qué animal es ese?
Me pareció que una sonrisa había retozado en los labios de aquel buen hombre, que repuso, como si no se animara a creer en mi ignorancia:
—¡Pero, señor, cómo es posible que usted que lee tanto no sepa qué es la Tzegua! Es el mismo demonio y Dios lo guarde de encontrarse con ella.
—Te aseguro que no lo sé; explícamelo.
Estábamos ya muy cerca de la estancia y seguía oyéndose la vertiginosa carrera del caballo; los perros que nos habían olfateado ladraban, no en son de alarma sino de gusto; la noche era fresca, las estrellas regaban siempre su oro pálido sobre el vasto paisaje, y el riachuelo linfático proseguía en su crujir de raso. El ambiente todo parecía convidar a los consejos y relatos misteriosos. Comenzamos a caminar más despacio, y el rústico, con su sabor de poesía que solo es propio de la credulidad de las imaginaciones en bruto, se expresó así:
—No hay uno solo de los que han visto a la Tzegua, que se haya quedado como era antes. Hombres fuertes, sanos, colorados, que nunca se afligieron por el trabajo, después de que se les apareció, resultaron amarillos y flacos, y flojos. Algunos también se murieron de puro susto —y citó a varios de los que habían perdido la vida a causa de la terrible aparición.
—No es fácil verla —prosiguió diciendo— en todas partes; son ciertos lugares los que le cuadran. Por aquí anda siempre y por eso, fíjese que es raro ver un caminante a caballo solo. Casi siempre van dos juntos.
—¿No es posible que la vean dos? —le interrumpí.
—Cuando va uno solito, es que se asoma —-repuso hilvanando de nuevo su relato, con la satisfacción del que sabe que es escuchado con vivo interés—. En algún sitio lejos del poblado, sobre todo si hay arboleda y el camino es estrecho, es cuando le gusta sorprender a los viajeros. En medio del camino se presenta y con una voz muy dulce y muy débil, como si estuviera muriendo, dice: «Señor,estoy muy cansada, y tengo que ir a ver a mi madre que está enferma; me quiere llevar al pueblo de...» y dice el nombre del pueblo que está más cerca, porque, como es el mismo enemigo, todo lo sabe.
—¿Entonces es una persona, o tiene el aspecto de persona? —me atreví a interrumpirle nuevamente.
—Es una joven muy linda, blanca, con los ojos negros y grandes, el pelo rizado y la boca preciosa. Todos los que la miran así se encantan de ella y sobre todo les da lástima porque se ve cansancio en la cara y se le siente en la voz.
Un céfiro fino comenzó a juguetear en aquel momento, estremeciéndose las hojas con un temblor suave, como si un ser misterioso e invisible se adelantara, abriéndose paso entre las ramas tupidas. La naturaleza ayudaba al narrador.
—Ni los más cerrados se resisten a su ruego, y todos caen en su lazo. Hay quienes le ofrecen la delantera de la montura y otros prefieren llevarla a la grupa. Para ella es lo mismo. Cuando comienzan a caminar, si va adelante vuelve la cara, si va atrás hace que el jinete la vuelva. Aquí lo espantoso. Aquella mujer hermosa, ya no es ella. Tiene la cara como la calavera de un caballo: los ojos lanzan fuego, enseña con amenaza los dientes pelados y muy grandes, tienen la boca abierta y arroja un vaho por aliento que huele a podrido. Al mismo tiempo sus brazos como fierro se agarran del jinete. El mismo caballo que parece que se da cuenta de lo que lleva encima, arranca a correr como loco sin que ninguno lo pueda contener.
—¿Y que pasa después?
—Los que al hacer montar a la joven hermosa han tenido malas intenciones, esos mueren todos, y se les encuentra tendidos con los ojos abierto y saltados; los otros, ya se lo dije, para toda su vida quedan sin servir para nada.
Llegábamos al portón de la estancia y los perros ladraban más fuerte. Yo entre tanto me internaba en una profunda meditación. ¿No tiene una enseñanza muy saludable esta fantasía? ¿Quién en el camino de la vida no se ha encontrado a la Tzegua? ¿Quién no ha sentido la seducción de la belleza con todos sus hechizos físicos y nada más? ¿Quién en un momento no ha tomado el similor por oro? ... Y... después, la debilidad en el cuerpo o en el alma, la muerte acaso.
La Tzegua, grande o pequeña, con huellas de arañazo o surco de arado, todos la hemos encontrado en nuestro camino.
(Relato de Máximo Soto Hall, incluido en Antología
ibérica y americana del folklore, selección
de Félix Coluccio, Buenos Aires: Ed. Kraft; cortesía
de Il Gondolieri, para el cual,
desde aquí, un abrazo).
Máximo Soto Hall: Nace en Guatemala en el año 1871. Es
uno de los escritores más representativos de su patria: su obra
posee un importante significado político y social. Todas sus creaciones
se desarrollan esencialmente en el ámbito americano, mostrando las
características del paisaje de América, sus mitos y leyendas.
Muere en 1944. Algunas de sus obras son: Poemas y rimas, Costa
Rica en el siglo XIX, Los Incas, Los Mayas y Geografía
de América.
La Ciguapa vive en cavernas montañosas, pero a veces se puede localizar en los charcos de los ríos, en la noche de luna nueva. El hombre que responde al canto de la Ciguapa está perdido.
Su canto es embrujador , y en eso tiene una relación profunda con el mito griego de las leyendas odiseas.
Según los campesinos y aun la población metropolitana, la ciguapa sólo puede ser capturada con un perro blanco y negro, con patas cinqueñas, o sea con cinco dedos, en noche de luna.
La ciguapa entra de lleno en la literatura dominicana en los libros que hablan de leyendas, pero se acomoda en la narrativa con escritores como Manuel Mora Serrano, y recientemente Emelda Ramos.
Usando del molde clásico, y mezclando mundos griegos, leyendas y fórmulas dialogales, Mora introduce la temática legendaria antillana dentro de la temática grecolatina.
Resguardos contra cerdos cimarrones, leyendas marineras en donde surge el elemento de la piratería, personajes como el poblado-personaje de Goeíza, que también es reunión y areito moderno, (1980), invencion del autor para justificar el mito, enraízan esta novela en el suelo de lo sobrenatural. La mezcla de tiempos y personajes abundosa y lúbrica, permite la recreación de un espacio mitológico en el cual lo nacional y lo clásico se revelan como parte de un todo.Las Galeras, lugar de Samaná en donde hubiera el primer enfrentamiento entre españoles e indios en 1492, es el escenario sobrenatural de Mora, en donde los campesinos hablan como poetas clásicos y en donde la leyenda anida, desova, y se reconstruye a sí misma.
Personajes como el pirata puertorriqueños Roberto Cofresí se mueven como sombras en la novela. La ciguapa es un símbolo de libertad lejana, un leyenda que transita del mar a la montana.
Domitila Ciguapa aparece como invocación en los finales del relato, pero se presiente en todo el libro. Domitila emergió desde el mito, era venerable y antigua y venía acompañada de tres jóvenes ciguapas. Desnudas, con los pies volteados, daban origen al asombro, hasta que Aurelia, una de ellas, llena de amor, ardiente, se fundió entre las aguas matando peces y elevando el calor de los riachuelos. La invención de Mora Serrano es un punto cargado de poesía, es prosa de buen poeta que restalla en metáforas incandescentes.
Mora Serrano rescata, por así decirlo, lo que él mismo llama "el mundo de las ciguapas". Ayunos, ceremoniales, ciguapos que no procrean, espacio en donde la ciguapa es una especie de amazona que comercia con su carne porque el ciguapo es totalmente infértil, tan inútil, quizás, como el zángano de los panales de mejor miel.
Cuentan que mucho tiempo atrás, una triste muerte tuvo lugar en los patios de aquel edificio. Un cadete, montando a caballo y demostrando sus destrezas a sus superiores, intentó saltar una altura que no le fue posible al animal, por lo que el jinete, cayendo de cabeza justamente en el filo de un instrumento filoso, la perdió, muriendo instantáneamente.
En la fecha de su muerte, cada año, la escena se repite. En la oscuridad de la noche y cuando las campanas suenan las doce. Se escucha el sonido de un caballo encabritado, luego un galope frenético y al final el sonido seco y desgarrador de una cabeza rodando por los suelos de todo el edificio. Al final de la escena, un jinete sin cabeza y con el uniforme teñido de sangre aparece galopando por los patios del Liceo.
A aquel personaje singular se le conoce con el nombre de El Cadete
Rojo; su fama ha trascendido los muros del liceo militar y se ha convertido
en un ser mítico que espanta a la ciudad de Sucre [Joaquín
Leoni].
Según Plath 1979: 482, Calueche viene de caleun, «transformarse» y che, «gente». El nombre significaría, pues, gente transformada.Este sentido mutable se aprecia mejor en relatos como el que el propio Plath 1979: 149 nos ofrece:
En Chiloé, una casa sentada a la orilla del mar, dicen que está habitada por fantasmas y es corriente afirmar que los tripulantes del Caleuche la ocupan para sus fiestas. Se cuenta que un grupo de jóvenes decididos se introdujeron una noche armados de palos, escopetas y revólveres y sólo se encontraron con perros que les mostraban los dientes, gatos encrespados, serpientes enroscadas y otros animales que corrían en todas direcciones.
Estos animales, según el pueblo que supo la aventura, serían los tripulantes del Caleuche que se habrían transformado, poder que tienen los marineros como igualmente esta embarcación fantasma.
Lo cierto es que a esta juventud arriesgada, la vida se les fue antes del año. Apenas se embarcaba alguno de ellos, se enfurecía el mar y la embarcación se perdía; otros se ahogaron y aparecían flotando en las aguas o tirados en la playa, y del resto se dijo que habían sido secuestrados por los tripulantes del Caleuche.
Schiavetti de Gómez,
Lina (1972): «El lago de Cucao (leyenda chilota)», en Narraciones
hispanoamericanas de tradición oral. Antología, Madrid:
Editorial Magisterio Español, pp. 145-8.
Una vez azotado, el chaneco le dijo que se fuera a su casa y que recordara que por culpa de su esposa había sufrido. El hombre regresó a su casa llevando un venado, obsequio del chaneco, su mujer como de costumbre le dio de comer muy poca carne al cazador, la demás la guardó y esperó a que éste se durmiera. Creyendo que su marido estaba dormido, la mujer salió con la mejor parte del venado en busca de su amante. El cazador, que estaba fingiendo dormir, la siguió y vio cómo ella preparaba una gran olla de carne y suficientes tortillas para darle de comer a su amante. El cazador, que nunca dejaba su escopeta, mató de un tiro al amante [Gilberto Cházaro].
La leyenda dice que los chaneques sienten una gran debilidad por los niños y las mujeres, quienes son más fáciles de conducir a lugares ocultos. Ahí (al pie de una ceiba seca) son perdidos entre tres y siete días, nadie puede verlos, y por ello sus parientes pierden la esperanza de volverlos a ver. Cuando los perdidos vuelven, no pueden recordar nada. Para protegerse de los chaneques es necesario voltearse la camisa al revés si es que uno va a transitar por caminos desconocidos; también existen amuletos como cruces de palma o el Ojo de Venado.
En el sur del estado la creencia general es que estos seres viven en pozas, lagunas, lagos y ríos y en túneles cuya entrada es siempre una ceiba. En esa región, los chaneques son hombres jóvenes y hermosos que enamoran a las mujeres para perderlas o vivir con ellas un tiempo, del mismo modo que las chanecas a los hombres.
Los chaneques pueden ser buenos o malos: los malos son los que gustan de perder gentes, cambian las cosas de lugar o las esconden. Para evitarlo es necesario gritarles groserías o ¡¡déjame Juan!! . Los chaneques buenos están relacionados con el orden, con la armonía del mundo, son ellos los que cuidan los bosques, podan los árboles de sus ramas secas (por eso las ramas secas se caen de los arboles) y cuidan a los animales que son heridos por los cazadores [Gilberto Cházaro].
Según algunos, Chaneque es nahuatismo procedente de chanequet, «vecino, guía».
(Dolores Molina Rosales: "Nunca es de día, de día nunca se ve" en Vergara Figueroa 1997: 57-72).
Duendes de otras latitudes: en Ecuador, en Lima y en Santiago (Argentina).
Por las mismas circunstancias tuvieron que abandonar la ciudad y se instalaron en la hacienda San Cristóbal. En sus propiedades la condesa sostuvo relaciones con su servidumbre de campo: vaqueros, charros, yunteros, etc. Se caracterizó por la severidad con que sometía a sus trabajadores; debían cumplir al pie de la letra sus órdenes de trabajo o responder a sus propuestas de seducción; en caso de negarse o incumplir eran torturados en unos cuartos y bartolinas que mando construir o en su caso emparedados.
Antes de morir dejó un testamento al sacerdote jesuita que la atendió; en él prometía indemnizar a los familiares de los hombres torturados o emparedados, construir iglesias en tres de sus haciendas y fundar un hospital y un hospicio. Para cubrir estos gastos indicaba al sacerdote dónde había escondido el dinero; sin embargo, por la expulsión de los jesuitas de la Nueva España este dato se perdió y no se cumplió su proposito.
Desde el siglo XVIII la Condesa se ha aparecido a los empleados de la hacienda de San Cristóbal, a los habitantes de los poblados cercanos, incluyendo a los de Acámbaro. En la ribera del río Lerma se la ha visto y oído como una mujer que se lamenta y llora.
Carlos Vásquez Olivera nos proporciona un relato recogido por él en la hacienda San Cristóbal:
Era Semana Santa y toda la familia de los cuidadores que estaban ahi se iba a misa en la mañana a las once o doce... y se quedó un trabajador ahí. Dice que empezó a oir un montón de caballos correr, como una manada... empezaron unos toquidazos, sale y ve una carroza toda de negro, con sus caballos preciosos, negros, y se empezaba a bajar una mujer toda vestida de negro, con un sombrero y encima de éste traía un velo; dice el hombre que era mujer preciosa, pero que estaba flotando.
(Carlos Vásquez Olivera, "La Condesa de la hacienda de San Cristobal" en Vergara Figueroa).
una mujer que le pidió llevarla a recorrer la ciudad, que después le dijo que la llevara a su casa y al llegar le pidió que esperara fuera pues iba por el dinero para pagarle... La chica nunca regresó, por lo que el taxista desesperó y se dirigió a la casa para cobrar. Tocó la puerta y quien le abrió le dijo que en esa casa ya no vivía esa chica, que había muerto hace más de doce meses.
(Dolores Molina Rosales: "Nunca es de día, de día nunca se ve" en Vergara Figueroa 1997: 57-72).
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el de los cuentos, que desde Veracruz nos ha invitado a entrar de su mano en muchas de estas leyendas. Para cualquier comentario o sugerencia, puedes escribirle a la dirección |
Es frecuente la división de los espantos colombianos en tres categorías: mitos mayores (la Madremonte, la Patasola, la Muelona, la Madre de Agua, el Mohán, el Patetarro, el Hojarasquín del Monte, el Poira, el Sombrerón, la Barbacoa, el Cura sin Cabeza, la Candileja), mitos menores (el Tunjo, el Gritód, la Mancarrita, la Rodillona, la Viudita, María la Larga, la Mechuda, la Vieja Colmillona, la Dama Verde, el Cazador, el Jinete Negro, el Perro Negro, la Mula de Tres Patas, el Pollo Peletas) y asustachicos (la Mano Peluda, el Chucho, María Pimpina, la Vieja Inés, Mareco, la Tarasca, el Chupasangre).
Aquí, el más funesto y espantoso de estos enemigos: El Bracamonte, incógnito y misterioso. Ningún ojo humano le ha visto, porque nunca sale de sus espesuras; mas desde ellas hace sus estragos; sus bramidos y baladros son tan pavorosos que, en oyéndolos, se echan a temblar los ganados y perecen, entre horribles convulsiones. De cuanta peste sobrevenga en hatos y en corrales tiene la culpa El Bracamonte. ¿Qué contra puede tener este malvado? (Carrasquilla 1974: 121).
La rapidez del Buque Fantasma es impresionante según los costeños del Pacífico. En un instantes de encuentra en el Mataje, pasa a la ensenada del Gallo, en las abras de Ancón de Sardinas, o se balancea indolente en la isla de los Cocos o en el Malpelo coralino.
Algunos pescadores de Iscuandé dicen que el Buque Fantasma tiene como mil brazas de largo, quinientos pies de eslora, una gran manga, ochenta pies de puntal y una velocidad incalculable.
Las gentes hablan de que en el Buque Fantasma se hacen fiestas misteriosas con bailes siniestros, diversiones de aquelarre, música con instrumentos antiguos, y se escuchan gemidos, cadenas, seres que lloran y maldicen, gritos profundos y un ambiente de misterio y desolación.
El Buque Fantasma lo han visto los marinos de Tumaco y los bogas de Barbacoas. Existe la creencia de que es la proyección de un buque que hizo tráfico de esclavos en la época colonial; otros relatan que es el fantasma de un buque que cargaba las riquezas que se obtuvo de las explotaciones del caucho y del cacao de las regiones de la Amazonia, el Putumayo y el Caquetá, y que se hundió en el Pacífico con toda su tripulación.
Existe la creencia de que quien mira de cerca el Buque Fantasma se enloquece, o queda ciego, o muere lanzando gritos espantosos; los perros aúllan y los animales corren presos del terror. El Buque Fantasma viaja sin descanso a toda máquina, estremece los bosques de manglares y llena de misterio la naturaleza. Es el terror de las gentes del litoral pacífico.
[Ocampo López 1996: 288-90)
Una narradora local nos cuenta así:
Es otro fantasma marino: éste sale en
forma de un barco muy hermoso y bien iluminado; y él sale por las
noches, por ocasiones, en el pueblo de Guapi, o sea en mi pueblo. Lo veíamos
y decíamos las muchachas:
«¡Ay! Ahí viene un barco».
Al otro día preguntábamos: «¿Qué barco
llegó?» —«No, no
hay ningun barco». Vamos a ver a la bahía y no había
ningún barco.
Pero de noche nosotros vimos un barco bien bonito que venía bien iluminado. No había barco... barco. El Maravelí es un fantasma; y esta tripulación son de personas que hacen pacto con el diablo, para conseguir dinero. Ellas hacen la lista y hacen un compromiso para que el diablo se adueñe del alma de esa persona. Llaman lista y todos tienen que contestar. Si las personas no han muerto todavía dicen: —«No han llegao». Pero el que va navegando y se arrima a él oye esa llamada de lista, o sea que las personas que tengan por ahí familiar —en Guapi le dicen el familiar— que hace de gato negro y le da de comer esos cientos y cientos de huevo, mucho cuidado que vaya a estar en la lista del Maravelí.
(Relatado por Carlina Andrade, maestra folklorista,
en el Primer Encuentro
Regional de Contadores de Historias y Leyendas
Buga-Colombia, 1986,
publicado en Memorias
de tres encuentros, Instituto Andino de
artes
populares, Convenio Andrés Bello,
Quito, 1990, p. 66).
Un día cualquiera lo pusieron a cargar la leche. Con todo y vasijas, el burro salió a toda carrera, llegó al precipicio de La Pola y se arrojó al Río Combeima.
En la playa resplandecen todavía sus huesos en las noches oscuras. Muchos son los que lo han oído rebuznar, como jugando. De ellos, unos han caído también en el precipicio, y otros han perdido el habla o quedado tataretos (Alarcón 1972: 159).
Álvarez 1972: 260-1 describe al Chutun como una especie de enano, de ojos azules, de cabellos rubios, de cara infantil, pero con patas de gallo en lugar de pies humanos. El Chutun aparece en tiempo en que las matas de cherches se agobian con el fruto, y precisamente para cuidar las matas [...] El que es entundado por el gnomo criollo de la región turrequeña se siente atontado y débil, sufre de alucinaciones y son necesarios para curarle los conjuros de los curanderos de la región. Los médicos nada pueden contra los males de la entundada del Chutun; solamente los curanderos logran curar el mal, y así, con frecuencia, se ve a éstos aplicando sus exorcismos y unturas y bebedizos a los enfermos víctimas de la entundada del niño patas de gallo.
Se dice al Chutun hijo del mismo Diablo.
Así lo asegura al menos el canto, citado por Álvarez
pág. 263, con el que las curanderas ensalman a los por él
entundados:
Y no hubo forma de que el viejito dejara dañar el patio, no dejó que cavaran; que él no dejaba dañar ese patio, que eso eran mentiras de mocosa y en fin. Pasaron los años, mi mamá se casó, ya tenía dos hijos y en esa finca donde ellas vivían había unos compadres. Cuando se vinieron al pueblo donde mi mamá y le dijeron que fuera, que allá se había aparecido ese cura a decirles que sacaran ese encargo que era para ella.
Viendo que ella no iba se pusieron a cavar ellos
y volvió y se apareció el
cura a decirles que no, que eso era para Rosalía
Trujillo. Y ese tesoro se
quedó escondido porque no hubo forma que
dejaran dañar esa tierra por allá.
(Contado por Graciela Raigosa, 62 años,
en el Tercer encuentro regional de
contadores de historias y leyendas, Buga-Colombia,
1989. En Memoria de
tres encuentros,
Instituto andino de artes populares del Convenio Andres Bello, Quito, 1990,
p. 176)
Los curas y las beatas lo calumnian metiéndolo en enredos que no le importan y que por ser de escasa monta, los deja para diablejos de menor cuantía.
El demonio se entiende con cosas del Estado, en empréstitos ventajosos y contratos leoninos; sentencias de prevaricadores y testimonios falsos y otras cosas grandes que llevan envueltas pingües utilidades. Es gran amigo de los funcionarios dolosos y protege a quienes atentan contra la seguridad pública y perturban la paz de las naciones y procura inspirar a ciertos diplomáticos.
Predica el atentado personal y es partidario de la acción intrépida, por consiguiente es el inspirador de ciertas consignas que pone en labios de sus amigos como esa de "a sangre y fuego" (Escobar Uribe).
El diablo es muy común en todo el país y en el resto del universo mundo, pero allá, a más de temido, se le conoce como putañero, pues es éste el que mete baza en los matrimonios, tienta a las doncellas, malogra las vacaciones piadosas, tiene dares y tomares con las beatas chupavelas y se aviene muy bien con los clérigos libidinosos que se las dan de santones.
El diablo es muy parrandero y siempre está de farra: va a todas las ferias y fiestas de plaza; no falta en romerías, novenas y alumbrados; entra a las púdicas de los ejercicios espirituales para hacer perder el fruto de ellos y en las fiestas patronales siempre lo verán acompañando a las parejas de enamorados cuando regresan, de media noche para el día, a sus casa de campo, después de oír los encendidos sermones del padre predicador, en los cuales le pone de verde y azul, denostando contra el infierno, los excesos de la carne, las malas compañías, la fornicación, etc., para resultar luego que el diablo, quien no pierde el tiempo, lo ha hecho aprovechar a los feligreses debidamente, y poco antes de las otras fiestas anuales ya están bautizando el fruto de los anteriores ejercicios de cuaresma (Escobar Uribe).
(Contado por Sigfredo Alegría, 82 años,
en el Segundo Encuentro Regional de Contadores
de Historias y Leyendas, Buga-Colombia. En Memoria
de tres
encuentros,
Instituto andino de arte popular del Convenio Andrés Bello,
Quito, 1990, p. 97).
El Diantre es un diablejo sin poderío espiritual y sin ascendiente; tienta con tanta pereza que nadie le hace caso; no son como las tentaciones de ese otro que es convincente, dialéctico y materialista.
El Diantre ejerce un poder muy limitado en los dominios de su patrón, muy pocos le creen y muy pocos se dejan convencer de sus asechanzas. Es lo que pudiera llamarse con toda propiedad, entre los de su casta, un pobre diablo.
Suele valerse de recursos de tentación tan inocentes para los agonizantes, que no pasan de ser sandeces, porque para quien está a punto de abandonar el mundo, tentaciones de dinero y de mujeres ya no tienen importancia.
Del Diantre desconfían hasta los mismos de su oficio y como es un pobre diablo, sin malicias y sin entendederas, le han encomendado lo que se aduna mejor con sus capacidades.
El pueblo no le teme al Diantre y cuando lo mienta, generalmente lo hace con desprecio y para mofarse de él (Escobar Uribe).
Joaquín Alipio añade sobre este personaje:
Interjección familiar que equivale a Demonio y que también
se utilizaba para asustar niños. El Diccionario de la Real Academia
dice así: DIANTRE (Antes
Dianche). Lo mismo que demonio o diablo. Es voz muy vulgar y muy
usada de los ignorantes.
Antiguamente al Diablo o Demonio no se le citaba por su nombre. Cervantes sigue esta norma y en El Quijote aparecen el "enemigo de la concordia"; el émulo de la paz; el malo; el enemigo; el maligno; el tentador; formas eufemísticas de la palabra Diablo, como de Demonio son "demonche o demontre". Es tan malo el diablo, para la cultura del vulgo, que ni aun su nombre se podía decir directamente, de aquí el mudárselo por otros parecidos y el nombrarle por alguna de sus cualidades o señas: el malo, patas de gallo, Pateta, Pedro Botero, Patillas, el Mengue, etc. ("si no te portas bien, te vas a quemar en las Calderas de Pedro Botero") .
Bueno, pasaron los días y entonces,
al frente de donde veían el esqueleto
ese comenzaron a hacer una construcción,
y uno de los que estaba
construyendo encontró un cajón
y mandó a los otros compañeros que fueran dizque almorzar
y se sacó semejante cajonado dioro y los dejó a los otros
viendo y se acabo el espanto del esqueleto.
(Contado por Graciela Raigosa, 62 años, en el Tercer encuentro regional de contadores de historias y leyendas, Buga-Colombia, 1989. En Memorias de tres encuentros, Instituto andino de artes populares del Convenio Andrés Bello, Quito, 1990).
Proviene de la colonia y se le ve en Antioquia, el altiplano cundiboyacense, el Tolima y los pueblos de tradición colonial.
Se refiere a un fraile sin cabeza o que la lleva debajo del chapuzón, que sale por las calles de los pueblos en las noches sin luna, cerca del amanecer. Quien lo ve pierde casi siempre sus facultades mentales.
En los caminos recorridos por los arrieros antioqueños se escucha en las madrugadas o al caer la tarde, sobre todo de noviembre, el grito de un arriero que maldice a las mulas de su recua. Es un grito como de alma en pena que hace erizar y perder el sueño de quienes lo oyen. Nunca se le ha visto, pero cuando pasa, se siente un olor a estiércol de mulas.
El Gritón es un endriago infernal. Se dice que es hijo de una india que expulsada de su tribu fue sorprendida en medio de la selva por el demonio y la poseyó. De esta unión nació el Gritón. El Gritón es, pues, un ser mitad humano y mitad demonio.
Su terrorífico grito, de donde viene
su nombre, arranca los árboles de raíz, hace temblar la tierra,
desborda los arroyos y espeluzna a los seres que lo oyen. Persigue a los
hombres que osan cruzar la selva a media noche (Valencia
Salgado 1987).
El Guango sí existe. Fue un hombre rico que, de enfermedad, quedó paralítico. Era devoto de la Virgen de Chiquinquirá.
Ofreció a la Virgen una promesa para que lo alentara.
Un día les dijo a cuatro de sus sirvientes que hicieran un guango y lo llevaran en él a cumplir la promesa.
Salieron rumbo a Chiquinquirá y, yendo en la mitad del camino, la Virgen hizo el milagro. Entonces el rico caminó.
Se devolvieron al Espinal, pero al llegar a la casa murió de repente el señor; y a los pocos días, los sirvientes.
En castigo, quedaron los cinco recorriendo el mundo con la camilla al hombro, tal como iban para Chiquinquirá.
El que ve al Guango sólo distingue unas sombras. Sabe que es el Guango por el chirriar de la camilla.
A quien el Guango encuentra en su camino le dice: «Ponga el hombro que el justo pesa» e inmediatamente cae muerto (Alarcón 1972: 160).
Otra variante:
Yo tenía un muchacho, un sobrino, y
él vivía lejito de allí, de la casa
onde yo vivía; y ahí se fue
como a las siete de la noche pa la casa del, y
le dijimos: hombre, no te vas, quédate.
No, que tenía que madrugar no sé
paonde, y dijo, bueno. Se despidió
y se fue. Cuando por ahí a los diez
minutos ese hombre llegó y casi tumba
las puertas de la carrera que llevaba y yo le pregunte: hombre, ¿qué
te pasó? Y dijo: pues vea tío, vea allá arriba,
hum... habían unos palos de higuerón, dijo, allí
está el Guando; allí está estirao en el camino y no
me dejó pasar, porque yo me iba ir por un lado, se atravesaba allá;
me iba a ir por el otro lado, la misma cosa, hasta que me hizo volver.
Sí, en ese tiempo, había mucho
espanto. Yo le cuento a mis nietos estas
historias, pero ellos no creen; ellos dicen:
que
va a ser cierto.
(Contado por Sigfredo Alegría, 82 años,
en el Segundo Encuentro Regional de
Contadores de Historias y Leyendas, Buga-Colombia. En Memoria
de tres encuentros,
Instituto andino de arte popular del Convenio Andrés Bello,
Quito, 1990, p. 99)
El guando es un entierro, un funeral el cual se aparece en el campo a las personas que caminan de noche, el guando no se puede ver, únicamente se escucha, se escucha como un murmullo de oraciones y sollozos, se va acercando cada vez más rápido, y si pasa por donde está la persona, ésta muere (el guando se lo lleva); lo que se debe hacer si se escucha al guando es tirarse al piso con el cuerpo en forma de cruz y esperar a que pase por encima, si se echa a correr, el guando se acerca cada vez con más rapidez.
Este mito me lo contaron mis abuelos de Popayán [enviado por carmenh@emtel.net; desde aquí, gracias].
Ver La Barbacoa.
Propio de las cordilleras colombianas, puesto que es el protector de los montes y los animales salvajes. Es generalmente una figura antropomorfa cubierta de musgos y con una corona de flores silvestres y que a veces toma la forma de forma de un tronco seco en el bosque talado. Su alimentación es vegetariana.
Tiene un comportamiento ambiguo con los que caminan por el monte, guiando
a los que están perdidos y haciendo perder el camino a los otros.
Es por esto que los campesinos lo invocan cuando están perdidos
en el monte. Se dice que persigue a los niños desobedientes.
Cuenta la leyenda que en Plato existió un pescador de nombre Saúl, a quien le fascinaba ver bañar a las jovencitas del pueblo, en el caño “Las Mujeres” del río Magdalena. El era muy sensual, pues le gustaba sobremanera ver las partes más íntimas del sexo femenino.
Para estar muy cerca de las jovencitas, el pescador deseó convertirse en caimán. Viajó a la Guajira en donde un piache o chamán le preparó un bebedizo mágico, que echó en dos botellas, el líquido rojo para convertirse en caimán; y el líquido blanco para que lo volviera a su estado normal.
El pescador Saúl se frotó el cuerpo convirtiéndose de inmediato en caimán; con ello se preparó para acercarse más a las mujeres del Plato, en condiciones especiales; y para tener el placer de ver sus partes íntimas.
Un amigo de tragos fue su cómplice y siempre estuvo atento para rociarle el líquido blanco, que lo convertía de nuevo en ser humano.
Un día su amigo no lo pudo acompañar, por cual invitó a otro, quien se asustó cuando vio emerger al pescador Saúl en forma de caimán. Del susto dejó soltar la botella con el líquido blanco sobre las piedras. Sin embargo, unas pocas gotas cayeron sobre la cara, haciéndole recuperar únicamente la cabeza, por lo cual el resto del cuerpo quedó convertido para siempre en caimán.
Con la cabeza de hombre y el cuerpo de caimán, el pescador Saúl se convirtió en el más macabro terror para las mujeres del Plato, que no volvieron a bañarse en el río, por el temor de encontrarse con el hombre caimán. Por ello para llegar a alcanzar de nuevo la tranquilidad del pueblo del Plato, los pescadores se propusieron cazarlo en los pantanos o pescarlo en el río Magdalena.
La única persona que sabía la tragedia era su madre, quien le colocaba alimentos en determinados lugares, y en algunas ocasiones hablaba con él, quien le pidió insistentemente que buscar al indio piache o brujo en la Alta Guajira, para que de nuevo le preparara la botella del líquido blanco. Ella fue al lugar indicado, pero con gran sorpresa tuvo conocimientos de la muerte del brujo piache; y a pesar de sus contactos con otros piaches, ninguno pudo hacer el líquido blanco. Desesperada ante ello, la madre del Hombre Caimán murió con gran tristeza.
Saúl, «El Hombre Caimán» se abatió tanto por haberse quedado solo con la funesta tragedia, que decidió partir hacia el mar por el río Magdalena y Bocas de Ceniza. Desde entonces los pescadores del Bajo Magdalena, desde Plato hasta el mar, estuvieron pendientes para pescarlo en el río o cazarlo en los pantanos de las riberas. Así se convirtió en una leyenda que se ha trasmitido de generación entre los habitantes del Plato.
(Ocampo López 1996: 333-4).
En la época de la Colonia vivía en Ocaña un caballero muy rico, llamado Antón García de Bonilla. Tenía grandes haciendas y muchos esclavos. Don Antón se paseaba todos los días en su negro potro. Después de su muerte y hasta hoy, los ocañeros dicen oír en las noches las coces de su caballo sobre las calles empedradas, y hay quienes afirman haberlo visto caracolear llevando una figura montada, cubierta con una capa y un gran sombrero negro; a veces lleva un cigarro encendido.
El patas es el diablo de los conventos, de los monasterios, de los retiros, de los seminarios, de las beaterías y de todo cuanto tenga que ver con claustros.
El patas es muy malicioso y de él se ha dicho siempre que anda por todos los recovecos monacales en busca de oportunidades.
Sus predilecciones son por las tentaciones de la carne, la gula, la bebida, y por eso ha hecho de estos lugares cuartel general de sus actividades. Él sabe que con ellos se come bien y se bebe mejor, quien bien come y mejor bebe, lo demás viene por añadidura. Por algo se dice que este diablo sabe más por lo viejo que por lo diablo.
Cuando el pueblo habla de salud y de robustez, dice: «Gordo como un capuchino»; cuando hay alguien que se la tiene velada a otro, o le coge cargadilla o cangareja, dice que «le tiene capellanía», sin duda haciendo alusión a los capellanes de monjas; cuando hay una persona muy tozuda, una res ranchada —emperradora— o una mula resistidora, se les dice «canónigas», y cuando hay una persona de mofletes abultados por la gordura —-cachetón— se le dice que está como un «obispo», no sabemos si haciendo alusión a los de morcilla —rellena— o a los otros, pues generalmente todos son gordos,.
En los conventos, el patas sabe a que atenerse: no da horas de capilla a sus paternidades, llevándoles a las sacristías pudibundas doncellas o floridos mancebos; a las monjitas se les embanasta entre la casa, en la figura de un joven capellán barbilindo y acicalado; a los frailes, en la santona histérica, jamona de carnes apretadas y formas suculentas, o al belitre manflorita con devaneos de cocota. A todos atiende el patas, dejando satisfecha siempre a su abundante clientela.
El patas es siempre un demócrata militante y se entiende muy bien con el pueblo en todos sus matices para satisfacer la demanda de su clientela rijosa. También es gran amigo de los arrieros, a quienes ayuda a componer sus empresas amatorias en las posadas de los viajeros; a propósito va lo siguiente:
En cierta ocasión una vieja hipocritona le preguntó a un arriero:
—Vea, señor, ¿es verdá que el patas tienta a las mulas?
Y el arriero contestó:
—De seguro, mi señora, porque lo que es a los machos no nos saca el dedo (Escobar Uribe).
Otra historia sobre el Patas:
Iba por el camino un campesino, iba a prender
un cigarrillo, así como
Germán y Guillermo que todo el día
están pasándose cigarrillos, y le dice: ¡ay caramba,
no estuviera aquí el patas para que me prendiera este
cigarrillo! y de pronto salió
una mano larga, larga, y ran, le alargó un
fósforo y le prendió el cigarrillo.
Ese campesino, al ver eso salió
corriendo pues, porque, realmente desconcertado
llegó a la iglesia del
pueblo y tocando rápido para contarle
al cura lo que le había pasado en el camino. Pero no estaba el cura;
había un señor, y le dijo: usté no sabe
señor lo que me pasó; dije
«carajo, si estuviera el patas para que me
prendiera este cigarrillo», inmediatamente
me lo prendió. Era una mano
larga, usté no se puede imaginar.
Y le dijo: ¿y no tendría una pierna así
como ésta? Y levantó
la pierna y tocó el techo de la iglesia.
(Contado por Javier Tafur, 38 años, en
el Tercer encuentro regional de
contadores de historias y leyendas, Buga-Colombia,
1989. En Memoria de tres encuentros,
Instituto andino de artes populares del Convenio Andres Bello, Quito, 1990,
p. 180)
El Macho Cabrío se presenta con grandes cuernos retorcidos, respetable chivera, cara velluda, cuerpo cerdos, extremidades con grandes pezuñas y enorme rabo con arpón en el extremo.
Los aquelarres los preside en campo abierto, sobre una especie de trono, generalmente una piedra, en torno a la cual se enciende el fuego, mientras que las brujas danzan en redondo cogidas de las manos. Terminada la ceremonia, que es muy larga, complicada y obscena, todas las brujas besan reverentemente el ojo sin pupila de «Taita» — Señor— y se retiran a cumplir sus comisiones. Los días de la ceremonia son lunes, miércoles y viernes.
La Misa Negra es una ceremonia de origen satánica y propia de los que practican el satanismo. Este rito infernal es oficiado bajo techo por el propio Satanás, generalmente en las noches de jueves santo. Se reza en ella el credo de Proudhom y la oración de las trece palabras y la del Cabo Negro, y es un remedo grotesco e infernal del Santo Sacrificio de la Misa. En ella abundan, entre otras muchísimas porquerías, los besos en el tafanario.
El Macho Cabrío es también el diablo de las mujeres lesbianas; a él acuden ellas con la oración del Cabrito Negro, para remediar sus angustias; dicha oración dice así:
«Tú, que eres Lucifer, Rey y Señor de las tinieblas, préstame tus brazos que son las siete mil llamas del infierno, para combatir y amansar el corazón de ... —aquí el nombre— y para si alguno o alguna persona la tiene ligada, arráncasela y tráela a mi lado. Mansa y humilde, como llegó Jesucristo a los pies de Pilatos.
No es verla lo que quiero comprar; es pensamiento, cuerpo, sangre, alma, vida y corazón; quiero estar en el corazón de ella; no me la dejes comer tranquila, no me la dejes andar tranquila, no me la dejes dormir tranquila, no me la dejes vivir tranquila. Despiértala del sueño más profundo y siéntala a pensar en mí; así te lo pido de parte de Satanás y por él te conjuro y por la tranquilidad de mi vida.
Con dos te miro, con tres te ato; tu sangre te he de beber y el corazón te lo parto. Amén».
—La oración se debe hacer durante nueve
días, a media noche, encendiendo medio cabo de vela por el ano y
parándola sobre medio limón verde— (Escobar
Uribe).
La historia del padre Martínez es que
era un cura bastante malo, fregao.
Tenía muchos esclavos y tenía
mucho oro. Hizo construir esas cuevas por sus esclavos y les hizo trasladar
el oro en mulas hasta ese lugar.
Cuando ya estaba allá guardado el oro
le sacó los ojos a sus esclavos y los dejó allá, para
que ellos nunca vieran dónde se había guardado el oro y el
secreto del tesoro se conservara.
Entonces las gentes cuentan que lo ven sentado en una mula, sin cabeza y voltiao hacia la cola de la mula. Él invita a la gente a ir a Roma con él, y el que vaya a Roma con él, montados en el animal, le entregará el tesoro.
Otros dicen que es un fantasma que se para al otro lado del río y dice:
—Paso, paso, o me tiro.
Y si la gente no le responde ahí lo van a tener toda la noche fregando.
Entonces la gente le grita:
—Pase hijuetantas.
Entonces el hombre se tira y al rato lo oyen pasar con un poco de perros arrastrando unas cadenas.
(Contado por Jorge Díaz, recuperador de
la tradición oral de la ciudad de
Cartago, Colombia, en el Primer Encuentro Regional
de Contadores de
Historias y Leyendas, publicado en Memoria
de tres encuentros, Instituto
andino de artes populares del Convenio Andrés
Bello, Quito, 1990, p. 54).
Se le da corporeidad masculina o femenina, según la región, pero siempre con una pata podrida metida en un tarro de guadua y que supura un líquido pestilente que destruye lo que toca. Su llegada es anunciada por los perros con aullidos lastimeros y por vientos huracanados y malolientes; trae siempre calamidades, muerte, inundaciones y devastación de cosechas.
En las cañadas profundas y en los socavones de las minas se pueden oír sus gritos escalofriantes y a veces como estridentes carcajadas. Es el terror de los mineros.
Tomás Carrasquilla describe así al Patetarro en su novela La marquesa de Yolombó:
Aquí, el Patetarro, un gigantón que sólo tiene una pierna de carne y hueso. Para poder andarse en sus fechorías, se acomoda en el muslo mocho un trozo de guadua, un tarro de esos horadados en el interior de sus divisiones, en que cargan agua algunos montañeses de nuestras alturas. No bien lo llena con sus líquidos pestilentes, se sale a las sementeras y en ellas los derrama, el muy cochino. En la parte que coge se secan hasta los árboles, si no resultan gusaneras de cosecha y hormigueros que todo lo arrasan. ¡Horribles son los líquidos de El Patetarro! Si no fuera porque el grandísimo sinvergüenza se muere de miedo con las calaveras de vaca, no quedara a vida ni un papayo, en estos sembrados montañeros (Carrasquilla 1974: 121).
Se hablaba de un perro negro que traía
cadenas. Ese perro negro cuidaba la
hacienda pichichi, de los Sanclemente que luego
paso a los Cabal Galindo y
ahi siguio la tradicion, hasta hoy.
Entonces ese perro negro se paraba en la
puerta y era la que cuidaba. Decían
que a las siete y ocho de la noche nadie podía
pasar por ahí siempre que no
supiera la oracion del santo juez y otras oraciones
de que hablaban.
(Contado por Freddy Gutiérrez, recuperador
de la tradición oral en la zona
aledaña a Guacarí, Colombia, en
el Primer Encuentro Regional de Contadores
de Historias y Leyendas, en Memoria
de tres encuentros, Instituto Andino de
Artes Populares del Convenio Andrés Bello,
Quito, 1990, p. 49).
Con su vocabulario insólito arrean las muladas, permanente oración que camina bajo el peso de los fardos, mientras los arrieros hieren el aire con silbidos, restañan los zurriagos y gritan burdas palabras o versos injuriantes y desabridos, como: arre mulitas/ que vamos pal puerto/ con la boca cerrada/ y el ... abierto.
Cuando el camino está hecho un lodazal, le echan la culpa al Putas; cuando se rueda una mula, dicen que se la llevó el Putas; cuando se cae en un tremendal, hay que levantarla antes de que se la lleve el Putas.
Cuando los arrieros ven una hembra gustadora, dicen que es más bonita que el Putas y si no lo es, es más fea que el Putas; y cuando los coge la noche antes de toldar o llegar a una posada, exclaman: ¡Nos llevó el Putas!
En cuanto a su lugar de origen, se dice que el Putas es de Aguadas, Caldas (Escobar Uribe).
Su nombre se debe a cierto alcalde que hubo en esa población, muy ejecutivo e intransigente y quien por cualquier futileza «lo aventaba a uno a la guandoca —-cárcel—»; no se le podía preguntar nada porque respondía con cuatro piedras en las manos; vivía como sapo toriao y dicen que su enfermedad era verrastenia, por lo mal geniado; solamente las mujeres de buen ver y mejor palpar eran quistas de este fulano, y un guasón, vistas las malas pulgas del señor justicia municipal, lo bautizó con el remoquete de Puto Erizo, nombre que se generalizó en el departamento y que se convirtió en el diablo de los galleros, de los jugadores de dados y de los armadores de bronca en general (Escobar Uribe).
Resulta que cuando esta recién Argelia,
no había luz eléctrica y
entonces, hum, decían que había
un caballo que bajaba relinchando por una calle que se llamaba hoyo frío.
Hoy se llama la floresta. Bueno, ya pasó el tiempo.
Ya hacía como diez o quince años
que estaba yo en ese pueblo, cuando
instalaron la energía; pero para inagurarla
no instalaron sino la de la
calle. Nos estuvimos charlando en la calle
hasta media noche y luego nos cansamos;
entramos para la casa, encendía una vela, que claro, porque enlaparte
de adentro todavia no habian instalado la luz, cuando oímos elrelincho,
digamos como a cuadra y media de la plaza, y uno de los míossalió
a la puerta. Yo le dije: no te asomes, no te asomes. Él tenía
un
refrán y decía: ¡va
la madre pahijupuerca!; yo sí me asomo. Dije: no te
asomes, no tiasomes. Y él abre
esa puerta y ese relincho que llenó la
casa.
Pero, yo no creí que era algo pues,
que no se veía, y me puse a las
carcajadas, y el muchacho era que no, no era
capaz ni de quitarse de la
puerta con el temblor mas horrible y yo a
las carcajadas adentro. Dijo:
si pueden
matarlo a uno y vos te reventas de la risa.
Y dije: ¿qué fue, qué
fue? Y dijo: nada, no había
nada, no, no; y el relincho siguió calle
abajo y
no se veía nada. Y se sentia el caballo que trotaba y relinchaba
y
relinchaba y no se veía nada. Ése
es mi cuento.
(Contado por Graciela Raigosa, 62 años,
en el Tercer encuentro regional
de contadores de historias y leyendas, Buga-Colombia,
1989. En Memoria de
tres encuentros,
Instituto andino de artes populares del Convenio Andrés
Bello, Quito, 1990, p. 172-173).
El Uñas o el Uñón, como también se le llama, anda metido en todo lo que atenta contra el interés moral o material de los inocentes; es enemigo jurado de la castidad, está siempre atizando el fuego de los rijosos y de los garañones para atentar contra la inocencia, y vive iluminando tretas a los albaceas y tutores para que se roben lo de sus pupilas.
El Uñas es hábil pendolista y se ingenia para ayudar a sus protegidos en la adulteración de documentos públicos. Es un diablo pañón, caminador, iglesiero y exhibicionista —nudista—. Sus adeptos pagan rogativas para disimular sus trapisondas; dan limosnas para evitar comentarios; asisten a las procesiones, sermones y ejercicios espirituales para evitar críticas; son alféreces en fiestas parroquiales para desviar la atención; están en todas las juntas para quedarse con la mitad de los recaudos; interviene en la cosa pública, pero en provecho propio; practican el deporte de la beneficencia —que no la caridad— entre trompetas y fanfarrias para que se hable de su virtud; prestan dineros a las viudas en apuros y a los agricultores en aprietos y se quedan con sus haberes o con sus cosechas; socorren a los necesitados... pero al módico diez por ciento.
Son grandes amigos del cura; son gamonales que toman en el estudio y solución de todos los problemas y asisten a los cabildos para tasar las contribuciones ajenas; son intransigentes en moral y buenas costumbres y vituperan los vicios públicamente; se horrorizan de todo y de todos, detestan a los ladrones y dan consejos a diestra y siniestra, pero de puertas para adentro el Uñas les baila «la raspa» en altas horas de la noche, liquidando intereses, adulterando papeles, «gateando» a sus pupilas o «rendijiando» a sus hijas (Escobar Uribe).
Un señor que estaba muy enfermo —y de esto hace ya mucho tiempo— hizo promesa de ir a visitar a la Virgen de Chiquinquirá para que la Santa Madre lo curara. Se hizo llevar en guando, es decir, en una camilla cargada por varios peones. Cuando llegaron a una lomita desde donde ya se divisa el Santuario de la Virgen, el señor se sintió súbitamente curado. Se levantó y dijo a sus hombres: «Ya estoy sano. No hay para qué seguir hasta Chiquinquirá». Y a pesar de los ruegos de los peones, se volvió a su tierra, sin dar las gracias a la divina Señora por tan gran favor. Poco tiempo después, aquel hombre murió casi de repente. Y desde entonces, por esta época [veraniega], que es cuando se realizan las romerías a Chiquinquirá, sale la «barbacoa» por los caminos. Ya saben, mijos, que se llama «barbacoa» a una especie de cañizo angosto, hecho de varas delgadas amarradas con bejucos, y en el cual la gente del campo lleva los difuntos al pueblo para enterrarlos en lugar sagrado. Los que se han encontrado la «barbacoa» dicen que se ven cuatro hombres sin cabeza, llevando un muerto cubierto en una barbacoa; y que caminan muy aprisa, casi como por el aire, y se oye chirriar el cañizo (Arias 1972: 162-3).
Ver también el Guango.
Se mueve caprichosamente y hasta se entra a las casas traspasando puertas y paredes. Puede vérsele en los caminos, las casas abandonadas y hasta en la copa de un árbol y se cree que inicia los incendios en el monte. Sale tanto de noche como de día y no asusta a los niños. Parece que su gusto es perseguir a los maridos infieles o a los novios que andan en malos pasos. Se le ahuyenta a punta de machetazos y también desaparece cuando oye groserías o vulgaridades, pero no le valen las oraciones ni el agua bendita.
Algunos la invocan para que los guíe en los caminos las noches muy oscuras.
Cuenta la gente que hace muchos años, vivía una anciana con sus dos nietos, que eran igualmente traviesos. La abuela era muy alcahueta con las pilatunas de sus nietos, quienes la utilizaron hasta como bestia de carga.
Cuando murió la anciana, Dios la condenó a purgar sus penas como abuela alcahueta, con tres llamaradas de candela, que significan la abuela y sus dos nietos. Los campesinos la insultan por vieja alcahueta y farolera.
En el Tolima ven a la Candileja como una gran llama con tres hachones encendidos o luminarias, con brazos como tentáculos, que recuerda a la vieja abuela que era demasiado indulgente, con sus dos nietos. Ella está condenada a purgar su pena hasta la consumación de los siglos.
La Candileja aparece en la madrugada cuando todo está en silencio y el gallo no ha comenzado a cantar. Algunos la ven como si fuera una bola o pelota de fuego que pega contra puertas y muros y entra a las casa. A veces aparece en las copas de los árboles de las orillas de los caminos o de las lagunas; le gustan los montes solitarios, las quebradas, los caminos reales y los caminos pequeños o deshechos.
Para llamar a la Candileja, las gentes deben rezar, lo cual es peligroso. Y para ahuyentarla, las gentes deben decirle groserías e insultarla, tratándola de vieja alcahueta y endemoniada; sacan los machetes y rozan la tierra, con lo cual, la Candileja huye con los zumbidos más aterradores y enfurecidos. Si esto no ocurre, la Candileja sigue a los viajeros, principalmente a los de a caballo, los atormenta, los araña y los deja sin sentido. Persigue a los enamorados que andan en malos pasos, a los esposos infieles, a los borrachos, perjuros y masones. Le gustan los ríos en crecientes, las casa abandonadas o en ruinas, y los lugares en donde se cree que existen tesoros enterrados en los llanos, playas solitarias y cerca de grandes piedras.
En los Llanos Orientales, la Candileja aparece como una bella mujer que persigue a los vaqueros y monta en sus caballos; pronto se convierte en bola de fuego incandescente, que por todas partes embiste al caballo. La Candileja huye con un machetazo y cuando escucha groserías o vulgaridades. No le valen rezos cristianos, ni el agua bendita; con ellos más se encabrita y se arrima más. Por ello, los hombres no piensan en otra cosa que en machetear a la Candileja(Ocampo López 1996: 241-2).
Resulta que era una bola de fuego que salía
del suelo y se extendía y
resulta que siempre cogía a las personas
en la llanura y que les daba y les
daba y las reventaba. Y me cuenta doña
Chava, que a un primo de ella,
llegando a un potrillo, le dio tantos golpes
que lo reventó y otro día lo
encontraron ahí reventado.
El farol de San Victorino también era lo
mismo. Me contaba doña Tránsito
Velez que un día por la llanura de la
estrella, cuando se le apareció la
candileja. No era correrle sino quedarse
quietecita porque el que la corría
lo perseguía y le daba hasta que lo reventaba.
Pero la diferencia entre la candileja y
el farol de San Victorino —decía
doña Chava— era que al farol de San Victorino
se le veían un poco de
abejitas por dentro, y que le hervían.
Y que otra de las contras buenas para
eso era meterse entre el ganado, porque el ganado
es sagrado. Hasta ahí
llegaba la candileja y desaparecía.
Y que siempre, por lo regular, aparecía
en los basureros.
(Contado por Freddy Gutierrez, recuperador de la tradición oral
en la zona
aledaña a Guacarí, Colombia, en el Primer Encuentro Regional
de Contadores
de Historias y Leyendas, en Memoria de tres
encuentros, Instituto Andino de
Artes Populares del Convenio Andrés Bello, Quito, 1990, p. 50-51).
Sobre el fenómeno natural que sirve, probablemente, de referente
a la Candileja, escribe a memoria el físico
Alejandro
Rivero:
Los milicos yanquis (los de verdad, no los de Expediente X) estuvieron recogiendo informes de estas cosas, encontraron historias de bolas que se ponían a juguetear con el agua de una cascada, o de otras que se zambullían en barriles, con el consiguiente aumento de la temperatura de éste.
Su debilidad está en los niños a los que trata con ternura. Una vez hechizados, enferman de melancolía, sueñan con ella y son fácilmente atraídos por una canción que los guía a una laguna o río para ahogarlos y llevarlos a su palacio en el fondo de las aguas.
Cuando salí de la Normal me tocó
ir a trabajar a un río llamado Naya, a un
pueblito que llamaban San Francisco de Naya.
Llegué a San Francisco y muy buenas las personas; unas personas
muy amables, y sucede que al otro día me fui a bañar al río,
porque era una playa muy bonita, y un río de agua clarita; y me
dice una de las señoras del pueblo que a ella le gustaba levantar
tula del plan del río:
—Maestra, ¿se va a bañar?
—Sí, Mencha —Mencha le decían a ella—- sí Mencha, voy a bañar.
Me dice:
—Maestra, no se vaya muy lejos porque poallá sale la madre del agua.
Dije:
—Mencha, ¿y qué es la madre del agua?
—Claro maestra, bañe, pero la madre
del agua sale es por la noche, cuando
van personas, van embarcadas en las canoas,
y la madre diagua quiere
llevarse una persona, ella sale.
Me decía ella que la madre de agua se había formado de un brujo que había hecho un cholo y lo había echao al río; ese cholo habia muerto y no había podido sacar ese brujo del rio, y de eso se convirtió en una madre de agua, en un animal de río. Y ya me decía ella, que se había llevado esa madre diagua a varias personas.
La madre diagua cuando se quiere llevar una persona se va por debajo de la canoa; enseguida la hunde a la persona que va navegando y lo lleva al fondo del rio, donde hay el cantil, que se dice a lo más profundo, y la lleva a la persona, pero en ese momento no la ahoga, no la mata; ella queda viva, la persona.
Cuando ya ella quiere matar —más que todo, a los hombres— cuando ya los va a soltar, entonces sí los ahoga, sea a los dos días, a los tres días, ocho días y hasta quince días; y parece la persona recien ahogadita.
La madre diagua es un fantasma del río. Y esa es la historia de la madre diagua.
(Relatado por Carlina Andrade, maestra folklorista,
en el Primer Encuentro
Regional de Contadores de Historias y Leyendas,
Buga-Colombia, 1986,
publicado en Memorias
de tres encuentros, Instituto Andino de
artes
populares, Convenio Andrés Bello, Quito,
1990)
Había una vez una señora manca llamada Rita que inventaba cuentos con chismes y enredos, creando discusiones entre la gente. Por su maldad fue condenada a vivir en los bosques de la cordillera y alimentarse de raíces y frutos silvestres. Algunos dicen que han visto a una mujer de cabellera larga y desgreñada, y aseguran que es la Mancarita.
La Cabellona, caracterizada por su larga cabellera y uñas muy largas; camina muy rápido y asusta solamente a las mujeres (Ocampo López 1996: 183-6).
Se la ve más comúnmente recostada a viejos troncos de árboles o en los recodos de los caminos, en las primeras horas de la noche, acechando a maridos infieles y borrachos para devorarlos con sus enormes dientes; no ataca a mujeres embarazadas ni casas donde haya niños recién nacidos. Acostumbra el campesino defenderse de ella con un escapulario de la Virgen del Carmen.
La leyenda está relacionada con el caballo de don Alvaro Sánchez, un jugador empecinado que arruinó su fortuna con las cartas y los dados. El asistía a las casas de juego situadas en el barrio de las Nieves, que era el punto de reunión de numerosos notables de Santafé.
Don Alvaro tenía la costumbre de montar en su mula parda atravesando casi toda la ciudad de Santafé y cambiando de rumbo. Cuando la noche cerraba por entero, y las calles quedaban desiertas, se dirigía a la Casa de juego, que era de su amigo don Juan de Guevara. Allí comía opíparamente y jugaba con sus amigos hasta la medianoche, cuando regresaba a su casa con la mula parda.
Cuenta la leyenda que un día cuando el criado de don Alvaro sacó la mula para darle de beber en el río San Agustín, la dejó un rato largo mientras tomaba sus tragos. La mula se fue directamente hacia donde estaba jugando su amo, quien dio una exclamación de alegría a la que le contestó la mula con una palabra que no entendió don Alvaro, y que no era relinche ni rebuzno. Ante ello, el jugador acarició a su mula en el anca y el pescuezo, y desde entonces decidió viajar a la casa de juego a pie, y ordenó que su sirviente le enviara la mula a medianoche, pues ella llegaría siempre sola a la casa de juego. Así ocurrió, pues todos los días iba la mula herrada a buscar a su amo, quien la recibía con el pienso acostumbrado, que era el cebo que la hacía trotar desde su pesebrera hasta la casa de juego. A medianoche la ciudad estaba completamente solitaria, y solamente se escuchaba el galopar de la herrada.
Cuando murió don Alvaro y a los pocos meses su mula parda, siguió el fantasma de la “mula herrada” por todas las calles de Santafé de Bogotá. Y cuentan que cuando las gentes escuchaban el trote fantasmal de la mula herrada, rezaban aterrorizados; muchos decían que la habían visto sin jinete, arrancando chispas a las piedras con el choque de sus herraduras.
La tradición oral santafereña también recuerda que una mañana los vecinos de la ermita de Belén conocieron la noticia que una vieja mujer conocida como bruja en la zona, la encontraron muerta dentro de una ramada abandonada que había en el fondo de un solar. En el cadáver de la anciana bruja encontraron que en las manos y en los pies tenía unas gastadas herraduras claveteadas y muy difíciles de arrancar de sus extremidades. Lo raro del caso es que después de la muerte de la bruja no se volvieron a escuchar los trotes fantasmales de la mula herrada. Por ello, muchos santafereños buscaron una relación entre la misteriosa vieja de manos y pies herrados con el fantasma de la mula herrada.
(Ocampo López 1996: 63-4).
La Patasola es una deidad mítica metamórfica que cambia según las circunstancias; en general se presenta como una mujer con una sola pata, donde se unen los dos muslos, que terminan en pezuña de bovino. Con su única pata avanza con rapidez; le gustan los hombres, a los cuales embelesa con sus caricias y se come toda su carne, dejando solamente los huesos limpios, pelados y regados por todas partes. (Ocampo López 1996: 183-6).
Es defensora de los animales del bosque. Lleva cabellera enmarañada y tiene una sola pierna en forma de tronco de árbol, que termina en una pezuña. Cuando los cazadores van persiguiendo a sus presas, ella borra los rastros . Deja en su lugar la huella de su pezuña, en sentido contrario hacia donde escapan los animales.
Propia de toda la región antioqueña y el Tolima grande. Es una figura femenina con una sola pata con pezuña o con mano de oso, un solo seno en el pecho y brazos muy largos. Su aspecto es aterrador por su enorme boca con grandes colmillos, los ojos desorbitados y una descomunal nariz ganchuda. Se le puede ver también como una mujer seductora para atraer a los hombres y devorarlos hasta dejar los huesos pelados; los que consiguen escapar regresan trastornados. También se aparece a los niños como una mariposa que los sonsaca hasta el bosque para chuparles la sangre. En su papel de defensora de los animales salvajes y de los montes, persigue a los cazadores, a los mineros y a los aserradores y odia los sembrados los machetes y los perros. Se la ha visto cantando trepada en un árbol esperando la salida de la luna. Para ahuyentarla se recurre a la candela, a un hacha o un animal doméstico.
Sobre su origen, cuentan que era una mujer que perdió una pierna por estar cortando leña un Viernes Santo, cuando supuestamente nadie debe trabajar ni hacer nada. Quedó condenada a errar por el mundo, y se oyen sus gritos de dolor en la noche, con la particularidad de que cuando se oye lejos está cerca y viceversa.
Peña 1972: 239-40 sitúa a la Patasola como guardián, en la fecha fatídica, del peñón de Cierrapuerta (en el territrio de Sotará):
Tal como narran los veteranos, en la usualmente soleada mañana del Viernes Santo acontecen en el territorio hechos insólitos.
Al aproximarse el radiante sol a su cenit, por entre los vericuetos del agreste altozano retumban los tañidos de enorme campana (en el caserío no hay iglesias ni campanas), precedidos por el imponente cacareo de un gallo invisible, y poco después aparece una gallina (según unos blanca, según otros colorada) con una docena de pollastres, todas hembras, de oro; el viento brama de forma aterradora al pasar entre las prominencias de la altura.
[...] Es usual escuchar que el sitio está protegido por la «Patasola», monumental ser que, hasta la cintura, tiene deforme figura de mujer y, hacia abajo, una sola y desproporcionada pierna rematada por soberbio pezuña, y que se alimenta de críos recién nacidos. Esta mitológica criatura se traslada dando gigantescos saltos alrededor y hasta encima de la escarpada loma, y en las noches sombrías —dicen con recelo— se escucha el retumbar de la pezuña sobre la durísima cantera.
Pero el maleficio que pueda ejercer este ser del averno se contrarresta por medio de un escapulario o un crucifijo benditos. La gallina antes mencionada (es versión generalizada) no es otra que la «Patasola», que, impotente ante los sagrados objetos, asume aquella forma para guiar al osado hacia su rápida perdición.
El gran novelista colombiano Tomás Carrasquilla describe así a el Patasola (al que, discrepando con la mayor parte de las tradiciones, da género masculino) en su novela La marquesa de Yolombó:
Aquí habita El Patasola, que, disparándose del monte, en tres zancadas, desgaja los frutales, rompe cercos, hunde techos y cuanto topa, con su única pezuña, hendida como la de un marrano babilónico. No se conoce contra que le valga (Carrasquilla 1974: 120).
Un contador de leyendas nos dice así:
Yo fui criado en la cordillera de, de... de
—cómo se llama esa cordillera—... Central; y yo tenía un
primo que tenía una finca bien
adentro de la montaña; y a él
le gustaba sembrar papa, uyuco, de todas
esas cosas, crijol; y un día se fue
con la señora a cosechar papa; se
fueron los dos, él era muy cazador;
tenía unos perros buenos para cazar
venado y todo eso. Y comenzaron arrancar esa
papa y como por ahí a las nueve del día gritó por
allá lejos en las montañas, izque gritó uno. Bueno
y es que él le contestó, y volvió y gritó y
volvió a contestarle —eso sí que fue positivo— y ya
eso se le fue acercando, se le fue acercando cuando ya pues, ya gritaba
muy cerca de ellos, entonces izque le dijo la señora: no es mejor
que nos vamos para la casa porque esto no puede ser cosa buena. Y comenzaron
esos perros a aullar y a meterse por medio de los pies dellos; y salen,
dejan esos costales allí y se fueron pa la casa, como una hora de
camino, y ese, esa cosa gritándoles atras, gritándoles atrás,
gritándoles hasta que —ellos ordeñaban unas vacas y esas
vacas estaban allí, cerca de la casa, en el corral, oyeron eso,
pararon la cola y se mandaron a perder, ellos llegaron y se encerraron.
Y ese animal izque estuvo como ocho días al lado de allí,
al lado de arriba en una montaña; como ocho días se la llevó
por ahí, gritando, y el hombre abandonó esa finca, como casi
un año no volvió.
(Contado por Sigfredo Alegría, 82 años, en el Segundo Encuentro Regional de Contadores de Historias y Leyendas, Buga-Colombia. En Memoria de tres encuentros, Instituto andino de arte popular del Convenio Andrés Bello, Quito, 1990, p. 98).
Para Ocampo López 1996: 183-6, se trata de una bruja atormentada por sus enormes rodillas,[a la] que le gusta asustar a los amantes en las campiñas.
(Contado por Manuel Santos, 105 años, en el Primer Encuentro
Regional de
Contadores de Historias y Leyendas, Buga, Colombia. Tomado de Memorias
de tres encuentros, Instituto andino de artes populares del
Convenio Andrés
Bello, Quito, 1990, p. 17).
Las gentes creen en la leyenda campesina, según la cual, una día una joven se sentó en un peñasco, y cuando allí descansaba y divisaba el bello paisaje, se le presentó el arco iris que le hizo el amor y la preñó. A los nueve meses del embarazo tuvo dolores muy fuertes que parecía que le desgarraban las entrañas. Cuando ya estaba lista para el parto, se fue para la montaña y se sentó a la orilla de un río. En el parto pujaba con gritos desgarradores, pues manifestaba intensos dolores.
Cuando la joven sacó el niño de su vientre, se desmayó, con la desgracia de que el niño se aflojó de sus manos y cayó en la corriente del río, que se lo llevó en su caudal. Cuando se recobró después de parto sangriento, clamó desesperadamente por su hijo, y desde entonces la Tarumama comenzó a buscar su hijo por todos los ríos, riachuelos, montes y caminos. Por todas partes se escuchan sus lloros, sus quejidos profundos y sus gritos aterradores.
Cuando la Tarumama buscaba al niño por todas partes con sus lloros quejumbrosos, su cuerpo enflaqueció enormemente; sus manos se tornaron muy flacas y huesudas; sus cabellos una completa maraña, y sobre todo, sus senos se alargaron extremadamente, tanto que para poder caminar tiene que tirar de ellos hacia adelante, y enrollarlos sobre sus hombros; pero estos siempre se le vuelven a caer. Su cara siempre aparece enlodada y revuelta con ceniza. La gente escucha su voz lastimera cuando dice: «Ay... Ayyyy... dónde lo hallaré... dónde lo encontraré».
Las gentes creen que puede entrar a los ranchos buscando niños y creen que se los puede robar pensando que es el suyo. Siempre llega llorando y gimiendo sordamente; cuando en sus visitas encuentra un fogón, se lleva a la boca los carbones encendidos que son su alimento. Así descansa para continuar en la búsqueda eterna, en la interminable llamada del hijo que se llevó el río.
(Ocampo López 1996:
255-56).
La Tunda se aparece a los niños solitarios en forma de mamá o de un pariente cercano, o de una mujer bonita. Aunque también se le presenta a las personas adultas. Una persona «entundada» es aquella que es llamada por la Tunda con su nombre, y paso a paso se la lleva a la selva y allí la entunda.
Cuando un niño está entundado, los padres y los padrinos tienen que desentundarlo con oraciones, conjuros y con bombos y platillos para que lo devuelva. A veces se aparece en una casa y hace creer a los niños solos que es su mamá que viene a contemplarlos.
En el Chocó recuerdan que una vez en un reinado popular, una mamá dejó solo a su hijo en la casa. A las pocas horas llegó LaTunda una señora muy parecida a su mamá, que después de saludarlo desapareció misteriosamente. El niño fue a la plaza en donde se encontraba su madre en el reinado que se estaba realizando y le preguntó si lo había visitado unas horas antes. La mamá extrañada le contestó que en ningún momento había salido de la plaza, a lo cual llegaron a la conclusión que la visitante era La Tunda.
Las gentes del Litoral Pacífico también tienen la creencia de que la Tunda hace perder a los caminantes de las orillas del mar. Cuentan que en las playas de Bocagrande se perdieron unos turistas que iban por la playa. En un momento cuando iban caminando, todo fue silencio a su alrededor; ni siquiera escuchaban el ruido del mar. Se perdieron en medio de las palmeras y los arboles, y siempre que hacían el intento de regresar al caserío, volvían al mismo punto desde donde se perdieron. Según ellos, parecía que caminaran en una dimensión desconocida.
El espanto del silencio y de la perdida en la selva se acabó cuando vieron una fogata y a todos sus amigos alrededor de la playa. Según los nativos habían sido «entundados» por el personaje mítico del Litoral Pacífico.
(Ocampo López 1996: 298-9).
La Tunda es una vision selvática,
que ella se parece y en el pueblo también
parece, la tunda, en ocasiones. Ella
se presenta en forma de una amiga, en
forma de la mamá del niño, de
la madrina, de una tía, de una hermana; en
diferentes formas se presenta la tunda.
La distinción o la precaución
que tienen los estudiantes de la costa
Pacífica para no dejarse llevar de
la
tunda es que ella tiene un pie normal
y el otro lo tiene de bolinillo. Ella es así.
En una ocasion el agua se salaba en Guapi,
no había acueducto y llegó el agua salada y se fueron varias
personas a buscar agua de quebrada, al monte. Entre ellas iba una hermana
mía: la menor. Se fue porque a ella sí le gustaba
irse para allá. Y se fueron desde por la mañana u esperen
que regresen con el agua dulce, porque toda estaba salada; y espere, y
a las
doce, una, dos, tres; llegaron las cinco y
nada; empezaron a pensar pues que se habian perdido y no llegaban.
Y a mi mamá dije quiba buscar la madrina de mi hermana y ya las otras personas empezaron a buscar la madrina y bombos e instrumentos para hacer gulla, pa buscar a la gente.
Entre ellos iba una señora muy piadosa, y caminaban y iban era para dentro y daban vueltas y no encontraban el camino: todo estaba cerrado, no tenía por dónde salir; hasta que dijo la señora: «la tunda nos ha entundado, no tenemos salida de aquí porque nos ha entundado la tunda. Ella cierra el camino cuando se quiere llevar una persona; se va a los pozos, a las quebradas, a las quebradas , saca camaron y se los pee y le da de comer camarón peído, por la tunda, cuando lo entunda. Las victimas de la tunda, en su mayoría son niños y ella se la aparece en forma de mamá y una hermana para que el niño la vaya siguiendo al monte, hasta que pierde al niño. También a ciertos hombres muy andariegos, o que a ella le gustan. Y la forma de rescatar al niño es que venga el padrino de bautizo a traerlo. Es el único que puede salvarlo».
Cuando ya empezó la señora a rezar y de pronto vieron que ya estaba el camino allí: ya estaba cerquita para salir al pueblo. Y dijo ella que era la tunda que los había entundado.
(Relatado por Carlina Andrade, maestra folklorista,
en el Primer Encuentro
Regional de Contadores de Historias y Leyendas
Buga-Colombia, 1986,
publicado en Memorias
de tres encuentros, Instituto Andino de
artes
populares, Convenio Andrés Bello,
Quito, 1990, pp. 66-67).
Sus anécdotas varían en cada pueblo. Damos, como ejemplo, un cuento sobre la Viuda.
Otro narrador del lugar nos cuenta esto:
Mi mamá me mandó un día hacer un mandado por ahí en una vecindad. Yo tenía que pasar por frente a la escuela y yo —uno siempre en el camino va como jugando y voltiando a ver por toda parte— eso eran como las seis y media de la tarde y había una señora sentada en el andén de la escuela; ahí cerquita pasé yo, y era vestida de negro y tenía un tabaco que se lo metía ahí y humaba. Bueno, a mí no me dio miedo; yo fui, le conté a mi mamá y le dije: qué le parece que ahí, en tal parte, ahí en la escuela, había una mujer vestida de negro. Dijo: eso es para que cuando ustedes vayan a hacer un mandado no se demoren. El día que te volvás a demorar, ese día te coge y te amarra, me dijo.
(Contado por Sigfredo Alegría, 82 años,
en el Segundo Encuentro Regional de Contadores
de Historias y Leyendas, Buga-Colombia. En Memoria
de tres
encuentros,
Instituto andino de arte popular del Convenio Andrés Bello,
Quito, 1990, p. 98).
Aquí habitan Los Ilusiones, esos duendecillos incorpóreos, que se van a las orejas de los inocentes y les revelan secretos feos y pecaminosos. Antes somos buenos los americanos, para las cosas tan horribles que Los Ilusiones nos enseñan, desde la cuna (Carrasquilla 1974: 120).
Es un espanto que nadie ha visto.
[A] María la Larga [...] le gusta dirigirse al cementerio del pueblo, en donde se alarga hacia el infinito con gran espanto (Ocampo López 1996: 183-6).
Algunos han visto al Ribiel como si fuera un enano de color negro y de olor nauseabundo. Camina con mucha rapidez y se esconde en los manglares. Usa un taparrabo de cuero de caimán, una franela sucia y rasgada; y un sombrero de caña, perforado, por donde salen sus pelos hirsutos y puntiagudos. Tiene ojos de gato, fosforescentes.
A Ribiel le gusta surcar el mar en una piragua pequeña, que parece la concha de una gran tortuga; navega en noches oscuras, cuando no hay estrellas en el firmamento. Le gusta asustar a los contrabandistas y personas extraviadas en el mar o en el litoral Pacífico. Hace levantar las olas hasta alturas muy elevadas. Le complace chupar los sesos de las personas que mueren debido al terror que causa el espanto del Pacífico. A veces se introduce en los bohíos de los cholos o del negro haragán y los despedaza contra el suelo o las paredes y chupa el cráneo para buscar su alimento. En Juanchaco y en las cercanías de Buenaventura pesca cangrejos y almejas. Es el terror de los navegantes en noches de tempestad. Sin embargo, el Ribiel es enemigo de la luz; por ello, para que no llegue al lugar de asentamientos himnos, las gentes acostumbran encender fogatas y rociar agua bendita.
Entre los pescadores existe la superstición de que quien pesque al Ribiel en su atarraya se convertirá en el hombre más rico de la región, pues su piragua misteriosa es de puro oro. Un pescador del litoral Pacífico contó que una vez cuando estaba pescando en el mar, vio una lámpara caminando sobre las olas, empujada por una fuerza invisible; era una luz intensa que navegaba hacia él.
El pescador arrojó la atarraya y cuando hizo el impulso para sacarla la sintió muy pesada. En la red había llegado un hueso fémur, que de inmediato pensó que era del Ribiel. Mandó a hacer una ceremonia religiosa para enterrar el fémur, y sobre su tumba colocó una cruz con la leyenda “aquí yace el Ribiel”. Desde entonces se convirtió en uno de los pescadores más ricos de la región.
Algunas personas del litoral Pacífico
dicen que las piernas del Ribiel alumbran como una llamarada azul,
la cual ven los pescadores en el mar y en los ríos. Otras creen
que vive buscando un rosario que tiró al mar cuando estaba pequeño;
por ello, los nativos para ahuyentarlo, le dicen:
No tiene cuentas con los pobres, porque su
predilección son los banqueros y los comerciantes de manga ancha.
Entiende mucho de bolsa y vende dólares negros; compra licencias
de todas las clases y la va muy bien con los polacos (Escobar
Uribe).
Álvarez Garzón, Juan (1972): «El Chutun», en .Narraciones hispanoamericanas de tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 259-71.
Arias, Juan de Dios (1972): «La Barbacoa», en Narraciones hispanoamericanas de tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 161-4.
Carrasquilla, Tomás (1974): La marquesa de Yolombó, ed. crítica de Kurt L. Levy, Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, Biblioteca Colombiana X.
Duque, José Ignacio (1986): Antioquia, su pueblo, sus mitos, supersticiones y leyendas, Medellín: Editorial La Pluma de oro.
Escobar Uribe, Arturo (1990): Mitos de Antioquia, Medellín: Ediciones Triángulo.
Jaramillo, Agustín Londoño (1988): El testamento del Paisa, Medellín: Susaeta Ediciones.
Martínez González, Guillermo (1990): Mitos del Alto Magdalena, Bogotá: Trilce editores.
Ocampo López, Javier (1968): Mitos colombianos, Bogotá: El Ancora editores.
Ocampo López, Javier (1996): Leyendas populares colombianas, Bogotá: Plaza y Janés.
Peña Sarría, Armando (1972): «Leyendas de Sotará», en Narraciones hispanoamericanas de tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 235-44.
Solorzano Sánchez, Luis Fernando (1990): Mitología y creencias populares de Colombia, Bogotá: Editor Ecoe.
Valencia Salgado,
Guillermo —«Compae Goyo»— (1987): Córdoba
Su Gente Su Folclor, Casa de la Cultura. Montería.
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Nosotros crecimos en un barrio de los suburbios de Trujillo, muy citadinos (según nosotros), pero siempre prestando atención a los cuentos de aparecidos de las abuelas y las vecinas del barrio. En una de esas noches mi abuela contó lo que le había sucedido a un pariente nuestro, pescador él.
En las cercanías de Trujillo, imagino que en lugares similares también, los pescadores artesanales acostumbran llegar hasta la orilla del mar y hacer un hoyo en la arena húmeda. Allí colocan unas maderas y una buena dotación de camote. Encienden una hoguera, para endulzar las cercanías marinas y no tener la necesidad de entrar mucho en el mar. Es creencia popular que este endulce atrae a los peces.
Se encontraban los pescadores endulzando la playa, refugiados en unas pequeñas chozas construidas para la ocasión y refugiándose del frío intenso de la madrugada. Cuando de pronto apareció un hombre junto al fuego, como queriendo calentarse. Uno de los pescadores, el primero en percatarse del asunto intentó llegar hasta él y ofrecerle algo de ropa. Pero uno de los pescadores mayores lo detuvo "Es el ahogao, corramos hacia la playa". En tropel y asustados salieron todos los pescadores, abandonando las chozas e ingresando a las aguas. Allí se quedaron tiritando hasta las seis de la mañana en que las almas penantes vuelven al lugar del que salieron.
Eso es lo que nos contaba la abuela Graciela.
Mi abuela siempre aseveraba que a mi abuelo se la había llevado el Maligno. Cuando aún vivían juntos mi abuelo fue encontrado, después de una noche de jarana, tirado en unos arenales muy alejados, babeando y hablando incoherencias.
Luego, cuando estaba sobrio, relató que estando en la cantina, ya muy borracho, se la apreció un hombre que empezó a tomar con él. Estuvieron tomando por largo rato, cuando le propuso ir a seguirla en su casa. Entonces aceptó. Empezaron a caminar y su "compadre" le decía que deje su alforja, que así caminarían más rápido. Pero mi abuelo no aceptaba. A medida que seguían caminando, su "compadre" sacaba licor de la nada, poruqe ni siquiera traía alforja e insistía en que él dejara la suya. Así han caminado casi toda la noche, hasta que amaneció y sin darse cuenta de nada, mi abuelo perdió el rastro de su "compadre".
Lo hallaron horas más tarde, como ya dijimos. Y por donde él aseguraba haber caminado con su "compadre sólo se veían las huellas de un hombre caminando solo.
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de la costa norte peruana es obra de Omar Clemente Becerra Villanueva, al cual expresamos desde aquí nuestra gratitud |
Es un pájaro cuyo plumaje brilla en la oscuridad. Se posa en los sitios donde hay algún tesoro; particularidad que utilizan en su provecho buscadores de minas (cateadores) y los que persiguen riquezas escondidas (entierros). Se alimenta del oro y la plata que extrae de yacimientos que él sólo conoce. La causa de que el Alicanto no pueda volar está en el peso de su buche, por la pesadez de los minerales que ingiere. Cuando está en ayuno corre con ligereza; después, ahíto, se mueve lentamente. el mito del Alicanto pertenece a la misma familia del Farol, de Argentina. [César Parra]
Es una bruja, un alma en pena, algo extraordinario. Se asemeja a un gran perro de lanas muy crecidas que le arrastran por el suelo. Corre por el campo ladrando incesantemente, y cuando
los perros la oyen, se amedrentan, y prorrumpen en aullidos muy tristes. La Calchona, sin embargo, no hace daño a nadie. Muy difundida está la siguiente leyenda, que explica el origen de la Calchona. Un marido que espiaba constantemente a su mujer, porque tenía la sospecha de que era bruja, logró sorprenderla en el instante en que salía de la casa transformada en oveja. La dejó ir, y él se encaminó a la alcoba, donde encontró cambiados en zorritos a sus cuatro pequeños hijo, los cuales, por imitar a su madre, se habían embardunado con los untos que ésta usaba para sus transformaciones. Por medio de los mismos ungüentos convirtió otra vez el padre en personas a sus hijos, y en seguida arrojó a la acequia los botecillos que contenían aquellas diabólicas unturas; razón por la cual no pudo la mujer, cuando estuvo de vuelta, tornar a su anterior estado, quedando para siempre mudada en oveja y siendo desde siempre conocida con el nombre de Calchona. Parece que tiene cierta semejanza con el Werwolf alemán, el Loup-garou francés. Viene del mapuche calcha, que significa pelos interiores. [César Parra]
La leyenda de la Buenamoza se ha paseado por los poblados del Desierto de Atacama. Hay más de una versión, pero la más citada habla de una mujer vampiro, vestida de negro, que -atractiva y encantadora se acerca a los hombres que recorren lugares solitarios o que se pierden en el desierto. Pero rápidamente muestra su verdadero rostro: extrae un puñal, mata a su víctima y luego chupa su sangre. [César Parra]
La Lola está presente en las leyendas de varias regiones del país. En unas partes es un espíritu vengativo, condenado a vagar por la eternidad luego de matar al hombre por el que sufría de amores. En la zona de Santiago de Chile es un ser fantasmal que acecha en los desfiladeros y en las cumbres. Y en la mina de cobre de El Teniente, cerca de Rancagua, se adapta a su realidad subterránea para recorrer los socavones abandonados, vestida de blanco y arrastrando un ataúd. Cuando un minero muere en ellos por causas desconocidas, sus compañeros no dudan: Vio a la Lola...y falleció. [César Parra]
El piguchén o piuchén es una culebra que al cabo de cierto tiempo se transforma en una especie de rana de gran tamaño, toda cubierta de un vello finísimo, con las alas muy cortas y anchas, que sólo le permiten dar pequeños vuelos, las patas fuertes y los ojos saltados y espantosos. Es vampiro y prefiere la sangre de los animales a la del hombre....¡menos mal! [César Parra]
Normalmente vestidos de blanco como todo fantasma que se respete, la gran mayoría sabía deslizarse sin hacer ruido y crecer o hacerse pequeños confacilidad. Hubo sin embargo otros como el coche de Zavala que se paseaba de noche por Lima rodeado de llamas infernales y de demonios, hasta que lallegada de la luz eléctrica los espantó.
Un motivo de vagabundeo por nuestras tierras era el haber quedado sin sepultura. Y entonces se contaba de canillas sueltas que buscan su cuerpo, costillas descarnadas que daban volantines, calaveras que rodaban solas, etc.
José Gálvez nos cuenta que toda casa grande y oscura que se desocupaba en Lima estaba en inminente peligro de quedar deshabitada, porque los vecinosaseguraban que de ella veían salir llamas, que en las noches los perrosaullaban, que graznaban las lechuzas y que en los gallineros circundanteslas gallinas se alborotaban cacareando hasta que llegaba la luz del alba.
Cada vez menos penas hay en Lima. Ya comenzaron
a desaparecer a principios de siglo. Por algo
Palma nos dio esta cuarteta:
[Duendes de otras latitudes: en Ecuador, en México y en Santiago (Argentina).]
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Entro en estos detalles para que se comprenda
bien cómo me sorprendí al
notar que el atrabiliario sapito me era enteramente
desconocido. Circunstancia de consulta, pues. Y tomando mi víctima
con toda la precaución del caso, fui a preguntar por ella a la vieja
criada, confidente de mis primeras empresas de cazador. Tenía
yo ocho años y ella sesenta. El asunto había, pues, de interesarnos
a ambos. La buena mujer estaba, como de costumbre, sentada a la puerta
de la cocina, y yo esperaba ver acogido mi relato con la acostumbrada benevolencia,
cuando apenas hube empezado, la vi levantarse apresuradamente y arrebatarme
de las manos el despanzurrado animalejo.
—¡Gracias a Dios que no lo hayas dejado!
—exclamó con muestras de la
mayor alegría—. En este mismo instante
vamos a quemarlo.
—¿Quemarlo? —dije yo—; pero qué
va a hacer, si ya está muerto...
—¿No sabes que es un escuerzo —replicó
en tono misterioso mi interlocutora— y que este animalito resucita si no
lo queman? ¡Quién te
mandó matarlo! ¡Eso habías
de sacar al fin con tus pedradas! Ahora voy a
contarte lo que le pasó al hijo de mi
amiga la finada Antonia, que en paz
descanse.
Mientras hablaba, había recogido y encendido
algunas astillas sobre las
cuales puso el cadáver del escuerzo. ¡Un
escuerzo! decía yo, aterrado bajo mi piel de muchacho travieso;
¡un escuerzo! Y sacudía los dedos como si el frío del
sapo se me hubiera pegado a ellos. ¡Un sapo resucitado!
Era para enfriarle la médula a un hombre de barba entera.
—¿Pero usted piensa contarnos una nueva
batracomiomaquía? —interrumpió
aquí Julia con el amable desenfado de
su coquetería de treinta años.
—De ningún modo, señorita.
Es una historia que ha pasado.
Julia sonrió.
—No puede usted figurarse cuánto deseo
conocerla...
—Será usted complacida, tanto más
cuanto que tengo la pretensión de
vengarme con ella de su sonrisa.
Así, pues, proseguí, mientras se asaba mi fatídica pieza de caza, la vieja criada hilvanó su narración que es como sigue:
Antonia, su amiga, viuda de un soldado, vivía
con el hijo único que había tenido de él, en una casita
muy pobre, distante de toda población. El
muchacho trabajaba para ambos, cortando madera
en el vecino bosque, y así
pasaban año tras año, haciendo
a pie la jornada de la vida. Un día volvió
como de costumbre, por la tarde, para tomar su
mate, alegre, sano,
vigoroso, con su hacha al hombro. Y mientras
lo hacían, refirió a su madre que en la raíz de cierto
árbol muy viejo había encontrado un escuerzo, al cual no
le valieron hinchazones para quedar hecho una tortilla bajo el ojo de su
hacha.
La pobre vieja se llenó de aflicción al escucharlo, pidiéndole que por favor la acompañara al sitio, para quemar el cadáver del animal.
—Has de saber —le dijo— que el escuerzo no perdona
jamás al que lo
ofende. Si no lo queman, resucita, sigue
el rastro de su matador y no
descansa hasta que puede hacer con él
otro tanto.
El buen muchacho rió grandemente del cuento,
intentando convencer a la
vieja de que aquello era una paparrucha buena
para asustar chicos molestos,
pero indigna de preocupar a una persona de cierta
reflexión. Ella insistió,
sin embargo, en que la acompañara a quemar
los restos del animal.
Inútil fue toda broma, toda indicación sobre lo distante del sitio, sobre el daño que podía causarle, siendo ya tan vieja, el sereno de aquella tarde de noviembre. A toda costa quiso ir y el tuvo que decidirse a acompañarla.
No era tan distante; unas seis cuadras a lo más.
Fácilmente dieron con
el árbol recién cortado, pero por
más que hurgaron entre las astillas y las
ramas desprendidas, el cadáver del escuerzo
no apareció.
—¿No te dije? —exclamó ella echándose
a llorar—; ya se ha ido; ahora ya
no tiene remedio esto. ¡Mi padre
san Antonio te ampare!
—Pero qué tontería, afligirse así.
Se lo habrán llevado las hormigas o lo
comería algún zorro hambriento.
¡Habráse visto extravagancia, llorar por
un sapo! Lo mejor es volver, que ya viene
anocheciendo y la humedad de los pastos es
dañosa.
Regresaron, pues, a la casita, ella siempre llorosa, él procurando distraerla con detalles sobre el maizal que prometía buena cosecha si seguía lloviendo; hasta volver de nuevo a las bromas y risas en presencia de su obstinada tristeza. Era casi de noche cuando llegaron. Después de un registro minucioso por todos los rincones, que excitó de nuevo la risa del muchacho, comieron en el patio, silenciosamente, a la luz de la luna, y ya se disponía él atenderse sobre su montura para dormir, cuando Antonia le suplicó que por aquella noche siquiera, consintiese en encerrarse dentro de una caja de madera que poseía y dormir allí.
La protesta contra semejante petición fue
viva. Estaba chocha la pobre,
no había duda. ¡A quién
se le ocurría pensar en hacerlo dormir con aquel
calor, dentro de una caja que seguramente estaría
llena de sabandijas!
Pero tales fueron las súplicas de la anciana,
que como el muchacho la
quería tanto, decidió acceder a
semejante capricho. La caja era grande, y
aunque un poco encogido, no estaría del
todo mal. Con gran solicitud fue
arreglada en el fondo la cama, metióse
él adentro, y la triste viuda tomó
asiento al lado del mueble, decidida a pasar
la noche en vela para cerrarlo
apenas hubiera la menor señal de peligro.
Calculaba ella que sería la media noche,
pues la luna muy baja empezaba
a bañar con su luz el aposento, cuando
de repente un bultito negro, casi
imperceptible, saltó sobre el dintel de
la puerta que no se había cerrado
por efecto del gran calor. Antonia se estremeció
de angustia.
Allí estaba, pues, el vengativo animal,
sentado sobre las patas traseras, como meditando un plan. ¡Qué
mal había hecho el joven en reírse! Aquella
figurita lúgubre, inmóvil en la
puerta llena de luna,. se agrandaba extraordinariamente, tomando proporciones
de monstruo. ¿Pero, si no era más que uno de los tantos
sapos familiares que entraban cada noche a la casa en busca de insectos?
Un momento respiró, sostenida por esta idea. Mas el
escuerzo dio de pronto un saltito, después
otro, en dirección a la caja. Su
intención era manifiesta. No se
apresuraba, como si estuviera seguro de su
presa. Antonia miró con indecible
expresión de terror a su hijo; dormía,
vencido por el sueño, respirando acompasadamente.
Entonces, con mano inquieta, dejó caer
sin hacer ruido la tapa del pesado
mueble. El animal no se detenía.
Seguía saltando. Estaba ya al pie de la
caja. Rodeóla pausadamente, se detuvo
en uno de los ángulos, y de súbito,
con un salto increíble en su pequeña
talla, se plantó sobre la tapa.
Antonia no se atrevió a hacer el menor
movimiento. Toda su vida se
había concentrado en sus ojos. La
luna bañaba ahora enteramente la pieza. Y he aquí lo
que sucedió: el sapo comenzó a hincharse por grados, aumentó,
aumentó de una manera prodigiosa, hasta
triplicar su volumen. Permaneció
así durante un minuto, en que la pobre
mujer sintió pasar por su corazón
todos los ahogos de la muerte. Después
fue reduciéndose, reduciéndose
hasta recobrar su primitiva forma, saltó
a tierra, se dirigió a la puerta y
atravesando el patio acabó por perderse
entre las hierbas.
Entonces se atrevió Antonia a levantarse,
toda temblorosa. Con un
violento ademán abrió de par en
par la caja. Lo que sintió fue de tal modo
horrible, que a los pocos meses murió
víctima del espanto que le produjo.
Un frío mortal salía del mueble
abierto, y el muchacho estaba helado y
rígido bajo la triste luz en que la luna
amortajaba aquel despojo sepulcral,
hecho piedra ya bajo un inexplicable baño
de escarcha.
(cuento de Leopoldo Lugones, incluido en Las fuerzas extrañas, de 1906 —antología de textos publicados en la prensa—; enviado por Andrea Cobas).
Este castigo es en general post-mortem, aunque también se ha dado la transformación en vida. para salvar su alma hay que cortarle la oreja, tuzarle las crines o darle un hachazo en la frente. Así, su sangre al correr se transforma en el elemento redentor que la convierte en una bella y codiciada mujer. En La Rioja se habla de marcarle dos tajos en forma de cruz para deshacer el encanto: si se tratara de una persona viva, al día siguiente ostentaría una cicatriz en el lugar del conjuro. Otras versiones, dicen que sólo un hombre muy valiente puede detenerla y sacarle el freno que lleva en la boca, liberándola así de su castigo.
Su aspecto es el de una mula negra o castaño oscuro y largas orejas, envuelta en llamas que aparece sólo de noche. Este engendro de mujer galopaa toda velocidad por los campos rebuznando tristemente y dejando un estruendo de ruido metálico, como si arrastrara cadenas y echando fuego porla boca, los ollares y los ojos destelleantes. Ese rebuzno triste, casihumano, enloquece a los perros. Se alimenta de carne y por eso se le atribuyen las desapariciones de ovejas y niños. Se dice que mata a la gentea dentelladas y patadas. Y que por sólo mirarla acechan las desgracias y la muerte. Se cuentan historias de gauchos prendados por la Mulánima que abandonaron sus familias, trabajo y amigos para seguirla en sus andanzas, yque murieron al poco tiempo consumidos por su pasión.
Se comenta que sólo los muy valientes y hombres de mucha fe pueden escapar de las garras infalibles del Almamula. Y que para defenderse o repelerla deben repetir tres veces "Jesús, María y José", o mostrarle la cruz que tienen, entre el cabo y la hoja, los cuchillos de acero. Por eso algunas personas creen que la Mulánina es el mismísimo Diablo.
La leyenda está muy enraizada en el Norte y Centro argentino, aunque algunos autores como Fortuny creen que se trata de una derivación de la leyenda de la Viuda.
Es tan fuerte esta creencia en el noroeste argentino,
que incluso se habla
de una piedra que tiene grabada la huella de
la pisada de este espanto, la
que se puede visitar en la Ruta de Birmania,
camino al Ojo de Agua por
detrás de la Loma del Pelao, en Tafí
del Valle, Provincia de Tucumán.
También se comenta que el caudillo santiagueño
Felipe Ibarra mandó una vez a toda
una comisión a perseguir una mula rosilla que tenía aterrorizada
a una
población. La batida resultó existosa
y se la atrapó en el monte. Luego la
llevaron a la iglesia de Quimilíoj, donde
la ataron a un árbol y la molieron
a golpes. Como consecuencia de ello, la condenada
recuperó su forma humana y fue a concluir
sus días en La banda.
Otras versiones la ponen merodeando las galerías
de las estancias antiguas
en las siestas calurosas y pesadas del verano,
y en los patios de los
ranchos, aunque se cree que esta modificación
de la leyenda está destinada
solamente a limitar las correrías de los
niños e inducirlos a dormir la
siesta.
Rafael Obligado le dedicó un romance, referido
a la novia de un soldado que
tuvo que partir a Chile durante la guerra de
la independencia. Aunque la
joven se había comprometido en casamiento,
se "enredó" con un cura "pa'
curarse de ausencias", y por ello Dios la maldijo
y echó su alma a penar en
las quebradas desiertas. [Yael
Rosenfeld].
Sobre este personaje, escribe también Julio
Carreras a memoria:
No sé
por qué la mujer incestuosa se convierte en mula (al parecer hay
casos en que el varón también se convierte). Esta es la primera
etapa de la metamorfosis nocturna (mientras los culpables duermen). La
segunda etapa, en el caso de la mujer, es la de una hermosa dama rubia,
que golpea las puertas de los hombres solitarios... sólo para devorarlos
cuando estos han entrado en confianza. En esta etapa el almamula se ha
convertido en antropófaga. La tercera etapa (sugerida en mi
cuento) es la del almamula reincidente y exacerbada, cuando ya "no
tiene salvación", según me comentó un viejo al cual
di a leer este cuento antes de publicarlo. Es
cuando se transforma en ese monstruo horrible y feroz. Pero antes, para
seducir a sus víctimas, se había presentado como la mujer
rubia.
Disfruta aquí de un cuento de
Julio
Carreras inspirado en la leyenda de la Mulánima. Para ver en
persona a nuestra amiga, visítala en la Galería.
Noche
de las condenadas
noche
parda de las brujas.
Desflecándose
en el aire,
trapito
de nube oscura,
anda
en el monte, llorando
lágrimas
de ánima viuda.
El segundo
es el mito de el Carao o de "La Viuda Loca". El Carao
o
"La Viuda Loca" es un pájaro cuyo nombre taxonómico
es Aramus guarauna;
es de color pardo con manchitas blancas que le caen por el cuello hasta
el dorso como si fuese una mantilla, es de patas y cuello largo y de pico
aguzado y corvo, se alimenta de caracoles o gusanos. La leyenda dice que
un hombre que vivía con su madre, enferma, debió ir a buscar
medicinas para la misma, pero se entretuvo en el camino, en unafiesta y
a la madrugada siguiente, al volver se encontró con que su madre
se había muerto y unos vecinos piadosos ya le habían dado
sepultura, entoncen él fue caminando hacia los esteros y bañados
(marismas) y a medida que iba penetrando en ellos se fue transformando
en el Carao
o "La Viuda Loca".
Le gustan las taperas o los caminos viejos y abandonados, y prefiere las luces menguantes del atardecer. Se aparece llorando, con el rostro bañado en lágrimas, a veces implora piedad o pide ayuda angustiosamente. Siempre trata de contar sus amarguras al viajero pero generalmente sólo logra aterrorizarlo. Al amanecer terminan sus andanzas.
Sin embargo, muchos que la conocen no le temen. Incluso aseguran que ella los ha acompañado y protegido contra los malos espíritus en alguna travesía nocturna. Eso sí, hay que aguantarse sus lamentos y quejas constantes. Algunos dicen que los paisanos le dejan agua en un lugar apartado, pues sería la sed lo que la hace merodear por los caminos y los ranchos.
También hay versiones más terribles. Se habla de algunos viajeros que se trabaron en lucha con ella hasta el amanecer, cuando la Umita se transformó en toro o ternero y luego confesó la falta que estaba condenada a pagar. El luchador, se dice, perdió el habla, o sea que la palabra de la Umita sólo suena para privar de la suya al desventurado oyente.
Véase la Uma quechua, de la que la Umita es un desarrollo local.
Para ver a la Umita, acude a la Galería de espantos.
[Duendes de otras latitudes: en Ecuador, en Lima y en México.]
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El Ucumar, Ucumari o Ucumare es un espanto que
parece un hombre petiso y panzón, con
el cuerpo todo cubierto de pelos, larga barba, frente angosta y
las manos y pies enormes. Por eso se lo llama
hombre-oso y se lo representa
en distintos grados de hibridación.
Se dice que su fuerza es extraordinaria y sus
gruñidos ensordecedores. Se lo
acusa de raptar mujeres y llevarlas a vivir con
él, con el propósito de
tener hijos. Sin embargo, Berta Vidal de Battini
recogió un testimonio en
Las Lomitas, Formosa, sobre un Ucumar hembra
que rapta niños y jovencitos
para hacerse fecundar por ellos.
Suele aparecer de improviso y aterrorizar al que
lo ve. Si se le grita,
responde desde lejos con voz humana. Si los perros
lo atacan, él se defiende
a garrotazos.
Se cree que vive en cuevas de las montañas
o en el fondo de las quebradas,
pero merodea los ríos y vertientes para
bañarse. Allí es donde se encuentran
siempre muestras de sus pisadas, parecidas a
las de los osos. También se
dice que es ágil y puede traparse a los
árboles más altos [Yael
Rosenfeld].
Escribe también a memoria Marta Juárez:
Camino a Tucumán, en el cruce Salta-Tucumán, me detuve (con el enojo de mi amiga acompañante) y levanté dos hombres que a un costado de la ruta deshidratados por el calor, chorreados de transpiración, esperaban sudados un milagro: que pase un micro y los recoja.
Eran dos lugareños que iban a dos pueblos cercanos —El Quebrachal y Joaquín V. González—; ya en viaje, iniciamos una charla en la que les pregunté por los espantos y aparecidos del lugar y ahi entraron a decirme que por esa zona aparece el "ucumar", "un animal peludo con aspecto humano, que podía ser hombre o mujer y que raptaba a las personas y se las llevaba a su cueva en donde las sometía a sus antojos sexuales, luego de lo cual se las devoraba. Había testimonios de gente a la que se le habia aparecido...
Ya en
Tucumán busqué en la bibliografía pertinente y encontré
lo siguiente, que como estaba en fotocopias no pude sacar el autor/a, y
dice así:
Un cantar popular de Tucumán desea así al enemigo:
Un tigre de grande saña
Te agarre con más presteza;
Y te corte la cabeza
un Ucumar con su maña;
Que te devore una araña,
El corazón a pedazos;
Y que te tiren balazos
Con bala de artillería;
Y que en ese mismo día
Un rayo te haga pedazos.
(http://www.folkloredelnorte.com.ar/literatura/cantares.htm)
Se ha querido encontrar un correlato "real" del Ucumar en el ukumar u oso andino, «la única especie de oso, de las ocho que existen en el mundo, que habita América del Sur». «El ukumar es la única especie de oso en América del Sur, con una población estimada en 18 mil ejemplares, de los cuales entre 4 mil y 5 mil individuos viven en territorio colombiano. Es de pelaje negro, orejas redondas, posee cinco dedos en cada pata provistos de garras, cola corta, ojos pequeños y una mancha en la cara y parte del pecho cuyo color varía desde el blanco al crema o pardo. El macho, parado en dos patas puede medir hasta 1,80 metros, en tanto que en cuatro patas alcanza los 80 centímetros de altura. Por lo general es de hábitos solitarios y sólo se reúnen en grupos en temporada de reproducción o cuando la hembra tiene crías. Se alimenta con fruta, miel, y todo lo que puede brindarles el bosque, aunque también es carnívoro y frecuentemente ataca al ganado.» (enviado por Marta Juárez a la lista Memoria, 10-4-2003).
Para más información sobre oso y
espanto, incluyendo imágenes de ambos, ver: